Una espina en cada corazón (Encanto 1) Epílogo
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Epílogo

SEIS MESES DESPUÉS

ALIX

—Respira hondo. Cruzar puede resultar desorientador.

Nana me mira con enojo desde el lugar donde aterrizó, sobre el suelo embarrado. Aparta mi mano extendida de un manotazo y se pone en pie por sí sola.

—Deja de tratarme como a una anciana. Todavía no me he muerto.

Aprieto los labios.

—Y nos gustaría que siguiera siendo así. ¿No te parece que…?

Nana levanta un dedo para hacerme callar. Solo entonces noto la rigidez de su postura y lo abiertos que tiene los ojos mientras observa el jardín, aturdida. Cualquiera diría que nunca ha visto una rosa en su vida.

Aunque, pensándolo bien, el jardín luce especialmente hermoso de día, y supongo que Nana nunca ha visto gran cosa de Vernallis bajo la luz del sol.

—Eh… esto es solo el jardín —le digo deprisa—. Espera a ver la casa. Vamos, tenemos que conseguirte ropa seca.

Tomo la mano de Nana y la arrastro a través del jardín casi silvestre.

Me tomó varios intentos acostumbrarme a orientarme en el laberinto interminable de flores, pero ahora puedo hacerlo casi a la perfección.

Ayuda que Sushi no tenga problemas en perderse ahí y que a menudo me reciba cuando voy y vengo por los portales.

Desde que me mudé de forma permanente a Ellender, he cruzado los portales varias veces; casi siempre para usar el teléfono y para que mi madre no piense que me morí. Esta vez vine a recoger a Nana y traerla aquí para Navidad.

Resulta que los humanos normalmente no pueden acceder a los portales por cuenta propia —al menos, no de manera intencional—, pero ese fue otro efecto secundario positivo del collar del rey Thorne.

Llevo tanta magia sobre el pecho que puedo ir y venir cuando quiero.

Thorne fue un inútil en casi todos los sentidos, pero su collar resultó ser un auténtico salvavidas… literalmente .

—Aquí hace calor —comenta Nana, mirando el abrigo de invierno empapado que se pega al cuerpo.

—Sí. Ha hecho más calor desde que se rompió la maldición. No sé si se quedará así para siempre, pero la verdad es que he disfrutado mucho estar al aire libre, bajo el sol. Y todo Vernallis también; con el sol de vuelta, su magia se fortalece día con día.

—Interesante —dice Nana—. Muero por verlo.

Nana se quita el abrigo y se lo echa al brazo mientras avanzamos por el jardín.

Delante de nosotras, un enorme gato gris sale brincando de los arbustos y se lanza directo hacia ella.

Se frota contra su pierna y ella suelta gritos de alegría, suena al menos treinta años más joven de lo que es.

Me detengo a observar cómo lo levanta; apenas se retuerce en sus brazos.

—Ay, Puca. —Lo arrulla—. Creo que subió de peso, Alix. ¿Con qué lo has estado alimentando?

Hago cara de fastidio.

—Créeme, no fue culpa nuestra. La casa tenía tantos ratones cuando nos mudamos que se daba festines todos los días.

Nana deja a Sushi en el suelo y me mira con una ceja en alto.

—Muy bien, entonces veamos esta mansión infestada de roedores.

Me sonrojo.

—Ya no hay ratones. Todavía estamos arreglando la casa, pero avanzamos rápido. Sobre todo ahora que nos mudamos oficialmente fuera del palacio.

Nos bastaron unas horas después de la muerte del rey Thorne para entender que no queríamos vivir en el Palacio de Invierno, donde cada pasillo sinuoso se sentía embrujado por la maldición y su reinado de terror.

Aun así, nos llevó más de un mes desenredarnos de la corte noble y mudarnos a la Finca Ashwater.

Casi tan pronto como Daemon se convirtió en rey, entendimos que gobernar un país funcional implica mucho más que la bendición de la corte.

Thorne no había hecho nada por el reino durante más de un siglo y el país se había estancado bajo los efectos de la maldición.

Sin embargo, con el fin de la oscuridad llegó un nuevo amanecer para Vernallis… literalmente.

De pronto, asesores y cortesanos empezaron a surgir de la nada, ansiosos por asegurar su lugar en la nueva corte.

Comenzaron a llegar cartas y mensajeros de otras cortes, y pronto tuvimos que sumar consejeros, aunque fuera solo para repartir la carga de trabajo.

De manera oficial, Kastian, Odessa, Jett y Fox se convirtieron en los primeros, y únicos, miembros del círculo íntimo del rey y la reina, y el primer punto de nuestra agenda fue trasladar la capital de Vernallis a Storia.

El segundo fue abrir una tienda de música en el pueblo.

—Esta es la finca —anuncio con orgullo, apartando los últimos rosales hasta quedar al borde del patio—. Y bien, ¿qué te parece?

Nana observa, maravillada.

—Creo que es el lugar perfecto para tu final de cuento de hadas. ¿Vas a enseñármelo?

Sonrío y le tomo la mano.

—Claro. Vamos, empecemos por la cocina.

Guío con cuidado a Nana fuera del jardín y cruzamos el patio hacia la casa, donde Beatrix prepara el té de la tarde.

Al acercarnos, capto su mirada a través de la ventana.

Deja una taza delicada sobre la mesa y nos saluda con entusiasmo.

Luego su atención se posa en Nana y su cara se ilumina.

Corre hacia la puerta trasera y sale al patio.

—¡Belle!

Nana abraza a Beatrix con cariño, con los ojos arrugados en una sonrisa. Yo me quedo un poco atrás mientras ellas se ponen al día.

Antes de Ellender, jamás habría imaginado vivir en la misma casa que mi suegra.

Pero tampoco había conocido a una suegra como Beatrix, que se alegró de recibirme en su familia desde el primer instante en que llegué.

Le encanta volver a tener la casa llena y no deja de insinuar que le gustaría consentir a uno o dos nietos.

«Pronto, pero todavía no».

Gracias al collar, ya no siento que viva con una fecha de caducidad y me emociona pasar algunos años simplemente conociéndome a mí misma y a esta nueva vida.

—¿Ya viste a Odessa? —le pregunta Beatrix a Nana, entusiasmada—. Estoy segura de que estará encantada de que estés aquí.

—Acabamos de llegar —explico—. Pero apuesto a que anda por ahí. Vamos, Nana, puedo enseñarte el resto de la propiedad mientras la buscamos.

—Les tendré el té listo cuando regresen —nos llama Beatrix, despidiéndose con la mano mientras vuelve, ajetreada, a la cocina.

Me tomo mi tiempo antes de buscar a Odessa y le muestro a Nana toda la propiedad.

Pasamos por las caballerizas, donde mi yegua, Marie, tiene ahora el establo mejor cuidado y disfruta salir conmigo a paseos diarios por los senderos.

Luego cruzamos el patio y encontramos a Fox y a Jett simulando un combate con espadas largas de madera.

Tienen público: una docena de soldados con casacas azules y Aurelia, sentada bajo un árbol cercano con un libro en el regazo, fingiendo que no mira.

Sonrío cuando la veo lanzarle una mirada de reojo a Jett, que se levanta el borde de la camisa para secarse el sudor de la frente.

—Explícame lo de los hombres de hojalata —murmura Nana, señalando a los soldados con la cabeza.

—No pudimos deshacernos de los guardias por completo —explico, deteniéndonos a observar el entrenamiento—. No dudo de que Daemon y los demás podrían manejar cualquier amenaza, pero no queríamos dejar sin trabajo a cientos de soldados. Ahora rotan y nunca hay más de doce aquí al mismo tiempo.

Los ojos de Nana se agrandan.

—¿Doce? Son muchos, sobre todo cuando ya vive tanta gente con ustedes.

—Me gusta vivir con mucha gente. La casa es lo suficientemente grande para todos y ya no me siento sola.

Es como estar siempre en un campamento de verano.

—Me encojo de hombros—. Y no te preocupes por los guardias, casi no los notarás.

Desde que Fox está al mando del ejército, todos se volvieron muy discretos.

—¿Fox? —Nana arquea una ceja.

Señalo al otro lado del patio.

—El alto, rubio, que parece ese vampiro vikingo de True Blood . No habla mucho. No te lo tomes personal.

Saludamos a Fox, Jett y Aurelia y continuamos nuestro recorrido por la propiedad en busca de Odessa.

No tenemos que buscar demasiado.

En el lado opuesto de la casa, lejos del jardín de los rosales, se extiende un terreno, ahora tan cubierto por una explosión de flores silvestres que parece una pradera vibrante.

En el extremo más apartado hay un lago sereno, más grande que el diminuto estanque-portal escondido en el jardín.

Sé que el lago es donde encontraremos a Odessa, recostada en la orilla cubierta de hierba y empapándose de sol.

Guío a Nana a través del prado, nos detenemos de vez en cuando para que admire alguna flor o insecto inusual.

Cuando estamos a unos treinta metros de la orilla rocosa del lago, levanto un dedo para señalar el cabello de Odessa, que brilla casi como un rubí bajo el sol.

Antes de que pueda decir nada, un enorme chapuzón y el rugido del agua lo ahogan todo.

Un gigantesco géiser se eleva desde el centro del agua inmóvil y cae con tal fuerza que inunda la mitad del pasto. Un instante después, el grito agudo de Odessa resuena por toda la propiedad, cortando el aire como una hoja afilada.

Me detengo en seco.

—Oh, no… —digo.

Nana se para a mi lado.

—¿Problemas? —pregunta, con una sonrisa traviesa curvándole los labios.

—No… problemas no. Solo que…

No tengo que explicarlo. Mientras miramos, la superficie del lago vuelve a agitarse, esta vez se alza una ola gigantesca que se estrella y empapa todo en un radio de tres metros.

Odessa se pone de pie de un salto, empapada y escupiendo furiosa.

Cruza la pequeña playa a grandes zancadas, gritando algo en un idioma que no entiendo.

Mi mirada se dirige hacia donde ella va y no me sorprende encontrar a Kastian, recargado con absoluta calma contra un árbol.

—Uff —murmuro, tomando a Nana por el hombro y girándola con suavidad hacia la casa—. Mejor hablemos con Odessa más tarde. Cuando ni siquiera el filtro mágico de idiomas logra traducir lo que está gritando, significa que está realmente furiosa.

Nana sonríe.

—Supongo que esos dos no se llevan bien.

—Eh… la verdad no estoy del todo segura —respondo, apresurando el paso por si Kastian decide inundar la propiedad… otra vez —. Creo que más bien ella lo odia y a él le gusta provocarla.

—¿Como jalarle las trenzas en el patio de recreo?

—Sí, algo así. Supongo que solo nos queda esperar y ver qué pasa.

—Este lugar es precioso, Alix, de verdad —dice Nana con entusiasmo cuando regresamos a la casa—. Hasta podría sentirme inspirada para escribir otro libro.

Sonrío.

—Tal vez este se convierta en una película decente.

Nana arruga la frente y me da un manotazo juguetón en el brazo.

—Silencio. La película pudo ser basura, pero pagó el crucero al que mandé a tu madre para que no notara que vine aquí en Navidad.

Llegamos hasta la puerta principal de la casa y dos guardias con casacas azules se hacen a un lado para dejarnos pasar.

Uno me saluda con la cabeza y yo le devuelvo el gesto, lo reconozco como uno de los guardias que estaba en la entrada cuando llegué por primera vez al Palacio de Invierno, hace una eternidad.

Nana espera a que entremos al vestíbulo y luego se gira hacia mí.

—¿No deberían inclinarse ante ti o algo así? —pregunta, lanzándome una mirada burlona.

—Tú lo único que quieres es que te hagan la reverencia a ti porque vienes conmigo.

—Una mujer tiene derecho a soñar, ¿no? Pero en serio, ¿por qué no te llaman «reina»?

—Porque no soy la reina. Todavía no, al menos.

Daemon es rey por nacimiento, así que no tiene que esperar una coronación oficial —explico—.

Ni siquiera hemos tenido tiempo de organizar una ceremonia, pero los consejeros dicen que no es inusual.

Al parecer, las coronaciones suelen celebrarse hasta un año después de la muerte del rey anterior.

Además, mudarnos aquí en lugar de instalarnos en el palacio los tiene a todos confundidos, así que tomará tiempo que todo se acomode.

A los habitantes del pueblo, eso sí, les encanta tenernos aquí.

Ha llegado muchísima gente nueva y por fin está creciendo.

—¿Y tú? ¿También tendrás una coronación?

—Yo no soy de la realeza, así que tendré que esperar hasta la boda para que alguien me llame reina. No tengo prisa. Ya estoy haciendo el trabajo y no es como si el título me diera beneficios extra. Sé que la gente me respeta; no necesito que nadie se incline.

—¿Eso significa que ya decidieron casarse? —pregunta Nana, con un brillo pícaro en los ojos.

Me encojo de hombros.

—Algún día.

—Sin ánimo de entrometerme, cariño, pero literalmente cruzaste mundos. Están remodelando una casa juntos. ¿Qué más falta?

—Eres implacable. —Le doy un empujoncito juguetón—. Estamos esperando a que se formalice mi divorcio, que está tardando más de lo debido porque vivo «en Europa» y tengo mala señal de celular.

Arruga la frente.

—¿Para qué molestarse? No me imagino que eso importe aquí.

—Porque quiero que quede finalizado.

La voz de Daemon resuena en la casa y doy una vuelta para localizarlo. Baja las escaleras con paso firme y sonriente, vestido de manera informal, con una camisa blanca holgada y pantalón negro.

—¿Ah, sí? —pregunta Nana.

El tono de Daemon se mantiene sereno, pero sus ojos brillan con humor.

—No quiero que nadie reclame derechos sobre lo que es mío, ni en este mundo ni en ningún otro.

Como para subrayarlo, se detiene a mi lado, pasa un brazo por mis hombros y me atrae para darme un beso rápido.

Nana sacude la cabeza, las comisuras de sus labios se curvan apenas hacia arriba.

—Mientras seas feliz, Alix.

Sonrío y apoyo la cabeza en el pecho de Daemon.

—Lo soy.

—Entonces eso es lo que importa, pero sigo esperando una boda. Debería ser algo grande y dramático, como la de la princesa Diana. No tengo toda la eternidad para esperar, ¿sabes?

Hago cara de fastidio. Siempre me dice que le queda tiempo de sobra, pero en cuanto quiere algo sale con lo de «soy mortal, me voy a morir antes de que te des cuenta».

—¿Qué tal si escribes otro libro y luego nos casamos? —le propongo, con la esperanza de que cambie el tema.

—¿Qué? —protesta Nana—. ¡Eso es injusto! No puedes imponerle plazos a la creatividad.

—No tenemos prisa —dice Daemon, sonriendo junto a mi oído—. El plazo lo eliges tú misma.

—Anda, hasta puedo echarte una mano —suelto entre risas, mientras observo el apuro de Nana—. Puedes empezar con «Había una vez» y parar justo en el momento en que llegues a «Y vivieron felices para siempre».