Una esposa para el conde malvado 4 #2
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Angelyn lo sabía por supuesto, de la intimidad nacían los bebés, no era tonta.

Y si la marquesa pretendía asustarla pues perdía el tiempo, ella sólo quería tener un marido y un hogar, niños, soñaba con tener hijos, muchos niños y lo único que la angustiaba era quedarse soltera.

No comprendía cómo esa dama se quejaba de tener que cumplir con sus deberes de esposa.

¿Para qué se había casado entonces si tanto le desagradaba?

Además, su marido era tan guapo...

La jovencita se ruborizó al tener de nuevo esas tentaciones y tocó la medalla de la virgen para pedirle ayuda.

No estaba bien que tuviera esos pensamientos impíos con el marqués y lo sabía.

Necesitaba pedir ayuda a la virgen, alejar esos deseos impíos.

El diablo parecía morar en ese castillo, el diablo acechaba sus pensamientos y deseos más profundos.

Y mientras trataba de calmar su mente con la lectura del libro que le había obsequiado el marqués sintió la presencia silenciosa del fantasma.

Esos pasos sigilosos entrando en la habitación de nuevo.

No podía ser, Melissa se había marchado y todavía faltaba como una hora para el almuerzo.

Además... ¿Acaso no había cerrado la puerta secreta con cerrojos?

Se incorporó inquieta y miró a su alrededor aguzando sus oídos para tratar de descubrir de dónde provenían los pasos. Trató de no hacer ruido mientras se acercaba a la habitación contigua para investigar. Debía descubrir quién estaba espiándola y por qué...

Se incorporó sin dejar de sujetar la medalla de la virgen, pidiéndole protección contra todo mal encerrado en ese castillo y contuvo el aliento casi hasta llegar a la habitación contigua. Pero al llegar no vio a nadie, ni en la sala de escribir cartas ni en su sala de aseo. Todo estaba vacío.

Habría creído que lo había imaginado de no haber sido más de una vez que le ocurría algo semejante.

¿Acaso era un fantasma? ¿Qué quería de ella?

¿Acaso le molestaba que estuviera en el castillo por ser una intrusa?

Sintió un sudor frío al considerar que tal vez el castillo estuviera embrujado y que ese espíritu maligno pudiera molestarla otra vez.

¿Pero sería un espectro o alguien intentando asustarla?

De pronto comenzó a preguntarse si alguien estaba tan molesto con su presencia en esa casa.

¿Acaso madame Delphine porque sentía celos enfermizos de su esposo y todas las mujeres a su alrededor?

Ese día había descubierto una faceta muy desagradable de su persona y de pronto se preguntó si sería capaz de asustarla para que abandonara el castillo y no se casara con Etienne.

¿Sería ella ese fantasma maligno y silencioso que la vigilaba para sembrar temor en su corazón?

De pronto notó que la puerta secreta estaba cerrada tal cual la había dejado, entonces... ¿cómo pudo entrar si ambas puertas estaban cerradas?

Cuando regresaba a la habitación principal notó que la puerta estaba abierta de par en par y habría jurado que no estaba así hacía un momento.

Nerviosa se acercó y la cerró con candados. Estaba harta de esos juegos, tenía los nervios alterados. Si alguien no la quería en ese castillo y estaba empeñado en asustarla... ¿Tendría sentido quedarse y soportar ese tormento? ¿Qué harían cuando se cansarán de asustarla con presencias fantasmales?

Regresó a la cama y trató de leer para distraerse, lo necesitaba.

Debió quedarse dormida pues de pronto escuchó unos golpes en la puerta.

—Mademoiselle Angelyn, por favor, ¿está usted allí? Abra la puerta por favor.

Aturdida no sabía qué pasaba hasta que supo que era su doncella tratando de abrir la puerta que ella había cerrado antes de irse a dormir.

Cuando abrió la puerta Melissa estaba muy alterada.

—Señorita, disculpe, ¿la he despertado?

La joven asintió mientras se incorporaba lentamente.

—Es que madame me pidió que le dé estos vestidos porque ya no los usa y piensa que a usted le servirían.

La joven observó las prendas sin demasiado entusiasmo, eran tres vestidos muy bonitos en apariencia, pero ¿por qué se los obsequiaba? ¿Acaso intentaba congraciarse nuevamente con ella o era un simple gesto de caridad?

Melissa se los enseñó.

Uno era de terciopelo marrón con encaje en los puños, un modelo elegante y nuevo, el segundo, era azul de fiesta y el tercero de una muselina gris, era realmente hermoso.

—Pero están nuevos—balbuceó—y son muy costosos... no creo que sea prudente aceptarlos. Además, no son mi talla—agregó.

—Bueno, eso se puede arreglar con la modista del castillo, sólo hay que hacer algunos retoques. Son muy bonitos, mademoiselle. Y es un obsequio que no debe despreciar.

—Es que no lo sé si sea correcto.

—Oh ni lo piense mademoiselle, por favor, se verá muy bonita con estos vestidos.

Angelyn tocó la fina tela de terciopelo y seda y pensó que nunca había tenido vestidos tan bonitos.

—Pero están casi nuevos, no han tenido uso—se quejó.

—Sí, es verdad. Pero madame tiene montones de vestidos y dijo que iba a dárselos, pero usted huyó y no le dio tiempo. ¿Lo ve? Quiere ayudarla. Dijo que pronto va a casarse y que su prometido vendrá en unos días y debe encontrarla bonita. Dijo que sus vestidos estaban algo pasados de moda.

¿Pasados de moda? Sí, por supuesto. Eran muy antiguos. Y viejos. Remendados. ¿Lo habría notado la marquesa y por eso quería ayudarla para que no se sintiera tan incómoda cuando asistía a las cenas en el castillo?

Vaya, habría preferido que su prometido le obsequiara esos vestidos no esa dama que había dicho esas cosas tan horribles ese día, que bebía y parecía tenerle encono nadie sabía por qué.

Pero pensó que se ofendería si declinaba su ofrecimiento. A fin de cuentas, sólo quería ayudar se dijo mientras le pedía a Melissa que guardara esos vestidos.

Y mientras lo hacía le preguntó por las historias de fantasmas que había mencionado un caballero hacía días, Monsieur Turenne.

La doncella la miró con extrañeza.

—Pero no hay fantasmas aquí, señorita Angelyn, son historias que inventan los criados.

—¿Estás segura, Melissa?

—Pues sí... —la criada parecía muy segura de lo que decía.

—Pero he sentido una presencia extraña en mi habitación, hace un momento oí pasos y en otra ocasión noté que la puerta secreta estaba abierta y creo que alguien entra por allí.

La doncella se puso pálida.

—No lo sabía mademoiselle, debió decirme... no creo que sea un fantasma ni... ¿Qué fue lo que escuchó exactamente?

—Sólo escuché pasos, y también sentí que alguien me observaba y luego... no había nadie. Busqué en todas partes, pero ... es como si hubiera un fantasma o alguien me espiara.