Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Oh, ahora resulta que sí te importa, carajo —se queja Daemon entre dientes—. Eso también significa que te quedan apenas unos días antes de que todo tu reino esté potencialmente condenado, pero claro, concentrémonos en la decoración del banquete.

—¿Qué dijiste? —Thorne lanza una mirada peligrosa a su hermano—. No me pongas a prueba, Ashwater.

Daemon aprieta la mandíbula. Mantiene la boca cerrada, pero está claro que está a punto de estallar.

Thorne sonríe con arrogancia. Juro que las únicas veces que lo veo verdaderamente satisfecho es cuando está provocando a Daemon.

—¿Tu finca sigue vacía? —pregunta Thorne.

Daemon carraspea.

—En su mayor parte.

—Bien. —Thorne aplaude como si el asunto quedara zanjado—. Entonces viajaremos todos allá de inmediato.

Daemon se pone rígido, atónito.

—¿Qué?

—Viajaremos todos a tu finca —repite Thorne—. Pensé que coincidíamos en que, si Isabelle no está segura en la corte, lo mejor es salir del castillo.

—¿Y por qué a mi finca? —reprocha Daemon.

Thorne se burla:

—¿Por qué no a la finca de mi comandante y hermano más leal? A menos que haya algo que quieras confesar…

Daemon sacude la cabeza con rigidez, mientras la ansiedad me revuelve el estómago. No me atrevo a cruzar miradas con él. En cambio, me concentro en el rey.

—Espera, cuando dices «todos iremos»…

Thorne me mira.

—Yo iré, obviamente. Tú y yo apenas hemos tenido oportunidad de vernos desde tu regreso. Incluso podría ser… divertido.

Dudo mucho que lo sea, pero lo único que puedo hacer es sonreír.

La palabra del rey Thorne es ley.

En cuanto menciona el viaje a la Finca Ashwater, decenas de sirvientes se ponen en marcha. En menos de una hora, toda la corte empacó y, antes de darme cuenta de qué pasaba, Odessa me está guiando hacia una larga procesión de carruajes.

Estos son los carruajes antiguos de cuento de hadas que esperaba ver cuando partimos por primera vez hacia el Palacio de Invierno. Pero ¿por qué hay tantos?

Cruzamos el césped y nos detenemos frente a una larga fila de carruajes tirados por caballos.

Debe de haber al menos cuatro docenas, alineados en una línea serpenteante que baja por el camino que conduce al castillo.

Todos están pintados de negro, con intrincados tallados de madera y motivos de flores y pájaros en sus pesadas paredes de madera.

Un estandarte rojo adorna cada carruaje, y cada uno luce un escudo dorado distinto.

—Pensé que la corte se quedaba aquí —susurro.

Odessa me mira de reojo.

—La mayoría se queda, pero no creo que el rey Thorne sepa viajar sin al menos un pequeño séquito. No será un grupo grande el que vaya contigo: veinte o treinta cortesanos, como mucho.

Me río.

—Apenas conozco a veinte personas en mi mundo. Él sabe que esto arruina el propósito, ¿verdad? Cualquiera de ellos podría ser quien intenta hacerme daño.

Ella resopla.

—Tú y yo lo sabemos, pero no, no creo que él se dé cuenta del problema.

—Genial —murmuro con sarcasmo—. Así que vamos a dejarle caer a la pobre Beatrix treinta huéspedes sorpresa y ni siquiera eso va a hacer que esté más segura.

—¿Tienes miedo? —pregunta Odessa.

Me muerdo el labio.

—No estoy segura, la verdad. Supongo que sí, de forma abstracta, pero trato de no pensarlo demasiado. Si pienso mucho en todo esto, estoy bastante segura de que mi cerebro se va a derretir, así que… —Me quedo callada y sacudo la cabeza con brusquedad—. En fin, no creo que Daemon deje que pase nada.

Odessa vuelve a mirarme de reojo, esta vez con una pregunta más evidente en su mirada.

—¿Qué? —exijo.

—Solo noto que ustedes dos se han vuelto más cercanos últimamente.

Me sonrojo al recordar cómo nos encontró besándonos la última vez que visitamos la Finca Ashwater.

—Algo así.

—¿Estás segura de que es buena idea? Con eso de que te irás pronto.

Me muerdo el interior de la mejilla. Sé a qué se refiere, pero finjo no entender.

—No es distinto de que tú y yo nos hayamos hecho amigas. Por cierto, ¿podrías darle de comer a Sushi por mí?

Ella asiente, aunque sigue viéndose un poco preocupada.

Aunque al principio insistí en que no quería hacer amigos aquí, Odessa tenía razón.

Me sentí cómoda con su presencia en muy poco tiempo.

Tal vez no al nivel de mejores amigas, pero podría pasar, si por alguna razón no lograra volver a casa la próxima semana.

Aun así, no quiero hablar precisamente con Odessa sobre mi drama enredado.

No es que crea que no escucharía, pero Daemon es prácticamente su hermano y se siente raro.

Por suerte, no tengo que preocuparme por eso, porque no se presenta otra oportunidad de hablar del tema. En ese momento llegamos al frente de la fila de carruajes.

Los nobles salen del palacio y se dirigen directo a los suyos. Saludo con la mano cuando veo a Claudette y a sus hermanas entre la multitud. Después de anoche, me siento mucho más cómoda adoptando una actitud zen, no tóxica, hacia ellas.

Para mi sorpresa, Claudette me lanza una mirada herida, alza la nariz y entra en su carruaje con aire altivo.

Volteo hacia Odessa:

—Eh… ¿qué fue eso?

—Creo que es culpa mía —dice una voz grave y conocida detrás del segundo carruaje.

Daemon aparece para saludarnos. Se frota la nuca y baja la mirada, ligeramente avergonzado. Y continúa:

—No te preocupes por eso.

Me burlo.

—Por favor. Nunca he pasado un segundo sin preocuparme por algo. ¿Qué pasó?

Se encoge de hombros.

—Creo que intentó hablar conmigo mientras tú tocabas anoche. Puede que la haya apartado de un empujón para llegar hasta ti.

Odessa sacude la cabeza.

—Dios santo. ¿Podrías ser más obvio?

Sonrío cuando una sensación de satisfacción me recorre.

Está bien, quizá no soy tan zen ni tan evolucionada como me gusta ría, pero qué más da. Al menos Daemon acaba de admitir, básicamente, que no piensa en nadie más que en mí y, aunque sé lo peligroso que es eso, no puedo evitar sentirme radiante.

—Irás en el segundo carruaje, detrás del rey —dice Odessa, sacudiéndome de golpe y devolviéndome al presente.

—Ah. Pensé que iría en el carruaje del rey.

Los ojos de Daemon se entrecierran.

—¿Querías eso?

—Eh… no, la verdad no. Pero ¿no debería quererlo él ?

Siento que estoy golpeando a un caballo muerto, intentando que alguien más se preocupe por lo poco que al rey parece importarle Isabelle.

O quizá todos lo saben, pero no saben qué hacer.

Al principio no me preocupó en absoluto, pero ahora que me he acercado a todos, desearía haber hecho más desde el inicio para ayudar.

Pero ¿habría servido de algo?

¿Es estúpido sentirme responsable por no romper la maldición cuando probablemente nunca pude hacerlo?

—Nadie viaja en el carruaje del rey —dice Daemon, sobresaltándome—. Hacerlo implicaría igualdad de estatus.

Por un segundo olvido de qué hablábamos; mi mente es un caos absoluto.

—Ah… —Me muevo con incomodidad—. ¿También iré sola en mi carruaje?

La mirada de Daemon se desliza sobre mí, con destellos de humor y calidez.

—No. Como jefe de la guardia y hermano del rey, el segundo carruaje es mío. Espero que no te moleste conocerme mejor a mí en su lugar.

Siento que el rubor me sube a las mejillas. «No. No me molesta en absoluto».

A mi lado, Odessa nos mira de uno a otro. Suelta un suspiro exasperado, alza las manos al aire y se aleja. Creo escucharla murmurar algo sobre «casos perdidos».

El carruaje se sacude y brinca por el camino; las ruedas crujen de forma ominosa mientras nos dirigimos lentamente hacia la Finca Ashwater. Ahora entiendo por qué la última vez fuimos a caballo. Los carruajes son lentos, y lo son aún más cuando viajamos en un grupo tan grande.

El interior tiene dos bancas idénticas, frente a frente, y Daemon está sentado en la de enfrente. No hemos hablado mucho desde que la procesión empezó a moverse.

Me siento rígida, mirando por la diminuta ventana.

—¿Estás bien con esto?

Daemon levanta la vista de su regazo:

—¿Con qué?

—Con que Thorne decidiera usar tu casa sin pedirte permiso.

Hace una mueca, pero solo responde con un gruñido.

No tengo ni idea de cuál es su maldito problema.

—¿Estás enojado conmigo? —pregunto, incapaz de soportar el silencio un minuto más.

—¿Por qué pensarías eso?

—No sé, quizá porque no me hablas. Y sin insistir en lo obvio, pero cada vez que bajas la guardia apenas un poco, luego te pones raro y taciturno y no te veo en días.

Él entrecierra los ojos.

—Yo no hago eso.

—Sí, sí lo haces —insisto, alzando un poco la voz.

—¡Shhh! —sisea. Mira hacia atrás, a la pared del carruaje, detrás de la cual va sentado el conductor, y luego se inclina hacia mí y baja la voz hasta casi un susurro—.

No te estoy ignorando, Duraznito, es solo que no tengo la menor idea de qué decirte ahora.

Hay decenas de personas alrededor y estos carruajes no son precisamente a prueba de ruidos.

No puedo hablar de Thorne ni de nada que suene extraño si alguien escucha… como esto, por ejemplo.

—¿Así que no puedes simplemente tener una charla trivial conmigo? —susurro, un poco ofendida—. Pensé que al menos ya estábamos en el punto de poder sostener una conversación normal.

Niega con la cabeza.

—No así. Estoy intentando fingir que no eres tú, y me niego a hablar contigo mientras finjo que eres otra persona. Y cualquier cosa que te diría a ti definitivamente no se la diría a Isabelle .

Su explicación hace que mi estado de ánimo dé un giro de noventa grados y, de pronto, me siento mucho más ligera.

—¿De verdad? —pregunto, mientras la comisura de mis labios se eleva—. ¿Qué querrías decirme?

—Alix —advierte, con la voz cargada de peligro.

Sonrío.

—Solo dime una cosa. Te prometo que nadie lo notará.

Daemon niega con la cabeza.

Una pequeña parte rebelde dentro de mí despierta y olfatea el aire. Extiendo la mano por el carruaje como si fuera a acomodarle el cuello de la camisa, pero en realidad rozo con el pulgar la piel expuesta de su clavícula tatuada.

—Siempre podemos no hablar.

Siento su inhalación brusca en el instante en que mi piel toca la suya.