Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 17 #5
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Capítulo 17 #5

El estómago se me cae, como en una montaña rusa, cuando me acerca y su otra mano se posa en la parte baja de mi espalda.

A diferencia de Kastian, que era todo reverencias y giros amplios, Daemon me guía con firmeza en los pasos de algo parecido a un vals.

Se siente distinto: no elegante, pero sí extrañamente seguro.

—Pensé que no sabías bailar —digo, desesperada por llenar el silencio.

—Dije que no me gusta bailar, no que no sepa —refunfuña.

—Si no te gusta, ¿entonces por qué te metiste?

No me responde.

Inclino la cabeza todo lo que puedo para encontrar su mirada y él baja los ojos hacia mí; nuestras miradas se sostienen. Por un segundo olvido que hay alguien más ahí: dejo de percibir el sonido del rasgueo de Jett y las risitas de Odessa, y solo me dejo mecer, mientras él me guía.

Siento que la piel me arde. Percibo un hormigueo en los puntos donde nuestro cuerpo se toca y no puedo evitar pensar en cómo se sintió antes, cuando nos tocábamos mucho más que las palmas. En cómo me besó y en lo mucho más relajado que parece cada vez que estamos a solas.

Me gusta esto. Me gusta él .

Justo cuando ese pensamiento cruza mi mente, suelta mi mano de golpe y da un paso atrás.

—¿Qué pasa?

Me mira fijamente y, sin decir palabra, gira sobre los talones y se aleja a grandes pasos hacia la casa.

Parpadeo, sorprendida, y es como si el volumen regresara de pronto al jardín. Vuelvo a oír la música, las voces y las risas alrededor de la mesa. Me quedo mirando, aturdida, la espalda de Daemon mientras se aleja.

—Eh… ahora vuelvo —balbuceo, solo para darme cuenta de que nadie me presta atención. Todos toman y charlan entre sí, como si Daemon y yo ni siquiera estuviéramos ahí.

Salgo corriendo tras él.

Me toma varios segundos largos encontrar a Daemon.

Como siempre en Vernallis, está oscuro y no conozco lo suficiente la mansión ni el patio para saber con certeza adónde fue.

Cruzo el jardín a toda prisa y regreso por las puertas hasta la cocina, mirando en todas direcciones.

La cocina está oscura y silenciosa, pero de algún modo el aire vibra, alerta. Sé que acaba de pasar por aquí.

—¡Daemon! —llamo.

No hay respuesta. Y aun así, casi puedo sentir su presencia. Puedo imaginarla en el fondo de mi mente, como si recordara una escena de una película: avanza furioso por el jardín y la cocina, abre una puerta de golpe y se marcha por el pasillo. Luego, se detiene en seco al oír mi voz…

Actuando por instinto —y quizá por locura—, abro la puerta de golpe y me lanzo por el pasillo desconocido. Doblo la esquina y me detengo en seco.

—¿Daemon?

Al final del corredor, Daemon permanece inmóvil, de espaldas a mí.

—No deberías estar aquí, Alix. Vuelve afuera.

—Lo siento —suelto de manera automática, aunque no tengo idea de qué se supone que deba lamentar.

Él no se molesta en voltear para mirarme, pero su postura se tensa y sus manos se cierran en puños a los costados.

—Deja de disculparte. No hiciste nada, carajo.

—Está bien… entonces, ¿por qué te fuiste?

No responde. En cambio, emite un sonido bajo desde el fondo de la garganta, casi como un gruñido. Contengo la respiración al recordar de pronto, de forma visceral, lo que dijo anoche: «No somos humanos, por más que lo parezcamos».

Probablemente debería hacerle caso y volver afuera con los demás, pero no puedo.

Me acerco y, con cada paso, el corazón me late más rápido y las palmas se me humedecen. Estoy llena de nervios, temblando con esa mezcla de terror y emoción que se hunde en el estómago al estar en la cima de una montaña rusa.

Extiendo los dedos y rozo la parte posterior de su brazo, tan levemente que apenas es un contacto. Aun así, se vuelve hacia mí como si lo hubiera golpeado. Sus ojos son brasas de un fuego verde que casi parece brillar en la penumbra.

—No lo hagas.

—¿No hago qué? —pregunto, aunque estoy bastante segura de que ya sé la respuesta.

—No puedo… no se me permite tocarte.

—No me estás tocando… —digo mientras me armo de valor y dejo de lado la vergüenza de ser vulnerable el tiempo suficiente para expresar lo que quiero—, a menos que te refieras a que quieres hacerlo.

Daemon no se mueve. Apenas respira. Entonces veo el instante exacto en que su determinación se quiebra.

Su mano sale disparada y sus dedos se enredan en mi nuca, me atrae hacia él al mismo tiempo que avanza y me acorrala contra la pared. Mi espalda golpea la piedra dura, pero apenas lo noto cuando su otra palma se estrella contra el muro junto a mi oreja.

Y antes de que pueda siquiera tomar aire, su boca cae sobre la mía.

No puede ser, carajo.

Se me escapa un gemido cuando cierro los ojos y, de manera instintiva, abro la boca ante el asalto de sus labios. Su lengua recorre los míos y se adentra en mi boca, y yo respondo del mismo modo, explorando, saboreando. Su mano sube por mi nuca y su puño se enreda alrededor de mi largo cabello.

Nos hemos besado antes, pero no así. No con esta desesperación, con esta necesidad, con esta hambre. El corazón me retumba en los oídos y luego el pulso desciende, latiendo con fuerza entre mis piernas.

Me presiono más contra él, poniéndome de puntitas para intentar que nuestras caras estén aún más juntas. Froto mi cuerpo contra el suyo; mis pezones endurecidos hormiguean al rozar su pecho. Él gime contra mi boca, presionando su erección con más firmeza contra mí.

Suelto un gemido y clavo las uñas en sus hombros, intentando atraerlo todavía más.

No sabía que besar pudiera sentirse así: no como una obligación o el preámbulo del sexo, sino de una manera tan intensa que creo que podría dejarme quemada por dentro para siempre.

Hay algo aquí, entre nosotros; sé que lo hay. Algo que va más allá de la simple atracción física. Es pequeño e inestable, parpadea como la llama de una vela recién encendida, pero está ahí. No soy solo yo.

El sonido de un chasquido en el aire, como una bandera azotada por el viento, me hace abrir los ojos de nuevo, incluso mientras inclino la cabeza para profundizar el beso.

—Alas… —murmuro contra sus labios, incapaz, al parecer, de formular una frase completa.

Parpadea y se separa de mí unos centímetros, con aspecto aturdido. Sus labios empiezan a formar una palabra, pero se detiene, al parecer dándose cuenta en ese mismo instante de que sus enormes alas rojas y negras reaparecieron, ocupando la mayor parte del pasillo y envolviéndonos contra la pared.

Me quedo con la boca abierta ante las relucientes plumas iridiscentes, y mi corazón, que ya latía como un trueno, se acelera aún más.

Ya había visto las alas antes, pero nunca tan de cerca ni cuando no estaba segura de que fuera a morir.

Son extraordinarias: nada que ver con las alas de las hadas de los cuentos, pero exactamente como imaginaría las de un ángel caído.

Me pregunto si de aquí surgió la idea en los pintores y eruditos antiguos.

¿Habrán visto a las criaturas fae, con sus caras demasiado hermosas y sus magníficas alas de ave, y asumido que eran seres divinos?

Sin pensarlo, estiro una mano para tocar las plumas más cercanas, acariciándolas como si pasara los dedos por el cabello de alguien.

—Increíbles.

Él se estremece.

—Lo siento, Duraznito. Parece que nunca logro mantener el control cuando estoy cerca de ti.

—No… —murmuro mientras la cara me arde—. No te disculpes. Me gusta.

«Me gustas tú».

—¡Alix! —la voz de Odessa, un poco chillona, resuena en la casa silenciosa—. Al… digo, ¡Isabelle! ¿Estás aquí?

Se oye un fuerte crujido cuando se abre una puerta y ambos volteamos hacia el umbral, al otro extremo del pasillo, done aparece Odessa. Abre los ojos con sorpresa y da un salto hacia atrás.

—¡Oh! Mierda, perdón.

Me escabullo por debajo del brazo de Daemon y me aparto de la pared, con el pulso todavía desbocado.

—Hola. ¿Qué pasa?

Sus ojos van y vienen entre nosotros, y no logro descifrar su expresión. Al final dice:

—Tenemos que irnos si queremos volver al palacio antes de que amanezca.

—Claro —responde Daemon con tono plano, casi aburrido—. Diles a los chicos que preparen los caballos; ahora vamos.

Ella se muerde el labio, como si quisiera decir algo más, pero al final se limita a asentir.

—Está bien.

Deja que la puerta se cierre tras ella con un golpe sordo. Dejo escapar el aire y vuelvo la mirada hacia Daemon.

Las alas ya no están.