Capítulo 20 #4
—Esto tuvo que ser intencional —murmuro—. ¿Qué carajos está pasando en este castillo?
«Y, más importante aún, ¿qué tiene que ver con Alix?».
—De acuerdo —asiente Kastian con aire sombrío mientras me ajusta el brazo sobre su hombro para ayudarme a subir las escaleras—. Ha habido demasiados encuentros cercanos con la muerte últimamente. El choque del tren. Y todos despertando con el sonido de las campanas.
—Luego estuvo Foulo en la biblioteca —agrego entre dientes.
—¿Qué pasó con Foulo? —pregunta Jett—. Noté que no estaba en el baile.
Me quedo inmóvil. Maldita sea. No les conté eso. En parte porque no hubo mucho tiempo para conversar entre mutilar a Foulo, sacar a Alix del hielo y pasar el día encerrados en la sala de baños de los barracones. Pero también porque no sé cómo justificar mi reacción ante el peligro que corrió Alix.
Supongo que ahora ya no tengo que explicarla. Toda la maldita corte acaba de verme arriesgar la vida para protegerla.
Llegamos a los barracones. Por suerte están vacíos: todos están arriba en el baile o aprovechan la ausencia de los nobles como excusa para tomarse la noche libre. Jett sostiene la puerta mientras Kastian prácticamente me arrastra hasta la cama más cercana.
Resoplo de dolor al sentarme.
—De verdad no es tan…
—Cállate —me reprende Kas.
Al ser de Hydratta, él está inusualmente sintonizado con la magia curativa. Aun así, tengo que apretar los dientes y clavarme las uñas en los muslos para no gritar cuando empieza a trabajar en la herida más grande.
Jett cruza los brazos sobre el pecho y se apoya en la pared, observando mientras Kastian examina las heridas de mi espalda.
—Entonces, ¿vamos a hablar de esto?
—¿De qué? —refunfuño entre dientes.
—Vamos, Ashwater. Sabes lo que todos están pensando.
—Ahora mismo no estoy pensando en nada, maldita sea, excepto en lo mucho que duele esto… ¡Ay!
—Perdón —murmura Kastian, sin sonar arrepentido en absoluto—. Algunas de estas tardarán uno o dos días en sanar.
—Uno o dos días no son nada. Valió la pena. A Alix la habría matado al instante.
—Sí, pero justo a eso iba —interviene Jett—. ¿Cuántas veces le has salvado la vida ya?
—La estoy protegiendo, para eso estoy —respondo con aspereza—. Y ya dije que me parece sospechoso que haya tenido tantos accidentes casi mortales en solo unas semanas.
—¿De verdad tengo que ser yo quien señale lo obvio? —suelta Jett—. Ella es tu alma gemela.
Lo dice con tal naturalidad, sin la menor duda ni preocupación, que me deja sin aliento. Algo pesado me orpime el pecho y, por un momento, no se me ocurre qué responder.
—Eso es una locura —me quejo.
Pero incluso mientras lo digo, una voz al fondo de mi mente discrepa. ¿Es realmente una locura?
Las almas gemelas no están predestinadas; al menos, eso cree la mayoría de las criaturas fae. Por lo general, se forman a partir de experiencias compartidas o sacudidas emocionales extremas.
—No puedo estar vinculado a Alix —digo con los dientes apretados, esperando que mis amigos atribuyan mi expresión al dolor de lo que Kastían está haciendo en mi espalda.
—¿Por qué? —pregunta Jett con toda calma.
Lo miro con ferocidad. Quiero a Jett como a un hermano, pero en momentos como este es tan irritante que podría —y muchas veces lo hice— golpearlo.
—Porque… lo sabría.
—¿Estás seguro? —pregunta Jett—. No diría que el autoconocimiento sea una de tus mayores virtudes.
—Ya cogí con ella, ¿recuerdas? —refunfuño, intentando sonar lo más distante posible, como si pasar la noche con Alix no hubiera sido la mejor noche de mi maldita vida—. Todo el mundo sabe que es imposible acostarse con su alma gemela y no darse cuenta.
—¿Seguro? —pregunta Kastian—. Sé que todos dicen eso, pero ¿y si el vínculo todavía no se hubiera formado?
Suelto un gruñido desde el fondo de mi garganta, tanto por la rabia como por el dolor en la espalda.
—Estoy completamente seguro. Alix no es para mí. Si estuviera vinculado a ella, no podría soportar que se casara con Thorne, ¿o sí?
Jett arruga la frente y se frota la nuca.
—No es por patearte cuando estás en el suelo, Ashwater, pero no lo estás soportando. Al menos, no muy bien.
—Te encerraste en el baño toda la noche —interviene Kastian.
—Sí —añade Jett—. Y haces un maldito berrinche cada vez que el rey la toca. Tienes suerte de que tu hermano sea un imbécil y, en general, ignore a Alix, porque, si no, ¿no crees que ya te habría estallado todo en la cara?
Pongo mala cara, pero no puedo evitar pensar en Foulo retorciéndose en el suelo ni en la furia cegadora que me invade cada vez que Thorne la toca. Recuerdo el momento en el salón de baile en que miré a Alix y sentí que, por primera vez en mi vida, mi mente estaba realmente despejada.
«Maldita sea, ¿y si tienen razón?».
—Odessa también lo cree —agrega Jett—. Dijo que le preocupa que tus sentimientos por Alix nos expongan a todos.
—¿Desde cuándo hablas con Odessa? —se queja Kastian, alzando la voz por primera vez.
Jett se encoge de hombros y le lanza una mirada distraída.
—No sé. ¿Por qué no habría de hacerlo?
Kas no le responde. Traga saliva con fuerza y luego rodea la cama para quedar frente a mí.
—Eso es todo lo que puedo hacer por tu espalda esta noche. Deberías dejar que Fox cuide a Alix mientras haya luz y dormir de verdad. No sé cómo es posible, pero te ves peor que en Dyaspora.
—Gracias —respondo con aspereza. Tomo mi camisa tirada en el suelo, la levanto y hago una mueca al ver los agujeros ensangrentados que estropean la tela—. ¿Alguno de ustedes tiene una que me preste?
—Claro, pero antes déjame decirte algo —dice Jett, separándose de la pared y recorriendo la habitación sin dejar de mirarnos—. Si de verdad esperas que Alix se case con el rey, ¿qué vas a hacer la noche de bodas?
Sin previo aviso, una descarga de adrenalina me atraviesa. El pulso se me acelera y manchas negras aparecen en los bordes de mi visión. Siento como si me incendiara por dentro, como si ardiera desde las entrañas; el impulso de romper algo, de destrozar la habitación, es tan fuerte que podría matar…
—Estaría bien —digo entre dientes—. Ella es perfectamente libre de hacer lo que quiera, con quien quiera.
Jett hace una mueca de hastío y va a buscar una camisa.
Levanto la vista y me cruzo con la mirada de Kastian.
Me observa con expresión de disculpa.
—Lo siento, amigo. Créeme, lo sé. Un vínculo incompleto te hace sentir completamente fuera de control.
Solo asiento, aunque nada de eso tenga sentido.
Kastian no ha formado un vínculo con nadie todavía. Y, con suerte, yo tampoco.
A pesar de lo que les dije a mis amigos, apenas aguanto cuatro horas antes de que no soporte estar lejos de Alix. Escuché la sugerencia de Kastian de dormir en los barracones esta noche, pero no puedo. Siento… una inquietud insoportable.
Estoy seguro de que el baile ya terminó. Aún no amanece por completo, pero los barracones ya están en silencio.
Dentro de mi cabeza, en cambio, el ruido es ensordecedor.
No soporto saber que algo extraño ocurre en este castillo y que Alix podría estar en peligro, del mismo modo que no soporto saber que dejé a Fox cuidándola toda la noche.
Necesito ser yo quien la proteja. Necesito saber que está a salvo. Necesito… no lo sé. ¿Hablar con ella?
Una voz en el fondo de mi mente insiste en que vaya a buscarla de inmediato y le confiese que no puedo pensar cuando está cerca. Que verla bailar con Thorne me hizo sentir como si ardiera por dentro. Que me aterra que Jett y Kas tengan razón y que ella sea mi alma gemela.
Discuto sin mucha convicción con esa voz mientras subo las escaleras del castillo oscuro y resonante. No sé qué voy a decir cuando llegue a la habitación de Alix, pero sé que tengo que decir algo .
Encuentro a Fox sentado en el suelo, afuera. Levanta la vista al oír mis pasos.
—¿Sigue despierta? —pregunto.
Se encoge de hombros y se pone de pie.
—No estoy seguro.
Me paso una mano por la nuca.
—Bien… puedes irte. Yo me encargo.
Me observa de arriba abajo, pero solo asiente y se aleja con paso firme. Nunca me alegré tanto del silencio selectivo de Fox, porque no podría soportar tener que explicar lo que estoy haciendo. Apenas puedo explicármelo a mí mismo.
Espero a que Fox doble la esquina y luego me acerco a la puerta de Alix y toco. Solo necesito verla; estoy seguro de que entonces todo quedará claro. No habrá ningún vínculo ni conexión extraña, y podré volver a intentar superar mi obsesión en paz.
Espero conteniendo la respiración, pero no escucho la habitual invitación de Alix para pasar.
«¿Quizá sí se fue a dormir?».
Llamo de nuevo y, un segundo después, oigo algo.
No es un grito, pero resulta inquietante: un zumbido agudo en el fondo de mi cabeza.
El vello de la nuca se me eriza.
—¿Isabelle? —llamo con fuerza, recordando, por una vez, usar su nombre supuesto, por si alguien escucha—. ¿Isabelle? ¿Estás bien?
Alix no responde, y una sensación de terror me inunda. Abro la puerta con un gesto de la mano y entro.
Por un momento no la veo por ningún lado. La habitación está oscura, como si se hubiera ido a dormir, pero no está en la cama y la puerta del baño está completamente abierta.
—¿Alix?
Me giro y veo las puertas del balcón entreabiertas. Corro hacia ellas, las empujo, y el corazón se me sube a la garganta.
Alix está de pie sobre el barandal, con los pies descalzos peligrosamente cerca de resbalar al vacío. Tiene los brazos extendidos y el viento le azota el cabello y su camisón. Cuando me lanzo hacia ella, se tambalea, balanceándose como si escuchara una música que solo ella puede oír.
—¡Alix, no!
No pierdo tiempo preguntándome qué está pasando. Agarro su mano extendida, la jalo hacia mí y la atrapo entre mis brazos. Ella forcejea, patea y agita los brazos. Entonces me doy cuenta de que tiene los ojos cerrados, como si estuviera dormida.
Me dejo caer al suelo del balcón con Alix acunada entre mis brazos. Le doy unas palmadas suaves en la cara.
—¡Alix! ¡Despierta!