Capítulo 24
ALIX
Me recuesto de lado en la penumbra, escuchando cómo la lluvia golpea con ritmo constante contra las ventanas. A estas alturas, mi reloj interno ya está completamente jodido, pero calculo que son como las dos de la tarde, lo que equivale, más o menos, a las dos de la madrugada en Ellender.
Al igual que el resto de la casa, Daemon duerme.
Está acostado sobre las cobijas, de frente a mí, como si estuviéramos conversando, salvo por sus ojos cerrados y su respiración pausada.
No puedo evitar notar que no duerme profundamente.
Sus ojos se mueven detrás de los párpados apenas cerrados, y tengo la sensación de que, si hiciera cualquier movimiento brusco, estaría despierto en menos de un segundo.
Siem pre está en alerta, nunca se relaja por completo.
«¿La prisión le hizo esto o siempre fue de sueño ligero?».
Suspiro y empiezo a deslizarme lentamente hacia el lado opuesto de la cama. Nada de movimientos bruscos.
Paso las piernas por el borde del colchón y apoyo los pies en el suelo, luego miro atrás para comprobar que los ojos de Daemon sigan cerrados. Lo están. Mi trayecto por la habitación toma más tiempo del que debería, porque me detengo cada pocos pasos para asegurarme de no haberlo despertado.
No sé por qué estoy tan nerviosa con esto; no estoy haciendo nada malo. Salvo que supongo que, si Beatrix hubiera querido que llevara a Daemon conmigo para hablar con Aurelia, me lo habría dicho. Como me advirtió sobre el portal y me contó su historia, confío en ella.
Milagrosamente, Daemon no abre los ojos cuando entreabro la pesada puerta y salgo al pasillo. Lanzo una mirada nerviosa a la puerta del rey Thorne, justo al lado de la mía, y contengo el aliento mientras avanzo de puntitas por el corredor.
Con la lluvia, no temo que Thorne ni ninguno de los cortesanos que trajo consigo despierte y me ataque, pero aun así no quiero quedarme a solas con ninguno de ellos, en especial con el rey.
No estoy segura de cómo llegar a la torre que solo vi desde el exterior de la casa, pero dudo que sea difícil; de lo contrario, Beatrix habría sido más clara en sus instrucciones.
Como era de esperarse, al final del pasillo encuentro una segunda escalera, más angosta y diseñada claramente para que suba una sola persona a la vez.
Todo mi cuerpo hormiguea de anticipación mientras asciendo. Me detengo al llegar a una puerta de madera cerrada, con pequeñas flores moradas pintadas sobre la superficie gastada.
Alzo el puño para tocar, luego me detengo.
No puedo evitar ser consciente de que el portal está justo afuera. No hay nadie cerca. ¿Qué pasaría si no tocara? ¿Y si me diera media vuelta y me fuera ahora mismo? Parte de mí se pregunta si todos no estarían mejor así.
Con una respiración profunda, toco dos veces.
De inmediato, la puerta se abre de golpe. Doy un salto, sobresaltada, sobre todo cuando veo que no hay nadie al otro lado.
—Pasa —resuena la voz aguda de Aurelia desde algún lugar fuera de mi vista.
Con el corazón aún acelerado, entro en la habitación y la puerta se cierra tras de mí.
Estoy de pie en una recámara perfectamente circular.
Las paredes están cubiertas de pinturas coloridas y estantes con cientos de baratijas y tesoros encantadores, y hay alfombras trenzadas, de colores arcoíris, en cada centímetro del suelo.
En un lado de la habitación hay una mesa redonda y una cocinita diminuta, como la versión de cuento de hadas de la cocineta de un hotel.
En el otro, libreros repletos con miles de volúmenes se elevan desde el suelo hasta el techo.
Entre los estantes hay una escalera que, supongo, conduce a una cama.
—¡Bajo enseguida! —resuena la voz de Aurelia desde arriba—. Ponte cómoda, Alix.
Me muerdo el labio. Esto es raro, aunque supongo que no más raro que cualquier otra cosa en Ellender. Dudo que la misma chica que pintó gatitos en el alféizar de su ventana vaya a bajar para degollarme. Así que cruzo la torre y me siento en la mesita.
Un segundo después, los pies de Aurelia aparecen en la escalera. Lleva un pantalón amplio estilo genio de color rosa brillante y una blusa rosa que combina, con estrellas azules bordadas en el cuello. Su cabello corto está recogido hacia atrás con un lazo.
—Hola —dice, sonriendo ampliamente al llegar al suelo—. Beatrix me dijo que vendrías.
—¿Eso dijo? —Me río—. Ni yo misma no estaba segura.
Aurelia se limita a sonreír y cruza la habitación bailando hacia la pequeña cocina.
—¿Quieres té? Iba a prepararme uno.
—No tienes café, ¿verdad?
Niega con la cabeza.
—No lo creo, pero puedo ponerte una bolsita extra de té.
Sonrío.
—Claro.
Me devuelve la sonrisa y luego se gira hacia el fregadero, llena una tetera con agua y, en lugar de ponerla sobre la estufa para calentarla, chasquea los dedos hacia ella, como vi hacer antes a Daemon.
Al instante, la condensación aparece en los costados de la tetera y el vapor empieza a elevarse por la boquilla.
—Haces magia —comento, señalando lo evidente.
Ella asiente.
—Casi todos la hacen. Solo los nativos de Vernallis vieron sus poderes tan disminuidos por la maldición.
Para ilustrar su punto, vuelve a chasquear los dedos y los candelabros apagados de la mesa se encienden. Los platos y cuencos apilados en los estantes a lo largo de la pared cobran vida, girando y bailando durante unos segundos antes de caer de nuevo, quietos e inertes.
Me quedo boquiabierta mirando los platos inmóviles, luego alzo la vista hacia Aurelia.
Ella cruza otra vez la cocina, ahora con la tetera humeante.
Dos tazas vuelan solas desde el estante y aterrizan sobre la mesa frente a nosotras; luego, con un último chasquido, hace que el té se sirva por sí mismo.
—Perdón, casi nunca tengo oportunidad de presumir —dice—. Casi nadie viene a la casa y creo que eres la primera persona que visita mi habitación… aparte de Beatrix, claro.
Trago saliva para aliviar la sequedad de mi garganta. Aún estoy asimilando la impresión de los platos bailarines. Aunque, pensándolo bien, ya nada debería sorprenderme.
—Entonces, ¿no eres de Vernallis?
Niega con la cabeza.
—Nací después de la maldición, pero mi madre cruzó a Thermia para tenerme.
Asiento, y tomo un sorbo de té para ocultar que no tengo idea de qué decir. Está claro que Aurelia sabía que vendría a hablar con ella y me estaba esperando, pero no sé cómo empezar y ella no parece dispuesta a tomar las riendas de la conversación.
—Beatrix me dijo que debía venir a hablar contigo —digo al fin.
—Es una entrometida, pero en este caso tiene razón. Hay cosas que deberías saber antes de sacrificarte para terminar con la maldición.
Tomo otro sorbo del té hirviente.
—Ya sé que esta situación es extraña. Cuando acepté por primera vez, no sabía que el matrimonio formaba parte del trato, y ahora solo lo estoy considerando por la maldición.
—¿De verdad crees que puedes romperla? —pregunta.
Abro la boca para decir «no lo sé», pero me detengo antes de pronunciar las palabras. En su lugar, digo:
—El rey Thorne claramente no me ama, sin importar quién crea que soy, y yo tampoco lo amo, así que… no. No creo que pueda romperla.
Se siente como si estuviera confesando algo terrible. Decir en voz alta que no creo que haya nada que pueda hacer se siente definitivo, de un modo que me llena de una mezcla de dolor y frustración.
—Quiero contarte una pequeña historia —dice Aurelia, jugueteando con la manga de su blusa y con la mirada fija en el té—. No es larga, lo prometo, y además no soy muy buena contando historias, pero aun así creo que deberías oírla.
Asiento y tomo otro sorbo.
—Adelante.
—He vivido en esta torre toda mi vida —empieza—. Beatrix no es mi madre, pero durante los últimos noventa y nueve años fue la única familia que realmente conocí. ¿Te contó que antes fue dama de compañía en el palacio?
—Sí.
—Beatrix era la acompañante asignada a mi madre cuando llegó a Vernallis para casarse con el futuro rey.
El príncipe Thorne había pasado años buscando a la esposa perfecta, y todo el reino quedó en shock cuando eligió a una plebeya en lugar de a alguna de las mujeres nobles de los otros tres reinos.
Mi respiración se corta al recordar la historia que Daemon me contó.
—Entonces, ¿tu madre fue quien lanzó la maldición?
Ella sonríe con un tono de amargura.
—Con el tiempo, sí. El rey la eligió porque era una hechicera poderosa y, aunque no era noble, provenía de una larga estirpe de magia. El rey también tiene una magia fuerte.
—Nunca lo he visto usarla —interrumpo, con el corazón acelerándose.
Aurelia se encoge de hombros y me dice:
—La maldición drena poco a poco el poder de la tierra; no de manera inherente, sino porque las criaturas fae nunca debieron vivir en oscuridad constante.
Necesitamos el sol para prosperar, lo que, por cierto, es la razón por la que Dyaspora es un castigo tan brutal.
Dejando de lado el frío y los trabajos forzados, en el extremo norte el sol solo brilla una hora al día.
Es el caldo de cultivo perfecto para criaturas que prosperan en la oscuridad y debilita a los prisioneros fae.
—Pareces saber mucho al respecto.
Ella hace un gesto vago hacia los miles de libros en sus estantes:
—Al estar sola todo el tiempo, he tenido mucho tiempo para leer. En fin, el rey Thorne eligió a mi madre porque era probable que tuviera hijos poderosos. Creció rodeado de dudas sobre la línea de sucesión y deseaba desesperadamente un heredero fuerte que acallara cualquier cuestionamiento.
—¿Y qué hay de ti? —No puedo evitar preguntar—. Supongo que él es tu padre.
—Lo es —dice, como si no fuera más importante que comentar el clima—. Pero no sabe que existo. Y, además, en Vernallis se practica la primogenitura masculina. Las mujeres solo pueden heredar el trono si no hay un heredero varón, y en este caso lo hay.
Parpadeo, confundida, hasta que todo encaja.
—¿Te refieres a Daemon? Pero él es ilegítimo, ¿no?