Capítulo 21
ALIX
Mis ojos se abren de golpe y me encuentro con la intensa mirada verde de Daemon.
Por un instante, la felicidad y la emoción me inundan el pecho. Me siento a salvo, tranquila, en casa… y de pronto él me sacude y casi me grita en la cara.
«¿Pero qué…?».
Me incorporo y parpadeo varias veces. No sé dónde estoy y me toma un largo segundo procesar que estamos afuera, en el balcón del castillo. Todavía está oscuro y apenas percibo un rastro de lluvia en el aire.
«¿Cómo llegué aquí?».
Daemon me sostiene en su regazo, como si me hubiera desmayado. Empiezo a captar lo que dice y distingo palabras como «sonambulismo» y «saltar».
Niego con la cabeza.
—Yo no camino dormida.
—Sí, sí lo haces, maldita sea —responde con severidad—. Pudiste haberte matado y habrían pasado horas antes de que alguien lo notara.
¿En serio? ¿Mis pesadillas podían haber empeorado tanto como para que estuviera a punto de arrojarme desde el balcón del castillo?
—Ni siquiera recuerdo haberme quedado dormida.
Daemon me mira con furia. Está sentado directamente sobre el suelo de piedra del balcón, como si se hubiera desplomado en cuanto me rescató de una muerte segura. Tiene la espalda apoyada en las columnas del barandal y yo estoy recostada sobre su regazo.
Intento incorporarme y no puedo evitar sonreír ligeramente, lo que solo hace que su gesto se vuelva más sombrío. Si no lo conociera mejor, pensaría que de verdad está enojado conmigo, pero creo que sí lo conozco… o al menos empiezo a hacerlo.
—Esto ya es el colmo —dice con rabia, más para sí que para mí—. ¿De cuántas formas puedes estar a punto de morir antes de que…?
Se interrumpe y baja la mirada hacia mí, con un dolor evidente en la cara.
Se me corta la respiración y siento un vacío en el estómago, como si de verdad estuviera cayendo del balcón.
—Estoy bien. Me salvaste la vida… otra vez.
—Pero Alix…
No quiero escuchar lo que sea que vaya a decir a continuación.
Estoy segura de que quiere analizar este último accidente una y otra vez, con mil preguntas y las mismas pocas respuestas de siempre.
Estoy segura de que dirá que solo cumple con su deber de protegerme y que no puede haber nada entre nosotros.
Pero sé que no es así.
Vi su cara en el salón de baile y también hace un momento, cuan do desperté. Se ve como yo me siento: como si me estuviera muriendo cada vez que estamos juntos y no nos tocamos. Me hace sentir loca… pero a él le gustan las chicas así.
Me acerco un poco más. Me mira con asombro cuando me acomodo sobre su regazo, a horcajadas, con las rodillas apoyadas en la piedra fría a cada lado.
Siento cómo se queda inmóvil cuando apoyo las manos en sus hombros y me inclino para presionar mi boca contra la suya. Paso la punta de la lengua por su labio inferior y escucho que se le corta la respiración.
—Alix, tenemos que hablar de esto —dice contra mi boca.
—Después.
—Casi mueres dos veces esta noche.
Sí, ¿y no está claro que por eso mismo quiero hacer algo ahora, carajo? No quiero hablar ni esperar ni seguir preguntándome si hay algo real entre nosotros. Basta de idas y vueltas y de evitarnos. Lo quiero a él, y estoy segura de que él también me quiere.
Como si leyera mi mente, Daemon se inclina hacia delante y presiona su boca con firmeza contra la mía. Sus manos recorren mi espalda y me aprietan más contra él. Sus dedos se enredan en la tela de mi camisón y comienzan a subir, despacio, por mis muslos.
Gimo y me muevo contra él, rozándome con su miembro que se tensa contra su pantalón.
Él sube mi camisón hasta que se amontona en mi cintura y baja la mirada.
—Maldita sea, Duraznito.
Casi me río al ver cómo se le dilatan las pupilas cuando nota que no llevo nada debajo del camisón.
Ellender tiene muchas ventajas sobre el mundo humano, pero claramente no domina el arte de la ropa interior cómoda y funcional.
Ahora mismo, no me importa en absoluto no tener mis calzones de algodón.
Me muevo contra él, provocando una fricción deliciosa entre mis muslos desnudos. Mi clítoris roza la tela áspera y palpita; el inicio de un orgasmo ya se enciende en la base de mi columna.
Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido.
Él termina de quitarme el camisón y baja la cabeza para tomar uno de mis pezones entre sus labios, lo que solo consigue que gima más fuerte.
Soy plenamente consciente de que estoy desnuda mientras él sigue vestido.
Antes, o con cualquier otra persona, eso me habría hecho sentir vulnerable o usada, pero ahora es todo lo contrario.
Me siento poderosa, como si toda su atención fuera mía y yo tuviera el control de lo que sucede después.
El cosquilleo en la base de mi columna crece hasta convertirse en un fuego que se extiende por dentro y arde en mi vientre bajo.
Él gime desde lo profundo de su pecho mientras me muevo contra él.
Sus manos recorren mi piel y se deslizan por mis pechos, mientras su lengua pasa de un pezón al otro, una y otra vez, hasta que siento que voy a gritar.
Estoy tan tensa que bastaría un minuto más para alcanzar el orgasmo sola, pero no es eso lo que quiero.
—Te quiero dentro de mí.
Gime de nuevo, en un punto intermedio entre placer y dolor.
—Lo que tú quieras, Duraznito.
Llevo la mano entre nosotros y empiezo a jugar con su cinturón. Él se recarga con más fuerza en el barandal de piedra para observarme y entonces se queda rígido. Se le escapa un quejido de dolor.
Me detengo y alzo la vista, preocupada.
—Olvidé lo de tu espalda. ¿Estás bien?
Parpadea, incrédulo.
—¿Que si estoy bien ? Maldita sea, Duraznito, creo que vas a matarme.
—¡Perdón! —Retiro las manos de inmediato.
Niega con la cabeza, todavía con una expresión mitad divertida, mitad dolorida, y de pronto estira una mano enorme. Sus dedos se enredan en mi cabello y tira de mí para acercar mi cara a la suya y susurrar contra mis labios:
—Espero que sí me mates. No se me ocurre una mejor forma de morir.
Suelto un suspiro y una risa entrecortada cuando me rodea la cintura con un brazo y se pone de pie, llevándome con él.
Mis piernas se enroscan instintivamente alrededor de su cintura y me sienta otra vez sobre el borde del barandal.
Sus manos aprietan mis muslos, asegurándome en su sitio antes de separarlos un poco más.
Vuelvo a estirar la mano hacia su cinturón, pero él me la aparta.
—Todavía no.
Se arrodilla frente a mí y besa con fuerza la parte interna de mi muslo. Sus dedos recorren el exterior de mis piernas y suben hasta mis caderas.
Todo mi cuerpo se estremece ante el primer roce de su lengua sobre mí.
La mueve despacio, prolongando la sensación con una presión suave. Me retuerzo mientras el fuego en el vientre crece cada vez más.
Finalmente se concentra en mi clítoris, succionándolo con cuidado y rozándolo apenas con los dientes. El calor se irradia por todo mi cuerpo, pero intento contenerlo. Quiero que esté dentro de mí cuando me venga. Quiero compartir el placer y sentir cómo se endurece más al verme.
Mis manos se clavan en su cabello y tiro de él para obligarlo a mirarme. Se pasa la lengua por los labios y me dedica una sonrisa ladeada:
—¿Pasa algo malo, Duraznito?
Siento como si estuviera fuera de mi cuerpo. Estoy tan excitada que mi piel parece zumbar de pura conciencia. Probablemente haga frío aquí afuera, pero no lo siento. Mi visión está borrosa, y aun así, sé exactamente lo que quiero.
—Si no cogemos ahora mismo, de verdad te voy a matar.
Se ríe y se pone de pie, quitándose la camisa de un solo movimien to. Las vendas de cuando me salvó la vida por primera vez esta noche cruzan sus tatuajes y ocultan parte de los diseños.
Mantengo las piernas abiertas mientras se coloca entre ellas y comienza a desabrocharse el cinturón. Le rodeo el cuello con los brazos y paso la lengua por su mandíbula, su cuello, hasta llegar detrás de su oreja.
El cinturón cae al suelo con un tintineo metálico contra la piedra. Luego desabrocha el botón y me muestra su erección.
Envuelvo mis dedos alrededor de su miembro. Un gruñido bajo le vibra en el pecho y deja escapar un jadeo cuando, juntos, lo guiamos hacia mí.
Sigo tan sensible, tan cerca del límite, que cuando entra en mí empiezo a estremecerme y las piernas me tiemblan. Las sujeta con fuerza, manteniéndolas abiertas mientras se desliza despacio dentro de mí.
Cielo santo.
No se mueve por un momento, solo late dentro de mí, y yo no puedo respirar. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo está despierta, alerta. Me siento como si estuviera bailando al filo de una navaja, a punto de caer… en más de un sentido.
—Mierda —murmura.
Y antes de que entienda qué ocurre, me levanta y avanza de regreso al castillo, sin separarse de mí. Le rodeo el cuerpo con brazos y piernas, incapaz de hacer nada mientras patea la puerta del balcón para cerrarla y me lleva directo hacia la cama.
—¿Qué estás haciendo? —jadeo.
Me deposita en la cama y apoya las manos a ambos lados de mi cuerpo, sin salir de mí en ningún momento.
—Quiero cogerte tan fuerte que deje una marca permanente dentro de ti, y no puedo hacerlo mientras me aseguro de que no te caigas del balcón.
Antes de que pueda pensar qué responder, se incorpora. Me sujeta por los costados, donde se encuentran mis caderas y muslos, y baja la mirada, observando cómo se retira despacio y vuelve a empujar hacia dentro.
Ambos contemplamos la escena mientras me embiste despacio. Se me corta la respiración y la contengo. Siento que estoy esperando algo, aunque no sé exactamente qué.
El orgasmo contra el que he estado luchando desde que me tocó por primera vez vuelve a crecer, pero ahora es distinto. Más profundo. Más intenso. No como un estallido repentino de placer, sino como una ola que avanza y se eleva.
Suelto el aire que tenía atrapado y gimo.
—Dios mío —susurro, con la voz ronca y la respiración irregular—. Dame más. Por favor.
Él vuelve a gruñir y se aparta de mí de golpe, girándome para dejarme bocabajo. Antes de que siquiera procese el movimiento, vuelve a deslizarse en mi interior.
—Mierda, estás empapada.
Hundo la cara en las sábanas y gimo de placer mientras se retira otra vez y vuelve a embestirme con fuerza, elevando esa ola dentro de mí cada vez más alto.
Me agarra todo el cabello con un puño y tira, obligándome a girar la cabeza hacia un lado. Luego se inclina hacia adelante, aplastando su pecho contra mi espalda. Por el rabillo del ojo lo veo inclinarse para atrapar de nuevo mis labios.
—Eres hermosa, Alix —dice, no como si quisiera que lo oyera, sino como si pensara en voz alta—. Tan perfecta. Tan mía.
Suelto un gemido, recordando de pronto que dijo algo parecido el día en que supe de la maldición. ¿Eso significa que incluso entonces ya era un instinto?
No puede ponerse mejor que esto… ¿verdad?
Pero lo hace.
—Dios mío, Daemon —suspiro.
—Dilo otra vez.
Sin soltar mi cabello, se hunde todavía más en mí, tan profundo que juraría sentirlo en el estómago.
Con la otra mano alcanza mi clítoris palpitante y lo frota, y dejo escapar un grito entrecortado.
Las estrellas centellean en el borde de mi visión y, por un instante, me pregunto si es posible desmayarse de placer.
—Dilo otra vez —repite con urgencia, con el aliento caliente junto a mi oído.
—¿Qué? —jadeo.
—Di mi nombre.
—Daemon —gimo—. Por favor.
Mi cuerpo finalmente cede, incapaz de contener la ola por más tiempo. Aprieto los ojos, la boca se me abre en un grito silencioso mientras cada músculo se contrae a su alrededor. La vista se me nubla y estoy tan sobrepasada que apenas lo oigo cuando me lo gruñe al oído:
—Mía.