Capítulo 24 #3
—Daemon, basta —grita Alix, cubriéndose la cara de la lluvia—. Estoy tratando de hablar contigo.
—Ya te escuché —le respondo con un gruñido—. Y ahora te vas.
La bajo al suelo y tropieza en el terreno irregular. Por instinto, extiendo el brazo para sostenerla. Ella mira por encima de mi hombro hacia el estanque y sus ojos se agrandan.
—¿Qué? —pregunta rápido—. No. No te lo dije para esto. Si hubiera querido irme sin más, ya lo habría hecho.
—¿Entonces quieres quedarte y ser «sacrificada»? Creí haberte dicho que puedes usar todos los malditos eufemismos que quieras, pero todos significan lo mismo. Él va a matarte.
—Lo sé —declara, cada vez más furiosa—. No soy una estúpida, carajo.
—Bien. Entonces te vas. Vamos.
Intento conducirla hacia el portal, sin darme siquiera tiempo de pensar en lo que esto significará. No volver a verla jamás se siente imposible, pero es peor considerar dejarla quedarse un segundo más.
Alix planta los pies en el suelo medio congelado y se niega a dar otro paso. Podría moverla, pero tendría que cargarla otra vez. Dejo escapar un suspiro airado.
—¿No entiendes que no puedo dejar que te quedes aquí ahora? Además, no serviría de nada.
Ella alza el mentón y me mira con enojo.
—¡No! ¿Y qué hay de la maldición? Aurelia dijo…
—Me importa un carajo lo que haya dicho quien sea, solo me importas tú. Acabas de decirme que Thorne es quien intenta hacerte daño, Alix. ¿Qué esperabas que hiciera con esa información?
—N-no lo sé. Pensé que tú sabrías qué hacer. Te lo dije porque creo que podemos arreglarlo. Aurelia piensa que la maldición no estaba destinada a durar tanto tiempo y que la persona que Thorne más amaba habría sido alguien que su madre conocía.
Niego con la cabeza.
—Tal vez sea cierto, pero no tengo idea de quién podría ser.
—Pero al menos podríamos intentar averiguarlo.
—No. —Me paso la mano por el cabello—. Voy a intentar averiguarlo, lo prometo. No voy a rendirme con esto, pero tú no vas a estar aquí para verlo. Necesitas volver a casa. Ahora.
Me mira con furia, claramente preparando su siguiente argumento.
No entiendo por qué estamos peleando por esto. No entiendo cómo puede querer quedarse sabiendo que el peligro en el que se encuentra no es abstracto, que está durmiendo justo en la puerta de al lado.
—Me debes algo —insiste, con la voz quebrándose apenas.
El corazón se me hunde. Me olvidé de su dinero. Miro por encima del hombro hacia la casa.
—Espera aquí un segundo. Hay cientos de cosas invaluables en esa casa, iré a buscarte…
Cierra el puño y me golpea con fuerza en el pecho.
—No me importa el dinero, maldito imbécil.
—¿No?
—¡No! —se atraganta—. Quiero decir que me debes más que solo mandarme de vuelta a casa sin siquiera pensarlo. Las cosas han cambiado y yo…
Cierro los ojos, incapaz de seguir mirándola, y echo la cabeza hacia atrás para que la lluvia caiga sobre mi cara.
—Todo esto solo cambia que ya no puedo seguir fingiendo que tiene sentido mantenerte aquí.
Debí dejarte ir en el momento en que me di cuenta de que no eras Isabelle, pero fui egoísta.
Luego, cuando supe que no había ninguna posibilidad de que Thorne pudiera amarte de verdad, porque si lo hiciera, no habría podido quedarse de brazos cruzados cada vez que te lastimaban, debí dejarte ir.
—¿Entonces por qué no lo hiciste? —exige saber.
Trago saliva y la miro de nuevo. Está empapada, igual que yo, y no puedo distinguir si el agua que corre por su cara son lágrimas o gotas de lluvia.
Sé exactamente por qué no pude dejarla ir. Porque la amo y me engañé pensando que podría mantenerla aquí conmigo.
La advertencia de Odessa resuena en el fondo de mi mente, burlándose de mí.
«Te vas a enamorar de ella y vas a arriesgarlo todo por retenerla, pero no sé si ella te va a amar lo suficiente como para quedarse».
Bueno, al carajo con Odessa; se equivocó.
Porque sí arriesgué casi todo por quedarme con Alix, pero no estoy dispuesto a arriesgarla a ella, y no voy a permitir que se quede.
Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo en silencio, dejando su pregunta suspendida entre nosotros.
Ella me mira con enojo, claramente pensando que soy incapaz, o que no estoy dispuesto, a reconocer la verdad de lo que siento por ella.
Nada podría estar más lejos de la realidad, pero decírselo ahora, justo antes de enviarla lejos, solo la lastimaría, y no puedo hacerle eso.
Alix me empuja para pasar y avanza furiosa hacia la casa.
—Voy a buscar a Aurelia, y tú puedes hablar con ella y…
Le agarro el brazo y la jalo de vuelta hacia mí, estrechándola en mis brazos. Antes de que pueda protestar, llevo las manos a sus mejillas y acerco su cara a la mía.
Ella jadea de sorpresa contra mi boca, pero no la suelto. Exploro sus labios, su sabor, como si fuera la última vez.
Alix se relaja en el beso y la obligo a retroceder, alejándola de los rosales, sin romper el contacto ni un segundo.
Al borde del estanque, aprieto los ojos con fuerza y me aparto.
—Lo siento.
Y entonces la empujo hacia el interior del estanque resplandeciente.