Una esposa para el conde malvado 3 #2
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—¿Pero por qué? Por favor, Melissa, debo saber cuándo vendrá mi prometido. No sé qué haré si él no regresa. Es que no tengo a donde ir. Mi padre perdió toda su fortuna y antes de hacerlo, sólo pudo pagar mi dote para esta boda.

Angelyn estaba asustada, no le agradó saber de esa carta, imaginó que no era algo bueno.

—Pero el marqués no la dejará desamparada señorita, es un caballero muy bondadoso y se preocupa por usted.

—¿Entonces le pasó algo a Etienne? Por favor, dime lo que sepas, tengo la sensación de que todos saben lo que pasó con mi prometido y no quieren decirme.

La criada se puso colorada.

—Eso no es verdad... nadie sabe qué le pasó a su prometido, señorita Angelyn. Se lo aseguro.

—¿Y por qué no ha venido todavía? Llevo casi dos semanas esperándole. ¿Acaso nadie le avisó que estoy aquí o es que no quiere casarse conmigo?

—Oh non mademoiselle, ¿cómo puede pensar eso?

Es usted tan bonita y dulce. Es lo que dice Monsieur de Ferbes: “mi hermano es muy afortunado”, y luego su esposa pone cara de mala...

no le agrada que hable así. Creo que siente celos—Melissa comprendió que había dicho más de la cuenta y se asustó—Por favor no diga nada señorita, no diga nada de esto o me castigarán por hablar más de lo que debo.

Sólo quería decirle que no es por eso, no sé qué le ocurre a Monsieur Etienne.

Pero el marqués está preocupado por su hermano y planea ir a buscarle, Montnoire lo hará.

Es un caballero muy discreto y.… no tema señorita, que estoy segura de que pronto habrá noticias de su prometido.

Angelyn se sintió mucho mejor después de esas palabras, no imaginó que a lo mejor se las decía para tranquilizarla. Había temido no ser del agrado de su prometido y que luego este quisiera romper el compromiso.

Pero cuando llegó al salón principal sintió la mirada del marqués y tembló al recordar las palabras de Melissa: “el señor de Ferbes dice que su hermano es muy afortunado” ...

Tuvo ganas de escapar al sentir su mirada intensa a pesar de que se sintió agradecida de estar lejos de él, casi en la otra punta de la mesa.

Había escogido un vestido color malva muy discreto para la ocasión y de pronto sintió la mirada fría de madame Delphine, la esposa del marqués.

La joven se preguntó si eran celos o era porque no tenía la alcurnia suficiente para entrar en esa familia o ambas cosas.

Desde su llegada no había hecho más que mantenerla apartada de todas las fiestas, ignorándola casi por completo y en realidad no había intercambiado más que unas palabras desde entonces y de repente se dignaba a mirarla, a percatarse de su existencia.

—Qué grato verla nuevamente, mademoiselle—dijo una voz que le resultó vagamente familiar.

Angelyn se volvió y vio al conde de Tourenne nuevamente.

Muy feliz de verla al parecer. Murmuró un saludo y sintió sus ojos grises clavados en ella, en cada uno de sus movimientos.

Era un hombre agradable, de cabello oscuro con algunas hebras grises y tenía un donaire extranjero a pesar de que debía ser francés hasta la médula.

—Qué día tan tedioso mademoiselle y largo... la conversación languidece de forma irremediable—se lamentó el caballero.

Ella le sonrió y tuvo que conversar con él, en realidad era uno de los pocos invitados que siempre conversaba con ella y se mostraba amable.

—Es verdad... aquí el clima es distinto.

—Sí, es muy húmedo y lluvioso por la cercanía del mar. Pero esto ya parece una brujería señorita, demasiados días grises. He hablado hasta por los codos, he disertado de todos los temas interesantes, pero...

La joven pensó que exageraba, aunque sí consideró que no era un día para fiestas ni salidas en el parque. Y si el tiempo no mejoraba sí que sería tedioso para los invitados.

—Bueno, confiemos en que el tiempo mejore.

El conde tomó una copa de champagne que le ofreció un sirviente y bebió un sorbo a su salud.

—Y si no mejora al menos tendré consuelo conversando con damas hermosas— le respondió él galante.

Angelyn sonrió ruborizada, y entonces apareció su anfitrión, sin su esposa para conversar. Al parecer Tourenne era pariente de la marquesa y por eso conversaron un momento sobre ciertas reformas que el marqués esperaba realizar en el chateau de Saint Auxerre.

—Me parece estupendo, Monsieur—dijo el conde de Tourenne.

—Por supuesto que deberé esperar a que llegue la primavera. Mi esposa está algo impaciente porque construya la glorieta en los jardines, pero temo que deberemos esperar.

La mirada del marqués se desvió hacia ella en varias ocasiones, pero entonces apareció su esposa y se lo llevó del brazo.

La joven no pudo evitar sonrojarse al sentir las miradas de los presentes a la distancia.

Muchos conversaban y algunas damas permanecían sentadas abanicándose sin cesar, no porque tuvieran calor sino porque era una moda hacerlo, todas competían por lucir los abanicos más exóticos y elegantes.

Por desgracia ella no tenía ninguno, sólo un par de guantes grises que le había obsequiado su madrina la última navidad junto a una carterita de cuero en forma de sobre color azul que llevaba a todas las fiestas.

Vio al marqués alejarse a la distancia dejándola agitada y nerviosa y además luchando por no delatarse, la jovencita pensó que le habría gustado tener un abanico en esos momentos.

—Un matrimonio de estilo—opinó el conde de Tourenne.

Angelyn asintió.

El conde la miró con fijeza.

—¿Disculpe mi franqueza, pero... por qué no siempre nos concede el placer de su compañía mademoiselle? Sólo en ocasiones comparte con nosotros un almuerzo o cena—dijo. Parecía sorprendido.

Ella no supo qué decir, así que le dijo la verdad.

—Es que no siempre me invitan a participar.

Ahora era el conde quién estaba sorprendido al saber las razones de sus constantes ausencias.

—¿No la invitan? Pero qué desconsiderados. Debería estar usted siempre incluida en la lista de invitados. ¿Acaso no es la futura esposa del hermano del marqués? —dijo el caballero y enarcó una ceja expresando su sorpresa.

—Sí... espero que llegue al castillo de un momento a otro.

—¿Y si no llega, mademoiselle? ¿Si a su pobre novio le ocurre una desgracia?

Estos caminos son tan inseguros... hay ladrones y gente de mal vivir en todas partes y nadie los controla, son demasiados.

Viejos campesinos que escaparon de la ciudad y al no encontrar una ocupación decente regresaron a cometer actos de pillaje—se quejó el caballero.

Angelyn se estremeció al recordar que a ella también la habían querido robar un grupo de bandidos.

—Bueno, espero que nada malo le pase, Monsieur.

—Lo raro es que el marqués no dice lo mismo señorita, le he preguntado esta mañana y no dijo nada... sospecho que no sabe dónde está y teme decirle la verdad. “Es como si la tierra se lo hubiera tragado, no responde a mis cartas” se quejó.

La joven tembló al oír esas palabras y se movió inquieta en su silla.

—¿Eso os dijo? —preguntó en un susurro.

La mirada del caballero de Turenne estaba llena de malicia.

—Me temo que sí—respondió mientras bebía un sorbo de su copa de champagne sin dejar de mirarla.

—¿Acaso no lo sabía, nadie le dijo nada?

—No Monsieur, pensé que estaba de camino y.… esperaba su regreso de un momento a otro.

Eso lo cambiaba todo por supuesto, si su prometido había desaparecido o se negaba a responder sus cartas... no era buena señal por supuesto. Eso no debía estar pasando.

—El marqués no sabe dónde está, pero lo está buscando creo, eso dijo su esposa luego.

Ahora comprendía muchas cosas, su silencio, el que no hablara de su hermano como si no quisiera preocuparla.

—¿Entonces no está en París?

Antes de responderle, el caballero la escoltó hasta el salón principal pues acababan de avisar que pronto servirían la cena.

—Sí, algo de eso he oído. Estaba en París con unos amigos, viaja muy seguido a la ciudad, no le agrada ser el hermano de un notable del país, cree que todo esto es vetusto y absurdo: los títulos, las tierras, las bodas concertadas...

siempre fue el rebelde de la familia, la oveja negra.

Buscaba un cargo público, pero no se lo darán porque es de noble linaje y todavía hay cierto resentimiento contra los nobles y desconfianza.

Necesitará hacer un matrimonio ventajoso con la hija de algún político importante mademoiselle.

Angelyn no entendía mucho de los cargos públicos ni políticos, pero pensó que su futuro esposo no debía estar muy contento con esa boda concertada. La habían comprometido con el rebelde de la familia que prefería un cargo público a vivir en ese vetusto castillo junto a su esposa...

—Tal vez por eso no quiere regresar—balbuceó nerviosa—no quiere una boda concertada.

—Oh no lo creo, si piensa así es un tonto, además cuando la conozca cambiará de parecer, se lo aseguro.

Etienne debe madurar, no puede ser toda su vida el hermano rebelde del marqués.

Demasiado trabajo tiene el marido de mi prima Delphine...

luego de morir su padre ha tenido que asumir demasiadas responsabilidades, hacerse cargo de estas propiedades, casar a sus dos hermanas menores, a sus primas, y encaminar a su único hermano.

Se casó muy joven y es una tristeza que a pesar de los años no hayan tenido hijos, pero tienen tiempo por supuesto...

Ahora espero que su hermano menor no le dé más dolores de cabeza.

Sentada junto al conde de Tourenne Angelyn miró al marqués sin poder evitarlo.

—Pero es muy joven, todavía puede tener hijos.

—Bueno, sospecho que no mademoiselle, temo que mi prima sea estéril, llevan años casados y no hay nada qué hacerle. Suele pasar... La pobre hace ayunos y penitencia esperando un milagro, pero... bueno, a veces ocurren milagros, mujeres que no pueden concebir un buen día lo hacen...

—Es verdad—replicó la joven algo incómoda.

Luego de la cena y mientras charlaban en el salón principal mientras organizaban una partida de naipes, Angelyn comprendió lo que pasaba, sus sospechas de que su prometido no quería regresar al castillo para no casarse con ella comenzaron a ganar fuerza y fue entonces que supo también que todo era

mucho más delicado de lo que había temido.