Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

Oigo gritar a Kastian a mis espaldas y no volteo. Lo único que quiero es llegar hasta Alix. Tenderme junto a ella en la calle y cerrar los ojos.

—¿Dónde está el rey? —exige saber Kas.

—Muerto.

Hay una breve pausa en la que siento su mirada clavada en mí, sin duda repara en mis manos ensangrentadas.

Acelero el paso. No quiero darle explicaciones a Kastian ni a nadie más.

Me abro paso por las puertas principales y salgo de nuevo a la escalinata.

Resulta cruelmente poético estar de vuelta en el punto de partida. He cerrado el círculo y regreso exactamente al lugar desde donde vi a Alix caer en la calle, muy abajo; y aunque todo se siente distinto, en el fondo nada cambió.

Entrecierro los ojos bajo la lluvia hacia el pie de la escalinata. El pulso se me acelera y el estómago se me revuelve de náuseas. No veo a Alix por ninguna parte.

Doy un paso tambaleante hacia adelante. ¿Dónde está?

El corazón vuelve a latirme con pesadez, como si quisiera rendirse y dormir. Apenas logro cruzar el vestíbulo hacia las puertas abiertas.

Recorro con la mirada los alrededores y la ciudad, más abajo, en busca de Alix.

Estoy a punto de volar hacia la calle cuando mi vista se detiene en una figura desaliñada, con una chamarra negra empapada, que sube lentamente los escalones.

Entrecierro los ojos y el corazón me da un vuelco al reconocer la tela y la confección humanas del abrigo.

Una esperanza fugaz prende en mi pecho y bajo corriendo la escalinata; me detengo en seco al llegar frente a ella.

Alix alza la cara para mirarme. Está pálida y tiene el cabello empapado bajo la chamarra cubierta de lodo, pero está aquí, viva, respirando, y me mira con fastidio como si yo fuera el origen de todos los males de su mundo.

—Ya dije antes que creo que estos escalones son una tortura deliberada —se queja—, pero en serio, ¿a nadie se le ocurrió instalar elevadores?

Las palabras se me quedan atoradas en la garganta. Me quedo boquiabierto mientras siento, poco a poco, cómo la vida vuelve a inundarme el pecho.

—¿Qué haces aquí?

—Hola —dice Alix, algo incómoda—. No es así como imaginé nuestro reencuentro, tal vez…

El corazón se me eleva y me lanzo hacia ella, rodeándola con los brazos.

—Alix…

—¡Ay! —se queja en voz baja.

La suelto de inmediato, horrorizado por haberle hecho daño.

—¿Qué pasó?

Se lleva una mano a la nuca.

—Perdón. Estoy bien. Me golpeé la cabeza.

Aspiro con fuerza; la presión en el pecho se afloja un poco. No puedo ni pensar qué decirle: «Te amo. Te necesito. Por favor, quédate conmigo».

Lo único que logro articular es:

—¿Cómo?

Se frota la parte posterior de la cabeza.

—Cuando caí…

—No —balbuceo—. Te dieron. Lo vi.

—Ah. —Me sonríe y se abre la chamarra—. Pensé con anticipación. No tenía idea de que Walmart vendiera chalecos antibalas, pero supuse que no perdía nada intentándolo.

Parpadeo al ver la prenda negra y gruesa que lleva bajo el abrigo. No estoy del todo seguro de entender qué es, pero no importa. Está viva… y está aquí.

—¿Qué haces aquí?

—Tenía que volver —dice, sin aliento—. Probablemente estoy loca, sé que era demasiado peligroso, pero no podía mantenerme alejada. Tenía que decírtelo: creo que sé cómo romper la maldición. Thorne tiene que morir y…

No la dejo terminar. Alargo la mano, la sujeto por la nuca, la atraigo hacia mí y estampo mis labios contra los suyos.

Ella jadea con sorpresa; el calor de su aliento choca con el mío y la beso profundamente, volcando en ese instante cada gramo de anhelo y rabia.

La sangre en mis manos le mancha las mejillas, pero segundos después la lluvia la borra.

Alix se aparta, visiblemente sin aliento.

—Entonces… ¿eso es todo? Está muerto, ¿verdad?

Me limpio el resto de la sangre en la casaca y asiento. Ella sonríe y me pregunta:

—¿Todo va a estar bien ahora?

La miro; la esperanza y la emoción se le dibujan en la cara, y quisiera decirle que sí, que todo estará bien. Quisiera mentir, aunque solo fuera para robarle unos minutos más de felicidad antes de que nada vuelva a sentirse correcto.

Pero no puedo.

Niego con la cabeza.

—No lo creo, Duraznito. No se sacrificó. Yo lo maté.

Su expresión se derrumba.

—Vaya. ¿Y ahora qué?

Miro por encima de su hombro hacia la puerta abierta, más allá, el caos sigue su curso.

—Ahora, nada. Esperamos a que salga el sol. Y, a juzgar por eso… —señalo el cielo, donde el horizonte empieza a teñirse de rosa— no falta mucho.

Su cara se desencaja.

—¿Qué? No… —Las palabras se le apagan, la voz se le quiebra y las lágrimas asoman en sus ojos—. No puede terminar así. Tiene que haber algo más que podamos hacer.

—Si lo hubiera, Duraznito, haría cualquier cosa por quedarme contigo. —Sacudo la cabeza, el pecho se me aprieta como si me lo aplastaran en una prensa—. Tú estarás bien. Kastian te ayudará. Y Odessa, Fox y Jett. Todos ellos se asegurarán de que estés a salvo.

—¿Crees que estaría aquí si me preocupara estar a salvo? —replica, mientras las lágrimas corren ya libremente por su cara.

No tengo nada más que decir. Así que la atraigo hacia mí y la estrecho contra mi pecho.