Capítulo 28
ALIX
Aspiro aire con desesperación cuando mi cabeza se asoma a la superficie del estanque.
«Maldita sea, estoy empapada. Y definitivamente no de la forma más divertida».
Me rechinan los dientes y, por supuesto, está lloviendo a cántaros, lo que empeora todo aún más.
Aun así, suelto un suspiro de alivio y salgo del agua chapoteando hasta llegar a la orilla fangosa.
El aroma de las rosas se mezcla con la lluvia y me llena la nariz.
Juro que nunca había olido nada tan reconfortante.
Vuelvo a meter la mano en el agua y arrastro hasta la orilla mi mochila de Walmart, envuelta en dos capas de bolsas negras gruesas para basura. La dejo a mi lado y me tomo un segundo para recuperar el aliento. Me siento en el suelo lodoso, jadeando, mientras una sonrisa se me extiende por la cara.
—¿Ves? No estoy loca —me digo en voz baja—. Fue real.
«Y gracias a Dios, la verdad». Porque, de lo contrario, habría tomado dos Uber y un autobús hasta la frontera del estado de Nueva York para meterme en un estanque al borde de la carretera sin motivo alguno. Y entonces sí estaría loca de remate.
Era difícil saber qué hora sería cuando llegara, pero creo que me preparé para cualquier escenario. Incluso si el rey y sus cortesanos todavía se alojan en la mansión, puedo manejarlo. O, al menos, eso espero.
Tomo la mochila y arranco las bolsas de basura con las que la envolví, con la esperanza de haber protegido su contenido del agua del estanque.
Parece estar lo bastante seca, salvo por las gotas de lluvia que ahora oscurecen la lona.
Meto las bolsas en el bolsillo lateral y luego busco hasta sacar un repelente para osos en aerosol y un martillo.
Empuño uno en cada mano mientras avanzo sigilosa entre los rosales en dirección a la casa.
Me contengo para no soltar una risita, burlándome de mí misma. Si alguien pudiera verme ahora, seguro pensaría que estoy desquiciada. Aunque, pensándolo bien, cualquiera que ande afuera a plena luz del día estaría desquiciado, así que quizá no convenga tentar a la suerte.
Llego al borde del patio y la puerta se abre de golpe. Un chillido me sobresalta y estoy a punto de levantar el martillo cuando me doy cuenta de que es Beatrix quien corre hacia mí.
Ignora el arma y se lanza sobre mí, sollozando en un pañuelo, tal como la vi hacerlo con Daemon.
—Me alegra tanto que estés bien —dice entre moqueos.
Le doy unas palmaditas torpes en la espalda, sin saber muy bien qué hacer ante semejante muestra de afecto genuino por parte de una figura maternal.
—¿Cómo supo que estaba aquí?
—Yo se lo dije. —Aurelia aparece en la puerta, detrás de Beatrix, y me saluda moviendo los dedos—. La magia te da una intuición muy afinada.
Arqueo una ceja. Maldición, me vendría muy bien algo así, sobre todo ahora.
Beatrix y Aurelia me conducen al interior y, en lo que parecen un par de segundos, me ponen una taza de té humeante en la mano y me obligan a sentarme en una silla de la cocina.
—La corte se fue prácticamente en el momento en que tú te fuiste —dice Aurelia con una voz que oscila entre la emoción y los nervios.
—¿Y eso cuándo fue? —pregunto tras dar un sorbo al té—. Solo quiero asegurarme de que el tiempo corre igual aquí que en mi mundo.
—Hace unas dos noches —responde Beatrix, ansiosa—. Daemon les dijo a todos que habías muerto.
Casi me atraganto.
—¿Qué?
—Lo hizo —asiente Aurelia, con expresión horrorizada—. El rey se enfureció tanto que pude oírlo todo desde mi ventana. Gritó durante un rato y luego desplegó las alas, como si fuera a iniciar una pelea de verdad, pero en lugar de eso simplemente se fue volando.
—Probablemente sabía que perdería —refunfuño.
—Tal vez. No regresó y, poco después, Daemon les ordenó a todos los cortesanos que volvieran a sus carruajes y desaparecieron.
—Regresaron al Palacio de Invierno —dice Beatrix con un marcado tono de desaprobación—.
Creo que fue la primera vez que muchos se dieron cuenta de lo que está ocurriendo.
Uno pensaría que habrían intentado huir o salvarse, pero no.
El tiempo casi se agota y solo ahora la corte entendió la posición en la que su rey los puso.
Hago una mueca.
—Creo que la negación es una reacción bastante común cuando te enteras de que el mundo se va a acabar. Después vendrán los disturbios.
Beatrix asiente con gravedad:
—Sin duda.
Nos quedamos en un silencio denso durante un segundo, asimilando el peso de todo lo que sucede. Al final, rompo la tensión:
—No parecen tan sorprendidas de verme.
Aurelia sonríe:
—Tenía el presentimiento de que volverías.
—Pero tú fuiste quien me dijo que me fuera.
—¡Y tenía razón, debías irte sin falta! —Abre mucho los ojos—. Pero las almas gemelas son imposibles de ignorar.
Toso y el aire se me queda atorado en la garganta al inhalar. «Dios, ¿todo el mundo lo sabía menos yo? ¿Acaso yo misma sé con certeza que eso es lo que tenemos… un vínculo de almas gemelas?».
Si de algún modo todo sale bien en el próximo día, tendré que volver y preguntarle exactamente cómo funciona eso de la intuición.
—Escuchen, no quiero ser grosera, pero creo que debería irme ya. No tengo idea de cuánto me lleve llegar de nuevo al castillo, pero necesito estar ahí antes de la luna rosa… que es esta noche, ¿no? ¿Cuándo empieza?
—Al atardecer —responde Beatrix de inmediato—. Estará oscuro durante un día y una noche completos y, cuando el sol vuelva a salir, la maldición se habrá roto o… no.
—Creo que sé cómo romperla. O al menos, eso espero. Tengo una idea.
Los ojos de Beatrix se agrandan, llenos de emoción.
—Entonces tienes razón, más vale que te vayas ahora mismo.
—Creo que deberías esperar a que oscurezca —interviene Aurelia—. Falta solo una hora, más o menos.
—Pero entonces tendré una hora menos para llegar al castillo, y todavía no sé del todo qué voy a hacer cuando llegue.
—Lo sé… pero aun así deberías esperar. Si vas a viajar sola, lo mejor es asegurarte de estar a salvo. ¿Y si la lluvia se detiene y sale el sol?
Empiezo a discutir con ella, pero Beatrix nos interrumpe:
—¿Al menos podemos conseguirte ropa seca? Debes de estar helada.
—¿Puedo pasar un momento al baño para cambiarme? Traje mi propia ropa aquí dentro —digo, levantando la mochila.
—Por supuesto —exclama Beatrix—. Y mientras te cambias, prepararemos uno de los caballos. Así podrás irte cuando quieras. Ahora mismo, o puedes esperar a que oscurezca, de cualquier modo estarás lista.
—Ah… no. Está bien.
Me miran con extrañeza.
—¿Cómo vas a llegar al palacio sin un caballo?
—Pensé que podría ir caminando. O quizá alguien podría llevarme en un carruaje.
Aurelia se ríe.
—Debes de estar bromeando. No puedes caminar hasta el palacio.
—Sé que no será cómodo, pero creo que podría hacerlo. Probablemente tomaría un poco más que el trayecto en carruaje, así que ¿cinco horas, quizá? —Me echo el cabello hacia atrás y me encojo de hombros—. Es posible.
—Pero hay lobos allá afuera —jadea Beatrix.
—Sí, pero…
Ignoran mis protestas y salen hacia las caballerizas, dejándome sola. Cierro los ojos. Supongo que hoy enfrentaré todos mis miedos.
Me meto al baño para cambiarme y reaparezco diez minutos después. Cuando camino hacia las caballerizas, Beatrix y Aurelia se me quedan mirando. No necesito preguntarme qué observan.
La ropa en Ellender es hermosa, pero no muy práctica para las mujeres. Pensé que, si iba a arriesgar la vida, bien podía dejar de preocuparme por un corsé.
Llevo puestos los leggings negros de yoga de mi mamá, dos pares de calcetines impermeables nuevos y unas botas viejas de senderismo que no usaba desde la preparatoria.
Arriba, me puse un top deportivo, una camiseta Under Armour, un chaleco grueso de malla de Walmart que estoy casi segura de que podría detener una bala, y la chamarra North Face de mi mamá.
Llevo guantes sin dedos que se convierten en mitones, una banda para mantener el cabello fuera de la cara y un sombrero para la lluvia que se ve absurdamente ridículo, pero que probablemente me facilitará la visión.
La verdad, aparte del sombrero, creo que me veo bastante bien…
con un estilo de chica de montaña aficionada al aire libre.
Aurelia me recorre de arriba abajo con la mirada y luego estira la mano para pellizcar la tela de mis leggings .
—¿De qué están hechos?
Me río.
—Si regreso, te presentaré sin falta el vasto mundo de Lululemon. Te va a encantar.
La sonrisa se me borra de la cara cuando observo al caballo que ya tienen ensillado y listo para mí. Es una yegua, creo. De pelaje castaño, crin negra y aspecto bastante amable… dentro de lo que cabe para un caballo. Es como elegir el escorpión que parece menos letal.
—¿Cómo se llama? —pregunto en voz baja.
—Marie —dice Beatrix, acariciándole el cuello.
Hago una mueca.
—No creo que todavía estemos en confianza para llamarnos por el nombre. Tal vez cuando demuestre que no va a tirarme al suelo.
—Es muy dócil.
No le creo ni por un segundo, pero de algún modo reúno el valor para agradecerle a Beatrix y tomar las riendas.
Me coloco junto a la yegua y le miro el ojo negro y cristalino.
—Voy a necesitar que cooperes conmigo. No puedo lidiar con otro incidente traumático hoy, ¿sí?
La yegua resopla y rasca el suelo con nerviosismo.
Aprieto los dientes y enderezo la espalda.
Voy a decidir ver eso como un buen augurio…
porque no tengo muchas más opciones y, por más que me cueste admitirlo, Beatrix y Aurelia tienen razón.
Caminar cinco horas bajo la lluvia no es la mejor idea.
Sin embargo, no pienso ceder en lo de esperar a que oscurezca. Me voy ahora mismo.
Contengo el aliento al subirme al lomo de Marie y emprendemos el camino por la larga vereda empedrada rumbo al pueblo.
Montar a caballo resulta ser tan horrible como temía, pero, increíblemente, no me caigo. No logro entender cómo hacer que vaya más rápido y, aunque pudiera, probablemente no querría hacerlo, así que avanzamos a un trote lento.