Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Me invade un pensamiento: «Odio decepcionar a la gente».

Acepto al menos intentarlo con el caballo, y todos observan conteniendo la respiración mientras Daemon me levanta y me acomoda en la silla. Yo también contengo el aliento, pero por razones muy distintas. Tengo miedo de mover un solo músculo y asustar al animal.

—Toma las riendas —dice Daemon.

—No, gracias, estoy bien así —respondo rígida, aferrando los dedos al borde de la silla.

Él cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, claramente rogando paciencia.

—¿Puedo asumir que no sabes montar a caballo?

Me muevo lo suficiente como para lanzarle una mirada de advertencia.

—Te dije que no me acerco a los caballos. Lo más cerca que he estado de convivir con animales de granja es cuando mis Barbies montaban a mis Little Ponies. ¿Por qué demonios asumirías que sé montar?

Jett se recarga contra una de las caballerizas y se cruza de brazos.

—Te lo digo, Ashwater, todo esto se resolvería si simplemente la llevaras contigo.

Daemon alza una ceja, interrogándome.

Al principio digo que no, pero, después de otros diez minutos de idas y vueltas, de algún modo termino aceptando montar con Daemon.

De verdad necesito trabajar en mantenerme firme, o al menos en explicarme mejor cuando algo me incomoda, pero supongo que hoy no es ese día.

Además, sí quiero celebrar mi cumpleaños, aunque solo sea por cambiar de paisaje.

Espero sentarme en la parte trasera del caballo, como si fuera una motocicleta. En cambio, Daemon me coloca delante de donde él se sentará. Quedo pegada al borde de la silla, con el fuste de cuero clavándose en las nalgas.

Todo empeora cuando Daemon sube detrás de mí.

Es evidente que sabe moverse a caballo porque se acomoda en la silla de montar con esa memoria muscular segura que delata años de práctica. Por desgracia, en cuanto se sienta, lo siento tensarse.

—Tienes que echarte para atrás.

—Eh, no, estoy bien así.

Esto ya es lo bastante espantoso; no creo que presionar mi cuerpo contra su entrepierna vaya a mejorar la situación.

—No puedes sentarte así en el borde de la silla —se queja Daemon.

—¿Por qué no?

—Porque en cuanto empecemos a movernos, tu bonita cosita ya no va a estar tan bonita. Te va a doler tanto que mañana no vas a poder caminar.

Me quedo con la boca abierta y el calor me sube a la cara.

—¿Perdón?

No responde. En lugar de eso, sus manos se cierran alrededor de mi cintura y me arrastra hacia atrás, hasta que mi espalda queda pegada a su pecho.

Me muevo un poco para acomodarme y, tal como temía, mi cuerpo se presiona con firmeza contra él.

—¿Ya estás contento?

—Perfecto.

Me toma un segundo procesar que lo que dijo no es, en absoluto, una respuesta a mi pregunta. Un escalofrío me recorre la columna y tengo que morderme el labio para no decir alguna estupidez cuando por fin empezamos a movernos.

No tardo en darme cuenta de que tenía razón al temerle a los caballos. Cabalgar es aterrador, y lo empeora el hecho de que lo único que me distrae es el aroma a almizcle, rosas y pino del jabón que Daemon usó hace poco, y la forma en que mi cuerpo rebota contra él con cada movimiento.

Pronto llegamos al camino de tierra que atraviesa el bosque y todos se dispersan, cabalgando en grupos de dos o tres. Es evidente que llevan años montando, probablemente tanto tiempo como yo viajando en coche.

—¿Por qué le tienes miedo a los caballos? —pregunta Daemon.

Aprieto los dientes.

—No quiero hablar de eso. Y además, este es probablemente el peor momento posible para recordarme que tengo miedo.

Toma aire como si fuera a decir algo más, pero no lo hace.

Cabalgamos durante quince minutos en silencio, con Daemon sentado perfectamente recto e inmóvil detrás de mí.

Al final se ajusta un poco y su barbilla queda justo sobre la coronilla de mi cabeza.

Sin proponérmelo, me relajo lo suficiente para dejar de ir tan tensa y apoyar la espalda con más firmeza contra su pecho.

Él no dice nada al respecto y se lo agradezco, porque no sabría cómo explicarme.

Una parte de mí no quiere saber nada de él, mientras que la otra quiere treparse a su regazo y comprobar si besa tan bien como lo recuerdo.

Coronamos una colina baja y me quedo con la boca abierta al ver decenas de luces centelleando a lo lejos. A medida que nos acercamos, aparece un pequeño pueblo. Sé que Nana nunca vio este lugar, de haberlo hecho, sin duda lo habría incluido en el libro.

El pueblo es pintoresco, con casitas pintadas de colores vivos, flores en cada ventana y faroles brillantes colgados de los tejados, iluminando la calle de tal modo que, aunque el cielo está oscuro, todo se siente cálido y acogedor.

Al pasar, la gente sale de sus casas para vernos y saludar con la mano o gritarnos palabras de bienvenida.

—¿Por qué nos aclaman? —pregunto.

—Porque nadie ha venido a supervisarlos desde hace noventa años.

Arrugo la nariz, confundida.

—Entonces eres como su rey.

—No, soy barón. Es un título de nobleza menor, como… —piensa un momento, claramente tratando de encontrar la palabra adecuada—, como un gobernador.

—¿Y nadie se convirtió en el nuevo gobernador mientras no estabas?

Niega con la cabeza y siento el movimiento contra mi espalda.

—Es un título hereditario. A menos que muera o tenga hijos, esta gente está por su cuenta.

Arrugo la frente. Eso no me parece correcto. Pero, pensándolo bien, soy demasiado moderna como para lidiar con la política fae. He visto Los miserables como veinte veces y, si yo tuviera que enfrentar una monarquía absoluta en el día a día, estaría cantando a todo pulmón «La canción del pueblo».

—¿Cómo se llama el pueblo? —pregunto, cambiando de tema.

Daemon se aclara la garganta.

—Storia.

Quiero detenerme y explorar, pero seguimos cabalgando y al final nos detenemos de golpe frente a una mansión extravagante.

Los muros de piedra envejecida están cubiertos de rosales trepadores y hiedra, lo que le da a la casa un aire rústico y elegante a la vez.

La sombra de una pequeña torre se alza detrás del pico del techo y, a un costado, distingo un gran jardín de rosas.

Al frente hay un patio donde se detienen nuestros caballos.

—No me digas que esta es tu casa —digo, maravillada.

Daemon no responde; baja de la silla de un salto y aterriza con ligereza sobre el empedrado.

—Déjame ayudarte a bajar.

Trago saliva. No quiero parecer indefensa, pero al mismo tiempo no tengo ni idea de cómo demonios bajarme de esta cosa.

De algún modo paso la pierna por encima del cuello del caballo y entonces Daemon se acerca, me rodea la cintura con sus brazos fuertes y me baja con gracia.

Una descarga eléctrica me recorre el cuerpo al sentir el roce de sus dedos contra mi piel y me eriza la espalda.

—Gracias —susurro.

Abre la boca para decir algo, pero no alcanza a hacerlo.

Se oye un grito fuerte y, de pronto, una figura borrosa se nos viene encima.

Una mujer sale corriendo de la casa y me ignora por completo mientras se lanza directo hacia Daemon. Dice algo, pero no logro entenderla entre sus sollozos. Daemon sí parece comprender, porque responde:

—Lo siento mucho.

La mujer es un poco robusta y varios centímetros más baja que mi 1.62 de altura. Tiene el cabello negro azabache recogido en un chongo en la nuca y lleva un delantal de encaje morado y dorado sobre un vestido color crema. Se me revuelve el estómago. ¿A cuántas exnovias voy a tener que conocer?

Y, como siempre, ¿por qué demonios me importa?

Retrocedo hacia Odessa y los demás, pero no alcanzo a llegar antes de que Daemon se zafe de la mujer que llora y dé un paso atrás. Ella saca un pañuelo del bolsillo y se suena la nariz con fuerza.

Un poco perdido, Daemon gira sobre sí mismo, buscándome con la mirada.

—Al… Isabelle —dice, tropezando con mi nombre—. Ven a conocer a la señora Ashwater, mi madre.

«Ah… ¡Ah! ».

Ahora me siento como una completa idiota, porque ese abrazo era claramente maternal y yo estaba a la defensiva sin ningún motivo.

Para ser justos, la señora Ashwater sí se ve muy joven para tener un hijo adulto.

Esto debe de ser lo que pasa cuando nadie envejece: cuesta distinguir a los padres de los hijos ya crecidos.

Aun así, es evidente que estoy lidiando con unos celos rarísimos que nunca había experimentado.

Nunca. Ni con Ryan ni con nadie más. ¿Qué demonios me está pasando?

—Es un placer conocerla, señora Ashwater —digo, segura de que estoy sonrojada.

—¡Ay, por favor! —La señora Ashwater se suena la nariz con estruendo y luego le da un manotazo en el brazo a su hijo con el mismo pañuelo—. Nadie me llama «señora» desde hace años. Puedes llamarme Beatrix.

—De acuerdo. Hola —repito, todavía un poco aturdida por todo el intercambio.

No sé por qué no se me ocurrió que ir a la propiedad familiar de Daemon implicaría conocer a su familia. No tengo el mejor historial con las familias: la mamá de Ryan me odió desde el momento en que me vio y nunca logré entender por qué. «Me pregunto si a ella le caerá mejor Jenna».

—¿Cómo te llamas, querida? —pregunta Beatrix—. No alcancé a escucharlo.

—Ella es Isabelle —dice Daemon con énfasis.

Beatrix arruga la frente y se inclina hacia mí, igual que lo hizo Odessa cuando nos conocimos. Sus ojos recorren con astucia mi cara durante un largo instante.

—¿Isabelle… qué?

—Isabelle Reading —completo de inmediato.

—Interesante. —Sus ojos se entrecierran apenas un segundo antes de apartarse y sonreír—. Bueno, pasen. Seguro querrán té. ¿Y un postre? —Hace un gesto hacia la puerta—. ¡Están en su casa!

La Finca Ashwater es exactamente eso: una finca.

Nunca tuve muy claro qué significaba esa palabra y siempre la asocié con fraccionamientos cerrados y campos de golf privados, pero la casa de Daemon no se parece en nada a eso.

Cada centímetro del vestíbulo resplandece: desde el mosaico reluciente del piso hasta la gran escalinata que conduce a los niveles superiores.