Capítulo 30 #2
Su espalda se tensa, pero cuando le aprieto aún más la mano, una expresión decidida le cruza la cara y se gira hacia la multitud creciente.
—El rey ha muerto —comienza Daemon.
Se hace un silencio sepulcral tras su proclamación y luego alguien lanza un grito de júbilo. Pronto, cientos de voces se suman al coro y toda la corte grita su aprobación.
—No creo que les moleste —murmuro.
Daemon sacude la cabeza, preocupado, a pesar de que todo parece jugar a su favor.
—¿Qué pasa? —pregunta Kastian.
Daemon levanta ambas manos para hacer callar a la multitud.
—La muerte de Thorne significa que la corona pasa a mí, pero no la quiero. Es decir, no a menos que ustedes quieran que la tenga. Durante demasiado tiempo, ninguno de ustedes ha tenido opciones. No voy a comenzar un nuevo reinado quitándoles todavía más autonomía.
La multitud guarda silencio un instante y luego, de golpe, los vítores estallan otra vez.
—Creo que eso es un sí —murmuro—. Felicidades.
—No tengo idea de cómo ser rey —responde él, con la mirada algo perdida.
Mi mente humana y moderna ya piensa en organizar terapias de emergencia para todos y en programas de apoyo social, pero está claro que ese no es el tipo de ayuda que la corte busca ahora mismo.
—No creo que nadie sepa cómo ser rey —digo—. Tal vez solo haz lo que te parezca correcto.
—¿Por instinto? —pregunta, esbozando una sonrisa.
Sonrío, un poco avergonzada.
—Exacto. Yo empezaría por ayudar a reconstruir la ciudad y el palacio, ayudar a la gente a encontrar a sus familias y a reconstruir sus hogares.
—Buena idea, Duraznito.
Sonríe de verdad, se le ilumina toda la cara. Luego vuelve a apretar mis dedos y se aleja para hablar con los cortesanos más cercanos.
Odessa se acerca y ocupa el lugar que Daemon deja a mi lado.
—Eso fue rápido —observa.
—Ahora entiendo lo que decías —le digo—. Es decir, ya lo entendía antes, pero ahora es clarísimo.
Arruga la frente.
—No sé si estás adoptando malas costumbres nuestras o qué, pero de verdad tienes que trabajar en explicarte mejor.
Me río y hago un gesto con la cabeza hacia Daemon, que ahora está de pie con un gran grupo de soldados al otro extremo del pasillo destruido.
Les habla con vehemencia, mientras Fox se alza detrás de él, con los brazos cruzados.
Los soldados parecen a partes iguales inspirados y aterrados, lo cual, estoy segura, es justo la intención.
—Es un buen líder. Creo que se asegurará de que todos se recuperen.
—Tú también lo harás —señala ella.
Asiento y sonrío apenas. Espero que tenga razón.
Ya es de noche cuando Daemon y yo conseguimos otro momento a solas. Caminamos juntos por el sendero familiar hasta mi dormitorio y Daemon cierra la puerta detrás de nosotros.
Suelto un suspiro.
—Es raro estar aquí otra vez.
Daemon no responde. Miro por encima del hombro. Está apoyado contra la puerta y, por un segundo, solo me observa. La sonrisa radiante que mostró ante la corte ha desaparecido; ahora, tantas cosas se agitan detrás de sus ojos que vacilo.
—¿En qué estás pensando?
Sus dedos se flexionan a su costado, se cierran en puños y se relajan de nuevo.
—Estoy tratando de decidir si debería gritarte por arriesgar tu vida o simplemente agradecer que sigas viva.
Me muerdo el labio.
—¿Yo también?
Deja escapar un gruñido bajo.
—Esto no es una maldita broma, Alix.
—Lo sé. De verdad quise decir «yo también». ¿No crees que yo también estoy molesta porque arriesgaste tu vida?
Sus ojos destellan con algo insondable. Se separa de la pared y avanza hacia mí; cierra la distancia en dos zancadas. Retrocedo hasta que me acorrala contra el costado de la cama con dosel, una posición ya demasiado familiar entre nosotros. Mi pulso se acelera, pese a la dureza de su expresión.
—¿Estás enojada porque estuve en peligro?
—Claro que sí.
—Aunque nunca hubo una posibilidad real de que perdiera.
Me muerdo el labio. Se está mintiendo a sí mismo, o tal vez solo a mí. Esa pelea estuvo mucho más reñida de lo que me habría gustado y, aunque ahora todo terminó, supongo que ya no queda nadie más de quien preocuparse.
—Bajo esa lógica, tampoco hubo una posibilidad real de que yo saliera herida —susurro, alzando la cara hacia él—. Llevé el chaleco todo el tiempo.
Deja escapar otro gruñido, bajo y vibrante.
—Esto podría seguir así para siempre.
—Entonces no permitamos que ocurra. Solo seamos agradecidos.
Él inclina la cabeza hasta apoyar la cara en la curva de mi cuello. Sus hombros se relajan, respira hondo, e inhala mi aroma.
—Nunca pensé que volvería a verte.
Se me retuerce el estómago y se me oprime el pecho: una mezcla de emoción, anhelo y miedo. Sin saber cómo expresarlo, recurro a mi mecanismo de defensa habitual y le resto importancia.
—Oh, estoy segura de que lo habrías superado. Apostaría a que hay miles de mujeres fae que morirían por lanzarse a los pies de un rey.
Se queda rígido y se aparta; me mira fijo a los ojos.
—No. Eso jamás pasaría, carajo.
—Lo sé. Perdón, fue un mal chiste, yo…
—No, necesito que entiendas esto. —Sus dedos se enredan en mi cabello y me sujeta con firmeza, obligándome a sostenerle la mirada—.
Nunca habrá nadie más para mí. Jamás. Así funcionan las almas gemelas.
No puedo dejarte y tampoco querría hacerlo, pero, si el vínculo aún no se ha activado para ti, todavía podrías irte. No tienes por qué…
Mis ojos se abren de par en par y siento que se me corta la respiración.
—¿Estás diciendo que soy tu alma gemela?
Sus ojos se abren aún más, de forma casi imposible. Traga saliva, desconcertado por un instante.
Luego su mirada se ensombrece.
DAEMON
Aún no puedo creer del todo que ella esté aquí, frente a mí.
No lo creería si no fuera porque el hueco en mi pecho se ha cerrado y las miles de dagas que me atravesaban, punzando como espinas, han desaparecido.
Lo único que queda es un calor, un latido insistente que me impulsa a terminar esto.
A reclamarla por completo, como mía, para siempre.
—No me di cuenta de que nunca te lo había dicho —digo, sin estar muy seguro de qué vendrá después—. De algún modo pensé que lo sabías. Debes saberlo, porque no se me ocurre otra explicación.
—Lo sabía… lo sé —responde ella, con la voz levemente temblorosa—. Pero dímelo de todos modos.
Me acerco aún más, presionando todo mi cuerpo contra el suyo y la empujo suavemente hasta que su espalda queda contra el poste de la cama.
—Eres mía, Alix. Para siempre. Nunca pensaré en nadie más, nunca desearé a nadie más. Te seguiré a donde sea por el resto de mi maldita vida.
Ella entreabre los labios en un jadeo y me mira con asombro. Puedo sentir su corazón latiendo contra mi pecho.
Alix sonríe, claramente imaginando nuestro futuro, y me encanta que esté pensando en eso.
La amo, pero ahora no puedo pensar en el futuro: estamos demasiado, demasiado cerca.
Siento cada centímetro de su cuerpo contra el mío, y el vínculo en mi pecho me domina, exigiendo completarse.
Consumarse. Necesito hundirme en ella y sentir cómo me aprieta, sabiendo que me pertenece por completo, absoluta y enteramente.
Mi erección palpita, y presiono las caderas con más fuerza contra su vientre. Alix se estremece, su mirada se vuelve lánguida y pasa la lengua por sus labios.
Bajo la mano y la deslizo por su muslo, sobre los leggings negros ajustados.
—¿Te he dicho que me gustan?
—No.
Deslizo los dedos por la curva de sus nalgas.
—Me gustan.
—Tal vez las use a veces —dice, un poco sin aliento—. ¿Aún tienes esa chamarra de cuero? Porque seguro podemos negociar algún tipo de acuerdo.
Río entre dientes y dejo caer la cabeza en su hombro, presiono los labios contra su cabello, su oreja, la curva de su cuello.
—Negociaremos luego, Duraznito. Si no estoy dentro de ti en los próximos cinco segundos, voy a morirme, maldita sea.
Ella gime y se mueve contra mí. Me aparto apenas, lo suficiente para que se dé vuelta y quede de espaldas, con las caderas firmemente presionadas contra mi erección y la frente apoyada en el poste de la cama.
Alza los brazos y se aferra al poste, como si intentara treparlo.
Arquea la espalda y se pega aún más a mí.
No pierdo un segundo en alcanzar la cintura de su pantalón y bajarlo de un tirón, dejando su trasero al descubierto.
Emite un sonido a medio camino entre un gemido y un espasmo cuando el aire frío roza su piel desnuda, pero no la dejaré sentir frío por mucho tiempo.
Ya puedo percibir su aroma, lo húmeda y lista que está.
No me molesto en desnudarme por completo ni en quitarle la camiseta.
Solo desabrocho el cinturón con una mano, libero mi erección y la empuño para guiarla hacia ella, embistiéndola de una sola vez.
Alix jadea con fuerza y se estira, arqueando la espalda y, de algún modo, logrando que penetre aún más profundo.
—Carajo, Duraznito —respiro, cerrando los ojos ante los puntos negros que aparecen en los bordes de mi visión.
Esto no va a ser suave. Me duele de deseo, estoy hambriento de ella, y habrá tiempo de sobra después para tomarla otra vez con calma. Para recorrer cada centímetro de su cuerpo con la boca, mirarla a los ojos y repetirle una y otra vez cuánto la amo, hasta dejar de temer que vuelva a desaparecer.
Pero no ahora.
Ahora empiezo a moverme, entrando y saliendo de ella con fuerza, embriagándome con sus gemidos agudos. Le sujeto las caderas con tanta fuerza que sé que mis dedos dejarán marcas.
—Más fuerte —dice sin aliento.
Levanto la mano y la estrello con fuerza contra sus nalgas. Ella grita, un sonido entre gemido y alarido.
Sé que mis alas están desplegadas incluso antes de ver las plumas de reojo. Debí saber que Alix era mía desde el principio, desde el primer momento en que volé sosteniéndola, cuando ni siquiera llevábamos tres horas de conocernos.