Una esposa para el conde malvado 2 #3
21%

2 #3

—En realidad puedo entender al marqués. Es un hombre apasionado, lo conozco bien. Ama y odia con intensidad. Aunque creo que por su esposa siente una profunda apatía ¿no cree? Lo que no me sorprende pues fue una unión concertada—sentenció bebiendo su copa de vino.

Angelyn notó que ese caballero tenía la mirada vidriosa y las mejillas muy rojas. Claro, debía estar ebrio, por eso decía esas cosas.

—¿De veras? No lo sabía.

De pronto sintió deseos de saber más del marqués y puesto que el caballero de casaca escarlata y negra parecía muy parlanchín decidió aprovechar la ocasión.

—Por supuesto. Además... es una dama enfermiza, no tiene buen color ¿no cree? Y poco agraciada... En cambio, él es un hombre de mucho carácter y una joven bonita como usted ha de ser una tentación difícil de resistir.

Angelyn tembló de rabia al oír eso.

—¿Qué ha dicho? ¿Acaso desvaría, señor conde? Soy la prometida de su hermano y jamás...—enrojeció mientras replicaba.

—Oh, mil disculpas, mademoiselle. No quise ofenderla—se apuró a decir Monsieur Tourenne—¿Cuándo será su boda? —agregó tal vez intentando cambiar de tema.

—Luego de que regrese Etienne—fue su respuesta.

Los ojos del conde brillaron con astucia.

—Pero nadie sabe cuándo regresará, el marqués fue muy evasivo cuando le pregunté. Tal vez ni él lo sepa. O desee prolongar su ausencia...

—¿Por qué dice eso? ¿Por qué querría el marqués que ocurriera eso? Su hermano se ha ausentado y regresará en unos días, todos lo saben—trató de mostrarse firme, pero ella tenía dudas al respecto. ¿Y si le ocurría una desgracia en el camino y enviudaba antes de la boda?

El caballero la miró con descarada fijeza.

—Tal vez mi amigo Maurice sienta un poco de envidia de que su hermano tenga una esposa tan bonita.

Angelyn miró al marqués y se sonrojó. Era la primera vez que comprendía que tal vez había algo muy extraño en la prolongada ausencia de Etienne. Día tras día esperaba su llegada, pero ni siquiera había noticias suyas, ni una carta... ¿Por qué tanto misterio? ¿Qué había ocurrido con su prometido?

Habría deseado hablar con su anfitrión en esos momentos, pero era imposible, el salón estaba atestado de invitados y la fiesta recién había comenzado.

La cena tocaba a su fin y lentamente llegaban los músicos al salón para tocar una melodía de piano y violines. Angelyn pensó que era tiempo de retirarse, pero el marqués la retuvo con su mirada, intensa, profunda... esa mirada que la atrapaba y turbaba hasta lo más hondo de su ser.

No quería que se fuera, pero no podía invitarla a bailar, su esposa se interpuso mirándola con rabia y desdén y la jovencita; algo avergonzada de sus absurdas fantasías, huyó del salón luego de despedirse de los invitados que estaban a su lado.

Pensó que era tiempo de que hablara con el marqués y lo haría al día siguiente sin falta.

No quería quedarse en ese castillo si su prometido no pensaba regresar.

Por primera vez desde su llegada intuía el peligro, esa presencia intangible que parecía acecharla casi desde que llegó a la fortaleza con dos maletas y los documentos de su padre que daban fe de que debía casarse sin demora con el hermano del marqués, estaba allí,

podía sentirlo y no era un fantasma invisible que la visitaba en su habitación a veces.

Entró sigilosa a su alcoba y llamó a una doncella para que la ayudara con el vestido.

Estaba agitada y nerviosa, sonrojada al recordar la mirada del marqués.

No era tonta, sabía que ese hombre la miraba con otros ojos y.

… no podía creer que lo hiciera siendo como era la prometida de su hermano.

Tampoco quería pensar mal del caballero...

tal vez miraba así a todas las jóvenes bonitas del castillo y eso no significara algo especial, pero...

era incómodo. Incómodo y peligroso. Lo mejor sería marcharse.

Una voz la despertó de sus pensamientos sombríos haciendo que diera un paso atrás, espantada.

—Lo siento, no quise espantarla... Mademoiselle, ¿me llamó usted? —preguntó la doncella.

—Sí—balbuceó Angelyn—es que necesito cambiarme.

—Oh por supuesto... qué pena que se marchara antes, todos están bailando en el salón. El marqués preguntó por usted.

Parecía un comentario dicho al azar sin embargo notó su mirada brillante, pícara, pero prefirió no darse por enterada mientras la ayudaba a quitarse el vestido.

A lo lejos se oía la música del salón, como una suave brisa lejana y agradable pero no podía quejarse, la habían invitado a la cena por lo menos y pudo conversar con personas agradables y distinguidas.

Y también saber que debía buscar la forma de escapar de ese castillo cuanto antes.

Eso pensaba cuando apoyó la cabeza en la almohada y su cabello rubio como cascada la cubrió casi por completo y en su mente sólo había una cosa: la mirada enigmática y profunda del marqués.

No podía quitárselo de la cabeza, esa mirada parecía traspasarla y llegar a un lugar recóndito de su ser.

A un lugar tan íntimo que le provocaba placer y pavor, confusión, sin poder entender qué era, sin poder saber por qué diablos no podía dejar de pensar en el marqués, rayos, no podía quitarse a ese hombre de la cabeza.