Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

DAEMON

«Mierda».

Esto está mal. Tan mal que no estoy seguro de que tenga arreglo.

Alix no es para mí. No puedo tenerla. Ni siquiera debería pasar tanto tiempo cerca de ella, mucho menos tocarla .

Lo más probable es que regrese a su mundo en cuestión de semanas y se olvide por completo de mí y de esta farsa infernal en la que la metí.

La única alternativa es que, de algún modo, sea ella quien rompa la maldición y termine casándose con Thorne; y entonces seguramente me odie por el resto de la eternidad por haberla engañado para hacerlo.

No existe ningún escenario en el que sea mía.

Y aun así, todavía puedo sentirla en todas partes. La piel me vibra donde la suya me tocó; todavía puedo saborear su piel y recuerdo con una claridad brutal lo que se sintió estar dentro de ella, poseerla por completo, como si de verdad fuera mía.

Prácticamente empujo a Alix de vuelta al exterior con los demás, pero me quedo atrás un momento.

Estoy tan dolorosamente excitado que necesito unos segundos para recomponerme y bajar la erección antes de tener que montar a caballo durante una hora, con el cuerpo de Alix rebotando contra mí todo el maldito camino.

Apoyo la frente contra la piedra fría y respiro hondo, cierro los ojos y trato de borrar el recuerdo de su cuerpo pequeño y ardiente contra el mío. No sirve de nada.

Necesito coger con alguien, así de simple. Antes del destierro casi no había noche en la que durmiera solo, pero después de tantos años en Dyaspora me había acostumbrado, más o menos, a la soledad. Hasta que apareció Alix y me recordó todo lo que me faltaba.

Golpeo la pared con el puño por frustración antes de avanzar por el pasillo en dirección opuesta a la cocina. Tal vez, cuando regrese, acepte alguna de las ofertas nada sutiles de las mujeres de la corte. No puedo tener a Alix, pero allá hay decenas de mujeres que estarían más que dispuestas.

Intento imaginarlo: cabalgar de vuelta al palacio, caminar directo a los aposentos de la nobleza y buscar a Claudette o a alguna de las otras damas.

El estómago se me revuelve. No. Eso no va a funcionar.

Sé exactamente a quién quiero y cómo es: tiene la piel clara, largos rizos oscuros, ojos expresivos y una lengua ocasionalmente afilada que quiero sentir recorriendo mi cuerpo.

Maldita sea. Las náuseas desaparecen ante la imagen de Alix arrodillada frente a mí, pasando la lengua por mi abdomen y alrededor de mi miembro erecto.

Abro de golpe la primera puerta a mi derecha —una despensa— y me meto dentro, cerrándola tras de mí. Está oscuro, el aire es denso por el olor a polvo y hierbas secas, pero apenas lo noto mientras me apoyo en un estante, me desabrocho el cinturón y me toco la erección.

Rodeo mi miembro con el puño y se endurece todavía más en mi mano. Lo recorro una vez de arriba abajo, odiándome a mí mismo a pesar de que se siente demasiado bien como para detenerme.

Mierda, todavía puedo sentir las manos de Alix sobre mí y, por un instante, me permito imaginarla sin castigarme por pensar en ella de este modo.

La veo con su camiseta rosa de duraznos y nada más, arrodillada ante mí sobre el piso de piedra de este pequeño cuarto. Su mano pequeña rodea la base de mi miembro y me sonríe.

«Esto es una locura».

«Me gusta la locura», le digo.

«Mmm, se nota».

Se inclina hacia adelante y roza la cabeza de mi miembro contra sus labios cerrados.

«Abre», le ordeno.

Ella sonríe todavía más antes de que sus labios se separen y me envuelva con la boca, succionándome hasta el fondo de su garganta.

Los tatuajes de mi espalda me duelen y me devuelven al presente. No puedo dejar que salgan las alas aquí. Para empezar, no cabrían en este espacio diminuto, pero, más importante aún, necesito recuperar el control.

Las alas se activan con la adrenalina. Son una mutación defensiva, creada tras miles de años de guerras fae.

Últimamente, mi corazón ha estado latiendo tan rápido que me sorprende que no sean ya un símbolo permanente de mi falta de control.

En el fondo de mi mente, evoco la expresión de asombro de Alix cuando vio las alas. Siento sus dedos recorriendo las plumas, provocándome escalofríos a lo largo de la columna.

La fantasía cambia y ahora imagino que nadie nos interrumpió en el pasillo. Que yo la hice girar y presiona sus palmas contra la pared.

Ella arquea la espalda y me mira por encima del hombro.

«¿Qué estás esperando?», me dice.

Le levanto la falda y la sujeto entre las piernas. No lleva nada debajo del vestido y encuentro su sexo, húmedo y listo para mí. Deslizo los dedos y ella gime, empujando las caderas con más firmeza contra mí.

Recorro con las manos sus muslos desnudos, sus nalgas, marcando todo lo que pienso hacerle hasta que empieza a temblar de anticipación.

«Por favor», gime.

«¿De verdad quieres esto?», le pregunto, disfrutando la idea de escucharla rogar por mí. Y continúo: «Dime cuánto lo quieres».

«Por favor», susurra de nuevo, «métete en mí».

«Pero no debería», le recuerdo, «no puedo».

«Sí puedes. Te necesito».

Mi erección late con fuerza, justo al borde de venirme. Siento el calor acumulándose en la base de la columna y aparecen manchas negras en los bordes de mi visión.

«Dime a quién perteneces», le digo.

«A ti», responde obediente, casi llorando de necesidad.

«Eso es. Eres mía », le digo mientras me alineo con su sexo caliente y apretado.

El placer me atraviesa cuando me vengo con fuerza, derramándome sobre la mano. Mi propia voz resuena en el silencio del almacén.

Eres mía. Eres mía. Eres mía.

Para cuando salgo, los caballos ya están ensillados. Casi todos están montados, listos para partir.

Incluso Alix. Ya está en mi silla de montar.

Por un segundo, me pregunto quién demonios la ayudó a subir. Un gruñido posesivo me sube por la garganta, pero lo reprimo.

Sacudo la cabeza para despejarme. Estoy completamente fuera de control —irracional— y esto tiene que terminar ahora.

Las miradas de mis amigos se clavan en mí, pero nadie pregunta dónde he estado. Espero que asuman que solo estuve reencontrándome con mi antiguo hogar.

Rodeo la parte trasera de la mansión para despedirme de mi madre y luego regreso con el grupo. Odessa avanza hasta quedar a mi lado.

—¿Qué carajos fue eso? —murmura entre dientes.

Durante un segundo horrible pienso que sabe exactamente dónde estuve. Luego me doy cuenta de que se refiere al beso que interrumpió en el pasillo.

—Nada —miento—. No te preocupes.

—Sí me preocupo —murmura.

—No lo hagas. Alix está bien.

Inclina la cabeza hacia mí.

—No hablaba de Alix. Sé que ella va a estar bien. Me preocupas tú.

Resoplo, fingiendo indiferencia.

—¿Cuánto vino tomaste?

Ella hace cara de fastidio.

—Hablo en serio, Daemon. Esto es una pésima idea.

Aprieto los labios. No necesito que me lo diga. Involucrarme aún más con Alix es, posiblemente, la peor idea que he tenido por una cantidad absurda de razones.

—Sé que es una mala idea —me quejo—. Pero, por curiosidad, ¿por qué lo dices?

Odessa me mira con algo demasiado parecido a la lástima.

—Porque ella no pertenece a este mundo.

—Fuiste tú quien pensó que el destino la trajo aquí.

—Sí, pero no para ti —susurra con dureza—. Alix nunca va a estar destinada a ser tuya y, aun así, te vas a enamorar de ella.

—Tú no sabes eso…

—¡Sí lo sé! —responde, sin apartar la mirada—. Te conozco. Vas a arriesgarlo todo por retenerla y no sé si ella te va a amar lo suficiente como para quedarse.

La advertencia de Odessa se repite una y otra vez en mi cabeza durante todo el camino de regreso al palacio.

En cierto modo, eso es bueno, porque me impide concentrarme en Alix, sentada frente a mí.

El trayecto hasta la finca fue una maldita tortura, pero el regreso es doloroso de una manera completamente distinta.

Permanezco en silencio mientras acompaño a Alix hasta su habitación.

Ella me mira de reojo y no es difícil adivinar qué está pensando: la estoy ignorando, otra vez .

Mierda, debo de estar haciéndola sentir como en una montaña rusa emocional al ser tan inconsistente.

Si tan solo supiera el caos que llevo en la cabeza.

No puedo tocarla, pero quiero hacerlo.

Necesito mantener el control, pero no puedo.

Tengo miedo de estar obsesionándome con ella, pero Odessa tiene razón. Alix no pertenece a este mundo y no existe ningún escenario en el que pueda pasar más que unos cuantos días con ella.

Prácticamente empujo a Alix dentro de su habitación y cierro la puerta de golpe. La culpa y la frustración me inundan mientras me quito el portaespadas y dejo la hoja en el suelo, antes de dejarme caer junto a ella, de cara a la puerta.

Lo último que quiero es dormir, pero sé que no puedo mantenerme despierto mucho más, o los dioses saben qué demonios podrían obligarme a hacer mis instintos para intentar retenerla aquí.

A la noche siguiente despierto en el suelo, frente a la habitación de Alix, decidido a hacerlo mejor.

Lo de ayer no fue nada. Un pequeño desliz en mi control, pero ya quedó atrás. No hay nada que me impida tratar a Alix exactamente como antes: como si apenas existiera.

«Puedo hacerlo».

La puerta se abre de golpe y doy un salto, sobresaltado.

Alix sale de su habitación con un vestido sencillo azul y amarillo. El vestido en sí no tiene nada de especial, pero la forma en que se ajusta a su cuerpo, con ese escote tan pronunciado en el cuello, yo…

«No puedo con esto».

Ajena a la batalla mental que estoy librando, Alix me mira desde arriba mientras sigo en el suelo, y una comisura de su boca se eleva.

—Te atrapé.

Agarro la espada y me pongo de pie a toda prisa, arrugando la frente.

—¿Me atrapaste haciendo qué?

—Sé que dijiste que estabas durmiendo aquí afuera, pero tenía que verlo con mis propios ojos.

Mi expresión se endurece.

—Espero que te divierta. ¿Y ahora qué haces fuera de tu habitación?

—Quería desayunar temprano hoy —dice con naturalidad, echando a andar por el pasillo en dirección al salón donde come siempre que no está con Thorne.

La sigo por reflejo.

—Podrías entrar a mi habitación, ¿sabes? —dice Alix.