Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

DAEMON

—No necesitas asistir a la cena con Thorne esta noche.

Alix alza la vista de su desayuno y ladea la cabeza, arrugando la frente.

—¿Por qué?

—Va a salir del palacio por unos días. Parece que va a nevar, así que seguramente aprovechará para viajar durante el día.

—Oh. —Se encoge de hombros—. Está bien, como sea.

Alix y yo estamos sentados en uno de los salones que hay entre un comedor y una sala de estar. La observo mientras desayuna y trato de no fijarme demasiado en su boca cada vez que se limpia con la lengua el jugo de fresa que le queda en su carnoso labio inferior.

Han pasado dos noches desde la discusión en el pasillo y ambos fingimos que nunca ocurrió. Sigo sin tener idea de cómo se calentaron tanto las cosas. Apenas recuerdo lo que se dijo, pero sí recuerdo que Alix se quejó de que está aburrida.

Sé que no debería sentirme culpable. No necesito entretenerla; necesito mantenerla con vida. Aun así, no puedo evitar buscar cosas que hacer con ella y justificar por qué Alix debería tener permitido convivir con la corte, al menos en un entorno controlado.

Así terminé trayéndola al salón para desayunar. Muchos cortesanos comen aquí, y estamos atrayendo miradas desde otras mesas mientras Alix come. Ya empiezo a dudar si fue un error.

—Entonces, ¿a dónde va el rey? —pregunta Alix, tras dar un sorbo a su café.

—Buena pregunta. No lo sé.

—¿En serio? ¿No deberías saberlo siendo el capitán de su guardia?

Me encojo de hombros. Probablemente tiene razón, pero no puedo fingir que realmente me importe a dónde va Thorne ni por qué. No consigo concentrarme en nada últimamente; tengo la cabeza demasiado llena de Alix.

El otro día dijo algo sobre que solo le importan los hombres que no piensan en nadie más que en ella.

No creo que sepa lo que está pidiendo.

No entiendo lo que me pasa ni cómo empezó. Solo puedo suponer que es un problema de cercanía: me obligan a pasar todo mi tiempo vigilando a Alix y, por lo tanto, no puedo enfocarme en otra cosa.

Excepto que eso no explica la furia irracional que me invadió cuando Foulo la agarró, ni por qué estoy celoso de mis propios amigos cuando son ellos quienes la vigilan, aunque fui yo quien pidió su ayuda.

No explica el terror absoluto que sentí cuando no pude encontrarla el otro día, ni cómo no dejo de obsesionarme con el recuerdo de enterrarme en su apretado y pequeño…

—¡Buenos días, señorita Isabelle!

Alix deja caer su tenedor contra el plato con un fuerte estrépito, y yo doy un brinco, poniéndome alerta de inmediato.

—¡Maldita sea!

Alix apenas me dedica una mirada antes de voltear hacia la mujer que atraviesa el salón corriendo hacia nuestra mesa.

Claudette avanza con rapidez, levantándose el vestido verde menta para que no arrastre.

Detrás de ella, veo a sus hermanas esperando cerca de la puerta.

Les asiento levemente antes de volver a mirar a Alix.

—Buenos días —dice Alix con rigidez.

Claudette se detiene junto a la mesa y hace algo parecido a una media reverencia antes de enderezarse.

—Me alegra verla esta mañana. Quería disculparme por el otro día.

La expresión de Alix permanece neutra.

—¿Por qué?

—Debí haberla saludado de inmediato y presentarme, por supuesto. —Claudette sonríe y siento que me mira de reojo—. Es solo que me emocioné; han pasado años desde que nos vimos.

El silencio se prolonga. Sé que esta es mi señal para decir algo, pero no quiero. No me importa ser educado con Claudette y no pienso hacer algo que provoque otra discusión con Alix, especialmente aquí, con tantas miradas encima.

—Está bien —dice Alix, llenando el silencio—. Estabas ocupada.

Otra vez esa palabra. Ocupada .

—¿Ya terminaron su desayuno? —pregunta Claudette, girando un poco el cuerpo para dejar claro que se dirige a ambos—. Mis hermanas y yo vamos a sentarnos. Nos encantaría que nos acompañaran.

—No podemos —digo con brusquedad.

—¿Oh? —Claudette hace una mueca—. ¿Por qué no?

—Sí —dice Alix con suspicacia—. ¿Por qué no? No es como si tuviera otra cosa que hacer más que sentarme sola en mi habitación.

—¡Oh, eso es terrible! —exclama Claudette, melodramática—. Debería socializar con la corte. Mire, permítame…

—¡No! —casi grito y toda la conversación en el salón se detiene.

«Carajo».

—¿Todo bien, barón Ashwater ? —dice Alix, con los ojos muy abiertos en fingida inocencia.

Rechino los dientes. No, no está bien y ni siquiera sé por qué. No tengo idea de qué diablos me pasa, excepto que la mujer sentada frente a mí me está drenando los últimos restos de cordura que no perdí en Dyaspora.

Me giro hacia Claudette.

—La señorita Isabelle tiene cosas que atender esta mañana. Eh… preparativos de boda…

—Oh, de acuerdo —dice Claudette, luciendo herida—. Bueno, si cambian de opinión, estaremos junto a la ventana.

No reacciono cuando se da vuelta y se aleja para reunirse con sus hermanas. Alix espera apenas dos segundos, lo suficiente para que Claudette no la oiga, antes de inclinarse hacia mí sobre la mesa.

—¿Por qué no quieres hablar con ella?

—Porque estoy hablando contigo.

Hace cara de fastidio.

—¿Y qué pasó ayer? Tenías mucho que decir entonces.

—No, no lo hice. Pasé dos minutos siendo educado con alguien a quien no veía desde hace años y tú ya te habías ido. Me pasé casi una hora recorriendo todo el maldito castillo porque decidiste irte hecha una furia sin decirme a dónde ibas.

Las mejillas de Alix se sonrojan ligeramente.

—Oh.

Mi frente se arruga más. Sí, oh .

No soy completamente idiota. Es evidente que Alix cree que la ignoré el otro día por culpa de Claudette, pero además de estar equivocada, me cuesta creer que en verdad esté celosa.

En realidad, para nada es eso .

Puedo imaginar muy bien cómo podría sentirse porque yo nunca había estado celoso en toda mi maldita vida hasta esta semana.

De pronto quiero arrancarme el cabello cada vez que tengo que verla cenar con Thorne o sonreírle a uno de mis amigos, y eso es muchísimo más absurdo que el hecho de que a ella le fastidie Claudette.

Excepto que no puedo permitirme pensar en eso.

Porque si Alix también está celosa, entonces no estoy solo en esto. Y si empiezo a pensarlo, recordaré cómo me miró en el pasillo la otra noche, o cómo pude oler su excitación en aquella posada… y ese es, maldita sea, un camino muy peligroso.

No puedo tocar a Alix; ni siquiera puedo mirarla.

Aunque quiera.

Aunque ella quiera.

—Creo que quiere que la sigas —murmura Alix entre dientes.

Alzo la mirada.

—¿Qué? ¿Quién?

Ella sacude la cabeza hacia la izquierda y sigo el movimiento. A lo lejos, del lado izquierdo del salón, Claudette se detiene en el umbral. Avanza con una lentitud tan ridícula que probablemente tardará unos diez minutos en recorrer cinco metros.

Suelto una risa entre dientes y vuelvo la vista a la mesa. Carajo, todo esto es tan retorcido. Si alguien se está obsesionando con Claudette, no soy yo; es Alix.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué? —insisto.

—Es evidente que quiere que la sigas y le digas que lamentas no poder pasar tiempo con ella esta mañana.

—¿Y?

—Y… ¿vas a hacerlo?

—No. ¿Por qué habría de hacerlo? No has terminado de comer.

Ella resopla y toma otro bocado de huevo.

Encuentro la mirada de Alix. Se ve… nerviosa, y de pronto me siento mal por no haber sido más claro con ella. Sigo olvidando que su matrimonio se vino abajo por una infidelidad. Tal vez esto ni siquiera tiene que ver conmigo. Tal vez no está celosa y solo estoy proyectando lo que yo quiero ver.

«No debería estar pensando en esto».

—¿Ya terminaste? —le pregunto, seco—. Tenemos que irnos.

Alix deja sobre el plato su rebanada de pan tostado a medio comer y hace cara de fastidio.

—Oh, qué alegría. No puedo esperar para volver a mi jaula dorada.

Tomo una decisión impulsiva, sin pensarlo mucho.

—No vamos a regresar a tu habitación. Tengo trabajo que hacer esta mañana y vendrás conmigo.

—¿Qué tipo de trabajo?

—¿Importa? Pensé que estabas aburrida.

Ella alza una ceja, sorprendida.

—No sabía que te importaba.

Niego con la cabeza.

—Hay muchas cosas que no pareces entender, Duraznito. Y no sé si debería agradecerles a los malditos dioses por eso o sacudirte hasta que entiendas.

ALIX

En cuanto termino de comer, Daemon me saca del salón y bajamos un tramo aparentemente interminable de escaleras.

—Entonces, ¿qué trabajo tienes que hacer? —pregunto.

—Ninguno —refunfuña—. Normalmente tendría que volver a los cuarteles y mantener a raya a los soldados, pero mi único trabajo últimamente es vigilarte.

No sé qué responder a eso.

—Vamos a la ciudad —dice Daemon tras unos momentos.

—¿Por qué?

Me mira de reojo, con una expresión entre aburrida y altanera.

—Ya verás, Duraznito.

Tiemblo un poco al oír el apodo que detesto.

«Bueno… medio detesto».

«Está bien, no lo detesto en absoluto».

—No me gustan las sorpresas —le advierto.

—No es una sorpresa, solo estoy inventando todo sobre la marcha —dice con total seriedad.

Pongo cara de confusión. No estoy segura de si es verdad, porque Daemon parece muy seguro de sí mismo mientras me guía por el vestíbulo y hacia afuera, hasta lo alto de la larga escalinata de piedra que no veía desde que llegamos.

Aunque, claro, él siempre parece seguro de sí mismo. «Debe ser muy agradable».

Afuera, el viento es amargamente frío, pero al menos no está nevando. Las luces centelleantes de la ciudad son hermosas y, al alzar la vista, me sorprendo al ver miles de estrellas brillando.

Señalo hacia el cielo mientras comenzamos a bajar la larga escalinata.

—Me pregunto si son las mismas estrellas que hay en la Tierra o si son distintas.

Daemon inclina la cabeza hacia atrás y se aparta el cabello de los ojos para ver mejor lo que señalo. Tras un segundo, suelta un suspiro áspero.

—Nunca lo había pensado.

—Quizá son las mismas, pero en otra línea temporal.

—¿Qué?

—Ya sabes, como en la teoría de cuerdas. ¿Y si todos los mundos están uno junto al otro? O a lo mejor este está dentro del otro. Ooh, si camino a través de un librero, ¿crees que veré a Matthew McConaughey?

Daemon ya está riéndose a carcajadas.