Capítulo 23
ALIX
Se tarda mucho más en viajar a la Finca Ashwater en carruaje que a caballo, pero no puedo decir que me moleste.
Después de varias horas, nuestra comitiva llega a Storia y me precipito hacia la ventanilla para asomarme y contemplar el encantador pueblo. Está lloviendo, lo cual no resulta tan pintoresco como la nieve, pero aun así el lugar se ve casi perfecto.
—Todavía no puedo creerlo. Este sitio parece sacado de un cuento de hadas.
Daemon me lanza una sonrisa burlona.
—A diferencia del resto de Ellender, que se ve como… ¿qué?
—Ay, cállate —le devuelvo una sonrisa parecida—. Simplemente me gusta estar aquí, ¿sí? ¿Eso es un delito?
Guarda silencio un momento.
—Me alegra que te guste.
El corazón se me encoge y el estómago me da un vuelco que apenas logro controlar. Ni siquiera puedo mentirme sobre la razón. Y tampoco quiero hacerlo .
El temperamento siempre errático de Daemon vuelve a tornarse sombrío en cuanto llegamos a su finca.
Tal como en nuestra visita anterior, Beatrix sale corriendo de la casa para ver a qué se debe todo el alboroto.
Daemon pone rápidamente a su madre al tanto de la situación y, antes de que pueda reaccionar, veo a una procesión de sirvientes entrar en la casa, arrastrando más equipaje del que uno esperaría encontrar en la banda de equipaje de un aeropuerto.
El rey Thorne desciende de su carruaje con un aspecto más feliz del que creo haberle visto jamás. El contraste es marcado: Daemon parece estar contemplando cometer un acto violento y Beatrix se ve claramente nerviosa.
Para mi alivio, no hay ningún enfrentamiento fuera de la casa. Se está haciendo tarde —o, más bien, temprano— y Beatrix se ofrece a alojar al rey y a su séquito para la cena, propuesta que él acepta antes de seguir a sus cortesanos al interior.
—¿Dónde está Kastian? —pregunta Daemon en cuanto Thorne se pierde de vista.
Beatrix se limpia el sudor y los mechones rebeldes de la frente.
—Dentro. Llegó hace alrededor de una hora.
—¿Por qué está Kastian aquí? —pregunto, alzando la vista hacia Daemon.
—Lo envié por delante para avisar que veníamos. Thorne tiene decenas de propiedades, la mayoría más cerca del palacio que Storia. La única razón por la que elegiría venir aquí es para fastidiarme, y no pienso ayudarlo a lograrlo.
—Esperemos que eso sea todo —dice Beatrix, lanzando una mirada nerviosa hacia la casa.
Daemon aprieta los dientes, pero se suaviza un poco cuando me dirige una mirada.
—Voy a buscar a Kas. ¿Quieres…?
—Isabelle puede ayudarme en la cocina —anuncia Beatrix, extendiendo la mano y sujetándome con firmeza del brazo—. No te molestará, ¿verdad?
—Eh… no, claro que no.
Daemon duda un instante, observándome, hasta que por fin nos asiente con la cabeza y se encamina con paso largo por el costado de la mansión, en dirección al jardín. Evidentemente cree que estaré a salvo con su madre, aunque, en lo personal, no estoy tan segura.
—Le advierto que soy mala cocinera —le digo a Beatrix mientras permanecemos una junto a la otra frente a la larga encimera de cerámica—. Soy más bien del tipo «chica de microondas».
En cuanto las palabras salen de mi boca, siento un vacío en el estómago. «Mierda, ¿no debí decir eso?». La auténtica Nana también era de macarrones con queso de caja y verduras congeladas, pero ¿cómo era hace sesenta años? Seguro estoy llamando la atención de forma innecesaria.
Para mi alivio, Beatrix no comenta nada al respecto; simplemente toma un cuchillo y comienza a rebanar zanahorias.
Le echo otra mirada de reojo. Daemon no se parece a su madre más de lo que se parece al rey Thorne.
El cabello de Beatrix es mucho más oscuro que el de él y sus ojos son color avellana.
Pero ahora que me fijo bien, sí alcanzo a ver un poco de Odessa en su perfil.
Hay algo en la línea de su mandíbula y en su expresión que resulta similar.
Todavía me cuesta asimilar lo lento que envejecen las criaturas fae. Beatrix me parece de unos cuarenta años, pero Daemon dijo que él tiene ciento veintiuno, así que ella debe de ser al menos unas cuantas décadas mayor. ¿Ciento cincuenta? ¿Doscientos?
—¿Usted preparó la cena la última vez que estuvimos aquí? —pregunto, dándome cuenta de que la he estado observando demasiado tiempo.
Ella se encoge de hombros.
—Ayudé. Si te soy sincera, tampoco cocinaré mucho esta vez.
Miro las bandejas con ingredientes sobre la barra frente a mí y el plato que tengo en la mano, que estaba a punto de usar para los aperitivos.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo?
—Solo quería hablar contigo —Beatrix deja el cuchillo y se vuelve hacia mí, secándose las manos en el delantal—. Sé que no eres Isabelle.
Se me cae el plato de las manos con un fuerte estruendo. Golpea el suelo y rueda de costado por la habitación hasta detenerse bajo la mesa, con un golpeteo seco.
—¡Ay, mierda, perdón!
Corro tras el plato y me dejo caer a cuatro patas para gatear debajo de la mesa y recuperarlo.
Detrás de mí, Beatrix hace un chasquido con la lengua.
—Igual de torpe, eso sí…
—Perdón —repito, saliendo de debajo de la mesa.
—No pasa nada, querida. Tengo cosas mucho más grandes de qué preocuparme que un plato.
Claro. Por supuesto que las tiene.
Entrecierro los ojos y la observo con detenimiento. Si hubiera querido decírselo al rey Thorne, lo habría hecho después de mi cumpleaños. ¿Quiere chantajearme?
—No me mires así —me reprende con suavidad—. No intento hacerte daño.
—¿Cómo lo supo? —exijo, con un tono un poco más agresivo de lo que pretendía.
Ella se ríe.
—¿Además de que no te pareces en nada a ella? Conocí a Belle varias veces cuando estuvo aquí. Supuse que eras una pariente.
—Nieta —digo, con cierta timidez.
—Ah. Me alegra saber que Belle tuvo su final feliz, después de todo.
Hago una pausa, mordiéndome el labio mientras tomo otro plato.
En realidad, no estoy segura de que lo haya tenido.
Me tomó treinta años darme cuenta, pero estoy bastante convencida de que el matrimonio de mis abuelos fue miserable y de que la infancia de mi mamá fue, en el mejor de los casos, muy extraña.
Creo que, a pesar de todo el éxito de Nana, ella es infeliz y no sé exactamente por qué.
Aunque nada de eso debería preocuparme en este momento.
—¿Cómo la conoció? —pregunto—. Ella nunca vino aquí. Estoy segura; de lo contrario, lo habría incluido en su libro.
Beatrix vuelve a tomar el cuchillo y retoma las zanahorias.
—Yo solía ser dama de compañía de todas las posibles novias reales —responde, sin mirarme a los ojos—.
Para cuando llegó Belle, yo ya me había marchado del palacio y había regresado aquí.
Odessa ya era adulta y ocupaba el puesto de dama de compañía, pero yo aún pasaba de vez en cuando. Solo para ver cómo estaba.
Quiero oír más sobre Nana. Saber si hay algo que pueda contarme y que ayude a explicar el comportamiento del rey o a hacer mi actuación más creíble, pero no estoy segura de que este sea el mejor momento. No estamos precisamente solas.
Como si fuera una señal, la voz del rey resuena por toda la casa.
Echo un vistazo por encima del hombro hacia la puerta cerrada del comedor.
Acto seguido, la voz potente de Daemon se impone sobre el resto del murmullo.
Supongo que ya volvió de hablar con Kastian y, por el tono, está discutiendo con Thorne… otra vez .
—¿De verdad deberíamos hablar de esto ahora mismo? —susurro con aspereza—. Nadie más ha notado que no soy realmente mi abuela. Bueno, excepto Odessa.
—Pero mi hijo sí lo sabe.
No es una pregunta, solo una afirmación, pero aun así asiento.
—No estaría aquí de otra manera.
—Mmm. ¿De verdad planeas casarte con el rey?
—No… es complicado. A veces ya no estoy segura de qué hago aquí.
No logro descifrar qué está pensando. ¿Está molesta? ¿O quizá preocupada? ¿Cree que todo esto fue idea mía?
—Yo no lo haría, si fuera tú —dice—. Y no solo porque vi ese baile la última vez que estuvieron aquí.
Me sonrojo. No sé si intenta decir que quiere que esté con Daemon en lugar de con Thorne o si piensa que no soy lo bastante buena para ninguno de los dos porque estoy mintiendo sobre quién soy.
—Para que quede claro, yo no pretendía que nada de esto ocurriera. Ni siquiera pensaba quedarme, pero no sé cómo volver a casa sin ayuda y…
—Hay un portal en el jardín —me interrumpe.
Parpadeo, desconcertada.
—¿Perdón?
Ella suspira.
—Mi hijo es un adulto y, los dioses lo saben, apenas lo conozco.
No quiero entrometerme en sus asuntos, pero si te está reteniendo aquí contra tu voluntad, debes saber que hay un portal al mundo humano en nuestro jardín.
Si caminas entre los rosales hasta el muro de piedra al fondo, hay un pequeño estanque.
Entra en el estanque y, una vez ahí, te lo prometo, no te puedes perder.
—Eh… gracias.
Miro por la ventana trasera y, aunque la oscuridad me impide ver el jardín con claridad, saber que está ahí resulta abrumador.
Ahora, ¿qué hago?
¿Quiero irme así, sin más? ¿Podría salir ahora mismo antes de que alguien siquiera note que desaparecí?
¿Pero después qué? Nunca tendría la oportunidad de despedirme de Odessa, quien tenía razón cuando prometió que nos haríamos amigas muy rápido.
Luego están los chicos. Desde que me custodian, les tomé cariño a todos: el ecuánime y racional Kastian; el ridículo Jett, con su sonrisa siempre presente; y el silencioso e imponente Fox.
Y, por supuesto, está Daemon. Si me voy ahora, no volveré a verlo jamás.
Un dolor agudo me atraviesa al pensarlo y sacudo la cabeza, con la mente aturdida.
—¿A qué se refería con que en realidad no conoce a su propio hijo?
Ella suspira.
—Noventa años son mucho tiempo, incluso para las criaturas fae, y aun antes de eso no lo veía mucho después de que se fue a la escuela.
—¿Cuándo fue eso? —pregunto, pese a mí misma.
—Debía de tener unos ocho años. El padre de Daemon —mi esposo, quiero decir— era una presencia fuerte y nunca sintió gran afecto por Daemon, por razones evidentes.