Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—No, de verdad, estoy bien.

La molestia tiñe su expresión por un instante, pero la oculta enseguida.

—Al menos permíteme desearte buenas noches como es debido.

Apoya el brazo contra la pared, acorralándome.

«Dios mío».

«De acuerdo, mantén la calma… esto es bueno, ¿no?».

Quiero que el rey Thorne se interese por Isabelle. Quiero que se enamore de ella. Pero eso es solo una idea abstracta en la que «Isabelle» es básicamente Rose de Un reino de espinas . Ella no soy yo; es un personaje… un concepto difuso de persona, no yo ni mi abuela.

El aroma de la colonia del rey me abruma y el corazón me late tan fuerte que sé que puede oírlo. Estoy segura de que está a punto de besar a «Isabelle». Excepto que yo, Alix, siento que voy a vomitar. O a desmayarme. Tal vez ambas cosas a la vez.

Thorne se inclina más y, de pronto, un dolor agudo me atraviesa la cabeza. Como una migraña, pero concentrada justo detrás del ojo derecho. Dejo escapar un chillido y aparto la cabeza con rapidez, esquivando por poco sus labios.

Mi mano vuela a mi sien justo cuando Thorne se aparta y me mira con desaprobación. Su mano grande se dispara y me agarra del mentón, obligándome a alzar la cara para encontrar la suyo.

Un estruendo, como de cristal al romperse, quiebra el silencio de la casa.

Doy un salto y me giro, buscando el origen del ruido.

—¿Qué carajos fue eso? —grita Thorne, con la cara desencajada por la ira.

—Eh… no lo sé —balbuceo, con el pulso todavía desbocado—. Aunque probablemente sea una señal de que debería irme a dormir. Nunca se sabe: la lluvia podría estar amainando y no querría estar por aquí cando eso pase.

—No… —dice Thorne despacio—. No querríamos eso.

Me escabullo por debajo de su brazo, inmensamente aliviada de que no intente detenerme.

—Bueno, ¡buenas noches!

Sin añadir palabra, abro la puerta a mis espaldas y me deslizo dentro, cerrándola de golpe.

La habitación huele familiar y acogedora, a cedro y canela.

Suelto un largo suspiro y me apoyo contra la puerta, con los ojos cerrados, aliviada.

El dolor de cabeza desapareció tan rápido como llegó, aunque sigo sintiéndome un poco mareada.

Tras un instante, abro los ojos y me separo de la puerta.

La habitación es grande, con techos abovedados y vigas de madera que se cruzan sobre mi cabeza. Es más masculina que las habitaciones en las que dormí en el palacio y, de algún modo, más sólida, con alfombras gruesas, madera oscura y una cama con dosel, de estilo Tudor, en el centro.

Doy un respingo cuando mi mirada se posa en la cama. Los ojos se me abren de par en par y se me escapa un pequeño grito.

—¡Daemon! Maldita sea, me asustaste.

Daemon está sentado en la cama, con la cabeza inclinada. Está tan quieto que, por un segundo, ni siquiera lo vi; la tela roja de su casaca se confunde con las cortinas color vino que rodean la cama.

Cuando me acerco, él levanta la vista hacia mí.

—¿Te tocó?

Me desconcierta la expresión de su cara. Sus ojos arden, llenos de ira o de… algo más que no termino de comprender.

—¿Cómo entraste aquí?

Ante mi pregunta, Daemon ladea el mentón hacia algo a la derecha. Sigo su gesto y veo una ventana hecha añicos.

—¿No podías simplemente abrirla?

—No me dieron ganas.

—Ya…

«Supongo que eso explica el ruido…».

Suspiro y me giro para cerrar la puerta con llave. Luego avanzo hasta el borde de la cama.

—¿Te tocó? —pregunta Daemon otra vez, con más dureza.

—En realidad, no —murmuro.

Gruñendo en voz baja, desde el fondo de la garganta, se pone de pie de golpe.

—Sé específica, Alix.

—No. Intentó besarme, pero el ruido de la ventana rota lo sobresaltó y me fui. ¿Sabes qué es lo realmente jodido? Que, en su cabeza, no está haciendo nada malo. Se supone que Isabelle va a casarse con él, no contigo.

Daemon avanza hacia mí, con la mirada oscura de furia.

—¿Crees que no lo sé?

—Claro, yo solo…

Me agarra de la parte posterior de la cabeza, enredando los dedos en mi cabello, y me obliga a alzar la cara hacia la suya.

—¿Crees que no me está matando tener que quedarme aquí sentado, esperándote, en lugar de…?

—¿En lugar de qué? —pregunto con urgencia.

No responde. Solo tengo un segundo para aspirar aire antes de que me haga girar y me empuje hacia atrás, contra la cama. Daemon cae sobre mí, con los brazos tensos mientras se sostiene para no aplastarme.

—Me estoy volviendo loco aquí, Alix. Lo único que me ha impedido hacer estallar toda esta maldita situación es que Thorne no había mostrado tanto interés en ti. Pero ahora…

Suelto una risa casi nerviosa. No le tengo miedo a él, pero sí a la estupidez que está a punto de salir de mi boca. Si sigue hablando así, mirándome como si no pudiera vivir sin mí…

—Nunca habría entrado en su habitación, si eso es lo que estás pensando.

—Pero antes dijiste que te casarías con él.

—Sí, pero… —me quedo en silencio.

—¿Pero qué? —exige Daemon, con la cara a centímetros de la mía.

Niego con la cabeza.

—Nada.

No puedo decirlo: que solo dije eso para poder quedarme con Daemon.

Ni siquiera puedo pensarlo, porque no solo casarme con Thorne para quedarme aquí con Daemon sería moralmente jodido e injusto para todos, sino que ni siquiera estoy segura de que fuera posible.

Las criaturas fae son posesivas, ¿y no dijo Daemon que biológicamente no pueden engañar a sus parejas?

¿Esto contaría como tal? Uf, me estoy volviendo loca.

Sus ojos recorren mi cara, como si intentara memorizar cada detalle.

—Haces que me sienta loco, carajo.

Mis labios se entreabren y el pecho se me eleva con cada respiración.

—Lo mismo digo.

De forma deliberada, clava los ojos en los míos y desciende un poco más sobre mí. Baja la mano y me acaricia entre las piernas.

Suelto un suspiro cuando sus dedos rozan mi piel.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Solo… estoy adolorida.

Nunca había tenido tanto sexo en un periodo tan corto en… toda mi vida. Jamás hice algo así, ni siquiera cuando recién me casé. Y, desde luego, nunca tuve sexo varias veces seguidas sin poder ducharme entre una y otra.

Como si leyera mi mente, Daemon asiente y se aparta, poniéndose de pie.

Por un momento, me cuesta no soltar un quejido de protesta, pero entonces se inclina y me levanta en brazos.

—¿Qué estás haciendo? —le reclamo mientras me carga como a una novia y me saca de la cama, cruzando la habitación.

—Necesitas un baño. Y, francamente, yo necesito calmarme antes de hacer algo de lo que no pueda arrepentirme.

Me muerdo el labio. De verdad quiero que explique a qué se refiere, pero quizá sea mejor no oírlo. Daemon cruza la habitación en dos zancadas y empuja con el hombro una puerta que no había notado antes.

Entramos en una sala de baño, más pequeña que las del palacio, pero igual de impecablemente decorada. El suelo y las paredes son de mármol rojo pulido, mientras que la bañera parece hecha de bronce macizo.

—Parece que conoces muy bien los cuartos de invitados —murmuro, sin saber qué más decir.

Daemon me baja y se inclina para abrir las llaves.

—Esta no es una habitación de invitados. Es mi habitación… o lo era, cuando vivía aquí.

Parpadeo, sorprendida. No sé qué pensar del hecho de que quisiera que durmiera en su habitación, incluso dando por sentado que él no estaría aquí conmigo. No sé cómo interpretarlo.

En realidad, eso es mentira. Sé perfectamente qué pensar al respecto.

Sé exactamente qué significan todos esos gestos diminutos cuando se suman, pero me da miedo decirlo en voz alta porque, en el segundo en que lo haga, se volverá real.

Daemon se endereza y queda de pie frente a mí mientras la tina comienza a llenarse. Alzo la cara hacia la suya otra vez y mi mirada se encuentra con la suya, en una invitación silenciosa.

Extiende la mano, despacio, y sujeta las cintas que mantienen uni do mi corpiño. Aspiro con fuerza cuando tira de ellas y el frente del vestido se abre de golpe; el aire frío me roza mi piel.

—Me estás creando un complejo —susurro, alzando las manos para recorrer las solapas de su casaca.

Su voz suena áspera cuando responde:

—¿Por qué?

—Siempre estoy desnuda cerca de ti y tú siempre estás tan… impecable.

Él deja escapar un gruñido bajo.

—Si estuvieras dentro de mi cabeza, no pensarías que estoy impecable. Todo lo contrario. Siento que el cerebro se me fractura cuando estoy contigo. Carajo, soy un desastre andante.

Mis dedos bajan hasta un botón de su casaca y juego con él un segundo antes de deslizarlo por el ojal.

—Si te pido que te quedes, ¿vas a discutir conmigo porque alguien podría escucharnos?

—Ya no me importa si alguien nos oye. —Alza las manos y rodea mis muñecas con sus dedos grandes, sosteniéndome mientras termino de desabotonar su casaca—. Debería importarme, pero no logro obligarme a alejarme de ti.

El pecho se me oprime.

—Bien.