Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Perdón, de verdad —balbuceo—. En serio no me di cuenta de que estábamos aquí. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve; supongo que lo olvidé.

Thorne me mira con furia.

—No debes entrar nunca a esta torre. Jamás. Y, ya que estamos, ¿por qué estás sola?

—Lo siento —repito, esperando que deje el tema.

He aprendido, tras años de vivir con mi madre y después con mi esposo, que el camino más rápido hacia la paz es disculparse. Mucho. Aunque no sepas muy bien por qué.

Parece que esta estrategia es universal, porque el rey Thorne se desinfla un poco. Su enojo baja un grado y su labio se curva en un gesto desdeñoso.

—¿Dónde está Ashwater? ¿No se supone que debe mantenerte en donde debes estar?

—Ah… no estoy segura de dónde está, la verdad.

Sus ojos se entrecierran de inmediato y entiendo que dije algo equivocado. Debí haber mentido y decir que Daemon tuvo que atender algo serio. Decir simplemente que no sé dónde está lo empeora.

—Lo que quiero decir es que no sé con precisión —añado rápido—. Tuvo que ir a hacer algo importante, pero no sé exactamente dónde…

«Dios mío. Soy la peor mentirosa del mundo».

—¿Qué era tan importante como para ignorar mis órdenes de protegerte todo el tiempo?

—Eh, no lo sé. Tendría que preguntarle a… —busco desesperada el nombre en el fondo de mi mente— ¡a Frouno!

—¿Foulo?

—Sí, ese. Perdón. Foulo necesitaba la ayuda de Daemon con algo.

Creo que he dicho tantas disculpas en tan poco tiempo que la palabra «perdón» ya perdió todo sentido.

Detesto sentir que tengo que asumir culpas que no son mías, pero al menos funcionó.

Thorne ahora parece menos enojado y más desconcertado.

No sé si eso es mejor, pero cualquier cosa que diga parece empeorarlo, así que me callo.

—¿Te gustaría caminar conmigo hacia la cena? —pregunta Thorne tras un largo segundo.

Parpadeo, sorprendida por su cambio repentino de tono.

—Ah… perdón, ¿qué?

—Que si quieres caminar conmigo hacia la cena.

—Pero no estoy vestida.

Me recorre con la mirada, sin el menor rastro de interés.

—Te ves bien. Ven, vamos ya.

—Oh. Eh… está bien.

El rey Thorne toma mi codo y me guía de vuelta por el pasillo, a través de la puerta que ahora entiendo que era la entrada a su ala privada.

«Lo que sea que eso signifique».

El silencio se alarga sin fin, pero no de la forma agradable en que lo era con Fox. Es incómodo y me hace sentir obligada a llenarlo.

—He estado contenta de estar de vuelta en el castillo —digo.

Thorne asiente.

—Espero que no explores demasiado.

—Eh, no. No mucho.

—Bien.

Intento varios comentarios banales más, ninguno de los cuales parece afectarlo en lo más mínimo. Por la manera en que me recibió en el vestíbulo, pensé que estaría mucho más entusiasmado con estas cenas, pero supongo que un beso le basta para aguantar hasta la boda.

Entramos al comedor y nos sentamos en extremos opuestos de la mesa ridículamente larga.

—¿Sueles tener invitados? —pregunto.

—Sí. Los cortesanos suelen acompañarme en la cena.

Suelto un suspiro de alivio. Al menos me respondió.

—Pueden unirse si quieren. Digo, me gustaría conocer a tus amigos.

«Y me gustaría tener a alguien más que me ayude a llevar la conversación».

—No —dice Thorne, sin matices—. Quiero pasar este tiempo volviendo a conocerte.

—Claro…

Me siento muy aliviada cuando sirven la comida, aunque sea porque me da algo más de qué hablar.

—Esto sabe muy bien —digo, señalando mi plato con el tenedor.

El rey mira su propio plato y asiente una sola vez, sin continuar la conversación.

Suspiro: «Aquí vamos otra vez».

—¿A dónde fuiste hoy? —intento de nuevo.

Pone cara de confusión.

—¿Por qué?

—Por nada. Solo busco algo de qué hablar.

Sus hombros se relajan apenas.

—A cazar.

—¿Lobos? —pregunto con expectación—. Me encontré con uno cuando llegué.

—¿De verdad? Cuéntame eso.

Abro la boca, pero me detengo. Probablemente no puedo contarle nada de eso, porque la pregunta inmediata sería: ¿por qué estaba tan asustada de encontrarme en Ellender? ¿Por qué no tenía ropa? ¿Por qué estaba tan cómoda con mi guardia?

«Carajo».

En ese momento, las puertas se abren de golpe y Daemon irrumpe en la sala, con expresión frenética. El rey y yo alzamos la vista de nuestra cena, en un silencio casi amable. Daemon aspira aire con fuerza, jadeando mientras nos mira a uno y a otro.

—Qué amable de tu parte que por fin recuerdas tu trabajo —dice Thorne.

Su tono es casual, pero percibo un filo helado en su voz.

Daemon se endereza y cruza la estancia en silencio absoluto. Se apoya en la pared, en su lugar habitual, mientras el rey y yo regresamos a la cena.

Pero yo no puedo comer.

Puedo sentir la mirada fría y furiosa de Daemon clavada en mí durante toda la cena. Está hirviendo por dentro y sé que, en cuanto nos despidan para volver a mi habitación, va a descargar toda esa rabia sobre mí.

Curiosamente, casi lo estoy esperando.

Y, efectivamente, en el instante en que Daemon y yo salimos del comedor, se gira hacia mí. Su voz es un susurro peligroso:

—¿Qué diablos, Alix?

—Isabelle —corrijo, mirando alrededor, recordándole que estamos en el vestíbulo público.

—Me importa un carajo cómo te llames. ¿En qué estabas pensando?

Alzo una ceja.

—Pues… estaba pensando que el rey Thorne me pidió que lo acompañara a cenar y habría sido muy raro, y sospechoso, decir que no.

—Lo que dices son tonterías. Te fuiste antes de eso.

—Ups —respondo con sarcasmo—. Olvidé que soy una niña y que no puedo caminar por un maldito pasillo sin mi papá o mi niñero.

Sus ojos centellean. Su pecho sube y baja con cada respiración mientras da un paso más, invadiendo mi último centímetro de espacio personal. Aspira con fuerza, con las fosas nasales dilatadas, y luego se pasa la lengua por los labios, como si probara algo en el aire.

—Pensé que te habías ido —rezonga—. Y luego pensé que quizá Thorne quería cenar contigo a solas porque sabe quién eres. Pudo haber pasado cualquier maldita cosa, Alix.

—Eso es una estupidez.

Lo empujo del brazo y paso junto a él, caminando con paso firme por el pasillo hacia mi habitación. O, al menos, hacia donde creo que está mi habitación.

Daemon corre detrás de mí, con los ojos verde esmeralda clavados solo en mí.

—¿Qué se supone que debía pensar?

—¿Quizá que el rey quería pasar tiempo con Isabelle porque están… estamos… comprometidos?

—Debiste decirme dónde estabas.

—¿Cómo se supone que iba a decirte dónde estaba si tú no estabas ahí?

—Debiste esperarme. Levanté la vista y simplemente ya no estabas.

Me detengo en seco y giro para encararlo de nuevo. Él frena y casi choca conmigo, quedando a unos cuantos centímetros de distancia.

—Estabas ocupado —digo—. No voy a quedarme esperando a ningún hombre. Mi tiempo y mi atención pertenecen a las personas que no piensan en nadie más que en mí.