2
LA DONCELLA MELISSA tenía razón, al castillo llegaban parientes y amigos del marqués: hermosas damas con opulentos trajes de fiesta y caballeros con elegantes casacas y modales encantadores y se quedaban días.
Angelyn se sentía mucho más tímida en presencia de extraños y casi le alegraba que el conde le permitiera quedarse en su habitación la mayor parte del tiempo y no se ofendía si no participaba de los juegos de cartas ni partidas de caza.
Pasaba el día entero leyendo, escribiendo alguna carta o dando paseos a media mañana si el tiempo lo permitía mientras esperaba confiada que su prometido llegara de un momento a otro.
Le gustaba estar sola y pasar desapercibida, su anfitrión siempre la saludaba amable pero su presencia le provocaba una turbación espantosa que no lograba controlar y odiaba sentirse así.
No podía entender por qué le pasaba eso, creía que era simple timidez, pero...
Su mirada tan intensa la asustaba, no soportaba sentir esos ojos puestos en ella, tenía la sensación de que la desaprobaba, o que estaba estudiándola para saber si realmente sería una buena esposa para su hermano.
Su doncella dijo que él pensaba que era adecuada porque se veía saludable, pero Angelyn no le creía demasiado.
Era un caballero reservado y silencioso, a pesar de que en presencia de sus amistades se mostraba más locuaz y distendido, cuando no había invitados se mostraba taciturno en compañía de su esposa.
Sentía curiosidad por conocerla y cuando eso ocurrió se llevó una sorpresa.
Se encontraban almorzando con algunos comensales cuando llegó la marquesa Delphine y los caballeros se levantaron de sus sillas en señal de respeto. Angelyn notó que el marqués se acercaba solícito a saludar a su esposa y ayudarla con su silla.
Era una joven algo regordeta y de baja estatura y cabello oscuro y ojos de un color azul desvaído, sin vida, triste y pálida, muy pálida como si no tuviera salud.
Angelyn siguió sus movimientos con cierta ansiedad y aguardó a que le fuera presentada.
Entonces su mirada se encontró con la del marqués y este le dijo algo al oído a su esposa.
—Querida, ella es mademoiselle Angelyn de Poitiers, la prometida de Etienne.
La dama se detuvo y la miró con curiosidad y luego su mirada cambió.
—Encantada, mademoiselle—dijo y su mirada oscura parecía recorrer su figura sin ocultar su disgusto y rabia mientras intentaba esbozar una sonrisa.
La jovencita respondió con un saludo y una reverencia.
Luego todos se sentaron y comenzó la conversación.
Ella tuvo la sensación de que le habló por cortesía, pero luego de hacerle algunas preguntas sobre su familia la olvidó por completo, sumida como estaba en sus propios pensamientos.
La presencia de su marido parecía afectarla, notó cierta tensión entre ambos a pesar de que él la trataba con suma cortesía en gestos y palabras.
La marquesa en cambio parecía malhumorada y sombría, como si estuviera molesta por alguna pequeña desavenencia con su esposo. O tal vez tuviera esa forma de ser.
A media tarde y aprovechando el buen tiempo el marqués y su esposa organizaron un picnic en los jardines, pero Angelyn no fue invitada y regresó a sus aposentos a leer un libro.
Su situación era algo extraña. Era la invitada, la prometida del hermano del señor del castillo, pero no siempre era incluida en los almuerzos y cenas, ni tampoco en las distracciones reservadas al parecer a los invitados de más categoría.
Lo que le resultaba ingrato y desconcertante a la vez al igual que la ausencia de Etienne.
Pasaban los días y nadie mencionaba cuando regresaría como si este hecho no fuera relevante.
La jovencita se sentía una extraña en ese castillo, como si ese caballero le hubiera dado refugio y no fuera su invitada y futura parienta. Hasta su amabilidad parecía forzada y, sin embargo, a pesar de ello, su presencia seguía siendo tan perturbadora como el primer día.
MIENTRAS ESPERABA QUE su prometido llegara, día tras día, esa mañana gris de comienzos de otoño decidió escribir una carta a su tía para tranquilizarla y también ocupar su tiempo leyendo buenos libros y bordando, si la luz era buena.
Sus pensamientos volaban lejos mientras bordaba flores en pañuelos y se preguntaba si su futuro esposo estaría de acuerdo en que bordara sus iniciales en las sábanas y demás. Su tía le había dicho algo contradictorio con respecto a bordar todo el tiempo.
—Querida niña es mejor que ocupéis vuestro tiempo leyendo un buen libro o tocando el piano, porque el bordado suele impacientar a los caballeros.
Algunos se quejan de que sus esposas se lo pasan bordando en las reuniones de etiqueta porque es una costumbre algo extendida en estos tiempos, así que no exageres querida, no bordes en presencia de tu esposo.
Angelyn observó las bellas flores bordadas y suspiró.
Le encantaban las labores de aguja y ella misma había remendado algunos vestidos que le habían obsequiado sus familiares más pudientes.
Todos los vestidos, casi nuevos de sus primas iban a parar a su guardarropa, excepto algunos que llegaban algo gastados.
Pero hacía tiempo que sus padres no podían comprarle vestidos nuevos por eso tuvo que modificar los últimos, para que no se vieran tan deslucidos y anticuados.
Les agregó faldas nuevas y mejoró el corsé y las mangas agregándoles encaje. Eso los mejoró bastante.
Un sonido en la habitación la sobresaltó. ¿Acaso había oído pasos?
No podía ser. No había nadie en su cuarto, los sirvientes sólo aparecían a las horas de las comidas o si el marqués les enviaba con algún recado. Sin embargo, sí había oído pasos y sentido una presencia allí, no podía ser, debió imaginarlo por supuesto, pero...
Miró inquieta a su alrededor y sintió unos pasos alejarse con sigilo se incorporó espantada. Al parecer sí había alguien allí.
—¿Quién está ahí? —preguntó con voz aterrada.
No tuvo respuesta.
Dejó el bordado sobre la mesa y se acercó al final de la habitación con paso tembloroso.
—¡Por favor! Llamaré a los criados si no se va ahora—farfulló con voz aterrada. Una voz que a ella le sonó muy extraña y desesperada.
Entonces sintió unos pasos alejarse en silencio, muy despacio, para luego cerrar la puerta con un movimiento suave, muy suave. Pero ¿cuál puerta? Nadie pasó frente a ella, y la puerta de su habitación solía estar cerrada. Eso no podía ser.
Se quedó aterrada incapaz de hacer nada, entonces era verdad, alguien había estado espiándola, y demonios, no había sido la primera vez.
No deseaba ponerse histérica, pero tenía la sensación de que en ese castillo había un fantasma que la acechaba.
Luego se preguntó si un fantasma podía dar pasos y cerrar puertas como acababa de ocurrir...
Cuando pudo vencer su terror fue a investigar y entonces vio la puerta principal abierta de par en par y a una mujer mayor, de mirada fija.
No parecía una criada, era demasiado anciana y su atuendo elegante, un vestido negro de terciopelo y encajes resaltaba la palidez de su rostro macilento y marchito, los ojos hundidos que parecían mirar sin ver con un moño estirado blanquísimo que ostentaba broches con brillantes.
Al igual que su cuello adornado por un gran camafeo de plata y piedras.
Antes de que pudiera preguntarle qué hacía en su habitación la dama comenzó a hablar.
—Emelie, ¿eres tú? Lo sabía... dijeron que habías muerto. Mintieron. Sabía que no era verdad, que no podía ser.
—Señora, no soy Emelie, soy Angelyn de Poitiers y voy a casarme con el joven Etienne—replicó la joven algo nerviosa por la confusión de la dama.
—Etienne—repitió contrariada.
—Sí, soy huésped en el castillo. Soy la prometida del joven Etienne. Llegué aquí hace unos días y espero el regreso de mi prometido.
La anciana pareció entender que se había equivocado y eso le provocó confusión y cierta tristeza.
—Emelie ¿por qué tratas de confundirme? Sé que eres tú. ¿Por qué no quieres hablar conmigo? ¿Es que no sabes quién soy?
Angelyn comprendió que la anciana desvariaba y tuvo miedo, ¿cómo llegó a su habitación? ¿O acaso alguien la envió para asustarla? ¿Pero quién haría eso?
Nerviosa tocó la campanilla para que acudiera una criada en su ayuda. La anciana realmente se veía nerviosa, afectada y si estaba loca pues no quería que estuviera cerca de ella.
Por fortuna una doncella llegó casi enseguida y al ver a la anciana le habló con mucha suavidad y se la llevó. Poco después apareció su doncella Melissa.
—Qué ocurrió mademoiselle? Se ve pálida. ¿Acaso se siente indispuesta? — Preguntó.
—Es que había una anciana aquí, se la llevaron, pero me asustó mucho, apareció de repente y... Me llamó Emelie y no me creyó cuando le dije que mi nombre era otro, pensó que le mentía—balbuceó Angelyn.
—Lo siento mademoiselle, debió escaparse... Seguramente fue madame Arlenne es la tía del marqués y desvaría por la edad. La pobrecita perdió a su hija aquí y no se resigna, no cree que... discúlpela. La dama no quedó muy bien.
—¿Su hija se llamaba Emelie?
La criada asintió.
—Sí, falleció hace años, la pobre estaba comprometida en matrimonio con un caballero y meses antes de la boda enfermó de gripe y murió.
Nunca se recuperó y a veces... también llama Emelie a la marquesa madame Delphine.
No puede aceptar que su hija ha muerto, ¿comprende?
No se asuste, por favor, es una dama inofensiva... ¿Dónde está ahora, se fue?
—Se la llevó una criada.
Melissa suspiró.
—Puede estar tranquila mademoiselle Poitiers, no le hará daño. Sólo es que a veces se escapa de sus aposentos con la excusa de que busca a su hija, pero no hace nada más que eso. En ocasiones desvaría sí, confunde la realidad, pero es una dama tranquila.
Angelyn aceptó la explicación no muy convencida. La visita de la anciana la dejó muy nerviosa. ¿Acaso esa parienta del marqués había estado espiándola, entrando sigilosa a su habitación con la necia idea de que ella era su hija muerta?
—Mademoiselle, se ve nerviosa, le traeré el té.