Capítulo 25
ALIX
—Disculpa, ¿qué fecha es hoy?
El cajero adolescente de la gasolinera me mira; su expresión pasa del aburrimiento al asombro en cuestión de un segundo. Se queda con la boca entreabierta, mirándome pasmado.
—¿Qué fecha es? —repito.
—Eh… es 10 de junio.
—¿Y el año? Bah, no importa. Dame una de esas revistas.
Toma una revista del exhibidor a su lado, al azar, y me la extiende, sin apartar los ojos de mí.
La agarro con desesperación y la volteo; entonces suelto un suspiro de alivio.
Bien, gracias a Dios: de verdad pasó apenas poco menos de un mes.
Sé que así fue como se sintió el tiempo que estuve fuera, pero he leído suficientes cuentos de hadas como para preocuparme y comprobarlo dos veces.
—¿Puedo usar tu teléfono? —pregunto.
El cajero ni siquiera se molesta en discutir conmigo o preguntarme dónde está mi celular. Probablemente porque voy vestida como alguien que escapó de una feria renacentista y estoy preguntando en qué año estamos. Proyecto vibras de loca, y siempre es mejor no discutir con alguien así.
El chico me pasa el teléfono y marco de inmediato.
—911, ¿cuál es su emergencia?
—Eh, hola. Me llamo Alixandrea Knight. Creo que podría estar reportada como desaparecida.
Como era de esperarse, la policía tiene muchas preguntas. ¿Dónde estuve? ¿Soy consciente de lo preocupada que está mi familia? ¿Por qué estoy vestida como una princesa de parque temático?
Luchando contra mi tendencia a inclinarme ante la autoridad, me niego a responder una sola pregunta.
Les recuerdo que soy adulta y que tengo todo el derecho de desaparecer del mapa si quiero.
Mientras no esté bajo arresto, no hay razón para hablar con ellos…
No obstante, por favor, ¿podrían llamar a mi mamá?
El oficial llama a mi madre —el único número que recuerdo de memoria gracias a años de condicionamiento infantil— y yo espero. Seis horas después, estoy sentada en la destartalada comisaría local, bebiendo una taza de café amargo y golpeando el suelo con el pie.
—¡Quítense de mi camino! —grita una voz conocida desde algún punto del pasillo.
—Señora, necesita calmarse —dice uno de los agentes.
—La próxima persona que me diga que me calme va a recibir un puñetazo en la nariz.
«Vaya. Supongo que ya sé de dónde lo heredé».
Me pongo de pie.
—¿Mamá?
Vestida con un traje sastre azul marino y un impecable chongo francés, mi madre irrumpe por el pasillo lúgubre, iluminado por luces fluorescentes.
Pasa de largo a los policías que intentan contenerla y entra de golpe a la oficina donde he estado esperando.
No espera a que yo diga nada: se lanza hacia mí y me envuelve en un abrazo.
Siento cómo cada músculo de mi cuerpo se relaja.
Tras un largo segundo, se aparta, se limpia una única lágrima antes de clavarme una mirada furiosa.
—Más te vale tener una buena excusa para esto.
—¿Perdón? —balbuceo—. ¿Eso es lo primero que quieres decir?
—Pensé que estabas muerta. Todos pensamos que te había secuestrado algún lunático. Ryan está fuera de sí, ¿ya lo llamaste?
—Eh… no, todavía no. Pero sí tengo una buena excusa.
Por fin me observa con atención y repara en mi vestido. Se queda sin aliento.
—Dios mío. Es una secta. ¡Te secuestró una de esas sectas sexuales de deportes y ejercicio! Por favor dime que no te convertiste en la octava esposa de alguien, Alixandrea.
Me pellizco el puente de la nariz y cierro los ojos.
—Vámonos a casa, mamá. Podemos hablar en el coche.
—Espero que sepas que no estoy preparada para escuchar ninguna tontería sobre alienígenas o búnkeres secretos.
—Sí, claro, lo entiendo.
El portal me dejó en algún punto cerca de la frontera con Nueva York, y a mi mamá le toma varias horas llevarnos de vuelta a su casa en Filadelfia. Parece dar por sentado que es ahí adonde quiero ir, y casi discuto con ella hasta que menciona que Nana sigue quedándose con ella.
—Claro que no tuvimos tiempo de buscarle una casa de retiro después de darnos cuenta de que habías desaparecido.
El corazón me da un vuelco de emoción. Muero por hablar con Nana desde el momento en que llegué a Ellender, así que al menos tengo algo que esperar. Algo diminuto en comparación con todo lo demás que estoy sintiendo.
Al igual que cuando llegué a Ellender, estar de vuelta no se siente del todo real. Quedo atrapada en algún punto entre el shock y la devastación.
Es como cuando te golpeas el dedo del pie por accidente o te aplastas el pulgar con la puerta del coche y hay una fracción minúscula de segundo en la que aún no sientes nada, pero sabes que el dolor viene en camino.
Estoy atrapada en ese instante. Ya me golpearon, pero el dolor aún no llega, y sé que, por más que me prepare y desee que no duela, va a doler.
Y será mil veces peor por haberse retrasado.
—Entonces, ¿vas a decirme qué pasó o vas a dejarme en suspenso?
—No fue una secta —murmuro.
—Eso no ayuda mucho, Alixandrea. Ahora estoy imaginando los peores escenarios posibles. ¿No te agarró una de esas redes de prostitución, verdad?
La miro de reojo, con fastidio.
—Si así fuera, ¿se te ocurre que quizá no querría ser interrogada al respecto a las pocas horas de escapar?
Parpadea, y es obvio que la sutileza no es su fuerte.
—Entonces, ¿sí te llevaron?
Suspiro y me cubro la cara con las manos: «Maldita sea».
Aunque tuve horas en la comisaría para pensarlo, no decidí si le diría la verdad a mi mamá.
Sin embargo, tras cinco minutos en el coche con ella, sé con certeza que no puedo contárselo.
No me creerá y probablemente me llevará directo al hospital más cercano para hacerme una tomografía. «No, gracias».
—Atrapé a Ryan engañándome con mi mejor amiga —digo, todavía con la cara cubierta por las palmas—.
No tenía idea de lo que estaba pasando, pero, en retrospectiva, me doy cuenta de que definitivamente no fue la primera vez.
Así que perdí el control, ¿de acuerdo? Solo necesitaba alejarme un tiempo.
Siento no haber llamado y haberte preocupado. No quise asustarte.
Me preparo para una avalancha de juicios o quizá un sermón sobre que el matrimonio es para siempre y que debo ser más indulgente. En lugar de eso, suelta una exhalación áspera.
—Mierda.
Alzo la vista, sobresaltada. Mi madre no dice groserías, así que incluso esa pequeña exclamación es digna de mención viniendo de ella.
—¿Qué?
Saca una mano del volante y se la pasa por la cara, sin molestarse siquiera en comprobar si se le corre el maquillaje.
—Ryan está en la casa.
—¿Cómo dices?
—¡Bueno, estabas desaparecida! Y es tu esposo; simplemente parecía tener sentido que estuviéramos todos juntos por si llegaban noticias. —Mete la mano en la consola central y busca su teléfono—. Mira, no hay problema. Yo me encargo. Voy a llamar a Kevin ahora y quizá…
Extiendo la mano y le tomo el brazo, deteniéndola antes de que marque el número de mi padrastro mientras conduce y, de paso, se meta en el carril contrario.
—Mamá, basta. Está bien.
Me mira, parpadeando.
—Oh, Alixandrea. ¿Estás segura?
Me conmueve, de forma extraña, esta muestra de apoyo tan fuera de lo común, aunque llegue a última hora.
—Sí. Tengo mucho que decirle a Ryan. Mejor acabar con esto de una vez.
Cuando entramos a la casa, se desata un alboroto de inmediato.
Todos deben saber que me encontraron, porque no parecen sorprendidos de que haya vuelto, pero aun así hay una explosión de ruido.
Giro la cabeza, un poco abrumada. Mi esposo está aquí, junto con el esposo de mi mamá, Kevin.
Mi mirada se posa en Ryan durante un segundo incómodo y, por fin, encuentro a quien estoy buscando.
Nana está sentada en el sofá de la sala, pero se pone de pie de un salto, igual que todos los demás, cuando entro.
Viste de manera sencilla: un suéter azul y pantalón de vestir, con el cabello largo recogido en una cola de caballo baja.
Mis ojos claros se encuentran con los suyos, oscuros.
Su mirada baja deliberadamente hacia mi vestido y la comisura de su boca se eleva en una media sonrisa; en una fracción de segundo sé que sabe exactamente dónde estuve.
—¡Cariño, Dios mío! —grita Ryan, arrancándome la atención de Nana mientras avanza hacia mí con paso decidido.
Se me revuelve el estómago, doy un paso atrás y marco una distancia evidente entre nosotros. Ryan se detiene en seco, a varios metros de mí. En ese instante percibo un cambio palpable en la habitación: mi familia pasa del alivio a la sospecha en cuestión de segundos.
—Ryan, ¿qué haces aquí? —pregunto con calma.
Parpadea, confundido.
—Yo… bueno, habías desaparecido. Estaba preocupado por ti. ¿Qué pasó?
Respiro hondo y cierro los ojos por un segundo.
En mi mente veo una versión de cómo podría desarrollarse esta conversación. Es la manera en que habría ocurrido si me hubiera quedado a pelear aquel día en que lo sorprendí con Jenna.
Yo le exigiría una explicación y él no tendría ninguna.
Me diría que los problemas de nuestro matrimonio existen porque no le presto suficiente atención y porque está harto de cargar con todo.
Yo le señalaría que me hago cargo de la casa incluso desde antes de perder mi empleo, y él me echaría en cara lo del trabajo.
Terminaría gritándole, tratando de que le importe aunque sea un poco cuánto me lastima, y él se concentraría solo en mis defectos.
Al final perdería de vista el motivo de la discusión y me iría; así él evitaría tener que explicar su infidelidad o asumir cualquier responsabilidad.
Más tarde me sentiría culpable por haber perdido el control y acabaría siendo yo quien pidiera perdón.
He repetido este ciclo tantas veces, con distintas peleas, que es como una obra de teatro de la que conozco de memoria los diálogos y la coreografía.
O hay otra opción: esta vez, no tiene por qué ser así.
No tiene que ser una pelea ni un ir y venir sobre lo que hizo. No tengo que seguir rogando por una migaja de atención ni gastar mi energía en alguien que no puede ni quiere corresponderme. Puedo simplemente decir lo que tengo que decir e irme.
—¿Te parece si salimos un momento? —pregunto.
Ryan parece aún más confundido, pero me sigue afuera. Detrás de mí veo a mi mamá retorcerse las manos, probablemente preocupada de que vayamos a avergonzarla frente a los vecinos, peleando en el jardín. Pero, milagrosamente, no dice nada.
Salimos a la entrada de la casa y, por un momento, levanto la vista al cielo, disfrutando el sol de media tarde.
Ryan intenta acercarse de nuevo, con los brazos extendidos.
—Alix…
Una vez más, una oleada de náuseas me atraviesa. Levanto una mano para detenerlo.
—No me toques. No me siento bien.
Pone cara de confusión, pero se detiene. Su mirada me recorre de arriba abajo.
—¿Qué traes puesto? —me pregunta.
Miro mi vestido.
—No te preocupes por eso —le digo.
Entrecierra los ojos.
—Entonces, ¿qué mierda, Alix? ¿Dónde estuviste?
Niego con la cabeza.
—No importa. No te quiero aquí. Deberías irte a casa.
—Vamos, cariño, no te pongas así. Vine desde tan lejos porque estaba preocupado por ti. Cuando hablamos por teléfono…
—¿Te refieres a cuando te dije que quería el divorcio y tú intentaste acorralarme con abuso financiero?
Sonríe con nerviosismo.
—No lo recuerdo así.
—¿Ah, no? ¿Cómo recuerdas que reaccioné cuando te descubrí engañándome con mi mejor amiga?
Se mete las manos en las bolsas del pantalón y se balancea sobre los talones.
—Alix, mira. Fue un error, ¿de acuerdo? Pero lo que tú hiciste es muchísimo peor. Todos pensaron que estabas muerta. ¿Te das cuenta de lo jodido y manipulador que es eso? Si querías atención, no tenías que llegar tan lejos para conseguirla.
Vuelvo a cerrar los ojos.
—No voy a pelear contigo. Se acabó. Te dije que quería el divorcio y me fui. Ya no tengo que justificarte mi tiempo, y que estés aquí ahora mismo no está bien.
—¿Estás haciendo todo esto por otro tipo?
No puedo evitar soltar una carcajada. La hipocresía resulta abrumadora.
—No, no se trata de eso. Se trata de mí. Soy infeliz y ya no estoy dispuesta a conformarme con un «más o menos». Quiero estar con alguien que apoye mis sueños, que no se irrite por las cosas que me gustan y que no sienta que ser mi pareja es una carga.
—Ah, ¿entonces ahora todo es culpa mía? ¿Tú eras la esposita perfecta y yo soy el malo de la historia?
Niego con la cabeza.
—Definitivamente no fui perfecta, pero estoy harta de ser la única que se preocupa por cómo su comportamiento afecta a las personas que me rodean. Estoy harta de disculparme todo el tiempo y no recibir nunca respeto a cambio.
—¿Quieres que diga que lo siento? Está bien, lo siento porque seas tan infeliz y porque, al parecer, ni siquiera quieras intentar arreglar esto.
Doy un paso atrás.
—De acuerdo, ya terminé, de verdad. Merezco ser feliz y, por más que me cueste decirlo, porque he fantaseado seriamente con arrancarte los malditos brazos, tú también mereces ser feliz.
Él retrocede, impactado.
—¿Mis brazos? ¿Qué? Pensar en eso está retorcido, Alix, tú estás…
Me doy vuelta y subo los dos escalones de regreso a la puerta antes de mirarlo por encima del hombro.
—Ah, y ¿podrías darle mis saludos a Jenna, por favor? Dile que les deseo a ambos toda la felicidad que se merecen.
—Nosotros no… —Arruga la frente y hunde aún más las manos en los bolsillos—. Ya no estamos juntos. No funcionó.
Esta vez me río de verdad.
—Supongo que se dio cuenta de que ambas somos demasiado para ti. Que tengas una buena vida, Ryan.
Dicho esto, entro a la casa y cierro la puerta de un golpe seco. Me apoyo en ella y descubro que toda mi familia sigue de pie en la sala, casi exactamente donde los dejé.
—Eh… Ryan tuvo que irse —murmuro.
—¿Estás bien? —pregunta mi madre.
Abro la boca, pero no sale nada. Un nudo enorme se me forma en la garganta y trato de tragar saliva, poco acostumbrada a esa sensación.
¿Estoy bien? No, no estoy nada bien, mierda, pero no tiene nada que ver con Ryan ni con Jenna.
Cuando me di cuenta de que mi matrimonio se había terminado, estaba enojada, pero no por perder a mi esposo.
Nunca se trató de él; se trataba de mí. Estaba de luto por la pérdida de mi vida y de los planes que había hecho.
Ahora no me siento así. Hay una sensación aguda de pérdida, un vacío en el pecho. Como si algo —o alguien— faltara.
Me arden los ojos y la nariz, y un zumbido me invade los oídos.
Y de pronto todo me cae encima. Todo se acabó y, lo peor de todo, nunca volveré a ver a Daemon.
Miro a Nana, suplicando ayuda en silencio; ni siquiera estoy segura de para qué. Ella se abre paso entre mi mamá para llegar hasta mí. Sin decir una palabra, me rodea con los brazos y no me suelta.
Y por fin, por primera vez en veinte años, rompo a llorar.