Una esposa para el conde malvado 2 #2
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Nuevamente debería quedarse en su habitación pues no la incluirían en el almuerzo. Tenía la sensación de que sus anfitriones la mantenían siempre apartada de reuniones y eventos en el chateau, lejos de sus amistades como si todavía no fuera digna de participar.

Hastiada y nerviosa de quedarse nuevamente encerrada se acercó a la ventana para ver ese paisaje otoñal de nubes naranjas y esos caminos llenos de hojarasca naranja, las tonalidades de naranja y marrón tan bonitas.

Le habría gustado estar allí, ser parte de los invitados en vez de permanecer alejada en un rincón, observando la alegre fiesta a la distancia una vez más.

Y entonces lo vio montado en su caballo, hombre y animal parecían uno solo.

El semental color azabache y crines reluciente y oscuras, sacudiendo la cabeza, visiblemente inquieto y el marqués muy sereno sujetando las riendas, con su elegante traje de montar y sombrero.

Sus ojos se desviaron a su figura, sus piernas largas y fuertes, las botas y sus ojos.

Aún a la distancia podía sentir la fuerza y el magnetismo de su mirada, provocándole ese temblor que la sacudió hasta lo más íntimo de su ser.

Estaba allí y la veía, a la distancia, rodeado de jinetes distinguía su rostro en esa ventana y para demostrarle que era así le hizo una inclinación con su sombrero y se alejó a todo galope.

Angelyn se alejó de la ventana ruborizada. ¿Qué diablos pasaba con ella? No debía estar allí espiando. El marqués la había visto y pensaría que le gustaba fisgonear.

La joven se preguntó mortificada cuándo regresaría su prometido.

¿Es que siempre sería una intrusa en ese castillo esperando a su novio?

¿Por qué tardaba tanto? ¿Acaso él estaba escondiéndose de ella y no quería esa boda?

¿Qué haría si se quedaba sin su prometido, sin la boda que sus padres habían planeado hacía tanto tiempo?

Estaba en el testamento, y el padre del actual marqués dio su consentimiento para la boda.

Había sido concertado por ambas partes y este último había estado muy contento con la idea, pero...

en esos tiempos algunos jóvenes se rebelaban y hacían bodas románticas, su nana se lo había dicho.

¿Y si la había visto llegar desde un rincón y pensó que no era lo suficientemente guapa para ser su esposa? ¿Si se había casado en secreto con otra mujer?

La mente de Angelyn volaba mortificada. La prolongada ausencia de su prometido, ni siquiera le había escrito una carta, ni parecía haberse percatado de su presencia en el castillo... ¿Qué podía hacer?

Un sonido de pasos la sobresaltó.

—Lo siento mademoiselle, le traigo su té—dijo una criada al notar que la había asustado. Se acercó con una senda bandeja de plata y colocó todo en la mesa de su habitación.

La joven observó todo, la taza de fina porcelana y los platillos con pasteles y un trozo de bizcocho sin demasiado interés. No tenía hambre, sólo quería dejar atrás esa horrible incertidumbre.

LOS DÍAS PASARON Y el marqués la invitó a participar de algún almuerzo o cena en compañía de los invitados.

Ella tuvo oportunidad de demostrar su destreza en el piano una tarde mientras todos se encontraban reunidos conversando y varias visitas honraban con su presencia en el gran salón.

Las damas se veían tan bellas y distinguidas con sus elegantes atuendos y los caballeros también.

La joven damisela se sintió deslumbrada por el brillo de esos vestidos, por lo felices que parecían las damas, todas acompañadas por sus maridos y se preguntó si ella también se vería así algún día.

Trató de concentrarse en la pieza de piano, ya estaba demasiado nerviosa ese día para atormentarse pensando en su prometido del que nadie hablaba. Notó que el marqués la observaba a cierta distancia y ella se esforzó en no fallar.

Y cuando finalmente terminó la pieza de Chopin, sintió los aplausos y felicitaciones a su espalda.

Ella en realidad odiaba llamar la atención, pero fue por insistencia de la esposa del marqués que interpretó esa pieza.

Esa dama tenía algo extraño, era poco agraciada y siempre se veía malhumorada, pero sabía imponer su voluntad.

Angelyn no pudo negarse, era la señora del castillo, la esposa del marqués y no la veía con frecuencia.

Vivía recluida en sus aposentos por lo general, afectada por alguna indisposición y ahora al verla junto a su marido pensó que no podía haber pareja más extraña que esa.

—Es usted encantadora, mademoiselle—dijo madame Delphine.

La esposa del marqués asintió con un gesto. No era agraciada, era demasiado gruesa y pequeña, pálida y sus ojos sin brillo seguían sus movimientos, sus gestos mientras su esposo parecía deslumbrado.

Angelyn lo notó y apartó la mirada turbada.

Pensó que imaginaba cosas, pero no era verdad, él la miraba porque debía estar muy guapa con su vestido azul de terciopelo, el más nuevo de todos recientemente reformado con los puños y ruedos de falda de encaje negro.

La combinación había sido acertada y, además, su doncella había estado horas peinándola y llevaba un moño alto con unos mechones de bucles en las sienes, se veía algo mayor con el peinado, pero le gustaba.

Excepto porque atraía miradas y eso la hizo sentir incómoda al comienzo.

La ausencia de su prometido se hizo notar, porque una dama de vestido color pastel preguntó por Etienne al marqués.

—Oh, pero ¿dónde está su hermano marqués, ¿cómo es posible que esté aquí su prometida y.…? —su gesto era de malicia y sorpresa.

Angelyn no pudo escuchar el resto de la conversación, pero sí notó que su anfitrión parecía bastante incómodo mientras decía lo de siempre:

—Es que mi hermano se encuentra en París, madame Chloé. Esperamos su regreso de un momento a otro por supuesto...

Casi conocía la frase de memoria. Y ya no creía en ella. ¿Qué hacía el hermano del marqués en París? ¿Qué asuntos tan urgentes le retenían allí? ¿Negocios, compromisos de la alta sociedad, cualquier distracción era mejor que regresar a su castillo?

Por primera vez tuvo la sensación de que el marqués mentía ¿y lo hacía obligado, forzado por las circunstancias o acaso lo imaginaba?

¿Sería que no sabía dónde estaba su hermano y decía que estaba en París por “compromisos impostergables”?

La joven empezaba a temer su respuesta y casi prefería que inventara algo nuevo a tener que enfrentarse a la posibilidad de abandonar ese castillo sin un esposo, sin una boda...

Viviendo de nuevo con su madre viuda y austera que la obligaría a buscarse una colocación.

No sabía hacer nada más que lo hacía una señorita de su posición educada para agradar y complacer a los demás, para que un día tuviera un esposo y él se sintiera orgulloso de ella.

Su única meta había sido el matrimonio desde niña, sabía que se casaría con un noble y tendría una vida acomodada y ahora...

Se vio en el espejo del gran comedor y pensó que su vestido azul no estaba de moda en ese momento, ninguna dama llevaba un escote tan cerrado como el suyo, y ya no pensó que estuviera hermosa como le había asegurado su doncella.

Pero ¿qué importaba eso ahora? Debía saber dónde estaba su prometido. Tarde o temprano tenía que saberlo...

Pero ¿tendría la osadía de preguntarle al marqués? Sabía que no se atrevería y por cortesía se vio obligada a conversar y a quedarse en la fiesta, a participar de la cena y no tardó en notar que su anfitrión no dejaba de buscar su mirada con insistencia.

Casi no pudo probar bocado de los nervios. No entendía por qué hacía eso. No era correcto ni tampoco...

De pronto se puso a conversar con un caballero para distraerse.

—Mademoiselle Angelyn, ¿le agrada vivir en Saint Auxerre? Disculpe mi pregunta, pero... sentía curiosidad. Me pregunto sí esas historias de fantasmas que he oído serán ciertas.

El hombre que le hablaba estaba sentado a su lado y había notado su mirada en ocasiones, pero por supuesto fingió no verlo. Angelyn sonrió con timidez.

—Es que no he visto ningún fantasma aquí, Monsieur Tourenne.

Bueno, eso sin mencionar a la tía del marqués por supuesto.

El conde de Tourenne pareció muy sorprendido con su respuesta.

—¿No? Vaya... Es inesperado. ¿Ni uno solo?

La joven se sonrojó y de pronto notó la mirada del marqués a la distancia, intensa y levemente maligna como si algo lo fastidiara en esos momentos.

—Oh dios mío, creo que he ofendido al marqués—murmuró el caballero. —Es un hombre muy celoso, ¿sabía? Y creo que no es de su esposa que siente celos por supuesto.

La joven dijo no entender de qué hablaba, ¿primero la interrogaba sobre los fantasmas y ahora le preguntaba si el marqués sentía celos por su conversación? Era insólito, vaya, nunca había creído que los caballeros de esa provincia fueran tan directos y osados.