Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 27 #3
89%

Capítulo 27 #3

—Son las esposas —murmura Odessa con una voz rota.

No respondo. Un rugido, como la ola que Kastian conjuró en el corredor, crece en la parte posterior de mi cabeza.

Sabía lo que tenía que significar cuando Alix me dijo que la maldición se trataba en realidad de un sacrificio y no de amor, pero verlo así, expuesto, es infinitamente peor.

Extiendo una mano para apoyarme en la pared más cercana y no caerme. «Él iba a hacerle esto a Alix».

—Ya vi suficiente —gruño, al retroceder y bajar las escaleras tras Jett y Fox.

—¡Espera! —dice Odessa—. Todavía tenemos que buscar. Necesitamos averiguar a quién ama.

Niego con la cabeza.

—No. ¿No lo entiendes? Nadie que haga esto podría amar a alguien. No es un narcisista: es un sociópata. Un monstruo.

—Pero sin saber a quién ama…

Le doy la espalda.

—Thorne no ama a nadie más que a sí mismo.

Los oídos me siguen zumbando mientras bajo las escaleras a paso firme.

No sé qué hacer ahora; la tentación de volver a los barracones e ignorarlo todo es tan fuerte que apenas puedo resistirla.

Maldita sea, estoy harto de pensar que las cosas podrían cambiar y de ilusionarme, aunque sea por un segundo.

Primero cuando dejé Dyaspora; luego, cuando creí haber encontrado a Isabelle; cuando Alix aceptó ayudar; y cuando pensé, por un instante, que podría ser mía.

Cada vez la decepción es peor y se transforma en rabia gélida con una rapidez cada vez mayor.

—Dios mío —suelta Odessa detrás de mí—. Tienes razón.

Me detengo en seco.

—¿Qué?

Casi se ríe.

—Tienes razón. ¿No lo entiendes?

No puedo lidiar con otra epifanía que solo conduzca a más decepción.

—No tengo ni la menor idea de qué carajos estás hablando.

—¡Acabas de decirlo! Thorne solo se ama a sí mismo. Nunca formó un vínculo con nadie, aunque estuvo casado varias veces. Ni siquiera parecía querer a sus padres. Tú eres su hermano y, obviamente, no te ama.

—Medio hermano —refunfuño, queriendo poner toda la distancia posible entre él y yo.

A ella no le importa y empieza a caminar de un lado a otro, mordiéndose el labio.

—La maldición se rompe cuando el rey de Vernallis admite que es impotente y sacrifica a la persona que más ama. ¿No lo entiendes? Él tiene que morir. Tiene que admitir que es impotente y sacrificarse a sí mismo para salvar el reino.

Una ola de claridad helada me golpea cuando sus palabras se asientan.

«Eso es».

Su argumento tiene todo el sentido del mundo; cada punto encaja como piezas de un rompecabezas. El corazón me late con fuerza mientras la verdad se impone, innegable e inevitable. Ella tiene razón. Tiene que tenerla. ¿Pero qué hago ahora?

Odessa aplaude y luego dice:

—Es lo único que tiene sentido. ¿Por qué una hechicera con el corazón roto querría castigar a otra mujer? No lo haría. No se trata de su pareja, se trata de él.

—¿Crees que él lo sabe? —pregunto.

—No lo sé.

Me paso una mano por el cabello, con la mente hecha un torbellino.

—Necesito encontrar a Thorne.

—¿Vas a preguntarle por la hechicera? —pregunta Odessa, corriendo detrás de mí.

Niego con la cabeza. De pronto, el dolor que me atormentó durante días cede, lo que no hace más que reforzar mi certeza de que, por fin, voy por el camino correcto. Solo quedan unas pocas horas antes de que sea demasiado tarde, pero tendrán que bastar.

—No voy a preguntarle nada —gruño—. Voy a obligarlo a escuchar. Si todavía no sabe cómo se rompe realmente la maldición, lo sabrá en unos minutos.

Jett inclina la cabeza hacia un lado y pregunta:

—¿Y qué pasa si ya lo sabe? ¿Y si se da cuenta de que la maldición siempre trató de él y simplemente no le importa?

—Eso es fácil. —Abro de golpe la puerta de la torre y salgo al pasillo—. Entonces lo mataré yo mismo.

Salgo de la torre casi corriendo y estoy a punto de chocar de frente con Kastian. Tiene un tajo en la mejilla derecha y se ve cansado, pero por lo demás está ileso.

—¿Encontraron algo? —pregunta sin rodeos.

—Sí —refunfuño, sombrío—. ¿Qué pasó con Foulo?

En respuesta, señala por encima del hombro. Detrás de él, en el suelo, sobre un charco de agua teñida de rojo, Foulo yace inmóvil con una hoja clavada en el pecho. El estómago se me revuelve por un instante al pensar en las dagas clavadas en los cadáveres de las reinas.

—Estás herido —suelta Odessa.

Ella mira por encima de mí a Kastian; sus ojos tienen un brillo extraño.

Kas alza la mano y se toca la mejilla. Aparta los dedos y baja la vista, sorprendido al ver la sangre. Se limpia la mano con aspereza en la casaca.

—No es nada.

Odessa le lanza otra mirada rara y parece debatirse entre decir algo o no. Luego asiente con rigidez y se voltea hacia mí.

—¿Qué estamos esperando? No es como si nos sobrara el tiempo.

Suelto un resoplido, pero, por supuesto, tiene razón. El cielo afuera está oscuro y lleva así un buen rato, lo que significa que podrían quedarnos apenas unas horas antes de que la maldición se imponga de manera definitiva.

Me abro paso por los pasillos sinuosos del palacio en ruinas y los guío de regreso al gran vestíbulo de entrada.

El edificio está en peor estado que cuando lo dejamos: más piedra y yeso se desprenden de los muros y el aire es espeso por el polvo.

Los gritos en los corredores crecen en intensidad y parece que afuera se suma un nuevo coro de consignas.

Aguzo el oído y, por fin, distingo lo que dicen los alaridos lejanos: «¡Maten al rey! ¡Derriben a la bestia!».

Hago una mueca. Puede que haya hecho falta llegar hasta el último momento, pero todo el reino por fin está de acuerdo. Solo espero que no sea demasiado tarde.

Las puertas de la sala del trono, antes abiertas de par en par, ahora están firmemente cerradas.

Una multitud de alrededor de una docena de cortesanos se empuja y forcejea; sus caras van de la furia a la desesperación mientras luchan por entrar.

Bloqueándoles el paso, ocho guardias sostienen la línea con los brazos cruzados y los pies bien plan tados en el suelo de mármol.

Supongo que no todos han abandonado todavía su lealtad al rey.

—Thorne debe de estar en la sala del trono —murmuro—. El maldito cobarde se está escondiendo de su propia corte.

—Nosotros nos encargamos de los guardias —dice Jett, y Kas y Fox asienten.

—Yo entraré contigo —me dice Odessa.

Estoy a punto de decirle que no, pero antes de que pueda hacerlo, Kas se me adelanta:

—Carajo, ni de broma.

Ella lo mira con furia.

—¿Y tú quién demonios eres para decirme qué hacer?

Él parece un poco desconcertado, pero continúa de todos modos:

—No eres una guerrera. ¿Cómo carajos se supone que vas a ayudar? Solo serás una distracción.

Ella se eriza y abre la boca para replicar, pero esta vez la interrumpo yo:

—Tiene razón. Ustedes cuatro quédense afuera, de preferencia juntos. Si esto sale mal, pronto los disturbios empeorarán y ustedes serán los únicos que no se verán afectados. Les diría que empiecen a correr ahora, pero sé que no tiene sentido…

—Tienes razón, no tiene sentido —dice Kas, dándome una palmada en el hombro—. Nos quedaremos contigo hasta el final, pase lo que pase.

Le devuelvo el gesto con un asentimiento, comunicándole en silencio todo lo que desearía haber dicho antes.

Si no regreso, sé que él se llevará a Odessa y a los demás a Hydratta, tal como me prometió en Dyaspora.

Pase lo que pase, todos estarán a salvo.

Alix estará a salvo, y eso es lo único que importa.

Desciendo por la gran escalinata; mis botas resuenan sobre los escalones de mármol mientras me acerco a las enormes puertas de la sala del trono, macizas y talladas con intrincados relieves, que permanecen obstinadamente cerradas.

Kas y Fox se adelantan con ímpetu. Sus espadas relucen bajo la luz de los candelabros y llaman la atención de los guardias apostados en la entrada.

Los guardias se tensan y sus manos buscan por instinto las armas.

Con un grito que retumba en el vestíbulo, Jett se lanza desde los últimos cinco escalones y cae con un golpe seco sobre el mármol.

Arranca un fragmento irregular de una estatua caída; el peso frío se siente sólido en su mano.

Con un movimiento rápido y potente, lo arroja contra el enorme ventanal arqueado.

El vidrio estalla y cae en cascada, como una lluvia brillante, sobre el vestíbulo.

Sonriendo, Jett echa a correr por el corredor; el eco de sus pasos arrastra a los soldados a una persecución caótica y, con esa distracción, despeja mi camino hacia las puertas.

No pierdo ni un segundo y corro hacia ellas; las abro con un gesto de la mano mientras avanzo.

Las puertas se abren de par en par. Más allá se extiende la inmensa y opulenta sala del trono, con el pasillo de alfombra dorada y el trono de Thorne al fondo. Me lanzo al interior, preparándome para una pelea, como si Thorne pudiera estar escondido detrás de la puerta, listo para atacar.

Las puertas se cierran y me quedo en silencio, con el corazón martilleándome por la adrenalina.

Sin embargo, pasa un largo momento y no ocurre nada. Al final, giro sobre mis talones y miro alrededor.

La sala está vacía.

Thorne se fue.