Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

ALIX

Durante todo el día llueve.

Nunca pensé que me alegraría de que hubiera más oscuridad, pero la lluvia significa que Daemon no tiene que salir de mi habitación, y me desmorono con él dentro de mí dos veces más antes de quedarme dormida.

Cuando despierto, una burbuja de emoción empieza a crecerme en el estómago. Me doy vuelta y encuentro a Daemon completamente despierto, mirando al techo, con la cara convertida en la definición misma de taciturno .

—No me digas que ahora vas a entrar en pánico —le digo—. Por favor, no seas tan jodidamente básico.

Me mira apenas un segundo, pero su mirada se enciende al instante.

—No —dice, negando con la cabeza—. Solo estoy pensando.

—¿En qué?

—En todo —murmura con un gruñido poco útil.

«Ya veo. De acuerdo, señor malhumorado…».

Antes de acomodarme para lo que ya sé que será una conversación frustrante, necesito recomponerme un poco.

Me pongo de pie, tomo una bata del armario y me escabullo al baño un minuto para prevenir infecciones urinarias y asearme. Un vistazo al espejo resulta, como mínimo, humillante, así que me echo agua en la cara y paso el cepillo por el cabello antes de volver al dormitorio.

Juro por Dios que Daemon no ha movido ni un solo músculo. Es como si se hubiera convertido en piedra.

—¿Vas a decirme qué te pasa? —le pregunto—. ¿Qué es ese «todo» con lo que estás tan obsesionado?

—Principalmente el hecho de que soy el hipócrita más grande de Ellender, mierda.

—¿A qué te refieres?

Se gira para mirarme.

—A que odio a Thorne por no haberse esforzado más en salvar su reino, pero aquí estoy yo, dispuesto a dejar que todos ardan con tal de tenerte un minuto más. Negociaría cada vida en Vernallis por quedarme contigo.

Se me seca la boca y el corazón se me acelera, golpeando tan fuerte contra mi pecho que apenas puedo oír mis propios pensamientos por encima del martilleo.

No se me ocurre qué decir; no tengo palabras lo bastante grandes para estar a la altura de sus declaraciones casuales. Pero no hace falta que diga nada. En cuestión de segundos, la cara de Daemon vuelve a desmoronarse en el autodesprecio.

—No sé qué voy a hacer dentro de unas pocas noches, cuando nada cambie y el reino siga para siempre bajo la maldición.

Ah. Claro.

Me da vergüenza admitir que por un momento la maldición se me olvidó por completo. Anoche solo podía pensar en él. Mi mayor preocupación ahora mismo es el enredo sentimental que tenemos, pero eso resulta increíblemente egoísta cuando hay todo un reino cuyas vidas penden de un hilo.

Suelto un suspiro.

—De acuerdo, siendo lógicos, ¿cuáles son las opciones?

—¿A qué te refieres?

—¿Hay formas de escapar que no incluyan a Thorne? Solo hipotéticamente: si fueras al mundo humano, ¿seguirías bajo la maldición? Dijiste que muchas criaturas fae escaparon allá hace años para evitarla, ¿no?

—Pensé en eso —dice con oscuridad—. Pero no es tan simple. Por el poco tiempo que pasé en tu mundo, está claro que las cosas ahora son distintas a como eran hace un siglo. Además, no puedo pedirle a mi familia que renuncie por completo a la magia, y no sé si yo podría dejarlos.

—¿Los chicos usan magia? No creo haber visto nada, aparte de las alas.

—Todos la usan, especialmente Kastian. Y él nunca pasó por la experiencia de perder la mayor parte de su magia como yo. Se volvería loco.

Se ve conflictuado, atormentado, y el corazón me da un vuelco. Claramente lo está considerando: dejar a todos sus amigos para quedarse conmigo. Pero yo tampoco quiero eso. Ellos son parte de él, como una manada.

Rodeo la cama y me subo, arrodillándome en el extremo, cerca de sus pies.

—Bien, entonces romper la maldición es la única opción, ¿verdad?

—Si de verdad fuera una opción, claro —refunfuña.

—Digo… yo podría esforzarme más para que el rey me tome cariño. Obviamente no le he puesto empeño, pero podría…

Levanta la vista de golpe.

—No. Absolutamente no, carajo.

Me encojo de hombros. No puedo creer que siquiera esté sugiriendo esto. ¿De verdad tengo síndrome de Estocolmo o estoy tan absurdamente ofuscada que ya no pienso con claridad? Sacudo la cabeza.

—Solo digo que es una posibilidad. Si pudiera salvarte y lo único que tuviera que hacer fuera seducirlo…

—¡No! —refunfuña Daemon, más agresivo esta vez—. No voy a permitirlo.

—Pero si pudiera ayudar, entonces…

—¡Dije que no! —Alza la mirada hacia mí, con un fuego oscuro en los ojos—. Has estado a punto de morir prácticamente un día sí y otro también desde que llegaste y a Thorne parece importarle un carajo. No solo la maldición no se rompería, sino que está claro que tampoco puede mantenerte a salvo.

Se pone de pie de manera abrupta y avanza hacia la puerta.

—¿A dónde vas? —le exijo, poniéndome también de pie con un salto.

—A hablar con Thorne. Quiero que me explique qué planea hacer con la maldición. Ya que obviamente no le importa protegerte, incluso él debe darse cuenta de que el matrimonio no va a resolver nada.

—¡Espera! —suelto, bajando de la cama detrás de él—. Al menos espera a que me vista para ir contigo.

Me mira por encima del hombro y suelta un bufido irritado antes de asentir con rigidez.

Apenas media hora después, Daemon y yo recorremos a toda prisa un pasillo que no reconozco.

—Sé que no he pasado mucho tiempo explorando, pero ¿a dónde vamos? —pregunto.

—A su ala privada.

—¿Qué? Pero él dijo que nunca fuéramos ahí.

—No me importa un carajo lo que él quiera, Duraznito.

Aprieto los labios, la preocupación me invade mientras casi corro para seguirle el paso a Daemon.

El rey fue bastante claro en que no debía acercarme a sus habitaciones; honestamente, después de lo que escuché sobre él y de que no intentó ninguna relación física conmigo, supuse que ahí dentro guarda a sus amantes.

Pero quizá hacerlo enojar no sea la mejor forma de iniciar esta conversación.

Al final del pasillo hay una gran puerta de madera. Cuando nos acercamos, se abre y el rey Thorne sale. Sus ojos se entrecierran de inmediato al vernos.

—¿A dónde carajos creen que van?

—A verte —responde Daemon.

La mirada de Thorne se desliza hacia mí y hay una ira silenciosa hirviendo ahí. Cierra la puerta detrás de sí con un chasquido que resuena por el pasillo.

—Justo iba de camino a la sala del trono. Caminen conmigo.

Los tres avanzamos hacia la sala del trono en un silencio cargado. Bueno, cargado por parte de Daemon. Yo solo me siento incómoda y quizá un poco nerviosa.

—¿Disfrutaste tu regalo? —pregunta el rey.

Me toma un segundo darme cuenta de que me habla a mí, y otro segundo recordar de qué regalo habla.

Las últimas veinticuatro horas fueron tan caóticas que casi olvidé el violín dorado.

Me sorprende que él lo recordara; pensé que el hecho de que su baile fuera arruinado por mi casi muerte y de que su hermano me salvara tendría mayor prioridad en su mente.

—Sí —respondo tras una pausa larga—. Espero que alguien haya podido recuperarlo de la sala después del incidente.

Thorne aprieta los labios, visiblemente molesto.

—Sí… esperemos que sí.

—De eso quería hablar —reclama Daemon—. Tienes que darte cuenta de que eso fue intencional.

—¿Intencional? —repite Thorne.

—Estaba sola, en medio de la maldita sala, justo debajo de ese candelabro. Esa cosa tiene más de mil años, ¿y resulta que se cae justo cuando ella está debajo?

—Como tú mismo dijiste, tenía más de mil años —responde Thorne con frialdad—. Es desafortunado, claro, pero no del todo sorprendente. Isabelle tuvo suerte de que te movieras tan rápido… aunque supongo que no puedo decir lo mismo de ti. ¿Cómo está tu espalda?

Daemon lo ignora y continúa, como si el rey no hubiera hablado.

—¿Y qué hay de todas las otras veces que ha estado a punto de morir?

—¿Como cuáles?

—El choque del tren. No había nadie conduciendo, lo comprobé, y todos los demás vagones lograron separarse y frenar mucho antes que el nuestro.

Los ojos de Thorne son de hielo y su tono se vuelve aún más cortante.

—Un accidente desafortunado, por supuesto.

—¿Y qué hay de las campanas despertando misteriosamente a toda la corte? ¿Y del ataque de Foulo?

—¿Qué pasa con Foulo? No lo he visto en varias noches. ¿Ocurrió algo?

Daemon continúa y su sermón cobra fuerza y volumen a medida que habla:

—Y estuvo el lobo cuando llegó por primera vez, el hielo rompiéndose, luego el candelabro y…

Se interrumpe.

Sé que está pensando en el episodio de sonambulismo de anoche, pero por alguna razón no quiere explicarlo. Incluso sin eso como prue ba, está planteando un punto sólido. Yo asumí que Ellender simplemente era peligroso, pero ¿y si los ataques estaban dirigidos?

—Está claro que alguien está atacando a Al… —Daemon tose, corrigiéndose—. A Isabelle. Alguien está saboteando a Isabelle .

Thorne se queda pensativo. Nos detuvimos en el vestíbulo de entrada, frente a las puertas de la sala del trono, pero él no hace ademán de abrirlas. En lugar de eso, se acaricia la barbilla, reflexionando.

—Tienes razón —dice por fin.

Daemon titubea, visiblemente sorprendido.

—¿La tengo?

—Sí. Coincido en que alguien está intentando impedir mi boda para evitar que la maldición se rompa.

Alzo una ceja y no puedo evitar intervenir.

—¿Quién querría hacer eso?

Él sacude la cabeza:

—No hay forma de saberlo. Pero, mientras tanto, debemos asegurarnos de que estés a salvo hasta la luna rosa.

—¿Cómo? —exige saber Daemon.

Thorne arruga la frente.

—Si la persona que intenta dañar a mi rosa es miembro de la corte, entonces lo lógico es retirar a Isabelle de aquí hasta la luna rosa.

—¿Y por qué no adelantar la boda? —suelto antes de que Daemon pueda detenerme.

Siento la mirada dura de Daemon clavarse a mi lado, pero lo ignoro. Si con eso puedo salvarle la vida, haré lo que sea. Incluso romperme el corazón.

—Las bodas siempre se celebran cuando hay luna rosa —dice Thorne, y la frialdad de sus ojos se suaviza apenas—. No quiero arriesgarme a cambiar nada cuando hay tanto en juego y, de cualquier modo, la ceremonia está a menos de una semana.