Capítulo 28 #2
Recorro a caballo las estrechas calles empedradas del pueblo de Storia, con las contraventanas de madera de las pintorescas cabañas cerradas para que no las invada el frío.
Al dejar atrás el pueblo, el sendero que se interna en el bosque se enreda entre zarzas y maleza; la lluvia cae en láminas heladas que me arden en la piel.
A pesar del clima inclemente, las profundas huellas en el suelo lodoso, dejadas por las pesadas ruedas de los carruajes reales, siguen visibles y me guían a través del bosque denso, de regreso hacia la silueta imponente del palacio.
Marie hace casi todo el trabajo; parece seguir algún instinto y mantenerse en el camino. Con el tiempo, me siento un poco más cómoda y aflojo mi agarre mortal de las riendas… solo un poco.
Por fin, la lluvia se vuelve un frío glacial y se transforma en aguanieve que me pincha la piel como diminutas agujas. Mi aliento sale en bocanadas blanquecinas.
—Ya casi llegamos —murmuro, aunque solo Marie puede oírme.
La yegua resopla y esta vez estoy segura de que es una respuesta.
Distingo las torres del castillo recortadas contra el cielo que se oscurece a lo lejos y al instante me siento más valiente. Clavo los talones en su costado y, por fin, la insto a ir más rápido. Ella obedece y pronto salimos de la línea de árboles y nos acercamos al pequeño poblado.
El estómago se me hunde y tiro de las riendas para detener a Marie, boquiabierta ante el espectáculo que tengo enfrente.
Es… caos.
A lo largo de la calle principal, los edificios arden; los animales corren sueltos y aldeanos enfurecidos marchan por las calles oscuras.
Algunos blanden antorchas; otros llevan horcas, dagas o cualquier objeto que puedan usar como arma.
Observo, horrorizada cómo cada vez más personas —criaturas fae, duendes y vaya uno a saber qué más— salen de las casas y de los callejones entre los edificios.
Se agrupan y forman una turba que avanza hacia el castillo.
Los gritos de «¡Encuentren al rey!» y «¡Maten a la bestia!» resuenan por las calles, reverberan una y otra vez, a medida que más y más gente se suma al cántico.
Aprieto las riendas de Marie. Esperaba desorden, pero esto es demasiado real. Supongo que ya es muy tarde para dar marcha atrás.
No quiero quedar atrapada en medio de la multitud, así que aprieto los dientes e impulso a Marie a rodear los límites del pueblo.
Por suerte, fuera de la calle principal solo hay un puñado de casas y logramos escabullirnos en la oscuridad, más allá de las llamas titilantes que se reflejan en los muros de piedra. Pronto llegamos a la plaza.
Giro el cuello y miro por encima del hombro. La turba está cerca y se aproxima a cada segundo, pero todavía no alcanza las escalinatas del palacio.
Sin pensarlo dos veces, salto del lomo de Marie y la amarro a un poste frente a las caballerizas.
—Espera aquí. Volveré… con suerte.
Supongo que mi miedo a Marie no se compara con el miedo a perder todo lo que he llegado a amar.
Me quito la enorme mochila de los hombros y caigo de rodillas en la calle, hurgo en ella en busca de las armas que traje.
Armas es un término generoso.
Nada de lo que llevo está pensado para herir a alguien.
No sé disparar un arma de fuego, ni aunque hubiera querido traer una, y no es como si Walmart vendiera espadones medievales entre las refacciones para coches y las pantallas planas.
Aun así, no me siento preocupada cuando empuño el repelente para osos en aerosol con una mano y un soplete con la otra.
No quiero lastimar a nadie, pero no tengo problema en defenderme si llega el caso. Estoy segura de que esa turba no dudaría en arrollarme en su camino hacia el rey y, si eso es lo que pasa en las calles, ni siquiera quiero imaginar qué están haciendo los nobles y los soldados.
Armada y un poco más valiente, me cuelgo la mochila al hombro y subo corriendo los primeros escalones de mármol, lista para un ascenso agotador.
La escalinata es interminable y las piernas me arden después de apenas unos segundos, pero no hay otra forma de llegar al castillo…
a menos que alguien pase volando y quiera llevarme.
Como si fuera una señal, una sombra oscura cae sobre mí, como si algo se hubiera interpuesto frente a la luna. Alzo la vista por instinto y entrecierro los ojos bajo la lluvia neblinosa que todavía flota sobre la ciudad.
Una figura alta y musculosa, con alas, se desliza por el cielo sobre el pueblo. El corazón se me acelera y late con fuerza en el pecho. Incluso a esta distancia, reconozco su porte.
—¡Daemon! —grito.
Levanto la mano, agito el brazo y le grito para que se detenga.
Daemon gira el cuello y mira hacia atrás. Me cubro los ojos de la lluvia y lo sigo con la mirada mientras traza un círculo en el aire, da media vuelta y regresa hacia mí.
El pulso se me acelera y una oleada de calor me invade el pecho. Los recuerdos me inundan, teñidos de alegría y anticipación, y el corazón se me expande con una mezcla de emoción y sentimiento profundo.
Pero la burbuja que crece en mi pecho estalla y el pavor me recorre cuando la figura se acerca. No es Daemon .
El rey Thorne se aproxima y aterriza unos escalones arriba de mí. El telón amenazante del castillo se alza a su espalda y me quedo boquiabierta. Durante un segundo, lo único que puedo hacer es contemplar sus alas.