Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Tú fuiste quien trajo a Alix aquí y prometió cuidar de ella —continúa Odessa—. Tienes que hacer algo.

—Prometí mantenerla a salvo, no hacerla feliz.

—Si me preguntas, estar a salvo y ser feliz es lo mismo —dice Kastian con tono despreocupado.

—Nadie te preguntó —replica Odessa—. Pero sí, no está realmente a salvo si es infeliz.

Gimo. A pesar de mi protesta, una punzada de culpa y preocupación me atraviesa. Sé que Odessa tiene razón. Es culpa mía que Alix esté aquí y, aun sin la orden de Thorne, eso la convierte en mi responsabilidad.

—Espera —le digo a Odessa, al pensar de repente en algo—. ¿Qué haces aquí?

Me lanza una mirada extraña.

—Bueno, verás, llegué aquí cuando era una niña y…

—Oh, cállate —la interrumpo, con más agresividad de la que pretendía—. Me refiero a que, si tú estás aquí, ¿quién está vigilando a Alix?

—Fox —responde con ligereza—. Pero, aunque no lo estuviera, es una mujer de casi treinta años; puede cuidarse sola durante media hora.

—Sí, eso es justamente lo que me da miedo —murmuro, con enojo, mientras echo la silla hacia atrás y tiro las cartas sobre la mesa—. Me retiro. Tengo que ir a buscar a Alix.

Jett se inclina y voltea mis cartas; una sonrisa cruza su cara.

—Ah, qué mala suerte, compañero. La única vez que tienes buenas cartas y aun así voy a quedarme con tu dinero.

Le dirijo una cara de fastidio mientras me encamino hacia a la puerta.

—Y lo gastarás invitándonos bebidas a todos, así que es más caridad de mi parte que otra cosa.

—¡Espera! ¿No me estabas escuchando? —Odessa se levanta de un salto—. Fox está con ella.

La escuché, pero aun así abro la puerta con enojo y avanzo por el pasillo.

Estoy siendo irracional, lo sé.

Mientras no piense en Alix a solas con mis amigos, no hay problema. Pero en cuanto lo recuerdo, me descubro subiendo las escaleras a toda prisa o caminando inquieto por los barracones, incapaz de tranquilizarme hasta estar cerca de ella otra vez.

Son mis hombres y soy yo quien les pide que custodien a Alix. No tengo ningún problema con que Fox la vigile ni dudo de que pueda protegerla.

Aun así, siento una compulsión abrumadora de ir por ella, porque es mía.

No lo entiendo.

Sentir celos no solo es una locura; no sé de dónde viene. Pero cuando se trata de esa mujer, no puedo pensar con claridad. Me siento como un adicto: tengo que abstenerme por completo de pensar en ella o terminaré con una sobredosis de recuerdos del sabor de su boca.

—¡Espera!

Me detengo cuando un grito resuena en el pasillo y me giro para ver a Odessa apresurándose detrás de mí. Me paso una mano por el cabello.

—¿Qué?

—¿Te das cuenta de que mañana es su cumpleaños?

—¿Y?

—Pues que deberíamos hacer algo. Ella mencionó la posibilidad de celebrarlo en el baile, pero no estoy tan segura de que sea buena idea, porque entonces Thorne podría empezar a preguntarse por su edad.

Gimo para mis adentros. No es un mal punto y odio estar de acuerdo.

—¿Qué sugieres?

Los ojos color violeta de Odessa brillan con satisfacción y sé que cree haber ganado.

—La llevaremos a la taberna del pueblo.

Niego con la cabeza.

—Demasiado peligroso. Cualquiera podría reconocerla y, si bebe, podría olvidar…

—Está bien, está bien —me interrumpe—. ¿Y si la llevamos a la Finca Ashwater?

No es la peor idea. De todos modos pensaba ir, pero no he podido porque siempre estoy vigilando a Alix. Si la llevo conmigo…

Saco un reloj de bolsillo del pantalón y lo miro.

—No hay tiempo. Tiene que cenar con Thorne en menos de una hora.

—Mañana, entonces —insiste Odessa—. Es mejor así, porque es su cumpleaños de verdad.

Hago una mueca, seguro de que me arrepentiré de inmediato.

—Está bien.

Odessa da un chillido de emoción y me da un abrazo rápido. No le devuelvo el gesto.

—¡Gracias! Te prometo que todo será perfecto.

Lo dudo, pero ya es demasiado tarde. Parece que Alix tendrá una fiesta de cumpleaños y yo otra maldita oportunidad de fingir que no me estoy obsesionando con ella.

—¿Qué hiciste hoy? —pregunta Alix.

Thorne la mira desde el otro lado de la mesa.

—Nada que pudieras entender —responde con desdén.

—Inténtalo.

Él deja el tenedor y le sonríe. Bueno, al menos se le curvan las comisuras de la boca, pero es más una mueca burlona que una sonrisa.

Contengo el impulso de estrellar el cráneo contra la pared detrás de mí.

Estas cenas ya serían lo bastante aburridas si me permitieran participar en ellas, pero quedarme de pie contra la pared, observando cómo transcurren, es casi una tortura.

Lo cual, por supuesto, es exactamente la razón por la que Thorne me obliga a hacerlo.

Había sospechado de lo fácil que aceptó mi regreso.

Claro, había prometido hacerlo y yo esperaba que cumpliera, pero pensé que tendría que esforzarme más para lograrlo.

A Thorne le gusta recordarles a todos que él es quien tiene el poder, especialmente a mí.

Fue diabólico, en realidad. Me devolvió el cargo y la autoridad, pero enseguida me ordenó vigilar a Alix para impedir que hiciera uso de nada de ello.

El único error que cometió es creer que odio custodiar a Alix.

Lo cual… en cierto modo, es cierto. No del todo.

«Maldita sea».

—He estado preparándome para la celebración de la luna rosa —le dice Thorne a Alix.

—¿Eso implica mucho trabajo?

—No debería, pero la incompetencia de la corte no deja de sorprenderme.

—¿Qué es exactamente la luna rosa? —pregunta ella.

—Es un evento lunar que ocurre cada doce años. El sol queda bloqueado durante veinticuatro horas completas y una oscuridad total cae sobre la tierra.

—Eso debe de ser conveniente, con todo… —Se encoge de hombros con torpeza, claramente insegura de si él se ofenderá porque acaba de mencionar la maldición.

Él asiente.

—Exactamente. Ha habido muchas lunas rosas en el último siglo, pero solo una coincide con el último día de la maldición.

Ella se inclina hacia adelante, intrigada.

—¿Eso significa algo?

—Eso es lo que he estado intentando averiguar. Con una sola oportunidad para terminar con mi sufrimiento, quiero asegurarme de que todo salga bien.

Ella pone cara de preocupación. Cierro la mano en un puño, la abro y repito el gesto.

Thorne está siendo amable con Alix… o al menos tan amable como lo he visto jamás.

Parece que quiere que ella —o mejor dicho, Isabelle— lo vea como alguien más bondadoso y amable de lo que es.

Eso podría ser algo bueno, salvo que yo sé perfectamente que no es así.

Él no ha cambiado; solo ha mejorado su actuación.

No es que deba importarme. Demonios, si Alix se deja engañar, entonces mejor para todos, ¿no? Debería desear con todas mis fuerzas que se enamore de él y rompa la maldición.

Cierro el puño otra vez y esta vez no lo suelto.

—Yo también he querido preguntarte algo —dice Thorne.

Alix traga un sorbo de vino.

—¿Sí?

—¿Por qué has dejado de leer?

«Mierda».

Alix se congela y mira, casi sin darse cuenta, hacia mí. Sus ojos se cruzan con los míos y estoy seguro de que Thorne lo nota por la forma en que se le tensa el cuerpo.

—¿Dejado de leer? —dice Alix, a la espera de que él elabore su pregunta.

—Sí. Antes traías libros a la mesa todas las noches, pero no lo has hecho desde que regresaste. ¿Por qué?

—Oh, bueno, supongo que simplemente no me han dado ganas…