Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

—Regresemos a la casa. Estos jardines son rarísimos, lo juro: caminé unos pasos y me perdí.

—Ah, sí, eso pasa —dice Aurelia con una risa cristalina—. Vamos, yo les muestro cómo salir. Cuidado con las espinas. Estoy segura de que uno de estos días alguien va a perder un ojo por su culpa.

Toma su canasta de hierbas y avanza con seguridad por el sendero, claramente ya recuperada del susto que le di. De manera inusual, Jett sigue en silencio y sin sonreír mientras la seguimos.

—¿Vas a unirte a nosotros para la cena? —le pregunto.

Ella niega con la cabeza y se deteniene en el borde del jardín, donde las luces de la casa vuelven a ser visibles y la punta de la pequeña torre destaca contra el cielo oscuro.

—No… no lo creo. Pero fue un gusto conocerte, Alix .

Me dedica una sonrisa traviesa y le lanza una mirada a Jett antes de regresar hacia la casa.

Daemon y Odessa por fin salen del regaño de Beatrix y, durante el resto de la tarde, los seis exploramos la finca y el pequeño pueblo de Storia.

El pueblo es mágico —incluso más propio de un cuento de hadas que la ciudad junto al Palacio de Invierno— y paso horas recorriendo las tienditas.

La nueva librería que mencionó Beatrix es especialmente emocionante: polvorienta y desordenada, justo como deben ser las mejores librerías.

—Tengo un libro aquí escrito en inglés —me dice el librero, entusiasmado—. ¡Mira!

Tomo el libro y hojeo sus páginas delgadas con desconcierto. Es hermoso, una edición antigua con bordes dorados, pero arrugo la frente. Me acerco a Fox, que es quien está más cerca.

—Creí que todos estos libros estaban en inglés.

Fox me mira y alza una ceja.

—No. Nosotros no hablamos eso.

Me río.

—Eh… claro que sí. Estamos hablando en inglés ahora mismo.

Solo cuando las palabras salen de mi boca me doy cuenta de lo extraño que suena. No solo hablan inglés, sino que casi no ha habido un solo momento en que no entendiera lo que decían, como si todos hubiéramos crecido usando exactamente el mismo vocabulario.

Fox niega con la cabeza.

—Para mi oído, estamos hablando thermiano. El continente de Ellender está encantado con un lenguaje universal.

«Vaya, entiendo».

Me muero de ganas de hacer mil preguntas, pero seguramente tendré que hacérselas a Odessa si quiero más detalles, porque Fox podría sufrir un aneurisma si se ve obligado a articular tres oraciones seguidas.

—¿Qué encontraste? —pregunta Daemon, acercándose por detrás.

Doy un salto, sobresaltada tanto por su voz como por la sensación de su aliento en la nuca. Me pregunto en qué idioma está hablando en realidad. ¿Cómo sueno yo para él? ¿Soy tan torpe como siempre siento que soy o el filtro mágico del lenguaje suaviza todo eso?

Me estremezco y alzo el libro para mostrárselo.

—Es una primera edición. ¿Sabes cuánto valdría esto allá, en mi mundo?

Él mira el libro un segundo y luego alza la vista hacia el librero.

—¿Puede envolverlo para ella?

—Oh… no, no quise decir que… —empiezo a protestar.

—¿Lo quieres?

—Bueno, sí, pero no tienes que comprármelo.

Siento que el rubor me sube a las mejillas. No tengo idea de cómo funciona el dinero aquí, pero imagino que este libro es muchísimo más caro que mi estambre, y eso me hace sentir un poco rara.

Daemon estira el brazo por encima de mi hombro, me quita el libro de la mano y se lo pasa al librero.

—Es tu cumpleaños, ¿no? Considéralo un regalo.

Trago saliva y asiento.

—Gracias.

Parece que quiere decir algo más, pero no lo hace. Le paga al librero, que se ve lo bastante complacido como para que yo sepa que fue una fortuna, y me conduce de vuelta a las calles del pueblo.

Es casi medianoche y empezó a nevar ligeramente, así que nos refugiamos en una taberna para tomar algo.

Cuando salimos, ya es hora de regresar a la finca para la cena y todos estamos un poco alegres por el alcohol.

Jett y Odessa hablan tan fuerte que sus voces resuenan por toda la calle e incluso Daemon parece un poco menos serio de lo habitual, más parecido al tipo que conocí por primera vez en Ironhill.

Debe de sentir que lo miro, porque gira la cabeza y se encuentra con mi mirada. El estómago me da un vuelco y de inmediato bajo los ojos, concentrándome en la bolsa de compras que llevo en la mano. Mirarla no ayuda en absoluto a calmar las mariposas que me revolotean en el estómago.

La cena se sirve en el jardín.

Beatrix asegura que el comedor formal es demasiado sofocante y que la mesa de la cocina no es lo bastante grande para todos, así que estaremos más cómodos afuera. Yo, desde luego, no me quejo.

Hay dos mesas largas dispuestas en el patio cubierto de rosas, con espacio suficiente para que nos sentemos cómodamente los seis, además de Beatrix.

Llevamos a la mesa platos de carne asada, verduras y enormes botellas de vino para servirnos al estilo familiar.

Daemon ocupa un extremo de la mesa y Beatrix el otro, dejándonos a los demás los lugares de los lados. Yo me siento junto a Daemon y frente a Kastian. La pobre Odessa queda al lado de Beatrix y puedo oír cómo la regañan a lo largo de toda la mesa.

—¿Fue idea tuya venir aquí? —le pregunto a Daemon.

Él niega con la cabeza, se traga el bocado que tiene en la boca y lo pasa con un sorbo de vino.

—De Odessa.

—Fue un bonito detalle de su parte.

Intento cruzar la mirada con ella, pero no lo consigo.

—En realidad no celebramos los cumpleaños después de las primeras décadas —dice Kastian—. Es agradable tener algo que festejar.

Me sonrojo, miro alrededor y me concentro en Fox y Jett, que están en una discusión ruidosa…

o, mejor dicho, Jett discute y Fox asiente o niega en los momentos apropiados.

Odessa parece haber escapado del regaño y de vez en cuando interviene, reforzando la postura de Fox con insultos de lo más coloridos.

Doy un largo trago a mi vino.

Esto es… agradable. Es extraño, pero agradable.

Terminamos de comer y Odessa salta de la mesa y corre al interior para buscar algo. Regresa cargando un pay enorme.

—Quería conseguirte un pastel de cumpleaños —dice—, pero no hubo tiempo. Espero que te gusten las bayas de nieve.

—No tengo idea de qué son —me río—, pero estoy segura de que estarán riquísimas. Gracias.

Deja el pay sobre la mesa y miro a mi alrededor.

—¿Ustedes no cantan?

—¿Cantar? —pregunta Daemon, con un tono casi horrorizado.

—Sí… como la canción de «Feliz cumpleaños». —Tarareo las primeras notas; me miran sin entender y suspiro—. Supongo que eso es cosa de humanos.

—Si quieres música, seguro podemos conseguirla —dice Odessa con rapidez.

—¡No, está bien! No lo decía por eso, de verdad, todo está perfecto.

Pero ella ya se fue, corriendo otra vez hacia el interior.

Corto el pay en rebanadas grandes y las paso por la mesa antes de servirme una. Odessa tenía razón: está increíble.

Y, hablando de ella, regresa justo en ese momento cargando un instrumento enorme, algo entre una guitarra y un banjo. Recuerdo vagamente que uno de los músicos de la posada tenía algo parecido.

—¿Qué es eso? —pregunto.

Jett extiende la mano.

—No sé cómo lo llamarían ustedes, pero los tocamos en Solistine. Dámelo.

Toma el instrumento y me sorprende descubrir que de verdad sabe tocarlo. Esperaba, a medias, que se pusiera a tocar alguna tonada simple como «Wonderwall» de Oasis, pero me llevo una grata sorpresa cuando rasguea las cuerdas unas cuantas veces y luego arranca con una melodía alegre.

Odessa empieza a aplaudir al ritmo.

—¡Ay, vamos a bailar!

—No —dice Daemon con tono sombrío, al mismo tiempo que yo asiento con entusiasmo.

Tal vez sea el vino, pero bailar suena como lo más divertido que podría hacer en la vida. Me pongo de pie de un salto.

Daemon me mira con la misma expresión de alguien a quien acaban de decirle que le van a sacar una muela.

Al otro lado de la mesa, Kastian se levanta y me tiende la mano.

—¿Bailamos?

Sonrío y pongo mis dedos en su palma, él me guía en un círculo alrededor de la mesa y luego hace algo parecido a un baile de swing .

—No tengo idea de cómo hacer esto —digo—. Nunca tomé clases de baile.

—Ojalá pudiera decir lo mismo —responde, mientras me hace girar con soltura—. He pasado más días en clases de baile de los que probablemente tú llevas viva.

—¿Por qué?

Se encoge de hombros, rígido.

—Mis padres lo consideraban necesario. Menos mal, porque si no me vería como aquel. —Inclina la cabeza hacia la izquierda.

Miro hacia donde señala y descubro que Odessa logró, de algún modo, convencer a Fox de bailar con ella. Aunque ninguno de los dos parece saber cómo hacerlo: ella gira a su alrededor en círculos mientras él se queda quieto, con cara de desconcierto.

—Parece que se están divirtiendo —digo—. O bueno, ella parece divertirse.

Él vuelve a mirar y observa a Odessa girar durante un largo segundo. Estoy a punto de sugerirle que me dé por caso perdido y vaya a invitarla a a ella, cuando Jett termina su canción y empieza una más lenta.

Kastian parpadea un par de veces, como si intentara sacudirse su distracción, y me hace girar antes de llevarme a una posición inclinada.

Tropiezo. Agito los brazos, pierdo el equilibrio y una punzadade miedo me atraviesa el pecho. Antes siquiera de poder procesar lo que ocurre, unos brazos fuertes me rodean y detienen mi caída.

Sé que es Daemon antes de mirarlo. Me sostiene un instante, con su latido firme contra mi espalda, y luego me ayuda a incorporarme con suavidad.

—Ya basta —dice con severidad.

Está claro que se dirige a Kastian, no a mí, pero respondo de todos modos.

—¿Perdón? No es tu trabajo decirme cuándo terminar.

—Creí que no querías bailar —dice Kastian, con un tono casi fanfarrón.

Daemon lo mira con furia. Después le da la espalda a su amigo y me tiende la mano.

Miro su palma como una tonta, sin entender del todo qué está pasando, hasta que por fin reacciono y pongo mi mano en la suya.