Capítulo 30
ALIX
Daemon y yo apenas conseguimos a solas unos segundos antes de que —como ocurre tan a menudo— todo vuelva a empeorar.
Me alza en brazos y me carga por el resto de la escalinata; juntos regresamos al castillo. Kastian nos recibe en la entrada y alcanzo a dedicarle una leve sonrisa justo antes de que el caos nos engulla.
Si pensé que los disturbios se apaciguarían solo porque Thorne ya no está, me equivoqué. Toda la sala vibra con violencia y una ira explosiva, como si el amanecer inminente avivara la furia de la corte.
Veo a Odessa cerca de las escaleras. Cruza la mirada conmigo entre la multitud y sus ojos color violeta se abren de par en par. De inmediato empieza a abrirse paso hacia nosotros. A mi lado, Kastian se pone rígido, como si reprimiera algún impulso.
Daemon se gira hacia Kastian para llamar su atención.
—Llévate a Alix y váyanse ahora mismo.
—No —dice Odessa, por fin llegando hasta nosotros.
—No hay razón para esperar más. Este es el final —Daemon señala detrás de él, hacia el cielo lluvioso, cada vez más claro.
—Pero está lloviendo —empiezo a decir—. Está oscuro, así que…
—No importa —refunfuña Daemon—. Que la maldición se vuelva permanente significa que el sol ya es irrelevante. Todos tienen que huir. Mejor aún: volar. Pongan toda la distancia posible entre ustedes y Vernallis.
—No vamos a dejarte aquí, Ashwater —dice Fox.
Miro por encima del hombro. No sé en qué momento llegó, pero sus palabras, siempre escasas, tienen un peso contundente.
—¡Sí! —exclama Jett, abriéndose paso entre la muchedumbre hasta quedar jadeando junto a Odessa—. Yo tampoco me voy.
—Prometiste que te irías —exclama Daemon, dirigiéndose más a Kastian que a los demás.
—Lo haremos —le asegura Kas—, pero no todavía. Queremos quedarnos contigo hasta el final. Nosotros…
—¡No! —brama Daemon, haciendo que todos guarden silencio—. No van a quedarse aquí conmigo.
—Pero si solo quedan unos momentos… —empiezo, con la garganta cerrada por las lágrimas contenidas—. ¿Qué sentido tiene huir ahora?
De todos modos ya es demasiado tarde. Lo sé porque el sol está saliendo y la primera luz del alba se filtra por la puerta abierta y el ventanal destrozado. El resplandor le recorre la cara de Daemon e ilumina sus ojos mientras me mira con obstinación.
—El punto es que estarás más segura —insiste, como si no viera el sol.
O quizá sí lo ve, pero eso solo lo convence más.
Extiende la mano y me aparta una lágrima de la mejilla y me levanta el mentón para obligarme a mirarlo. Luego continúa:
—Te amo, Alix. Maldita sea, te amo —mira a sus amigos—, los amo a todos, pero no puedo protegerlos. Agoté todas las opciones y no fue suficiente, así que tienen que irse. Sacrificaría con gusto mis últimos minutos contigo si eso significa que estarás a salvo.
Antes de que alguien responda, un estruendo ensordecedor sacude el castillo y hace temblar los muros de piedra.
Por instinto, extiendo los brazos para mantener el equilibrio mientras el suelo vibra con violencia bajo mis pies.
Los candelabros se balancean de forma peligrosa sobre nosotros y el piso parece cobrar vida, desplazándose y convulsionándose con una fuerza brutal.
Daemon me alcanza y me rodea con los brazos cuando todos caemos al suelo, derribados por el sismo.
Sus brazos fuertes me aprietan aún más; sus labios rozan mi oído.
—Te amo —susurra, y me estremece.
Antes de que pueda responder, captura mis labios en un beso apasionado y me arrebata cualquier palabra. Su sabor es embriagador, como miel y fuego y todo lo que existe entre ambos. No me aparto hasta que el temblor por fin se aquieta. Cuando nos separamos, siento el calor del sol en la cara.
Miro hacia atrás. Sigue lloviendo, pero el sol se abre paso entre las nubes en algunos puntos y lanza un abanico de colores del arcoíris que danzan en el cielo.
Con el corazón desbocado, giro la cara hacia Daemon. Él me mira, parpadeando, confundido.
—¿Qué está pasando?
—¿Te sientes bien? —pregunto, nerviosa.
—Bien —dice Daemon, con cara de confusión.
Miro alrededor del vestíbulo devastado del castillo. A nuestro alrededor, los nobles fae también se observan unos a otros con desconcierto. Nadie actúa de forma salvaje; de hecho, todos parecen mucho más civilizados que hace apenas unos instantes.
Daemon se aparta de mí, se pone de pie y camina con rigidez hasta el rayo de sol más cercano. Se queda quieto, con los haces iridiscentes reflejándose en su cara hermosa.
Todos contenemos la respiración.
—¿Te sientes como siempre, Ashwater? —grita Jett—. ¿Cómo me llamo?
—Vete a la mierda —responde Daemon.
Jett sonríe de oreja a oreja.
—Exacto. Se encuentra bien.
—¡Dios mío! —suelto de pronto, mientras la felicidad empieza a brotarme en el pecho—. ¿Funcionó? ¿Matar a Thorne lo arregló?
Daemon niega con la cabeza y arruga la frente con intensidad.
—Imposible. No pasó nada cuando lo maté. Estoy seguro de que no fue eso. Él no hizo ningún sacrificio. La maldición decía…
—«La maldición solo se romperá cuando el rey de Vernallis admita que es impotente y sacrifique a quien más ama» —interrumpe una voz débil.
Me doy vuelta de golpe, buscando a quien habla, y me encuentro cara a cara con un anciano frágil.
Está encorvado, vestido con un uniforme de sirviente harapiento y una capa rota, cubierta de lodo. Es un ser fae; lo noto por las orejas. Pero está viejo y marchito de una forma que nunca había visto en otro de su especie. No puedo ni imaginar cuántos años tendrá.
—¿Qué acaba de decir? —le pregunto, sin estar segura de que realmente haya sido él quien habló.
—Oye —dice Daemon con brusquedad y se coloca detrás de mí y me apoya una mano protectora en la espalda mientras examina al anciano—. Te recuerdo. Estabas en Dyaspora con nosotros. Yo…
—Me liberaste —dice el hombre, con una leve inclinación de cabeza, como si se quitara un sombrero invisible—. Gracias por eso.
Daemon guarda silencio detrás de mí, tan confundido como yo. Decido avanzar antes de permitirme sentir esperanza, y pregunto:
—¿Usted sabe qué está pasando? Tiene razón sobre la maldición, pero es imposible. El rey está muerto y no sacrificó nada.
El hombre sonríe.
—Hay algo interesante en las monarquías. El rey nunca puede estar realmente muerto, porque en el mismo instante en que un soberano muere, comienza el reinado de su heredero. Siempre hay un rey de Vernallis.
Y entonces lo entiendo:
—Eres tú. —Todos se vuelven hacia mí, pero mi mirada está fija solo en Daemon—. Con Thorne muerto, tú te conviertes en el rey, ¿no? ¿No era por eso que él te odiaba? Eso significa que, técnicamente, tu reinado empezó hace una hora.
La expresión de Daemon se queda en blanco. Es como si me mirara sin ver nada. Estoy segura de que la revelación lo golpea con la misma fuerza que a mí, pero aun así la digo en voz alta:
—Desde nuestra primera conversación me dijiste que no te importaba lo que te pasara a ti. Sabías que estarías maldito para siempre; se trataba de salvar a tus amigos… y a mí, incluso si eso significaba sacrificar tus últimos momentos con nosotros.
Detrás de Daemon, Odessa suelta una carcajada y echa la cabeza hacia atrás, en una exclamación de alivio y alegría.
La cara normalmente seria de Kastian muestra una sonrisa casi desquiciada, e incluso Fox parece más feliz de lo que jamás lo había visto, mientras Jett empieza a bailar de manera errática en círculo, alrededor de todos ellos.
—Yo también te amo —exclamo de golpe—. Desde antes. Solo quería responder… Así que, ahí lo tienes.
La mirada de Daemon se clava en mí, con una mezcla de asombro y deleite. De pronto, su cara se ilumina en una sonrisa de oreja a oreja, que deja ver sus dientes perfectos y blancos, y en ese mismo instante cualquier torpeza o duda abandona mi cuerpo.
Una chispa de emoción se enciende dentro de mí y crece con cada segundo, hasta que, en un solo movimiento, Daemon me levanta entre sus brazos y me hace girar, estrechándome contra él como si nunca fuera a soltarme.
A la luz del día, nadie sabe qué hacer.
El palacio y la ciudad están en ruinas y, de algún modo, los propios cortesanos están aún peor.
Como nunca esperaron ver otro amanecer, nadie sabe cómo reaccionar ante el hecho de que no solo van a vivir, sino que tendrán que afrontar las consecuencias de lo que hicieron en los días previos a la crisis.
Daemon me toma de la mano con firmeza y me conduce de vuelta al salón del trono, donde encontramos a la mayoría de la corte de pie, alrededor del espacio devastado, con expresiones perdidas.
—Supongo que ahora se arrepienten de haberlo destruido todo —masculla Daemon.
Aprieto sus dedos.
—Tienes que decirles algo.
Él se echa hacia atrás, con gesto de repulsión.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque ahora eres su rey, imbécil —responde Kastian con una sonrisa.
Daemon niega con la cabeza.
—No quiero serlo.
—Qué mala suerte, Ashwater —dice Jett, radiante—. ¿Quién más va a hacerlo?
—No lo sé —replica Daemon—. Cualquiera.
—No cualquiera puede gobernar a un pueblo —le digo con suavidad—. La autoridad y el liderazgo son rasgos instintivos. Mira lo que pasó cuando un mal líder estuvo al mando.
Hago un gesto vago hacia la sala destruida.
—Además —añade Odessa con una sonrisa—, creo que sería de muy mala suerte rechazar la corona justo después de romper una maldición centenaria.
Daemon sigue viéndose dudoso, pero no parece que tenga mucha elección.
Mientras hablamos, la corte empieza a acercarse.
Hay una multitud de cuarenta o cincuenta nobles, todos estirando el cuello para escuchar lo que decimos.
Detrás de ellos, más personas entran al vestíbulo: soldados, nobles, incluso algún campesino o criatura parecida a un duende.
Todos miran a Daemon, a la espera de respuestas.
—No tiene que ser un discurso largo —le digo en voz baja—. Solo diles qué pasó y que todo va a estar bien pronto. Nos vamos a asegurar de que así sea. —Aprieto su mano con más fuerza—. No lo pienses demasiado. Literalmente naciste para esto.