Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Me enseñaron que las almas gemelas no están predestinadas, que pueden encajar en cualquier momento de emoción intensa compartida.

Pero, si eso fuera cierto, ¿cómo habría mostrado señales de la conexión incluso antes de dejar el mundo humano?

Eso no se siente como algo aleatorio, se siente como destino.

Y quizá nunca creí en el desti no antes, pero me gusta pensar que Alix siempre estuvo destinada a mí.

De pronto, quiero ver su cara.

Me aparto y le doy vuelta para que me mire. Ella tropieza, los leggings mantienen sus rodillas juntas, y la sujeto por las caderas para estabilizarla antes de caer de rodillas frente a ella.

—¿Qué estás haciendo? —jadea, todavía sin aliento.

Como respuesta, la sostengo por las caderas, con la cara alineada con su sexo desnudo. Me inclino hacia delante y presiono la boca con suavidad contra su clítoris, mientras deslizo las manos por sus muslos y bajo los leggings por sus piernas.

Alix jadea y sus manos caen sobre mi cabeza.

Paso mi lengua sobre ella despacio al principio, luego más rápido. Paso a mordisquear su clítoris, con pequeñas succiones y giro la lengua hasta que empieza a temblar, a punto de perder el control. Entonces, en el último segundo, me aparto y hundo la lengua en su entrada ardiente.

Tengo que levantarle una de sus piernas para sacar los leggings por el pie y aprovecho para abrirla más, empujando su rodilla hacia un lado y recorriéndola desde atrás para adelante. Ella gime, aferrándose a mi cabello para no perder el equilibrio.

—Daemon —susurra con urgencia—. Por favor.

—¿«Por favor» qué, Duraznito?

—Por favor… no puedo con esto, es demasiado.

En mi opinión, «demasiado» es algo bueno. Sonrío contra ella, usando cada centímetro de mi lengua para hacerle temblar las piernas y tensar todo el cuerpo.

—Por favor —suplica de nuevo—. Cógeme. Quiero que vuelvas a estar dentro de mí.

Casi gimo al oírla. Yo también quiero volver a estar dentro de ella, pero quiero que se venga primero. Quiero saborear el momento en que se desmorone y luego hundirme en ella mientras aún tiembla.

Alix echa la cabeza hacia atrás y aprieta la tela de su camiseta con los puños.

—Quítatela —ordeno cuando por fin libero sus pies de los leggings y los arrojo detrás de mí.

—¿Qué? —pregunta, con los ojos velados de deseo.

—Quítate la camiseta. Quiero ver cada centímetro de lo que es mío.

Agarra el extremo de la camiseta y se la quita por la cabeza; luego hace lo mismo con la prenda negra ajustada que lleva debajo.

Sus pechos rebotan al quedar libres y yo gimo, antes de apoyar sus piernas sobre mis hombros y volver a devorar su sexo hasta que empieza a temblar otra vez y finalmente grita, arqueando las caderas contra mi cara.

Antes de que el eco de su grito se apague en la habitación, la atraigo conmigo al suelo. Su cuerpo está flojo, lánguido, y cae con facilidad, sentándose a horcajadas sobre mí.

Aparto el cabello de su cara y llevo mi boca a la suya.

Sus labios se abren de inmediato, recorre mi lengua con la suya y, sin duda, se saborea en mis labios.

Rodea mi cuello con los brazos y sus antebrazos rozan mis alas. Se detiene y estira la mano para deslizar un dedo sobre una de ellas.

—Me encantan. Te ves como siempre imaginé a los ángeles.

—La maldita ángel eres tú, Duraznito. Y me alegra que te gusten las alas, porque las vas a ver mucho. Soy incapaz de controlarme cuando estoy cerca de ti.

—¿Y si quisieras acostarte bocarriba? ¿Se aplastarían las alas o desaparecerían?

Me empuja ligeramente el pecho, acomodándose hasta que sus rodillas caen a ambos lados de mis caderas.

Obligo a las alas a desvanecerse y me recuesto sobre la alfombra, mirándola. Sus manos descansan sobre mi pecho, mientras las mías se deslizan sobre sus muslos abiertos. Se ajusta un poco, arrastrando su vagina perfecta por la longitud de mi miembro ya goteante, hasta que la punta roza su entrada.

Eleva las caderas y luego se desliza hacia abajo, recibiéndome por completo.

Ambos gemimos cuando se sienta. Y justo cuando creo que voy a morir si no se mueve, Alix empieza a balancear las caderas.

Suelto un gemido y ella sonríe, disfrutando claramente su revancha. Yo también la disfruto: no existe tal cosa como «demasiado» cuando se trata de ella.

Primero apoya las manos en mi pecho mientras se mueve despacio, de arriba abajo. Luego veo una gota de sudor en su sien y su respiración vuelve a agitarse. Se inclina hacia atrás, apoyando las palmas justo encima de mis rodillas, abriendo todo su cuerpo para que lo admire mientras me cabalga.

Me lamo el pulgar y lo llevo a su clítoris, frotándolo mientras la observo descender sobre mí una y otra vez, cada vez más rápido, a medida que empieza a perder el ritmo.

El calor que me golpea la base de la columna desde el segundo en que entramos en esta habitación alcanza su punto máximo y, finalmente, no puedo más.

Presiono su clítoris entre los dedos y acelero el movimiento.

Ella cierra los ojos, su cuerpo vuelve a tensarse a mi alrededor y abre la boca en un grito silencioso.

Y entonces, mientras tiembla sobre mí, por fin me dejo llevar, mirándola a la cara mientras me derramo dentro de ella.

Una eternidad después, Alix se desploma y cae hacia adelante contra mi pecho.

Durante largos minutos permanecemos así, en silencio. El sol entra a raudales por las ventanas altas y observo el polvo flotar en el aire mientras juego distraídamente con su cabello.

—Ahora lo entiendo —susurra.

Mi mano se detiene.

—¿Qué?

—El «felices para siempre». Nunca supe bien qué significaba. Como qué pasaba después de que terminaba la historia. Pero ahora lo entiendo. Es solo esto. Nosotros.

—Así es, Duraznito. Y gracias al collar de Thorne, eso va a durar un largo tiempo.

Apoyo mi frente en la suya.

—Tú y yo por el resto de nuestras vidas inmortales. ¿Crees poder con eso?

Ella sonríe.

—No se me ocurre nada mejor.