Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

ALIX

—¡Alix, despierta!

Abro los ojos con una intensísima sensación de déjà vu y con la cara de Odessa inclinada sobre mí.

—Hola. —Bostezo—. ¿Qué hora es?

—Alrededor de las cinco de la tarde.

Por un segundo, mi cerebro adormilado no logra procesar lo que dice y necesito un momento para recordar que aquí las cinco de la tarde equivalen más o menos a las cinco de la mañana. Uf. Puede que ya me haya acostumbrado a los horarios, pero la terminología nunca termina de cuadrarme.

—Claro… —Reprimo otro bostezo—. ¿Vamos a algún lado?

—Sí, pero es una sorpresa. ¡Feliz cumpleaños!

Pese a todo, se me dibuja una sonrisa en la cara.

Odessa bailotea hasta el armario, dando saltitos a cada paso. Saca un abrigo de lana color verde azulado con ribetes de piel blanca y me lo tiende.

—Este color te queda bien.

No me tomó mucho tiempo aprender que lo más sencillo es no discutir con ella por cosas así y simplemente seguirle la corriente. Me visto rápido con un vestido verde salvia y el pesado abrigo verde azulado, y luego la acompaño escaleras abajo.

Es temprano —o más bien, tarde—, así que no hay muchos cortesanos en el salón ni rondando fuera de la sala del trono. El castillo se siente quieto e incluso más imponente de lo habitual por su vacío resonante.

Odessa me guía a través del laberinto de corredores hasta el vestíbulo de entrada del primer piso.

Las únicas personas con las que nos cruzamos son uno de los guardias de casaca roja, de pie en una hornacina, hablando en voz baja con una mujer de cabello oscuro.

El guardia es rubio, delgado, con grandes alas de color cobrizo.

—Eso es tan triste —suspira Odessa en voz baja.

Arrugo la frente.

—¿Qué lo es?

—Tiene las alas desplegadas y no está bajo una amenaza directa. A menos que ella le esté clavando un cuchillo en el estómago. —Mira por encima del hombro a la pareja que susurra—. No. No hay cuchillo, así que definitivamente es solo triste.

—No entiendo. Explícamelo como si tuviera cinco años.

Las comisuras de su boca se elevan apenas un segundo, antes de que su expresión vuelva a ponerse seria.

—Hace miles de años, las criaturas fae tenían alas todo el tiempo, pero evolucionaron más allá de eso. Ahora las alas solo aparecen en momentos de emoción intensa.

—Como en experiencias cercanas a la muerte —apunto, recordando lo que Kastian me explicó.

—Exacto. Pelear es el momento más común en que se ven alas, pero no es el único.

Los machos tienden a mostrarlas cerca de sus almas gemelas, incluso antes de que el vínculo se forme por completo.

Ver, de manera casual, las alas de alguien con quien sales es como…

—dice mientras agita la mano en el aire— algo muy importante.

—Ah. De acuerdo, supongo que tiene sentido.

Llegamos a las puertas principales del castillo y Odessa las empuja de par en par. El aire frío de la noche se derrama hacia el interior, trayendo consigo el aroma de la nieve y las rosas, y hace que la piel expuesta de mi cara y mi cuello se erice.

—Así que por eso lo que sea que pasaba con ellos allá atrás resulta tan deprimente —continúa Odessa mientras bajamos los escalones helados—.

Claramente son vínculos nuevos, pero solo quedan unas semanas antes de la luna rosa.

Simplemente no parece justo encontrar a tu alma gemela y perderla tan rápido. Yo preferiría no encontrarla nunca.

Una ansiedad punzante se me instala en el estómago. Presiono mis dedos enguantados contra el abdomen, intentando que el retortijón se detenga.

—¿Entonces no crees que la maldición se romperá?

Me mira con brusquedad y tiene que extender la mano hacia el barandal para no tropezar y caer por la interminable escalinata.

—No, perdón… no quise decir eso.

Se instala un silencio incómodo, porque, claramente, sí quiso decirlo. Supongo que no soy la única con dudas sobre este plan. Tal vez si yo realmente fuera Nana, funcionaría… pero quizá ni siquiera entonces, porque el rey está tan desinteresado. No se ve ni se siente como un amor predestinado.

Odessa exhala con fuerza.

—Mira, las sirenas somos muy supersticiosas.

Culturalmente creemos mucho en el destino y no creo que cosas como estas ocurran porque sí.

Cuando Belle llegó a Ellender hace tantos años, todos pensamos que ella sería quien finalmente nos salvaría.

¿Y ahora su nieta está aquí, cuando solo quedan unas semanas para romper la maldición?

Eso me suena a destino. No sé qué va a pasar, pero creo que hay una razón para que estés aquí.

La sensación de malestar en mi estómago se intensifica.

Yo, en lo personal, no creo en el destino, pero por una vez espero estar equivocada.

Cuanto más tiempo paso aquí, más real se vuelve todo y más me cuesta imaginar que en dos semanas toda la corte desaparezca.

«Y Daemon desaparezca con ellos», también concluyo.

—Espero que tengas razón. —Le dedico una sonrisa débil y luego revuelvo mis pensamientos en busca de algo que cambie el tema—. Para ser una sirena, sabes bastante sobre los fae…

Me lanza una mirada de reojo.

—Bueno, sí, crecí en la corte.

—Pero tú no eres un hada u otro tipo de fae, aunque tú y Daemon son primos —digo, con intención de indagar.

Siento una curiosidad intensa por este mundo y por cómo funciona todo, pero nadie parece muy dispuesto a explicarlo. Tengo la impresión de que Odessa y los demás no me ocultan nada a propósito; simplemente no se les ocurre explicar cosas que para ellos son obvias.

—El rey Thorne es medio hermano de Daemon por parte de su padre biológico, y yo soy su prima por parte de su madre, la señora Ashwater.

Pongo cara de confusión, tratando de mantener todo en orden dentro de mi cabeza.

—Ah, de acuerdo.

—Mi madre era una sirena y mi padre era el hermano de la señora Ashwater. Eso me haría mitad fae, excepto porque todas las hijas de las sirenas también son sirenas.

Asiento. Noto, como alguien cuyo padre también murió, que dice «era».

Su padre fue el tío de Daemon, pero ya no lo es.

Una oleada de empatía, de esas que solo nacen de haber perdido también a uno de los padres, me invade, y al instante me siento más cercana a Odessa sin que ella tenga que hacer nada.

No quiero obligarla a entrar en detalles si no quiere, pero hay una pregunta que no logro contener.

—Entonces… perdón si esto es de mala educación, pero ¿por qué tienes piernas?

En mi cabeza, la voz de Gretchen Weiners grita: «Dios mío, Alix. ¡No puedes ir por ahí preguntándole a la gente por qué tiene piernas!».

—Es una historia larga —responde Odessa, evasiva—. Y además, ya casi llegamos.

Bajo la cabeza, un poco incómoda por haber sido entrometida. ¿Y si las colas de las sirenas son como las alas de las hadas y otras criaturas fae, y solo aparecen a veces? ¿O quizá Odessa no es como las sirenas de los cuentos que me he estado imaginando y es otra cosa?

Odessa engancha su brazo con el mío y trota por los escalones que faltan. Al llegar abajo, gira a la izquierda y me guía unos cuantos metros hasta un edificio bajo de paredes de madera. De inmediato me golpea el olor a heno y a caballeriza.

Me quedo paralizada.

—¿Qué es esto?

—Las caballerizas —dice Odessa.

«Eh… no. No, gracias. Sáquenme de aquí ahora mismo».

Estamos en una sala alargada, más grande de lo que parecía por fuera. Hay filas y filas de caballerizas en ambos lados, con un pasillo central. Al fondo distingo cuatro figuras familiares con casacas rojas que ajustan las sillas de montar sobre varios caballos enormes, negros y castaños.

Apenas reparo en los hombres, porque estoy completamente petrificada con los caballos. Doy un gran paso hacia atrás y me quedo justo en el umbral de la entrada.

—¿Qué pasa? —pregunta Odessa.

Antes de que pueda responder, Kastian, que es el más cercano, levanta la vista al oír su voz. Su movimiento repentino sobresalta a los caballos. El semental que tiene al lado raspa el suelo con la pata, nervioso, y él le da unas palmadas en el cuello para tranquilizarlo.

Odessa vuelve a tomarme de la mano e intenta arrastrarme más adentro.

—Vamos, ¡esto será divertido!

Clavo los talones en el suelo para no dejar que me arrastre.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—Vamos a hacer una pequeña excursión a la luz del día —dice Odessa, con alegría—. O una excursión nocturna, supongo que eso sería más adecuado.

—¿Y vamos a ir en eso? —pregunto, nerviosa, mirando hacia el caballo más cercano.

—Sí —responde Daemon, saliendo de detrás de uno de los animales.

Levanto la vista y me encuentro con sus ojos. Apenas hemos hablado en días, pero, por supuesto, mi cuerpo traidor no lo sabe. El corazón se me acelera solo con verlo y siento una caída extraña en el estómago.

«¡Dios, contrólate!».

—Eh… está bien. —Aparto la mirada de Daemon y miro hacia abajo, mordiéndome el labio—. Pero, solo para aclarar: ¿te refieres a que iremos en una carreta tirada por caballos, verdad? Como cuando venimos desde la posada.

«Por favor, por favor, di que sí».

—No —responde Daemon—. Vamos a montar. El tren todavía no está reparado y, de todos modos, no llega a donde nos dirigimos.

—Eh, no. No, gracias —suelto de golpe, y me zafo del brazo de Odessa y retrocedo unos pasos—. Hagan lo que quieran, pero yo no voy a subirme a un caballo.

—¿Nunca has montado? —pregunta Kastian, sorprendido.

—¿Una vez?

—¿Qué pasó?

—No quiero hablar de eso. No importa. Simplemente no me siento cómoda con los caballos. A distancia están bien, pero no voy a montar uno.

Perplejo, Daemon se vuelve hacia los demás.

—No podemos llevar una carreta. Es demasiado lenta.

—Puede ir contigo —propone Jett.

«Como si fuera tan sencillo».

Levanto ambas manos.

—De ninguna manera. Eso no lo hace menos aterrador, solo menos cómodo.

Daemon hace una mueca.

—Entonces, supongo que no iremos.

Miro a mi alrededor. Odessa se ve desolada e incluso los demás parecen decepcionados. De inmediato me siento fatal. Están intentando hacer algo lindo por mí y mi miedo estúpido lo está arruinando. Suspiro y me pellizco el entrecejo.