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El marqués debía esforzarse por ocultar la vergüenza, por tratar de enmendar la prolongada ausencia de su hermano y nunca, ni una vez había mencionado que la tardanza de su prometido tuviera más que una causa razonable.
Pero sus miradas no eran de compasión o pena, sus miradas eran distintas.
La miraba como un hombre mira a una dama que le agrada y a la que desea cortejar, y eso la turbaba, ahora mucho más que antes al comprender que ya no podía quedarse en Saint Auxerre.
Ni un día más...Pero ese pensamiento la llenó de tristeza, pues había esperado que ese castillo fuera su nuevo hogar.
Debía hacerse a la idea de que ese castillo ya no sería su hogar.
Su prometido permanecía ausente, demasiado tiempo ausente y ahora al fin entendía la razón.
Simplemente no quería casarse con ella, no deseaba hacerlo, era un hombre libre y de pensamientos liberales, que esperaba abrirse camino en la política y no deseaba estar atado a una esposa ni verse forzado a una unión concertada por su familia.
La mirada del marqués la seguía a donde fuera y ella deseó escapar de la salita y no participar de esos juegos, no quería estar allí, sólo quería regresar a su habitación y llorar, llorar hasta quedarse dormida.
Porque temía que ya no hubiera boda y tuviera que regresar a casa de su tía.
Porque de repente la vida lejos de ese castillo con su magnificencia y misterio se le antojaba insoportable.
¿De qué le valía ganar tres partidas de cartas?
Siempre había sabido que no era afortunada, no, no lo era...
—¡Felicitaciones, mademoiselle Angelyn! —dijo el marqués dedicándole una sonrisa.
Ella asintió tiesa en su silla. Afuera llovía torrencialmente, pero esa partida de cartas había hecho más llevadera la velada y él le dijo eso mismo con otras palabras.
Lo que no imaginó que por haber ganado el mayor número de partidas el marqués dijo que recibiría el premio especial.
—Puede escogerlo usted, señorita—dijo entonces su anfitrión. —Un libro de la biblioteca para leer y esta medalla de plata con la imagen de la virgen de Saint Auxerre.
Ella tembló al ver la medalla de la virgen, había oído la historia y le parecía increíble que en Saint Auxerre hubiera aparecido la virgen para salvar al marqués y a su familia de la noche negra en que sus campesinos quisieron saquear el castillo hacía ya más de cien años,
antes de la revolución y por eso todos sus habitantes llevaran esa medalla.
Su nana le había contado la historia durante la travesía y la recordó emocionada.
La virgen de Saint Auxerre...La tomó con manos temblorosas y el roce de sus dedos la puso aún más nerviosa.
—Permítame por favor—dijo y le colocó la cadena gruesa de plata en el cuello.
Para ella fue emocionante tener esa medalla pues de repente se sintió parte de ese castillo, además creyó que esa medalla la protegería de todo mal y cuando estuviera esa noche en su habitación le rezaría para que su prometido regresara y se casara con ella.
—Puede escoger un libro ahora si lo desea mademoiselle o si lo prefiere puede elegir otro premio.
—Oh no Monsieur de Ferbes, un libro sería un presente maravilloso, pero... no conozco su biblioteca.
Su doncella había dicho que el marqués tenía una de las mejores bibliotecas de la región y aceptó la invitación ante la mirada expectante de los invitados.
Él tomó su mano gentil y la guio hasta la biblioteca dejando a todos, incluyendo a su esposa, viéndolos alejarse sin ser invitados a participar.
Solos los dos... Angelyn tembló al sentir su mirada y apartó la suya ruborizada.
—Por aquí, por favor mademoiselle—dijo en un momento.
Ella lo siguió y el mundo entero pareció desaparecer a su alrededor, hasta los libros apilados en varios anaqueles, en un mueble que ocupaba gran parte del mobiliario del salón.
—Oh Dios mío—balbuceó la joven—no podré escoger entre uno solo, deberá usted guiarme, Monsieur de Ferbes.
Él marqués sonrió levemente.
—Por supuesto mademoiselle, por aquí... pienso que le agradaría una antología de fábulas y cuentos de nuestro país o tal vez alguna historia de amor del medioevo. ¿Qué le agradaría leer?
—Preferiría una antología de cuentos que usted encuentre interesante recomendarme—respondió ella pues no estaba de ánimo para leer historias de amor en esos momentos, tenían siempre un final triste y en esos momentos le apetecía leer algo más alegre.
—Por supuesto, podría recomendarle algunos libros de fábulas muy interesantes.
Ella lo miró algo ruborizada.
—Pero el premio es un libro.
—No importa, puede escoger lo que desee mademoiselle, además pronto será parte de nuestra familia, no lo olvide.
Esas palabras la llenaron de ilusión y olvidando por completo los libros le preguntó por su hermano.
—¿Entonces Etienne vendrá?
Él la miró con fijeza.
—¿Acaso le sorprende, mademoiselle? Lleva usted esperando más de dos semanas mademoiselle. Por supuesto que mi hermano honrará su compromiso. Sólo si muere podría escapar y por supuesto que eso no ocurrirá.
—Disculpe mi insistencia marqués, ¿pero acaso ha sabido algo de su hermano? ¿Ha tenido noticias de su paradero? —preguntó ella sin ocultar su ansiedad.
La mirada cambió de su anfitrión cambió.
—En realidad sí he tenido noticias de mi hermano, pero no creo que sea el momento adecuado para conversar sobre ello. Nos esperan los invitados. Sólo puedo decirle que él honrará su compromiso y pronto estará entre nosotros y se casará con usted mademoiselle.
—Oh, se lo agradezco mucho, marqués...
—No debe agradecérmelo por favor, mi familia siempre ha honrado sus compromisos y mi hermano sabrá lo afortunado que ha sido cuando la conozca a usted mademoiselle.
Algunas uniones concertadas son inevitables, pero espero que la suya sea muy afortunada.
Es usted una joven encantadora y dulce mademoiselle.
Angelyn se ruborizó al sentir su mirada y murmuró una frase de agradecimiento y todo el alivio que había experimentado minutos antes se convirtió en turbación. Era una tonta, él sólo era galante y trataba de hacerla sentir bienvenida a su castillo. Sólo eso y nada más...
—No tiene que agradecerme. Es usted un ángel, señorita, su propio nombre lo dice. Y nada debe preocuparle, cuidaré de usted y todo ser hará como estaba planeado... ahora le ruego que escoja un libro.
La jovencita sonrió con timidez y se acercó al anaquel.
—Quisiera pedirle ayuda, que me recomiende un libro... el que usted desee—dijo entonces.
Él se acercó y comenzó a buscar un libro. Le llevó un momento hacerlo, pero de pronto lo vio sacar un ejemplar de tapas negras y letras doradas.
Era una selección de cuentos y leyendas de tiempos remotos, historias que seguramente disfrutaría.
Tomó el libro en sus manos y le dio las gracias y de repente se sintió tan feliz de estar allí y tener ese obsequio, la medalla de plata, y la promesa de que su prometido estaría pronto en el castillo y podrían casarse.
—Gracias, es usted muy amable... pero me da pena quedarme con este libro.
—No debe sentir pena alguna, hay muchos libros aquí, mademoiselle. Y este lo leí hace años y especial para mí, me agrada saber que estará en buenas manos—respondió.
Era tiempo de regresar, no había más excusas para quedarse sin embargo él le dijo que podía ir a la biblioteca siempre que quisiera.
—El invierno es muy crudo aquí mademoiselle, crudo y solitario, necesitaría algunos libros para llenar sus horas y distraerse. Temo que en ocasiones el tiempo hostil nos deja aislado durante semanas—dijo el marqués.
—Se lo agradezco, Monsieur de Ferbes.
—Y no dude en preguntarme, he leído muchos de los libros que están aquí, no todos por supuesto, pero sí puedo recomendarle algunas lecturas.
—Se lo agradezco, es muy amable.
—Oh no me lo agradezca, ahora es parte de la familia y espero que siempre nos considere su familia, mademoiselle.
Ella sonrió y él se quedó mirándola un momento antes de que ambos emprendieran el camino de regreso al salón.
El momento de intimidad pasó y al regresar al salón la esposa del marqués la miró con torvo gesto, como si estuviera loca de celos de que su marido la hubiera acompañado a la biblioteca.
No podían ser más absurdos sus celos, pero en la noche descubrió que también miraba con aversión a cierta dama de vestido azul, esposa de un caballero que conversaba con el marqués durante la cena.
Lo más extraño fue que ella también sintió celos de la belleza de esa dama y de ver al marqués conversar con la joven y sonreírle.
De pronto se dijo que podía entender los celos de su esposa, no habría de ser fácil ser la esposa de un caballero tan solicitado por las damas. Todas parecían querer llamar su atención y Angelyn se preguntó si alguna de ellas tendría éxito.
Sin darse cuenta se tocó la medalla y rezó una oración en silencio para que la virgen apartara de su mente esos pensamientos impíos y absurdos. Sólo había sido amable con ella esa tarde, nada más...