Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

ALIX

Esa noche duermo en mi habitación de la infancia, rodeada de ropa de cama azul neón y verde lima, cuadros de Pottery Barn y pósteres de programas de televisión de hace quince años.

Hay una voz en el fondo de mi cabeza que me dice que debería resultarme reconfortante estar aquí, pero la realidad es que nunca me sentí cómoda en este cuarto. No estoy segura de haberme sentido del todo cómoda en ningún lugar.

No me sorprende despertarme en medio de la noche, gritando por una pesadilla. Aspiro hondo para tranquilizarme, pero no consigo que el corazón baje el ritmo. Todavía temblando, bajo las piernas por el costado de la cama y salgo de puntitas al pasillo.

La casa duerme, pero a estas alturas ya me acostumbré a moverme a oscuras. Avanzo con sigilo hasta la cocina y me detengo al ver el resplandor de una luz encendida.

Nana está sentada en un banco junto a la barra de la cocina, con una taza enorme de té en la mano. Al verme entrar, levanta la vista y sonríe.

—Buenos días.

Miro hacia las ventanas oscuras.

—No es de día.

Se encoge de hombros.

—De todos modos, nunca me ha importado demasiado medir el tiempo. La mañana puede ser cuando una se despierta. ¿Quieres café?

Me siento en uno de los bancos, frente a ella.

—Eh… ¿té, tal vez?

—Claro.

Se levanta, cruza la cocina hasta la cafetera de cápsulas de mi mamá e inserta una cápsula individual de té. La observo, aturdida. Ni siquiera sé qué decir. Tengo tantas preguntas, tantas ganas de hablar, pero no se me ocurre cómo empezar.

—¿Cómo se te ocurrió la idea de Ellender?

Nana me pasa una taza de té hirviendo y vuelve a sentarse. Sonríe.

—Me gusta decir que fue un sueño. Me hicieron esa pregunta muchísimas veces a lo largo de los años y siempre supe exactamente qué responder. Hasta hace poco, como estoy segura de que sabes.

—Sí, lo vi. ¿Qué pasó en la firma de libros?

Se encoge de hombros.

—Creo que, cuando llevas tanto tiempo contando la misma mentira, empiezas a creerla tú misma; a veces la verdad tiene que abrirse paso a la fuerza, incluso en el peor momento posible.

Doy un sorbo diminuto al té y me quemo la lengua.

—Entonces estabas mintiendo. ¿No fue un sueño?

Me mira por encima de la nariz.

—¿Por qué no somos francas la una con la otra, Alix? Ya no eres una niña; no hace falta andar con rodeos.

Tomo aire para calmarme.

—Está bien. ¿Cómo encontraste Ellender por primera vez?

Se apoya en el respaldo del banco y se acomoda.

—Viví toda mi vida en Ironhill. Cuando yo crecía, no era una zona rica, pero la industria minera prosperaba y el pueblo vivía con cierta holgura.

También era un lugar supersticioso: todo el mundo conocía y creía cada leyenda sobre las criaturas que salían del bosque o vivían en las montañas.

Mi padre, tu bisabuelo, trabajaba en las minas, como casi todos los hombres de la zona.

Era capataz y siempre intentaba idear maneras de hacer el trabajo más rápido y sencillo para su cuadrilla.

Cuando yo tenía unos veinte años, todavía vivía en casa.

Quería ir a la universidad, pero no era tan común como ahora.

Habría sido más fácil, y más esperado, que tomara cursos de mecanografía y trabajara como secretaria durante un tiempo antes de casarme.

Co nocía a Gerald, tu abuelo, desde siempre y me había pedido matrimonio varias veces.

Sabía que ese era el camino más simple, sobre todo si quería salir de la casa de mis padres.

—¿Y qué hiciste?

—Nada. —Suspira—. No sabía qué hacer con mi vida, así que no hice nada en absoluto. Me quedé en el mismo pueblo, con la misma gente, actuando como si pudiera quedarme congelada en el tiempo para siempre. Estaba estancada.

Doy otro sorbo al té hirviendo. Ojalá no empatizara tanto con lo que está diciendo: lo fácil que resulta quedarse en una vida que es solo «aceptable», porque es mucho más difícil averiguar hacia dónde ir después.

—Una noche, mi padre no volvió de la mina.

Nuestra casa quedaba cerca, así que tomé su camioneta y conduje hasta allá para asegurarme de que estuviera bien.

En retrospectiva, fue una tontería. Pude haber llamado a alguien para pedir ayuda, pero en ese momento me pareció lo correcto.

Bajé a la mina y pensé que solo caminaría unos metros más allá de la entrada, para ver si aún había linternas encendidas o si se oían ruidos desde el interior.

—Y encontraste el portal —termino la frase por ella.

—Sí. Antes de darme cuenta de lo que ocurría, había llegado a otro mundo por completo.

—¿En qué palacio estuviste? —pregunto, incapaz de contener mis dudas—. ¿En el de Verano o en el de Invierno?

—No lo sé. En el Palacio de Verano, probablemente, porque esa era la época del año. En cualquier caso, pronto descubrí que mi padre también había caído en ese otro mundo y que el rey fae lo había capturado. Conocí al rey Thorne y me ofrecí a ocupar el lugar de mi padre.

—¿Por qué harías eso? —pregunto—. ¿Por qué no intentaste ayudarlo de otra manera o…?

—Quise hacerlo —me interrumpe—. Quise ayudar a mi padre, por supuesto, pero también quedé hechizada por la tierra que acababa de encontrar.

Descubrí que la magia era real y que había un rey de una belleza imposible dispuesto a dejarme vivir en su castillo.

Comparado con mi vida, parecía una fantasía hecha realidad.

—Ah. Sí, supongo que tiene sentido.

—¿No fue igual para ti? Cuando descubres que ese lugar mágico existe, ¿cómo no vas a querer quedarte?

—Eh… no exactamente. Me tomó un poco más de tiempo entrar en calor, pero termina la historia; luego vamos con la mía.

Ella sonríe y se inclina hacia adelante, apoyándose en la isla de la cocina. Juraría que hay algo más ligero en su postura, como si hablar de esto después de tanto tiempo le quitara un peso de encima, el secreto con el que ha vivido durante sesenta años.

—Bueno, durante un tiempo estuve en el cielo.

Nunca había vivido en un lugar tan agradable.

Había sirvientes y no se esperaba que yo hiciera nada en absoluto.

Dormir de día resultaba extraño y el rey solía mostrarse frío conmigo, pero me dio un gatito para hacerme compañía.

Un poco de soledad no parecía un mal precio a cambio de poder pasar todo mi tiempo en la biblioteca.

De inmediato se me viene a la mente la imagen de la biblioteca preciosa, aunque no logro concentrarme desde que mencionó al gatito.

—¡Dios mío, Sushi!

Sonríe.

—¿Qué pasa con él?

Mi cara se ensombrece.

—Lo dejé en el palacio con Odessa. Dios mío, ¿cómo…?

—Shhh —me tranquiliza—. Ese gato viene de Ellender.

Entrecierro los ojos.

—Espera, ¿hablas en serio?

—Completamente. Claro que tuve que cambiarle el nombre cada par de décadas para que no resultara tan extraño tener un gato de sesenta años.

Sushi se llamaba originalmente Puca, porque tenía esa habilidad mágica de aparecer siempre justo donde yo lo necesitaba.

Estoy segura de que, tarde o temprano, volverá conmigo.

La miro boquiabierta, con la cabeza dando vueltas. Una parte de mí piensa que me está tomando el pelo, pero, claro, toda esta conversación es inverosímil. ¿Qué importa añadir una locura más a la lista?

—Eh… bien, de acuerdo. Supongo que volveremos a eso luego. Entonces, al principio fuiste feliz en el palacio, ¿pero cuándo empezaron a salir mal las cosas?

Suspira y se aparta un mechón de cabello gris de la cara.

—Con el tiempo me aburrí y empecé a sentir curiosidad por el palacio y por el rey. ¿Cuál era esa maldición misteriosa que los hacía dormir todo el día? ¿Por qué no me permitían entrar al ala norte del castillo? ¿Qué quería el rey Thorne de mí?

—¿Y lo averiguaste? —pregunto, inclinándome hacia adelante mientras el corazón se me acelera.

—Sí. El rey y yo llevábamos tiempo cenando juntos. Empecé a conocerlo un poco mejor, aunque en la mayoría de los aspectos seguía siendo un enigma. Por eso me sorprendió tanto cuando anunció nuestra boda ante la corte.

—Espera, ¿no te lo pidió?

Ella niega con la cabeza.

—No… no supe qué pensar. Estaba segura de que había habido un malentendido. En cierto modo, no me oponía del todo. Sería reina y podría seguir viviendo la misma vida elegante que llevaba desde hacía tres meses.

—¿Pero no lo amabas?

Vuelve a negar con la cabeza.

—No lo conocía lo suficiente para amarlo; siempre se mantuvo distante. Me colmaba de regalos, pero no de atención. Todo se sentía forzado, como una actuación ante la corte.

Asiento. Sé exactamente a qué se refiere. Pero también entiendo que esa revelación era enorme. Si Nana nunca había amado al rey Thorne, entonces nunca habría podido romper la maldición. El rey estaba equivocado.

Me muerdo el labio.

—¿Y luego?

—No quería quedarme y casarme con alguien a quien apenas conocía, así que inventé una historia.

Le dije que mi padre había estado crónicamente enfermo toda su vida y que solo le quedaban unos meses.

Que quería volver a casa para verlo antes de que muriera y que regresaría pronto para la boda.

—Niega con la cabeza—. No era una historia muy convincente. No sé por qué me creyó…

—Porque el rey es un narcisista —añado—. Da por hecho que todo el mundo lo ama. Aunque acumularas años de resentimiento y mil razones para odiarlo, asumiría que las migajas que te da bastan para ganarse tu lealtad eterna.

Ella arruga la frente, pensativa.

—Supongo que tienes razón. No lo había visto así.

—Yo lo vi —gruño—. Cualquiera pensaría que meter a un hombre inocente en prisión durante noventa años bastaría para ser odiado, pero Thorne creyó que ese hombre debía estar agradecido por haberlo dejado salir.

Nana se encoge de hombros.

—Tendrás que explicarme eso mejor, pero en general entiendo a qué te refieres.

Y sí, creo que tienes razón. El rey estaba convencido de que yo volvería, y tal vez también tenía razón.

Admito que estaba dividida… No quería casarme, pero tampoco quería dejar Ellender.

Pensé que en casa tendría más claridad. Quería ver si realmente extrañaba ese lugar, ¿sabes?

Asiento.

—Te entiendo.