Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

ALIX

Parpadeo y pasan varios días.

Me acostumbro al horario invertido y termino durmiendo cuando hay luz afuera. La consecuencia es que nunca me topo con la corte maldita, pero también empiezo a sentirme un poco deprimida. Creí que la depresión estacional era dura en Chicago, pero aquí se siente mil veces peor.

Cada vez que quiero salir de mi habitación, Daemon me acompaña.

Por lo general trae a uno de sus amigos, con el pretexto de que siempre debo estar bajo vigilancia.

Cuando trae a Kastian o a Jett, se la pasa hablando con ellos y actúa como si yo no existiera.

Hoy, sin embargo, trajo a Fox, así que el silencio entre nosotros se siente más palpable que nunca.

Camino sin rumbo por el sendero serpenteante que atraviesa el jardín del castillo.

La nieve del otro día sigue cubriendo el suelo y la mayoría de las plantas están dormidas o cubiertas de escarcha.

Las únicas flores que parecen soportar el clima son las rosas, que lucen casi irreales con sus pétalos rojos y rosados espolvoreados de hielo.

Hace un frío como de febrero en Chicago y, aunque estoy envuelta en una capa roja con borde de piel y guantes a juego, extraño mi chamarra North Face y mis botas UGG gastadas.

—¿Los fae no sienten frío? —pregunto, mirando a Fox y a Daemon por encima del hombro.

—Sí lo sentimos —responde Daemon—. ¿Por qué?

—Porque su ropa de invierno no parece muy abrigadora. Me preguntaba si nunca habían tenido razones para fabricar prendas más cálidas.

—Si tienes frío, podemos entrar —reprocha.

—¿Para sentarme a ver la pared hasta la cena? Oh, qué emoción.

Camino unos pasos más por el sendero, pasando la mano por los arbustos y quito la nieve de las hojas.

Me detengo ante una de las rosas que aún florecen y levanto la mano para sacudir el hielo de los pétalos.

Una espina larga atraviesa mi guante y se clava en mi dedo, haciendo que un latigazo de dolor suba por mi brazo.

—¡Ay!

Me quito el guante y me meto el dedo a la boca, chupándome la herida.

Se hace un silencio prolongado en el que Daemon y Fox solo me observan, y casi me caigo de la impresión cuando Fox es quien lo rompe.

—En Thermia siempre es invierno, y nuestra ropa es cálida.

—¿Siempre es invierno? —pregunto, sacándome el dedo de la boca—. ¿Quieres decir que es solo un clima frío o…?

—Siempre es invierno —repite—. Las estaciones ya no cambian.

Bueno… distinción rara, pero puedo seguirle el paso. Al menos estamos hablando de algo.

—¿Solían cambiar? —pregunto.

Fox parece incómodo, no por la pregunta, sospecho, sino porque simplemente no le gusta hablar.

—Sí.

—¿Ellos también están malditos? —pregunto, dirigiéndome más a Daemon que a Fox, que parece aliviado de no tener que seguir hablando conmigo.

Daemon niega con la cabeza.

—No exactamente, pero Vernallis no es el único reino con problemas, Duraznito.

—Supongo que no vas a explicarlo.

Se encoge de hombros.

—No sé mucho del tema. Puedes molestar a Fox si quieres, pero buena suerte con eso.

Mis ojos se dirigen al enorme hombre rubio y niego con la cabeza.

—Olvídalo. Mejor vayamos adentro.

Me escoltan de regreso a mi habitación.

—¿Me podrías dar ese ejemplar de Un reino de espinas ? —le pregunto a Daemon.

—Lo dejé en el Palacio de Verano. No creí que valiera la pena arriesgarme a que alguien aquí lo viera.

—Ah.

—¿Por qué? ¿No lo habías leído ya?

—Docenas de veces, pero estoy tan aburrida que leer la parte trasera de un frasco de champú me parecería emocionante.

Daemon parece un poco culpable; desvía la mirada en vez de verme directamente.

—Si quieres leer, aquí hay cientos de libros.

—¿En serio? —me animo un poco—. ¿Dónde?

Está por responder, pero lo interrumpe un chillido agudo al final del pasillo.

—¡Daemon!

Me doy vuelta y veo a tres mujeres rubias doblar la esquina hacia nosotros. Son absurdamente hermosas, como todas las hadas, vestidas con vestidos de seda idénticos en distintos colores: uno rojo, uno dorado y uno verde.

La mujer del vestido verde se separa del grupo y corre hacia nosotros, con emoción evidente en la cara. Se arroja a los brazos de Daemon.

—Oí que habías vuelto —exclama ella—, pero casi no lo creí.

Sus ojos se abren de par en par, sorprendido, y extiende los brazos para atraparla, como por instinto.

—Hola, Claudette.

Ella retrocede y le da una palmada juguetona en el brazo.

—¿Eso es todo lo que recibo? ¿Hola? ¡Han pasado noventa años!

Hago cara de fastidio. Ojalá pudiera decir que es la primera vez que alguien se le avienta encima a Daemon, pero no lo es.

En los pocos días que llevo aquí, he notado que es muy popular.

Toda la corte parece encantada de verlo, y nos detienen a cada rato para que salude a conocidos.

Aun así… ninguna ha sido tan bonita como esta mujer.

Daemon suelta a Claudette y retrocede un paso, sonriendo apenas.

—¿Cómo estás?

—Oh, lo mismo de siempre —suspira ella.

Empieza a parlotear, contándole sobre su hermana, que al parecer se casó hace poco, y sobre todo lo demás que ha pasado desde la última vez que se vieron. No quiero asumir nada, pero parece que ella es una exnovia o, por lo menos, un antiguo ligue.

«Lo cual está perfectamente bien».

No me importa en absoluto… de verdad. Es solo que me siento incómoda, atrapada en una conversación de la que claramente no soy parte. Me balanceo de un pie al otro y, por pura incomodidad, me concentro en ubicar el origen de su acento en vez de escuchar lo que dice.

Daemon siempre me ha sonado ligeramente irlandés, mientras que Kastian, Odessa y Jett suenan británicos. Fox no habla lo suficiente como para estar del todo segura de dónde es, pero no se parece en nada a esta mujer. Concluyo al fin que ella es francesa… o algo por el estilo.

—No lo pude creer cuando me enteré de lo que pasó en la sala del trono —dice Claudette, tan alto que me veo obligada a volver a poner atención.

—¿No estabas ahí? —pregunta Daemon, sonando más relajado que en cualquier momento desde antes de que yo supiera quién era en realidad.

Ella niega con la cabeza y ríe, alegre.

—Imagínate: la única vez que decido tomar un baño largo, me pierdo lo único interesante que ha pasado en décadas.

Daemon sonríe.

—No fue para tanto.

Ella se ríe y le da otra palmada en el brazo.

—Díselo a Foulo.

«Bien. Hasta aquí llegué».

No estamos lejos de mi habitación y puedo caminar sola. No tengo por qué quedarme aquí sintiéndome incómoda. De hecho, lo mejor que puedo hacer es irme y dejarles privacidad. Daemon no me debe nada. Apenas lo conozco.

«No me importa».

Me aparto de ellos y doy varios pasos largos por el pasillo. Miro de reojo. Daemon no ha notado que me muevo, pero Fox sí. Me mira y se encoge de hombros. Interpreto que no le importa si me voy. Perfecto.

Sigo el ejemplo de Fox y no digo nada mientras me deslizo sola por el pasillo. Los pasillos tienen tanta resonancia que todavía escucho la voz distante de Daemon, incluso después de doblar la esquina.

Camino en piloto automático, con los ojos vagamente fijos en el suelo frente a mí. Luego doy un salto cuando oigo un grito detrás.

—¿Dónde diablos está?

«Ay, carajo».

Oigo a Daemon gritar algo, luego la respuesta baja y amortiguada de Fox. La voz aguda de Claudette interviene y después resuenan pasos fuertes con claridad: Daemon viene corriendo tras de mí.

«Ay, carajo, carajo, carajo. Esto no es bueno».

Mi pulso se acelera y levanto la falda para empezar a correr también.

Ni siquiera sé por qué corro. No estoy haciendo nada malo por caminar sola en un pasillo. Pero, al mismo tiempo, no quiero que Daemon me alcance ahora mismo. No quiero tener que explicarme y mucho menos quiero parecer celosa cuando no lo estoy. Para nada .

Solo quería volver a mi habitación porque estoy cansada. Sentir celos sería completamente absurdo. Necesito ser más madura que esto.

Me repito esa idea mientras troto por el pasillo, bien consciente de la ironía y la hipocresía de lo que estoy haciendo. Admitir que tienes un problema es el primer paso para la recuperación, y claro que me recuperaré… después de encontrar un buen escondite.

Este castillo se siente como un laberinto interminable de pasillos y escaleras, pero como que ya le voy entendiendo… más o menos .

La voz de Daemon retumba tanto como sus pasos, y la cacofonía hace que parezca que está en todas partes al mismo tiempo.

Al final del pasillo hay una puerta de madera cerrada.

La abro de golpe y sigo avanzando. Un segundo después, la puerta se cierra de golpe detrás de mí y, de pronto, todo sonido desaparece.

Me detengo y vuelvo la vista hacia la puerta, sorprendida por el silencio repentino. Vaya, tienen puertas muy pesadas aquí.

Como ya no puedo oír a Daemon, mi pulso se calma un poco. Reduzco la velocidad a una caminata rápida.

—¡Isabelle!

Me quedo inmóvil y alzo la mirada. Hacia mí avanza el rey Thorne. Hoy lleva un chaleco de seda verde y una capa encima, como si acabara de entrar del exterior. Su expresión es oscura, algo entre enojo y sospecha.

—¡Ah, hola! —saludo con entusiasmo, levantando una mano.

—¿Qué diablos haces aquí? —pregunta el rey Thorne, cargando la voz de ira.

—Eh… —titubeo—. Lo siento… ¿pasa algo?

Se detiene frente a mí, prácticamente hirviendo de ira. Doy un paso atrás, sobresaltada.

Está claro que está furioso, pero no tengo idea de por qué. Ya lo he visto varias noches durante la cena, pero sigue sintiéndose como un desconocido total. No puedo decirle que hui de Daemon porque estoy loca y no me gusta verlo hablar con una mujer bonita.

—Lo siento. Solo estaba explorando —digo al fin—. Ya sabe… volviendo a familiarizarme con el palacio.

Thorne se planta justo enfrente, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Su expresión es sombría. Furiosa.

—Puedes hacer lo que quieras, pero sabes que no tienes permitido entrar a mi ala privada sin mi autorización.

Miro alrededor. ¿Es aquí donde estamos? ¿En su ala privada? No recuerdo que nadie dijera que no podía entrar, pero quizá se supone que es obvio.