Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Beatrix nos guía más allá de la escalera principal y atraviesa un par de puertas dobles finamente talladas hacia un comedor formal.

Más allá hay una cocina amplia, digna de un chef de alta cocina pese a la ausencia de electrodomésticos modernos.

A pesar de su tamaño, la habitación resulta cálida y acogedora.

El aroma a pan recién horneado sale del horno y llena el espacio de un consuelo nostálgico.

Tal como prometió, Beatrix prepara té y galletas.

Dado que es una dama —sin importar cómo prefiera que la llamen—, yo esperaba que tuviera un ejército de sirvientes, pero me sorprende al encargarse de todo ella misma.

Va de un lado a otro por la cocina con una energía muy de «mamá» que nunca había experimentado de cerca.

Mientras hierve el agua, Beatrix suelta un monólogo sobre todo lo que pasó mientras Daemon estuvo fuera.

El pueblo no creció mucho, pero perdió menos personas por la maldición que otras aldeas de la región.

Alguien abrió una nueva panadería y el vendedor ambulante de libros decidió establecerse aquí el año pasado y abrió una librería permanente.

Beatrix trabajó con frecuencia en el jardín y alguien llamada Aurelia está bien, salvo que últimamente ha estado pidiendo viajar fuera de Storia.

—¿Dónde está? —pregunta Daemon al oír el nombre de Aurelia.

—Oh, por ahí, en alguna parte —responde Beatrix con aire despreocupado mientras lleva un plato de galletas a la mesa—. Estoy segura de que aparecerá a la hora de la cena.

Toma asiento en la silla principal de la gran mesa de madera y clava en su hijo una mirada severa. Sus ojos, antes llorosos, ahora son implacables.

—Bien, ¿vas a explicarme qué haces aquí o prefieres que lo adivine?

Miro a Daemon, de pronto muy interesada en ver cómo termina esto.

Escuché que la mejor manera de saber cómo es realmente un hombre consiste en observar cómo trata a su madre.

Ojalá lo hubiera oído antes de casarme con Ryan.

Siempre fue grosero con la suya, mientras ella actuaba como si él cagara rosas y arcoíris.

Sacudo la cabeza.

No estoy evaluando a Daemon para nada y no debería importarme cómo trate a su madre. De hecho, probablemente debería retirarme antes de hacer algo estúpido… como sentirme demasiado cómoda aquí o derretirme en un charco de sentimentalismo sin razón.

Me pongo de pie de forma abrupta. Todos se giran a mirarme.

Mi mirada recorre la cocina y se detiene en una puerta trasera. Más allá, alcanzo a ver hileras interminables de rosales.

—¿A alguien le molesta si salgo a explorar afuera? Es precioso y, de todas formas, ya me sé esta historia.

Seis pares de ojos se apartan de mí y se posan en Daemon, claramente a la espera de su reacción. Él aprieta la mandíbula, como si librara una batalla interna. Estoy a punto de recordarles que es mi cumpleaños cuando dice:

—Está bien. Que uno de ustedes vaya con ella.

Al unísono, Fox, Jett y Kastian se ponen de pie. Se miran, se encogen de hombros y los cuatro nos dirigimos a la puerta.

—¡Yo también voy! —dice Odessa, levantándose con rapidez.

—Siéntate —ordena Beatrix con severidad—. No creas que te vas a escapar sin explicarme por qué no viniste en años. No estabas en prisión, no tienes excusa.

Odessa se sienta con un bufido y se aparta el fleco de la cara con un soplido.

Bajo la mesa, veo a Daemon patear su silla y lanzarle una mirada que parece decir: «al menos no soy el único que recibirá un sermón».

Odessa le hace una mueca y luego toma un tenedor, lo hace girar entre los dedos y pone cara de fastidio.

Casi me río. Por una fracción de segundo parecen adolescentes y, por primera vez, puedo imaginar cómo funcionaba esta pequeña y dispareja familia antes.

Una chispa de celos y anhelo me golpea directo en el pecho.

Sí, necesito salir de aquí.

No quiero pensar en eso, porque alguna parte estúpida de mí se muere por formar parte de una familia unida y perfecta, y lo último que necesito es olvidar que no pertenezco a este lugar.

El jardín se siente como otro mundo.

Hileras interminables de rosales se extienden colina abajo hasta perderse de vista.

Algunos son tan altos que bien podrían ser árboles, y abrirse paso entre ellos es como quedar atrapada en un laberinto de setos fragantes.

La oscuridad aterciopelada se ilumina con un mar de luciérnagas centelleantes.

—Mierda, este lugar es enorme —dice Jett, asombrado, girando sobre sí mismo para abarcar cada rincón del jardín—. Ya no me siento mal por haberle sacado dinero a Ashwater en el póquer. Está claro que puede pagarlo.

Hago una mueca al recordar la promesa de Daemon de pagarme más oro del que podría imaginar.

En su momento pensé que exageraba, pero estaba tan quebrada que no estaba en posición de negociar.

Después de ver esta casa, sin embargo, me pregunto si lo decía en sentido literal.

Ni siquiera quiero saber cuánto costaría un lugar así en mi mundo.

¿Diez millones de dólares? ¿Cien millones? Es difícil decirlo.

—¿Ninguno de ustedes sabía de esta casa? —pregunto.

—¡Ni de broma! —Jett sonríe mientras cruza el jardín con la expresión de niño que visita Disney World por primera vez—. Sabíamos que tenía un título antes de Dyaspora, pero nunca había visto una finca como esta que no fuera un palacio real.

—Yo sí sabía —dice Kastian sin inflexión.

Lo miro.

—¿Tú sí? ¿Por qué?

Se encoge de hombros, con pinta de arrepentirse haber hablado.

—Sé lo que es un barón. Esto no es inusual para ese tipo de título.

—Entonces, ¿tú también creciste en un lugar como este?

Se remueve, incómodo.

—El lugar donde crecí no es digno de recordarse.

«Vaya. Está bien…».

Un poco incómoda, como si por accidente hubiera tocado algo que incomodó a Kastian, me apresuro a seguir a Jett, que ya desapareció entre los rosales silvestres.

Sin embargo, me doy cuenta de que Jett desapareció por completo.

Apenas doy unos pasos entre las rosas y ya me siento totalmente aislada de la finca y del pueblo que queda atrás.

Hay silencio, salvo por el crujido de mis pasos sobre el suelo escarchado.

El aire está saturado del aroma de rosas y jazmines, una fragancia embriagadora que me atrae cada vez más hacia el interior.

Me adentro en la oscuridad que me rodea, hasta dejar de prestar atención a por dónde camino.

Mi pie tropieza y estoy a punto de caer, salto hacia atrás cuando casi choco con una figura arrodillada en medio del sendero.

—¡Ah!

La mujer en el suelo me mira con unos ojos enormes y sobresaltados, como un venado deslumbrado por los faros de un coche. Se arrastra hacia atrás sobre el camino nevado y apenas logra esquivar mi pie cuando cae con fuerza justo donde ella estaba sentada.

Retrocedo de golpe, tratando de recuperar el equilibrio, y mi mano vuela hacia mi pecho, donde el corazón ya late con fuerza.

—Dios mío, mierda, ¡lo siento!

—Oh… no pasa nada —dice la mujer, parpadeando hacia mí, todavía un poco aturdida.

—Toma, déjame ayudarte.

Le extiendo la mano para levantarla.

Mira mi mano durante un largo segundo y mi pecho se contrae de culpa y vergüenza, hasta que por fin agarra con fuerza mis dedos.

—Gracias —susurra, incorporándose y sacudiéndose la nieve de la ropa.

La mujer es hermosa de un modo delicado.

Bajita, delgada, con una capa color magenta brillante sobre los hombros.

Tiene la piel bronceada, casi tan oscura como la de Kastian, y unos enormes ojos cafés, casi del mismo tono que su cabello.

Lleva el cabello corto, apenas por encima de la barbilla, recogido detrás de unas orejas puntiagudas.

Al ser una criatura fae, es difícil saber con exactitud cuántos años tiene, pero sus gestos me hacen pensar que es bastante joven.

—Perdón —digo otra vez, mientras mi corazón acelerado vuelve poco a poco a la normalidad—. Solo estaba explorando.

—De verdad, no te preocupes. —Esboza una sonrisa tímida—. Yo no debería estar en medio del camino así, pero vi este montón de rapónchigos y no pude evitar detenerme a recolectarlos.

—¿Montón de qué?

La mujer señala. Sigo su mirada hasta un grupo de diminutas flores azules, en forma de campana, que crecen al pie del rosal más cercano. Junto a las plantas hay también un montoncito de hojas recién arrancadas.

—Ah —digo, aunque no lo entiendo del todo—. Bueno, no quise molestarte.

—No pasa nada. —Su voz es suave y delicada, igual que su aspecto—. ¿Estás visitando la mansión?

—Sí. Soy Isabelle —respondo y el nombre se siente extraño en mi lengua.

Me extiende la mano para estrechar la mía y luego dice:

—Aurelia.

—¡Oh! —sonrío—. Beatrix te mencionó. ¿Vives aquí o…?

—¡Sí! —asiente, y su actitud cambia con rapidez, ya recuperada del susto—. Vivo aquí y casi nunca recibimos visitas, así que…

—¡Alix!

Aurelia se interrumpe y ambas nos giramos para ver a Jett abriéndose paso entre las rosas detrás de nosotras. Las ramas espinosas se le enganchan en la casaca roja brillante y en el cabello; él se las arranca con brusquedad y saca su espada larga para abrirse paso hacia mí.

—¡Alix! ¿Dónde…? —Me ve y sus ojos se iluminan—. Oh, gracias a los malditos dioses. Pensé que Ashwater iba a despellejarme vivo por perderte. No se lo digas, ¿sí?

Sonrío, divertida, pero Aurelia me mira con curiosidad.

—¿No se supone que te llamabas Isabelle?

—Eh… es una historia larga. —Por fin Jett llega hasta nosotras y me vuelvo hacia él, buscando una distracción para no tener que explicar lo de mi nombre—. Aurelia, él es Jett. Es… —hago una pausa porque me cuesta encontrar la palabra adecuada para describirlo— un amigo.

Espero que responda con un saludo entusiasta, pero no lo hace. Lo miro y descubro que ya no sonríe; se limita a mirar a Aurelia con evidente asombro. Cualquiera diría que nunca ha visto a una mujer bonita, pero ya lo he visto coquetear sin pudor con Odessa e incluso conmigo a veces.

—Eh… ¿ya se conocen?

Jett niega con la cabeza y luego vuelve a centrar su atención en mí.