Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Me incorporo, alarmada.

—¿Morir? Pensé que no iban a morir, solo a quedar malditos.

—Es prácticamente lo mismo. Lo que quiero decir es que ya viste cómo estaban todos durante el día —agita una mano frente a su cara—. Las luces están encendidas, pero no hay nadie en casa. ¿Sabes?

—La verdad, Daemon no me pareció tan diferente. Pensé que tal vez estaba borracho, pero no que fuera otra persona.

Odessa niega con la cabeza.

—Eso solo significa que tuviste suerte… o quizá que su instinto visceral está, de algún modo, de tu lado. Créeme, no quieres ver cómo se ve alguien cuando su deseo instintivo es la violencia.

Me estremezco. Sí, no quiero ver eso. No tengo un referente claro de cómo se debe de sentir estar maldito, pero no dejo de pensar en aquella vieja nota periodística sobre el tipo que le arrancó la cara a alguien mientras estaba drogado con sales de baño. Supongo que debe de ser algo así.

Apoyo la barbilla en la mano y suspiro.

—¿Sabes? A veces no tengo idea de qué estoy haciendo aquí.

—Nos estás manteniendo a todos fuera de prisión.

—Sí, eso lo sé. No es a eso a lo que me refiero.

Me refiero a qué está haciendo Isabelle aquí.

Todos los que me han dirigido dos palabras no parecen muy convencidos de que vaya a romper la maldición, y no los culpo.

Incluso si de verdad fuera Nana, el rey Thorne no ha mostrado el menor interés en mí.

Ninguno. De hecho, empiezo a preguntarme si hay algo malo conmigo.

—No hay nada malo contigo —dice de inmediato—. Eres hermosa.

Bajo la mirada.

—No me refería a eso, pero gracias, supongo. Quiero decir que me da miedo que él lo sepa. Y si lo sabe, ¿por qué nos está dando largas?

Se examina las uñas durante un largo segundo, luego muerde la punta del dedo índice y vuelve a mirarlas. Finalmente, se encoge de hombros y me mira.

—Sí… entiendo lo que dices, pero no tengo idea de qué hacer al respecto. En realidad, no hay nada que puedas hacer. Tal vez Daemon…

—Casi no he visto a Daemon en días. No creo que quiera hablar conmigo después de lo que pasó la otra noche.

Odessa se burla.

—Es tan temperamental. Ya se le pasará, ya verás.

—Ni siquiera debería estar preocupada por eso. —Siento un leve calor subir a mis mejillas—. De lo que de verdad debería preocuparme es de que el rey apenas me dirige la palabra. Incluso durante la cena, simplemente no parece interesado.

—Tal vez el rey por fin muestre algo de interés en el baile. Te vas a ver espectacular. Ya te escogí un vestido.

En lugar de tranquilizarme, eso solo incrementa mi ansiedad.

—¿Debería preocuparme por el baile?

—¿Por qué?

—No sé… es un baile. ¿Ansiedad social?

—No tienes por qué estar ansiosa. A nadie le va a importar más que cómo luces.

—Ah, perfecto, entonces —digo con sarcasmo—. Definitivamente me ayuda con la ansiedad saber que todos van a estar mirándome de verdad y que no es solo cosa mía.

—No tienes nada de qué preocuparte. Podrías ponerte un costal viejo y aun así serías lo más interesante de la sala.

Aprieto los labios.

—Hoy estás desatada con los halagos, pero no hace falta que mientas.

Ladea la cabeza.

—No miento. Mira, piénsalo así: los humanos encuentran excepcionalmente atractivas a las criaturas fae, pero eso funciona en ambos sentidos. Una reina humana sería la mujer más hermosa de todo Ellender, y así es exactamente como te vas a ver en el baile.

Me quedo boquiabierta.

—¿En serio? No lo sabía.

Asiente y mira de reojo a Fox.

—Respáldame. Dile cómo todos ustedes se comportan como vírgenes en un burdel en cuanto ven a una humana.

Las cejas de Fox se alzan y se limita a mirarla fijamente antes de asentir una sola vez, con sequedad.

—¿Ves? —exclama Odessa, entusiasmada—. Es totalmente real. A las sirenas también les gustan los humanos, pero no tanto como a las criaturas fae. Creo que es porque ustedes se ahogan mucho más rápido.

Palidezco. Bien, dejando de lado ese comentario extremadamente perturbador, ¿podría ser cierto lo que dice? Sin duda explicaría muchas cosas. ¿Eso significa que Daemon no estaba simplemente aburrido cuando nos conocimos en el bar?

—Supongo que eso me hace sentir un poco mejor —digo—. Menos mal, porque no quería pasar mi cumpleaños sintiéndome insegura.

Me mira con brusquedad.

—¿Tu cumpleaños?

—Sí, ¿no lo mencioné? Aquí es un poco difícil llevar la cuenta del tiempo, pero creo que mañana cumplo treinta. Pensaba usar el baile para celebrarlo en mi cabeza, ya que es al día siguiente y todo eso.

—¡Definitivamente no me lo dijiste! —Sus ojos se abren y se pone de pie de un salto—. Tengo que avisar a la cocina. Seguro querrán hacerte un pastel para mañana y quizá otro para el baile. Oh, dioses, tengo tanto que hacer…

—No es necesario —digo de inmediato.

—¡Claro que sí! —insiste Odessa—. En Ellender vivimos tanto que en realidad no se te considera adulta hasta los treinta. Es un día importante.

Abro la boca para protestar de nuevo. Lo socialmente aceptable sería insistir en que no necesito ni quiero nada, salvo que…

en realidad sí lo quiero. Antes de llegar aquí, deseaba de verdad que al menos una persona hiciera un gran alboroto por mi cumpleaños, y luego me sentía culpable incluso por pensarlo.

¿Por qué no darme ese gusto, aunque sea un poco?

—¡Vuelvo enseguida! —exclama Odessa, dejándome sola con Fox.

DAEMON

—¡Felicidades, imbécil! ¡Lo arruinaste todo!

Me detengo, bajo las cartas y miro hacia la puerta.

—Hola para ti también.

Odessa irrumpe en la sala sin dedicarme apenas una mirada, rodea la mesa y se deja caer en el único asiento libre, entre Jett y Kastian. Apoya los codos sobre la madera y su largo cabello cobrizo cae como una cortina sobre el montón de cartas esparcidas. Suelta un suspiro exasperado.

—Lo arruinaste todo.

—No sé de qué carajos estás hablando —me quejo, mientras vuelvo a levantar las cartas.

—Alix. ¿De quién más estaría hablando? Está miserable y casi dejamos pasar su cumpleaños. Tú pasas todo el día con ella, ¿cómo no me lo dijiste?

Arrugo la frente e intento ignorarla mientras dejo caer las cartas sobre la mesa.

—Me retiro.

Estoy sentado en los barracones con los chicos, jugando póquer, como hacíamos todas las noches en Dyaspora.

Han pasado semanas desde la última vez que pudimos hacerlo, o siquiera hablar con libertad, ya que siempre estoy custodiando a Alix o lidiando con soldados que, de algún modo, siguen siendo leales a Thorne.

Me alegraba tener un momento para relajarme, pero no estoy relajado en absoluto porque no dejo de perder.

Jett suelta una carcajada y estira la mano para arrastrar hacia sí el montón de monedas del centro de la mesa.

—Otra ronda, otro puñado del oro de Ashwater en mi bolsa. —Se inclina sobre Odessa, fingiendo susurrarle a Kas—. Creo que le gusta perder. Esa es la única explicación.

—Vete al carajo —refunfuño, sin mucha convicción.

—Daemon, ¿me estás escuchando? —insiste Odessa.

Le lanzo otra mirada.

—No mucho.

Kastian empieza a repartir otra mano y Odessa resopla, molesta, incluso mientras le hace un gesto para que la incluya.

—Deberías preocuparte. Alix se está marchitando. Así no va a llegar al fin de mes. Me sorprende que no haya intentado ya encontrar el camino a casa.

—¿Te dijo algo? —pregunto, obligándome a mantenerme distante.

—No, pero lo noto. Está aburrida y sola.

Miro mi nueva mano —un par de dieces— y lanzo dos monedas al centro antes de responder:

—Entonces ve tú a pasar el rato con ella.

—¡Lo he estado haciendo, pero no basta! —se queja.

Cierro los ojos. Odessa es la hermana que nunca necesité ni quise, y ahora mismo no logro recordar por qué me importa en lo más mínimo.

—¿Qué esperas que haga? Le mostré dónde está el comedor, la llevé a la ciudad para conseguirle algo con qué entretenerse. ¿Qué más quieres? No voy a animarla a socializar. Cuanto menos tiempo pase con cualquiera que haya conocido a la verdadera Isabelle, mejor.

—Pero puede estar con nosotros. Podrías estar jugando cartas en su habitación en lugar de esconderte aquí.

«Sí, no. Eso no va a pasar».

La única manera de evitar arruinarlo todo es mantenerme lo más lejos posible de Alix.

Desde el incidente del otro día en su habitación, he intentado tomar distancia.

O, al menos, más distancia de la que tuve durante la semana pasada, cuando pasé cada segundo, día y noche, a apenas unos pasos de ella.

Estoy convencido de que es la cercanía constante lo que me impide dejar de pensar en ella. Solo necesito algo de tiempo lejos para ordenar mis malditas ideas.

Durante los últimos días he tragado mis celos inexplicables y he permitido que mis amigos se turnen para custodiar a Alix.

Y cuando tengo que estar cerca, procuro no hablar demasiado.

No quiero saber nada más sobre ella, porque cada cosa nueva que descubro resulta fascinante y me dificulta verla como Isabelle.

Nada ha funcionado todavía, pero lo hará. Estoy seguro.

Lanzo dos monedas más al centro de la mesa y subo la apuesta.

—Alix está bien. Ya casi han pasado dos semanas y nadie sospecha nada. Thorne cena con ella todas las noches y todavía no tiene idea de que no es Isabelle. Solo quedan dos semanas.

Los ojos de Odessa se abren.

—Sí, dos semanas para que todos queden malditos para siempre. Suena perfecto.

—Ajá.

La verdad es que no puedo pensar en la maldición, porque cada vez que lo hago empiezan a formarse nuevos planes en mi cabeza.

Si regresara de manera permanente al reino humano, no quedaría maldito. Claro que no volvería a ver a mis amigos ni a mi familia, y dejaría al reino encaminado a su propia destrucción, pero eso ocurriría de cualquier modo. Y si Alix va a regresar al reino humano… quizá no sería tan terrible.

Sacudo la cabeza con brusquedad. Este es el tipo de pensamientos que no puedo permitirme.

Todavía existe la posibilidad de que Thorne llegue a amar a Alix; incluso si cree que es Isabelle, quizá eso no importe. Tal vez, de algún modo, todo termine saliendo bien.

«Para todos excepto para mí».