Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Hago una mueca, recordando al enorme lobo del bosque del Palacio de Verano. ¿Una manada entera de esas cosas en una ciudad abarrotada? Sí, eso suena a que pronto se convertirá en «Abuelita, qué dientes tan grandes tienes».

—Entonces —dice Daemon—, ¿tú vas a encargarte?

—¿No deberías ir tú, comandante? —responde Foulo, con tono ácido.

Sin querer, los dedos de Daemon se cierran con más fuerza en mi brazo.

—Estoy ocupado y, de todos modos, cualquier recluta de primer año podría encargarse de unos cuantos lobos.

Foulo se mete las manos en las bolsas y se balancea sobre los talones.

—Como quieras. Obviamente puedes ordenar a cualquiera que vaya, pero si fuera yo, lo haría personalmente. Has estado fuera mucho tiempo, y esos reclutas que acabas de mencionar no confían en ti todavía. Y será peor si creen que no estás dispuesto a ponerte en peligro. Solo un consejo amistoso.

Daemon arruga la frente, pero cuando le encuentro la mirada, sé que lo está considerando.

—Tengo que llevar a Al… Isabelle de vuelta al palacio primero.

—Puedo llevarla yo —propone Foulo.

—¡No! —decimos Daemon y yo al unísono.

Lo miro y me sonrojo un poco.

—Perdón, quise decir que puedo regresar sola. Es un trayecto de diez minutos.

Daemon aprieta la mandíbula.

—No. Te llevo yo y luego iré a encargarme de eso.

—Excelente —dice Foulo, encantado—. Es bueno tenerte de vuelta, comandante.

—Supongo que Foulo tiene razón —digo—. Es decir, sobre los soldados.

Daemon sostiene la puerta del castillo para que yo pase, con la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados de frustración.

—Sí —refunfuña mientras me agacho un poco para pasar bajo su brazo y cruzo el umbral hacia el vestíbulo—. Foulo es un maldito cretino, pero no es mal soldado… por lo general. Y tiene razón en esto. Un comandante no debería mandar a nadie a hacer un trabajo que no esté dispuesto a hacer él mismo.

Me muerdo el labio, pensativa.

—No quiero sonar paranoica, pero creo que tiene un motivo oculto.

—Yo también, Duraznito.

Mis ojos se dirigen a los suyos, intrigada.

—¿Cuál crees que sea?

—Ni idea. Podría ser tan simple como que esperaba que dijera que no, para luego poner a los cuarteles en mi contra.

—Pero todos parecen adorarte. —Me muerdo el labio de nuevo—. ¿De verdad crees que a los soldados les importaría algo tan pequeño?

Se encoge de hombros.

—Honestamente, no estoy seguro de que importe.

Solo quedan dos semanas de tener un ejército y, incluso si no hubiera maldición, dudo que Thorne me deje quedarme en el palacio el tiempo suficiente como para retomar de verdad mi puesto.

Pero sigue siendo lo correcto. Puedo matar a esos lobos en minutos, mientras que los soldados más nuevos podrían salir heridos.

—Muy seguro de ti mismo, ¿no? —pregunto, intentando aligerar el ambiente.

—Sí —responde, sin captar en absoluto mi intento de humor.

—Tu humildad es inspiradora.

—No es arrogancia, es un hecho. La maldición ha drenado mucha magia del reino y el ejército es mucho más débil que antes. Yo ya tenía más magia que los demás desde el inicio, así que continúo siendo el doble de fuerte que cualquiera… excepto quizá Thorne.

Subimos los últimos escalones, atravesamos las puertas principales y cruzamos el vestíbulo. Está vacío y no encontramos a nadie en el camino habitual hacia mi habitación.

—No estaré fuera mucho tiempo —dice Daemon cuando llegamos a mi puerta—. Faltan solo unas horas para el amanecer y tendré que volver antes de eso. Aun así, enviaré a Kastian para que se quede afuera hasta que regrese, pero deberías cerrar la puerta con llave de todos modos.

Tomo las bolsas de estambre y abro la puerta de mi habitación, me quedo un instante en el umbral. Es absurdo, pero casi siento que me deja en casa después de una cita…

Me doy vuelta y levanto la barbilla para encontrar su mirada.

—Bueno, gracias por el primer día no terrible desde que estoy aquí. Aunque haya terminado antes de tiempo.

Me mira con esa expresión intensa que ya he visto un par de veces. Siento que la piel se me calienta bajo el peso de su mirada y un escalofrío me recorre el cuello y los brazos. Mi lengua se asoma para lamer mis labios y sus ojos siguen el movimiento con atención, fijos en mi boca.

Se inclina un poco y su aroma me envuelve.

Mis labios se entreabren.

Cierro los ojos…

Daemon da un paso atrás de golpe y se pasa una mano por el cabello. El hechizo se rompe.

—Cierra la puerta con llave —repite; luego se da media vuelta para alejarse sin decir otra palabra.

Con un suspiro, entro a mi habitación. «Dios mío…».

Sushi está dormido al pie de la cama y, al oír que cierro la puerta, levanta su esponjosa cabeza gris y me lanza una mirada imperiosa con ojos amarillos.

—Bueno, Sushi, creo que estoy jodida —murmuro mientras dejo la bolsa de estambre de colores en el piso, junto a la puerta.

Hace apenas unos días no tenía idea de lo que Daemon pensaba y casi no le creía cuando decía que me protegería. Ahora no tengo la menor duda de que habla en serio.

Mientras él esté cerca, no tengo por qué temer a la maldición, ni a los fae, ni siquiera a tipos repugnantes como Foulo. Daemon no va a dejar que nadie me lastime… físicamente, al menos.

Pero en lo emocional es otra historia.

Estoy casi segura de que ya estoy condenada a salir herida; destruida, incluso. Mis sentimientos van directo al desastre, como nuestro vagón de tren, y esta vez no hay manera de saltar antes del impacto.