Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Parpadeo. Mi mente tarda demasiado en procesar el significado de sus palabras.

—No. Nada sería más peligroso para ti.

Ella arruga la frente y sé que recuerda el día en que demostré cuán instintivo es para mí buscarla. ¿Se da cuenta de lo peligroso que habría sido si eso hubiera continuado?

—Si es tan peligroso que esté cerca de alguien maldito, ¿por qué el rey te obliga a dormir fuera de mi puerta?

—Pregúntaselo a él —me quejo—. Tal vez a ti sí te tome en serio, porque a mí no me hace caso cuando saco el tema.

—Mmm. Tal vez lo haga.

El estómago se me hunde de una forma desagradable. Si le pregunta a Thorne, ¿asignará a alguien más para cuidarla? ¿Tal vez lo hará él mismo? ¿Cómo carajos voy a soportar saber que pasa todo el día con alguien más?

—¿Podemos ir a la biblioteca después del desayuno? —pregunta Alix.

Parpadeo. ¿Eso es todo lo que tiene que decir? ¿No se da cuenta de que me estoy muriendo por dentro y ella está pensando en la biblioteca?

—Si eso es lo que quieres.

—Lo es.

Aprieto las manos en puños a los costados.

—Claro. Los dioses saben muy bien que no puedo negarte nada.

Ella me dedica una sonrisa juguetona.

—Ah, es cierto. El rey te ordenó que me llevaras, así que no puedes decir que no. ¡Perfecto!

Me clavo las uñas en las palmas con tanta fuerza que siento cómo la piel cede. No me refería a las órdenes del rey; es que ya no puedo decirle que no a ella, y nada me da más miedo que el momento inevitable en que se dé cuenta de eso y me pida que la deje ir.

ALIX

En el momento en que entramos a la biblioteca, una sensación de euforia me invade.

Inmediatamente después, me invade la furia.

Me doy vuelta hacia Daemon, entrecerrando los ojos.

—¿Qué demonios es esto?

Él pone cara de confusión.

—¿La biblioteca?

—Exactamente —respondo con dureza—. Es la biblioteca más grande y hermosa que he visto en mi vida. ¡Podría haberme entretenido aquí durante meses y, en cambio, me dejaste mirando las paredes!

Daemon baja la mirada, evitando la mía. No sé si se siente culpable, pero espero —de verdad— que sí.

Avanzo hacia la fila de estantes más cercana.

En serio es la biblioteca más mágica que he visto jamás: estantes interminables de libros, algunos tan altos que llegan hasta el techo abovedado.

Del techo cuelgan candelabros brillantes; hay escaleras de caracol y escalerillas móviles para alcanzar las filas superiores.

Incluso las ventanas oscuras se ven más etéreas que opresivas cuando están rodeadas de tanta belleza.

Me pierdo entre los estantes, internándome en el laberinto de libros.

La colección es inmensa: libros de historia sobre temas que no alcanzo ni a comprender, textos extraños llenos de símbolos que no reconozco y…

ficción. Y no solo ficción fae. Me quedo boquiabierta de sorpresa cuando reconozco títulos humanos.

¿ El sueño de una noche de verano ? Bueno, eso tiene sentido.

Pero… ¿publicaciones de dark romance ? ¿Cómo demonios llegó eso aquí?

Me encojo de hombros, tomo uno que promete ser bastante subido de tono y regreso a la parte frontal de la biblioteca.

Daemon está recostado en un sofá de terciopelo verde, bajo un enorme vitral.

Sería el lugar más acogedor del mundo si la luz del sol de media tarde entrara por las ventanas, pero, como siempre, afuera el cielo está completamente negro.

Aun así, las linternas titilantes y las velas fijadas a las paredes hacen que el sofá se vea tentador.

Él también encontró un libro, aunque claramente no le tomó tanto tiempo elegirlo y ya está absorto en la lectura. Levanta la vista al oír mis pasos y sus ojos se clavan en el libro que llevo en la mano.

—¿Qué demonios es eso?

Lo levanto para que lo vea.

— Thieves’ Honor . Es un romance de mafia.

Él levanta una ceja, escéptico.

—No sé qué es peor: que esta biblioteca tenga ese libro o que tú quieras leerlo.

—¡Oye! —digo indignada, dejándome caer en el otro extremo del sofá—. La lectura es lectura. Me encantan este tipo de libros.

Él se encoge de hombros.

—Lo que digas, Duraznito.

—¿Sabes? Los hombres deberían ser más abiertos con este tipo de lecturas. He aprendido muchísimo con libros así.

Siento su mirada sobre mí y el calor me sube por el cuello.

—¿Has aprendido mucho, eh?

—Ehh… sí.

Me humedezco los labios. Tal vez no debí decir eso en voz alta.

Él sonríe con aire altanero.

—Entonces, por favor, ilústranos.

Hago cara de fastidio y me concentro en mi libro.

Aunque, por supuesto, no logro enfocarme.

Claro que no. Todo lo que puedo pensar es en la otra noche.

Ninguno de los dos la ha mencionado. ¿Debería hacerlo yo?

¿Soy lo suficientemente valiente para escuchar lo que piensa?

O, peor aún, ¿y si no está pensando en eso en absoluto?

El silencio entre nosotros vibra con algo no dicho y mi piel hormiguea como un cable pelado mientras leemos uno junto al otro, también en silencio.

Daemon se mueve, estira las piernas y deja caer un brazo sobre el respaldo del sofá. Sus brazos son tan largos que sus dedos casi rozan la punta de mi cola de caballo.

Le doy un empujoncito en la rodilla con el pie.

—Estás ocupando más de la mitad del sofá.

—Tú eres más pequeña. No necesitas tanto espacio.

—Eso no es justo —me quejo.

Él sujeta el extremo de mi cabello y tira suavemente, a medio camino entre una broma y un castigo.

—Lo que no es justo es que yo llegué primero. Podrías haberte sentado en cualquier otro lado. Si quieres más espacio, muévete.

Lo miro, indignada.

—¿Acabas de jalarme el cabello? ¿Qué somos, niños de cinco años?

Vuelve a tirar sin apartar la vista del libro que tiene en el regazo. La comisura de su boca se contrae, como si intentara no sonreír. Resoplo y recojo las piernas para que no nos toquemos en ningún punto. Luego intento volver a leer.

Pero no puedo concentrarme. Maldición.

Leo la misma frase cinco veces, plenamente consciente de que él no ha retirado la mano de mi cabello. Sin pensarlo, empieza a enrollar el extremo de mi coleta alrededor de su puño.

«¡Oh… Dios mío!».

Me pongo de pie de un salto y la mano de Daemon se desliza fuera de mi cabello, llevándose el listón azul que sujetaba mi coleta.

—Eh… creo que este es el segundo libro —balbuceo—. Voy a buscar el primero.

Él mira el listón que tiene en la mano y luego vuelve a bajar la vista al libro.

—No te pierdas.

—Es una maldita habitación —murmuro entre dientes—. ¿Qué demonios podría pasar?

Me alejo del sofá casi corriendo y me interno de nuevo entre los estantes, avanzando hacia el otro extremo de la enorme sala como si alguien me persiguiera.

Solo necesito un segundo para pensar.

Probablemente estoy siendo estúpida.

No, definitivamente, estoy siendo estúpida.

Es solo que la atracción y la química explosiva son una cosa, pero las muestras casuales de afecto son mi kriptonita.

Si antes ya me gustaba un poco, ahora me gusta de verdad, y de algún modo esa revelación resulta mucho más alarmante que lo que sentí la otra noche, bajo los efectos de demasiado vino y pay de cumpleaños.

Me dejo caer al suelo y empiezo a revisar al azar uno de los estantes inferiores, aunque mi mente sigue acelerada.

Así que Daemon me importa un poco.

«Solo un poco».