3
EL RUIDO DE LA LLUVIA golpeando la ventana de su habitación la despertó y al comienzo no supo qué pasaba hasta escuchó el sonido de pasos alejarse y se incorporó espantada.
¡De nuevo ese fantasma merodeando en su habitación!
No podía ser. Quiso gritar, pero sólo pudo cubrirse con la manta de lana y esperar a que se fuera.
Pasos silenciosos, pasos que tal vez no fueran humanos y no era la primera vez que los escuchaba en su alcoba y de pronto recordó las palabras burlonas del conde de Tourenne.
“¿Ha visto al fantasma del castillo mademoiselle?”
Y ella había fingido no saber nada, pero sabía que alguien entraba en su habitación en las mañanas o en las noches, había sentido su presencia y...
—Señorita Angelyn, ha despertado usted.
Una criada de pulcro uniforme le llevó el desayuno y la joven la observó algo aturdida.
—Oí pasos... ¿tú estabas aquí recién? —parecía una acusación, pero no pudo evitarlo, empezaba a cabrearse pues no era la primera vez que luego de oír al fantasma aparecía una criada en su recámara poco después.
Sin embargo, la criada la miró perpleja, no era la que iba siempre, su cabello era oscuro y sus ojos de un celeste desvaído, sin vida.
—Oh no madame, yo no estaba aquí. Acabo de llegar—le respondió.
—Es que oí pasos hace un momento y luego el silencio y... Me preguntaba si acaso hay fantasmas en este castillo.
La joven se encogió de hombros.
—No hay fantasmas aquí, mademoiselle... quiero decir, nunca he oído de fantasmas. Tal vez estaba dormida y se imaginó oír pasos.
Angelyn la miró molesta, podía tener razón sí, pudo haberlo imaginado en sueños, pero no era la primera vez que ocurría.
—Los fantasmas no caminan, señorita—dijo entonces la criada—ni pueden hacer daño a los vivos tampoco, esas son fantasías que... tal vez alguien le contó eso, pero no es verdad. Nunca he visto un fantasma aquí y llevo años sirviendo al marqués de Ferbes. Tal vez era la lluvia, ¿observa el murmullo?
La jovencita miró hacia la ventana con expresión inquieta, tenía razón, llovía a mares y la lluvia hacía un sonido contra el vidrio como si fueran dedos golpeando con suavidad, pero estaba segura de que ese no era el sonido que había oído minutos antes.
Pero se acercó a la ventana para ver la lluvia, llovía de forma torrencial impregnando esos jardines y sacudiendo con su fuerza los álamos y abedules a lo lejos.
—No se inquiete mademoiselle, aquí no hay fantasmas—insistió la doncella y la jovencita se volvió pensando que un nuevo día comenzaba.
Y ese día no podía pensar siquiera en marcharse, con ese tiempo ni tampoco interrogar al marqués sobre el paradero de su hermano...
Y mientras desayunaba pensó que ese día ni siquiera podría ir a dar un paseo por los jardines.
Se preguntó qué estarían haciendo los invitados en un día tan tedioso como ese, ¿jugarían a las cartas o se quedarían en sus habitaciones leyendo algún libro interesante?
Angelyn lo ignoraba, pero sabía que ella no tendría chance de participar de sus juegos, seguía siendo un huésped que esperaba el regreso de su prometido de un momento a otro, pero pasaban los días, las semanas y todo seguía como el mismo día de su llegada. Casi igual...
La jovencita se miró en el espejo y se vio cambiada, sus ojos verdes tenían un brillo especial y sus mejillas eran rosadas y hasta su cabello rubio tenía una tersura distinta.
Se veía feliz, radiante y no podía entender por qué si su vida pendía de un hilo, si casi no se atrevía a preguntar por su prometido pues temía la respuesta, temía que el marqués le confirmara sus más negros presentimientos: y era que su prometido había desistido del compromiso,
no podía casarse con ella porque estaba casado con otra dama en un país lejano, o que algo horrible le había pasado en su viaje de regreso y estaba muerto...
Su rostro se tensó al oír ese sonido en su habitación, fue como si sus más oscuros temores crearan un clima enrarecido y hostil acercando de nuevo a ese fantasma. Estaba allí, podía sentir su inquietante y turbadora presencia...
—¿Quién está ahí? —dijo con voz histérica—¿Quién está ahí? Por favor...
Su voz se apagó cuando escuchó los pasos alejarse y luego cerrar una puerta no muy lejos de allí. Había ocurrido de nuevo. Y al parecer no era la puerta principal la que se había cerrado... ¿entonces había otra puerta en su habitación? ¿Una puerta secreta que jamás había visto?
Cerró sus ojos y respiró hondo y se dijo que era la segunda vez en el día que sentía la siniestra presencia y era demasiado, quería saber quién rayos estaba haciendo eso porque la criada tenía razón: los fantasmas no caminaban ni cerraban puertas.
Y a pesar de eso ella había sentido más fuerte que nunca al intruso en su habitación, tal vez antes de notar su presencia.
Airada y asustada recorrió la pieza en busca de la segunda puerta.
Pero estaba temblando porque había vuelto a ocurrir y ninguna criada estaba allí de testigo para decirle qué rayos estaba pasando, y no quería preguntarse si era alguien del castillo que planeaba hacerle un daño por eso iba a su habitación.
Era inútil echar los cerrojos o cerrar llaves, ese fantasma siempre buscaba la forma de entrar y ese día tuvo la certeza de que no había usado la puerta principal sino una escondida, una puerta que debía encontrar para poder descubrir la verdad.
Su habitación era espaciosa, había una cama, un reclinatorio para rezar, luego una sala pequeña contigua con una mesita y una silla para escribir cartas y a unos pocos metros estaba el vestidor donde se cambiaba y aseaba.
No había mucha luz en el lavatorio porque las ventanas estaban echadas así que tuvo que correrlas.
Todo estaba tal cual lo había dejado esa mañana luego del aseo.
La jofaina, la inmensa bañera de losa con unas pastillas de jabón y hasta el perfume que había usado para el cabello en un rincón.
Nada había sido cambiado pero tal vez podía encontrar huellas en el piso de madera.
Alguna señal de que hubo un intruso en su habitación hacía escasos minutos.
Buscó con ansiedad las huellas y luego recordó la puerta, debía estar en algún lado.
Y de pronto tropezó con ella y lo hizo porque se golpeó fuertemente al hacer corriente con otra habitación.
Allí estaba, escondida detrás de la sala de vestir, escondida con unos cortinados pesados y antiguos.
¿Por qué rayos existiría esa puerta? ¿Todas las habitaciones de ese castillo tendrían una puerta secreta?
Se acercó y la abrió y entonces se encontró con una sala oscura.
Tembló al pensar que el fantasma podía estar allí en algún lugar observándola y su impulso fue cerrar la puerta con fuerza y buscar con desesperación alguna manera de trancarla.
Por fortuna encontró dos cerrojos y los echó con decisión, para que ese ser que se había dedicado a entrar en su habitación para espiarla o hacerle daño no pudiera volver a entrar, nunca más.
Ahora podría dormir tranquila. Pero no dejaba de preguntarse ¿quién sería la misteriosa presencia en su recámara por qué la espiaba?
Lo único que sabía ahora era que no se trataba de un fantasma sino de un ser de carne y hueso, que sabía de la existencia de una puerta secreta en su habitación.
¿Y qué diablos quería? ¿Por qué se introducía como un fantasma y luego se alejaba?
—Mademoiselle Angelyn—dijo una voz familiar—Disculpe que entre así a su habitación.
La joven se quedó tiesa al ver al marqués entrar en su recámara agitado, como si hubiera estado corriendo o algo muy grave hubiera ocurrido.
—Disculpe, es que una criada dijo que no la había encontrado en su habitación ni en ningún rincón del castillo—dijo el caballero.
Ella se sonrojó intensamente.
—Estaba en la sala contigua, no lo oí llegar.
—Entonces fue un descuido de la criada al no revisar la habitación. Quería invitarla a almorzar con nosotros. ¿Le agradaría acompañarnos? En un día como este no habrá paseos ni cacería y sólo podemos conversar y contar historias. Tal vez juguemos a las cartas a media tarde y le agradaría participar.
Ella aceptó encantada, no quería quedarse encerrada, empezaba a temer que tal vez si hubiera fantasmas en ese castillo.
Él sonrió al oír su respuesta y se alejó poco después, antes de que pudiera hablarle del fantasma o preguntarle por la tardanza de su hermano.
Casi se había acostumbrado a que no hubiera noticias de su prometido ¿o sería que temía la respuesta?
¿Cuánto tiempo tardaría en decirle la verdad?
¿Por qué su presencia la inhibía e intimidaba haciéndola sentir como una tonta?
Debía buscar la oportunidad de hablar con él y preguntarle por su boda, su futuro pendía de un hilo y lo sabía.
Y mientras se preparaba para el almuerzo apareció una sirvienta con cara de espanto.
—Mademoiselle Poitiers, ¿dónde se había metido? El marqués estaba furioso conmigo porque pensó que había huido del castillo.
—¿Huir del castillo? —repitió la joven sorprendida.
—Es que vine a avisarle del almuerzo, el marqués me pidió que le avisara de la invitación para esta tarde y usted no estaba aquí. ¿Acaso había salido?
—No, sólo estaba en la sala de correspondencia—respondió Angelyn con cautela.
—Pero todo estaba vacío, la busqué por todas partes y no la vi. Luego la busqué en la biblioteca y.… imaginé que no saldría un día como este, pero me obligaron a mojarme buscándola en los jardines.
—Pero estaba aquí, siempre estuve aquí, ¿por qué me iría del castillo? No tengo a donde ir—replicó la joven.
Sus palabras sorprendieron a la criada.
—¿Y tú sabes cuándo vendrá Etienne, has oído algo al respecto?
Era la criada a quien veía con más frecuencia y con ella sí se animaría a hablar. La servidumbre del castillo no solía conversar con los invitados, pero ella necesitaba hablar con alguien y saber si había alguna noticia.
—Yo no sé nada de eso, mademoiselle, pero oí algo que... el marqués recibió una carta misteriosa y le pidió ayuda a su amigo Montnoire. Pero ignoro si es por el caballero Etienne y por favor no diga nada que le dije, él me castigará, no quiere que hable... que diga nada a usted de su hermano.