Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 14 #2
43%

Capítulo 14 #2

—No entiendo ni la mitad de lo que dices, Duraznito.

Sonrío.

—Lo mismo digo.

«Y, de forma extraña, no siento que sea difícil comunicarnos. Si acaso, es demasiado fácil».

—Pensé que iba a nevar —digo de pronto, mirando el cielo otra vez.

Daemon se encoge de hombros y también alza la vista, siguiendo mi mirada.

—Supongo que no. Thorne no podrá viajar de día. Eso probablemente significa que estará fuera una noche más… Qué lástima.

Veo de reojo a Daemon y lo encuentro sonriendo ampliamente.

—¿Por qué lo odias tanto?

Pone cara de ofendido.

—¿Lo has conocido?

—Sí… y justo por eso. No es exactamente mi persona favorita en el mundo, pero tampoco parece un monstruo.

Su sonrisa se desvanece.

—No lo entiendes.

—¡Obviamente! —casi me río—. Entonces explícamelo.

—No. Ahora no. Ya casi llegamos al final, mira.

Señala hacia adelante, donde en efecto solo quedan una docena de escalones. Más allá de las escaleras, el pueblo está tan concurrido como la noche en que llegamos, con peatones, comerciantes e incluso algunos soldados abarrotando las calles.

Daemon me toma del codo con firmeza y me jala hacia él cuando nos mezclamos con la multitud bulliciosa.

—Quédate cerca de mí. No quiero que te pierdas.

Hago cara de fastidio.

—Sí, papi.

Sus ojos brillan con algo parecido al interés y aprieta mi brazo con más fuerza.

—Di eso otra vez.

Me sonrojo y tropiezo con mis propias palabras.

—S-solo quise decir que no soy una niñita. No necesito tomarte de la mano en la multitud y puedo caminar perfectamente bien sola.

—Cierto. Muy bien. —Suelta mi brazo, pero se inclina para susurrarme al oído—. Pero ten cuidado con cómo me llamas, Duraznito. La próxima vez que digas algo así, lo tomaré como una invitación para darte una nalgada.

«Um, ¿sí, por favor? Adelante, por mí encantada. No tendría ninguna objeción a lo que Daemon quisiera hacerle a mis nalgas».

Pero, por supuesto, no digo eso. Porque estamos en plena calle y, al parecer, el lado lógico de mi cerebro me odia.

Daemon retrocede como si nada hubiera pasado y avanza con paso decidido en dirección a las tiendas.

Ya no intenta tocarme y, mientras me apresuro para seguirle el paso, una parte de mí desearía no haber dicho nada.

Lo cual es absurdo porque, como acabo de decir, soy una adulta hecha y derecha.

No tendría por qué sentir mariposas en el estómago por tomarnos de la mano. «Por el amor de Dios».

A diferencia de la primera vez que caminamos por la ciudad, no estoy temblando de ansiedad y ahora sí tengo tiempo para detenerme y mirar alrededor.

En serio parece la aldea de duendes de Santa Claus, con decenas de edificios de ladrillo gris, techos de paja y chimeneas humeantes y alegres.

Frente a cada casa hay un farol de aceite parpadeante y aún más faroles iluminan las aceras para repeler la opresiva oscuridad invernal.

Mientras avanzamos, varias personas saludan a Daemon a gritos. En especial, los otros soldados parecen ansiosos por saludarlo.

—Es como caminar por la alfombra roja con una celebridad —murmuro entre dientes.

Daemon me mira.

—¿Qué?

—Todos te conocen. Pensé que habías estado ausente durante décadas.

Como si fuera una señal, levanta la mano para saludar a unos comerciantes sonrientes antes de volver a enfocarse en mí.

—Sí he estado fuera, pero no es como si la población hubiera cambiado mucho desde entonces.

Quiero preguntar sobre eso. ¿El pueblo entero sigue exactamente igual que hace noventa años?

Y aunque así fuera, ¿por qué demonios es tan popular?

Pero no tengo oportunidad, porque en ese momento Daemon se detiene frente a una casa de piedra en la esquina, con una puerta principal verde brillante, y se hace a un lado para que yo entre primero.

Abro la boca para preguntar dónde estamos, pero la cierro de nuevo cuando mis ojos se abren de par en par y la respuesta se revela sola.

—Dios mío. ¿Es una tienda de manualidades mágicas?

—Tienes que dejar de asumir que todo es mágico —dice, sin verdadera dureza en el tono—. Es una tienda de manualidades normal.

Extiendo la mano y tomo un ovillo de estambre de la mesa de exhibición a mi derecha. El estambre cambia de color sin parar y, mientras lo sostengo, las fibras pasan de azul a morado y luego a rosa ante mis ojos.

—¿Cómo llamas a esto, si no magia?

Daemon aprieta los labios y solo sacude la cabeza. Sonrío. Supongo que gané esta ronda.

—¡Buenas noches! —llama una anciana desde el fondo del local—. Avísenme si necesitan ayuda con algo.

—Gracias —responde Daemon, levantando la mano para saludar a la dueña.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto emocionada, todavía mirando todo a mi alrededor.

Me siento como una niña entrando a la fábrica de chocolate de Wonka.

—Dijiste que estabas aburrida —dice Daemon, con tono plano, casi avergonzado—. ¿Hay algo que quieras hacer aquí? ¿Pintas o algo así?

—Eh, no pinto, pero definitivamente me interesa el gancho mágico arcoíris. Aunque no tengo dinero.

Pone cara de fastidio.

—Solo elige lo que quieras.

Le dedico una sonrisa radiante. Si cree que voy a discutir por cortesía, está loco. Estoy a punto de tener un momento muy Veruca Salt: «Papi, cómprame toda la tienda de manualidades mágicas».

Quince minutos después, salimos de la tienda con varias bolsas de estambre que cambia de color y distintas agujas de gancho y de tejer.

—Voy a hacer una bufanda primero, solo para recordar cómo se hace. Hace años que no tejo.

Daemon mira la bolsa de papel en su mano.

—Podrías hacer veinte bufandas con todo esto.

—Tal vez lo haga. Haré una para todos. No es como si tuviera mucho más que hacer.

Aprieta los labios, como si luchara contra una sonrisa.

—Si hubiera sabido que eras tan fácil de complacer, lo habría hecho desde hace días. Le habría ahorrado un dolor de cabeza a todo el mundo.

Lo miro con enojo, pero no logro reunir la energía para estar realmente enojada. No cuando estoy de tan buen humor por primera vez en mucho tiempo.

—Lo digo en serio: estoy muy emocionada, gracias.

—De nada.

—Lo único que me haría más feliz es que hubiera una tienda de música cerca. Si pudieras conseguirme un violín nuevo, no solo dejaría que me dieras una nalgada, me casaría contigo en un instante.

Él se pone rígido y yo titubeo, consciente de lo que acaba de salir de mi boca.

«Dios. ¿Qué me pasa? Yo no digo esas cosas y mucho menos en voz alta»

«Mátenme».

«En serio, por favor, que caiga un meteorito del cielo y me aplaste aquí mismo, porque no puedo manejar el nivel de vergüenza que siento ahora».

Daemon se detiene a mitad de la calle y se voltea hacia mí, ignorando por completo que hay docenas de personas alrededor.

Me mira de arriba abajo con esa mirada demasiado intensa que parece ver más de lo que tiene enfrente, desnudándome y quemándome por dentro.

Su puño se tensa alrededor del asa de la bolsa de compras.

No tengo idea de lo que está pensando, pero nunca he querido saber algo con tanta desesperación en mi vida.

—No hay ninguna tienda de música —dice Daemon, con tono llano.

Me muerdo el labio.

—Qué mal.

Mi mente se acelera, buscando algo —lo que sea— que recupere la ligereza de hace unos segundos.

Por un instante, Daemon había sido normal.

Agradable. Como cuando lo conocí en Ted’s.

Y yo, por mi parte, estaba casi… feliz. No solo porque me dieron regalos —aunque eso no hacía daño—, sino porque, por un momento fugaz, olvidé todas las cosas aterradoras y francamente horribles que me pasaron esta semana.

Olvidé fingir ser Nana o Rose. Solo me estaba divirtiendo. Pero luego tuve que arruinarlo.

Estoy considerando seriamente lanzarme al lago más cercano cuando, de algún modo, el ambiente empeora.

—Ashwater —llama una voz burlona desde algún lugar detrás de mí—. ¿Qué haces con la señorita Isabelle?

Daemon se tensa otra vez; su mano vuela a la empuñadura de la espada en su cinturón. Me doy vuelta, muy nerviosa.

Foulo se abre paso entre la gente hasta llegar a nosotros, reconocible al instante por su casaca militar roja y sus músculos abultados.

Miro nerviosa de uno a otro. No sé si es la primera vez que se ven desde lo que pasó en la sala del trono, pero no quiero que empiece una pelea en plena calle. Una vez fue un poco excitante; otra ya no, gracias.

Para mi alivio, la postura de Daemon se relaja y, al fin, reacciona con voz tranquila.

—Foulo. Pensé que habías ido con el rey.

Su expresión se agria.

—Y yo supuse que tú viajarías con él. Al fin y al cabo, eres el capitán ahora.

Daemon me señala con la cabeza.

—Tengo otras prioridades.

Foulo vuelve la mirada hacia mí y su mueca de desdén permanece firme.

—¿De compras, mi señora?

Asiento.

—¿Es un crimen o qué?

Niega con la cabeza.

—Solo recuerdo que usted valoraba la frugalidad.

Me encojo de hombros.

—La gente puede cambiar en sesenta años.

Aprieta los labios.

—Clarísimo.

Un escalofrío me recorre la espalda. No me gusta cómo me mira. La amabilidad ansiosa del otro día ha desaparecido; ahora solo parece desconfiado. Tal vez que le dieran una paliza frente a toda la corte lo volvió contra mí, además de contra Daemon. Qué pena.

—Bueno, si eso es todo —dice Daemon con tono cortante.

Extiende la mano y me agarra del codo.

Los ojos de Foulo bajan de inmediato a los dedos de Daemon en mi brazo y su frente se arruga más.

Tengo la sensación de que Daemon lo hace a propósito para fastidiarlo, y yo apoyo totalmente esa clase de mezquindad no violenta.

Sonrío con dulzura y dejo que Daemon me haga dar media vuelta para emprender el camino de regreso hacia las escaleras del castillo.

—En realidad, no era todo lo que tenía que decir —dice Foulo, detrás de nosotros.

Daemon mira por encima del hombro.

—¿Qué?

—Me acaban de informar que hay una manada de lobos merodeando demasiado cerca de los límites de la ciudad. Alguien tiene que salir a encargarse de ellos antes de que se vuelvan lo bastante audaces como para empezar a atacar a la gente.