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LOS DÍAS PASARON Y los invitados se marcharon uno a uno del castillo y este volvió a ser ese lugar solitario y lleno de sombras y secretos.
Un día la llamó a su habitación días después y Angelyn se preguntó si la pobre señora estaría aburrida y querría conversar con una joven de su edad.
Supo por su doncella que padecía un constipado fruto del frío y la humedad de ese lugar y la señora Marielle le había aplicado una cataplasma que la había quemado haciendo que la pobre dama se enfureciera y la despidiera.
—Pero al menos ya no tiene tos y parece estar recuperándose—le explicó su doncella.
—Esos complicados vendajes de agua hirviendo ya no se usan—replicó la jovencita mientras bordaba un nuevo pañuelo.
—Qué bonito su bordado mademoiselle, tiene usted manos mágicas—dijo Melissa.
La jovencita sonrió.
—Es que lo hago porque me gusta.
Su doncella la miró con inquietud.
—La marquesa dijo que una verdadera dama no pierde tiempo con el bordado, que eso ya no se estila.
—Mi madre decía lo mismo, pero a mí me agrada bordar, me distrae. Hay poca luz estos días y ni siquiera he podido leer más de unas páginas del libro que me obsequió el marqués.
Con su esposa enferma el caballero había dejado de recibir y las visitas del castillo eran siempre breves.
—Es que la pobre está de mal humor, todo le molesta y Betty es quien más la padece, siempre le dice algo.
La aludida apareció en ese momento para interrumpir la conversación.
—La marquesa quiere hablar con mademoiselle —explicó de sopetón y miró con ansiedad a la joven rubia que tenía el cabello apenas sujeto con cintas blancas como una niñita.
Demasiado bonita, por eso su señora hervía de celos y vivía pidiéndole que la vigilara.
No había manera de explicarle a su señora que la pobre jovencita se lo pasaba encerrada en su cuarto sin hacer más que charlar con su doncella, bordar esos pañuelos o escribir cartas.
—¿La marquesa te pidió que vinieras, Betty? —preguntó Melissa desconfiada.
La doncella Betty puso cara de enfurruñada, algo que le salía sin ningún esfuerzo.
—Claro que sí boba, ¿qué crees? —replicó— Quiere hablar con la señorita.
Está aburrida la pobre, no termina de curarse de ese resfriado.
Y se pone de un humor de perros por cualquier cosa, ya me ha dejado la mejilla roja por el cachetazo que me ha dado esa mañana—se quejó tocándose la mejilla en cuestión como si todavía le doliera.
—Iré enseguida—respondió mademoiselle Angelyn mientras guardaba con mucho cuidado su nuevo bordado.
Betty se distrajo al mirar a la señorita Poitiers hasta que su mirada se cruzó con la mirada de Melissa. Esa fea entrometida, siempre quería saberlo todo y metía sus narices aquí y allá.
—Yo las acompaño—dijo esta.
Betty tuvo que aceptarlo.
Pero cuando llegaron a los aposentos de la marquesa ambas tuvieron que retirarse pues a la dama no le agradaba tener a dos criadas juntas en su habitación y sentía especial antipatía por Melissa, nadie sabía bien por qué.
Y luego de deshacerse de ambas miró a su huésped y trató de sonreír.
—Por favor, siéntate, querida prima. No hemos podido hablar desde tu llegada... el castillo siempre recibe muchos invitados—dijo la dama.
En realidad, la había ignorado desde el comienzo, ni siquiera la invitaba a sus reuniones de té o luego del almuerzo en el rincón de las damas cuando todas se reunían para charlar de sus cosas.
Pero no la culpaba, su situación en el castillo era extraña, seguía esperando noticias de su prometido y nada... seguía sin aparecer.
—Gracias por invitarme madame, es muy gentil.
La marquesa la miró.
—¿Qué edad tienes, Angelyn? —quiso saber.
—Diecinueve.
—Eres muy joven, muy tierna para Etienne. Casi siento pena por ti de pensar que debes casarte con él.
La joven enrojeció, no esperaba que dijera palabras tan desafortunadas como esas, ni entendía cómo una dama tan controlada y fría como la marquesa de repente se mostraba compasiva.
—Por favor, no me mires así, disculpad mi franqueza. Pero es la verdad. Etienne es un joven egoísta y con ideas tan atrevidas y revolucionarias. Un traidor a su clase... aquí puedo decirlo, mi esposo no está presente por supuesto, e lo contrario tendría que callar como siempre lo hago.
—Pero él vendrá, ¿no es así?
Esa pregunta le tomó por sorpresa.
—Mi esposo rara vez me visita ahora—replicó la dama y tomó un trago de licor y terminó vaciándose la copa.
Ante semejante declaración Angelyn sólo pudo decir que lo sentía, porque pensaba que habría sido peor quedarse callada. En realidad, le había preguntado por el regreso de su prometido, no de su marido a sus aposentos. Jamás habría hecho una pregunta tan impertinente como esa.
—¿Lo sientes? Vaya... —dijo la marquesa y rio a carcajadas—Pero ¿tú qué sabes de esas cosas? Eres casi una niña. Ni siquiera sabes lo que ocurre en la noche de bodas.
Angelyn se puso colorada. Vaya, no era tan niña, sí sabía algo de lo que le esperaba, su tía se lo había confiado meses antes de emprender el viaje a Saint Auxerre, no quería que se casara ignorando esos asuntos y que luego su marido la repudiara.
—No, imagino que no lo sabes y te llevarás una sorpresa y un buen susto.
Como yo, sabes... No todas nacemos para esto, para casarnos y.
… es nuestro deber por supuesto y ninguna quiere ser solterona ni ir a parar a un convento, pero...
Quisiera poder darle un hijo a mi esposo, él lo quiere tanto.
Creo que eso lo haría feliz y entonces todo sería diferente, pero... —volvió a beber otro trago.
Jamás creyó que la marquesa bebiera, y no le parecía que se comportara como una dama.
—Pero él es un seductor, querida prima, siempre seduce y se enamora de alguna mujer.
Cuando vine aquí tenía una amante escondida y ...
la mantuvo aquí por mucho tiempo. Eso hizo.
Y cuando le reclamé dijo que era el señor del castillo y mi marido y nadie podía cuestionar sus decisiones, ni siquiera yo.
Y que mi único deber era complacerle y darle un hijo.
¡Fue tan cruel! Yo no estaba preparada para ser su esposa, era casi una niña, tenía diecisiete años.
La jovencita se sintió enferma. ¿Por qué le contaba esas cosas? La intimidad de los esposos era de los esposos y una verdadera dama jamás hablaba de esas cuestiones con extraños. A menos que fuera a una hermana o a una amiga muy íntima... o estuviera ebria.
—Lo siento mucho, madame... —dijo y abandonó el sillón con suavidad. Alejarse era lo mejor, no quería seguir escuchando cosas que no eran de su incumbencia.
La marquesa la miró y sonrió de forma extraña.
—¿Y qué crees que te pasará a ti cuando te cases con Etienne? ¿Qué crees que es el matrimonio, pequeña boba? No eres más que una niña tonta y pueblerina con vestidos pasados de moda. Casi siento pena por ti. Al menos ya no debo someterme a esa vergüenza, pero tú...
Angelyn pensó que ya había oído demasiado y no le gustaba nada el giro desagradable de esa conversación. Esa mujer estaba loca o tal vez ebria, por eso decía cosas tan horribles. Vaya, y ella que pensó que estaba tratando de ganarse su amistad...
Casi huyó de la habitación pese a que quiso retenerla y a lo último mencionó la posibilidad de obsequiarle sus vestidos.
Al diablo con sus vestidos, no quería nada de esa dama.
Qué tonta había sido, pensar que la marquesa quería su amistad cuando desde el comienzo dejó muy claro que no estaba nada interesada en ella.
Salió despavorida de su habitación y sólo cuando pudo entrar en su cuarto se sintió a salvo. Respiró hondo y trató de serenarse. Sin embargo, quedó muy afectada por esa conversación y cuando su doncella llegó minutos después le preguntó qué le pasaba.
—Se ve muy alterada mademoiselle, ¿acaso madame la insultó? —quiso saber, como si ser insultada fuera algo esperado viniendo de esa dama.
—No, no me insultó, pero dijo cosas que... me avergüenzan y horrorizan. No pensé que fuera capaz de... por favor, no se lo digas a nadie Melissa.
—Oh, claro que no diré una palabra, mademoiselle. ¿Pero qué le dijo exactamente?
Angelyn pensó que no podía repetir lo que la marquesa le había contado en un rapto de ebriedad.
—No puedo decirlo Melissa, creo que no estaba muy bien... había bebido.
—Bueno, no me sorprende. Siempre bebe cuando pelea con su esposo y eso ocurre muy a menudo aquí. Sus celos son algo terrible.
—¿Sus celos?
—Sí, sus celos. Madame Delphine es muy celosa y su esposo es muy admirado por las damas, ya lo habrá notado y siempre ocurren roces. Peleas.
La jovencita guardó silencio un momento y luego habló de Etienne.
—Me dijo que él no será un buen esposo para mí, Melissa. Dijo cosas que me avergonzaría repetir.
—Sí, lo imagino. Ella es una dama de temperamento difícil, más cuando bebe y no sé por qué lo hace. Es la señora de este castillo, y tiene un marido que la adora... sólo le falta darle un heredero, pero...
—Dijo que él ya no la visitaba en su habitación.
—¿De veras? Oh vaya, debió estar muy ebria para hacerle una confesión tan íntima, Mademoiselle, lamento esto de veras, no sé por qué ocurrió, pero no debe preocuparle.
Etienne es un caballero bueno y jamás supe que tratara mal a nadie ni...
No debe preocuparse. No sé por qué le habló mal de su cuñado, pues siempre han tenido una amistad cordial.
Aunque no se han visto con frecuencia este último tiempo.
Sospecho que bebió más de la cuenta y su esposo se enfurecerá, detesta ver a una dama ebria y más si es su esposa.
—Melissa, ¿acaso él no la ama? Es su esposa.
—Oh mademoiselle, el amor es para los soñadores.
Los matrimonios entre los nobles siempre son por cuestiones de conveniencia, de estrategias de linaje como decía mi padre.
Lo que no significa que luego puedan enamorarse, pero...
Madame Delphine es una dama de genio vivo, muy mimada...
eso es lo que he oído. Betty siempre se queja de ella, de sus malos tratos y cachetazos pobrecita...
la compadezco. No es una dama fácil de complacer y, además, no sé si realmente es estéril o es que no soporta la intimidad, ¿comprende?
Porque sin intimidad es muy difícil poder concebir. Disculpe mi franqueza.