Capítulo 27
DAEMON
—¿Cómo pudiste permitir que esto ocurriera? —ruge Thorne, barriendo de un manotazo todo lo que hay sobre la mesa del comedor—. Maldita sea, ¿tienes la menor idea de lo que hiciste?
—¿Eso te parece nada? Sabías que alguien intentaba hacerle daño a Isabelle.
—Y se suponía que debías vigilarla, ¡carajo! —replica con rabia.
—¿Qué querías que hiciera? ¿No dormir durante todo un mes? ¿O tal vez encadenarla a la pared para impedirle salir a tomar aire?
Me enseña los dientes, más parecido a un animal que a un hombre.
No entiendo por qué está tan furioso. Hasta donde él sabe, Isabelle está muerta. Justo lo que él quería.
Ahora me resulta evidente que fue él quien estuvo detrás de los ataques contra Alix todo este tiempo.
Probablemente me asignó protegerla porque, después del incidente del tren, se dio cuenta de que podía matar dos pájaros de un tiro; yo también podría morir, ya fuera protegiéndola, o en cualquier nueva catástrofe que él hubiera planeado.
—Fallaste en protegerla hasta la boda —continúa, completamente ajeno a la ironía de su furia—. ¡Debería enviarte de vuelta a Dyaspora por esto!
—Hazlo.
Me mira, lo bastante sorprendido como para que la rabia se le borre de la cara.
—¿Qué dijiste?
—Dije que lo hagas de una maldita vez. Ya no me importa.
Evidentemente, Thorne no tiene idea de qué responder, se limita a mirarme. En cualquier otro momento habría disfrutado dejarlo sin palabras, pero no ahora. No volveré a disfrutar nada nunca más.
Suspiro y doy un paso atrás. Doy media vuelta para irme.
—Si decides enviarme de regreso, házmelo saber. De lo contrario, estaré en los barracones hasta la luna rosa.
Al parecer, Thorne no tiene intención de molestarse en enviarme a Dyaspora, porque nadie viene a buscarme durante veinticuatro horas completas.
Encuentro a Kastian y le explico todo, sabiendo que se lo dirá a los demás. Luego, tal como prometí, regreso a los barracones y no salgo. Ni siquiera durante el tiempo de la maldición me levanto de la cama. Al parecer, el duelo también es una emoción instintiva.
Antes de enviarla lejos, estaba casi seguro de que Alix era mi alma gemela. Ahora lo sé con certeza. Estar sin ella duele físicamente, como si me hubieran amputado el brazo derecho y hubieran dejado que la herida se infectara.
«Qué irónico».
Ni siquiera puedo obligarme a preocuparme por la maldición.
Sé que debería estar usando la información que Alix obtuvo de Aurelia para encontrar la respuesta.
Debería importarme que solo queden unas horas antes de perder toda mi voluntad, pero no logro preocuparme por nada.
Subestimé lo doloroso que sería romper un vínculo de almas gemelas.
O tal vez simplemente no quise pensarlo, porque, si hubiera sabido que acabaría en agonía, quizá no lo habría hecho.
El único consuelo es que los varones casi siempre forman el vínculo primero, y Alix es humana, así que es probable que no esté sufriendo tanto…
si es que sufre. Tengo que aferrarme a esa idea, porque, de otro modo, el impulso de protegerla de ese dolor entra en conflicto con el instinto de protegerla manteniéndome lejos, y siento que por fin estoy perdiendo la razón.
—¡Daemon!
Apenas levanto la vista al oír la voz de Kastian y los pasos que resuenan detrás de él.
—Vamos, Ashwater. Levántate —dice Jett, con una nota forzada en su tono habitualmente bromista.
—Váyanse al carajo —murmuro.
Sé que sueno infantil, pero no lo entienden. Ninguno de ellos ha encontrado jamás a su alma gemela, y mucho menos lo ha perdido. No pueden comprender lo doloroso que es esto.
—Daemon, en serio.
Siento cómo el extremo de la cama se hunde cuando Odessa se sienta.
—¿No crees que al menos deberías despedirte?
—¿De quién? —refunfuño.
—De nosotros, para empezar —replica, incapaz de mantener su tono comprensivo incluso en un momento tan grave—. ¿Y qué hay de tu madre?
Quiero decir «¿y qué pasa con ella?», pero eso suena demasiado infantil incluso para mi estado de ánimo. En vez de eso, doy media vuelta y por fin los miro a todos.
—Me despedí cuando nos fuimos de Storia. No hay nada más que decir.
Kastian, Jett y Fox permanecen de pie frente a mí como centinelas, mientras Odessa está sentada en el extremo opuesto de la cama. Noto que lleva una capa de viaje, pero no encuentro fuerzas para preguntar por qué.
—En el palacio reina el caos —dice Kastian, cruzando los brazos sobre su ancho pecho.
—No es de extrañar —refunfuño—. Hasta los cortesanos más estúpidos deben de haberse dado cuenta de que, si Isabelle desapareció y la maldición no se rompió, no queda tiempo para encontrar una solución.
Pusieron su fe en un imbécil egoísta que no se preocupó por ellos hace cien años y que, desde luego, no lo hace ahora.
—Exacto —dice Odessa—. Tienen miedo. Necesitan a alguien que tome el control y los guíe.
Me quedo tumbado un largo segundo, sin comprender. Finalmente, me doy cuenta de a qué se refieren.
—No pueden esperar seriamente que yo suba ahí arriba.
—La gente te escucha —dice Jett.
—No, no lo hacen. Ya no. Estuve fuera durante años y, desde que regresé, apenas interactué con la corte.
—No importa —insiste Odessa—. Todos recuerdan cómo eran las cosas antes de que te fueras a Dyaspora, y la mayoría recuerda a tu padre.
—Yo no soy él —gruño—. Igual que Thorne no lo es. Él es el maldito rey, vayan a decirle que se saque la cabeza de su trasero.
—Imposible —masculla Kastian—. Lleva furioso desde que estás aquí tirado, deprimido.
Entrecierro los ojos al mirarlo.
—¿Quieren que alguien juegue a ser rey? Hazlo tú. Tienes más derecho que yo a llevar una corona y no estarás muerto en vida dentro de treinta y seis horas.
Fox y Jett miran de reojo a Kastian, visiblemente distraídos por mi casi revelación.
—¿Por qué tienes derecho a la corona de Vernallis? —pregunta Jett.
—No lo tengo —responde Kastian con brusquedad—. Soy de Hydratta, ya lo saben.
—¿Por qué no les dices quién eras en Hydratta?
Kas me lanza una mirada feroz.
—Si no estuvieras tan patético ahora mismo, te golpearía.
—Hazlo —suspiro, volviéndome a recostar—. De todos modos no me importa.
Se produce otro silencio largo. Ninguno parece saber qué decir. Espero que simplemente se vayan.
—No dejo de pensar en lo que debió de estar pensando la hechicera —dice Odessa, como si retomara una conversación que ya hubiéramos tenido.
—¿A qué te refieres? —pregunta Kas.
—¿No creen que tenía a alguien en mente cuando lanzó la maldición? Al principio pensé que sería Aurelia, pero ¿por qué querría matar a su propia hija? Debe de ser alguien más.
—Si fue así, se equivocó —digo con amargura, aún de espaldas al grupo—. Thorne no ama a nadie más que a sí mismo.
—Debe de haber alguien. ¿Un amigo? ¿Tal vez un mentor?
—¡No hay nadie! —grito, y mi voz resuena por toda la habitación.
—No le grites, carajo —gruñe Kastian en voz baja.
Odessa lo mira, sobresaltada. Yo tampoco lo entiendo. Odessa es mi hermana, no la suya. ¿Qué carajos le importa si la ofendo? Además, creía que no se llevaban bien.
Sea como sea, ahora me siento como un imbécil. Le lanzo a Odessa una mirada de disculpa.
—Perdón. Solo quiero decir que ya pensé en esto y no hay nadie. Soy la única familia que tiene. Si creyera que matarme serviría de algo, lo haría, pero él me odia con toda su alma.
—Ni se te ocurra decir eso —susurra Odessa, furiosa—. Siempre puedes recuperar a Alix. No está muerta y, si tú no mueres, todavía podría haber una salida.
Empiezo a negar que Alix sea la razón por la que estoy hecho un desastre, pero ¿para qué? Ya no importa quién sea ella o quién haya fingido ser; se fue y, a pesar de lo que dice Odessa, no creo que pueda recuperarla.
Cierro los ojos y dejo caer la cabeza contra la pared con un golpe seco.
—Estoy de acuerdo con Aurelia en que la hechicera tenía a alguien en mente cuando lanzó la maldición, pero no tengo forma de saber quién es. No estamos mejor que antes, así que, si no les molesta, me gustaría pasar mis últimas horas en paz.
«O al menos con tanta paz como sea posible cuando sientes que mil cuchillos te atraviesan el pecho una y otra vez».
—No —refunfuña Kastian.
Lo miro con furia.
—¿No?
—No. Tú estás al mando, amigo. Te seguimos no solo porque te debamos la vida, sino porque eres un buen líder. Por lo general. Pero no voy a aceptar esto. La estás cagando y no vamos a quedarnos mirando cómo pasa. Necesitas recomponerte y levantarte, o te sacaré de aquí arrastrando.
—Yo ayudo —dice Jett, levantando una mano detrás de la espalda de Kastian.
—No necesito ayuda —gruñe Fox—. Podría arrastrarlos a todos por este maldito continente con una sola mano.
Miro con enojo a mis amigos, dividido entre la furia porque me están enfrentando y la emoción de saber que les importo.
—¿Qué esperan que haga? —murmuro—. Levantarme no hará que, por arte de magia, sepa a quién necesita matar Thorne.
Se produce un silencio mientras todos piensan. La pesadumbre vuelve a caer sobre mí, una desesperanza mucho más difícil de soportar que cualquier rabia.
—¿Qué guarda Thorne en su estúpida torre? —pregunta Odessa tras un largo momento de reflexión.
Me encojo de hombros.
—No sé. ¿Por qué?
—Deberíamos ir a registrarla. No perdemos nada. Tal vez tenga ahí algo que indique quién le importa.
—No deja que nadie suba —me quejo.
—Ya, pero ahora mismo está bastante ocupado —dice Jett, con una sonrisa apenas perceptible—. Sube y verás a qué me refiero.
Los miro a todos una vez más. No van a dejarme solo, ¿verdad? Y, además, con todos ellos aquí me siento un poco menos horrible, como si los cuchillos en mi pecho fueran solo la mitad de afilados.
Paso los dedos por mi cabello, suspiro y me levanto.
—Está bien. Vamos.
Cuatro sonrisas enormes me rodean y ni siquiera puedo fingir que eso me molesta. En lugar de eso, bajo la mirada hacia el suelo, simulando indiferencia.
—Guía tú, Ashwater —dice Jett, contento—. Vamos justo detrás de ti.