Capítulo 12 #2
—Daemon te acompañará a la cena —dice Odessa, interrumpiendo mis pensamientos. Arruga la frente—. Me sorprende que no esté aquí todavía. El rey dijo que debía protegerte y, si no lo hace, se meterá en serios problemas.
—¿De qué se supone que debe protegerme? ¿No es seguro el castillo?
Se encoge de hombros.
—Del resto de la corte, supongo. Todos fingimos que la maldición no es un problema, pero podría ser muy peligroso para ti.
Como si lo hubiéramos invocado, la puerta se abre y Daemon entra. Ni siquiera se tomó la molestia de tocar. Cruzo los brazos sobre el pecho. ¿Y si hubiera estado cambiándome?
En realidad, eso probablemente no habría importado en absoluto; sería coherente con la tradición de que nunca llevo ropa cuando él está presente.
Daemon entra con la cabeza baja, perdido en sus pensamientos. Su expresión es indescifrable; parece que repasa algo en su mente. Luego, tras un momento, alza la mirada.
En cuanto sus ojos se posan en mí, se queda inmóvil. Su boca se entreabre ligeramente y algo cruza su cara: ¿sorpresa? ¿Reconocimiento? ¿Hambre?
Su mirada recorre mi cuerpo, lenta y minuciosa, como si quisiera memorizar cada detalle. No es un vistazo fugaz; es una inspección, una forma de desentrañarme. Mi piel se eriza. El calor asciende bajo su escrutinio, como si me desnudara sin poner ni una sola mano sobre mí.
Cuando sus ojos vuelven a encontrarse con los míos, trago saliva, sintiéndome atrapada, inmovilizada bajo el peso de algo que no comprendo del todo.
—¿Tan mal me veo, eh? —bromeo, tratando de disimular mi ansiedad.
Él traga saliva y sacude la cabeza con brusquedad.
—¿Estás lista?
—Supongo —murmuro—. ¿Asumo que no tengo opción?
Vuelve a negar.
—Es mejor terminar con esto de una vez. Si logras convencerlo durante la cena de que eres Isabelle, sin duda alguna, es poco probable que vuelva a mencionarlo.
—¿Ya sospecha? —pregunto, presa del pánico.
—No… no lo creo.
La manera en que lo dice no me infunde mucha confianza, pero no queda más remedio que seguirlo hacia el pasillo. Daemon hace un gesto para que camine delante y levanto el dobladillo del vestido para no tropezar, como princesa de película.
—Si no sospecha, entonces ¿por qué te quedaste a hablar con él? ¿Qué quería?
—No me quedé por eso —dice con sequedad.
—Ah… ¿entonces por qué?
Mantiene la vista fija al frente, como si no quisiera verme.
—Quizá necesitaba un minuto a solas antes de comprometerme a pasar literalmente cada segundo del día contigo durante el próximo mes. Parece que vamos a conocernos muy bien, Duraznito.
—Qué horror —suelto sin pensar y él me mira de reojo y alza una ceja—. Solo digo que es un horror para ti. Probablemente no esperabas volver a verme jamás, luego resulta que crees que soy Isabelle y ahora tienes que seguirme a todas partes. Vaya .
Me observa un instante, sorprendido, y luego aparta la mirada.
—Supongo que podrías decirlo así.
—Espero que te quede claro que también es un horror para mí —continúo, incapaz de dejar de decir tonterías—. No sé mucho sobre la etiqueta de las aventuras de una noche, pero estoy casi segura de que esto no es lo normal.
—Lo siento —refunfuña.
—Podrías compensarlo con un poco de honestidad.
Daemon aprieta la mandíbula.
—¿Qué se supone que significa eso?
—¿Ibas a decirme lo de la boda?
Daemon luce tan incómodo que cualquiera pensaría que le duele.
—A la larga lo haría.
—Entonces no me lo mencionaste a propósito —lo acuso—. Iba a darte el beneficio de la duda y creer que pensabas que yo ya sabía, pero, por favor, siéntete libre de compartir cualquier otra información que hayas decidido omitir.
Mantiene los ojos fijos en el largo pasillo, como si se negara a mirarme siquiera de reojo.
—Nada ha cambiado en nuestro acuerdo.
—No veo cómo sea posible.
Suelta un suspiro frustrado.
—No es como si casarte con Thorne fuera a ser legalmente vinculante para ti. Te casas y luego la maldición se vuelve permanente de todos modos. Thorne no va a preocuparse si te marchas cuando esté consumido por la maldición, créeme. Le pediré a Kastian que te lleve a casa.
No se me escapa que ya dejó de fingir que él me llevaría. Ahora planea que lo haga Kastian. ¿Porque sabe que la maldición se apoderará de él o por otra razón?
—¿Y si la maldición se rompe?
Niega con la cabeza.
—Honestamente, lo dudo, pero si pasa, pensaré en algo. Fingiremos tu muerte o simplemente desaparecerás.
Mi cabeza da vueltas. De verdad no parece entender por qué esto me importa. O quizá no lo está pensando bien. La boda en sí no es lo que me preocupa; estoy pensando más bien en lo que viene después. ¿Espera que me acueste con el rey para mantener la farsa?
De hecho, olvida todo lo que viene después de la boda… ¿esperan que me acueste con él durante el próximo mes? «No, ni de broma… eso no viene en el contrato».
Antes de que pueda expresar esa idea perturbadora, casi tropiezo con mi vestido y Daemon por fin me mira de reojo. Levanto el faldón por encima de los tobillos y prácticamente troto para mantener su ritmo. Como si apenas notara que va demasiado rápido, se detiene en seco en medio del pasillo.
No espero que se detenga y mi impulso me lleva un paso más adelante. Tropiezo y casi caigo de bruces, pero una mano grande se estira y me sujeta del brazo, estabilizándome.
Levanto la vista hacia él, sorprendida, y luego bajo la mirada hacia sus dedos en mi brazo. Es el contacto más simple del mundo, y aun así, mi corazón late más rápido que cuando el rey Thorne me besó. La boca se me seca, el estómago me revolotea. «Dios… eso no puede ser bueno».
Daemon no suelta mi brazo; al contrario, se inclina un poco, invadiendo mi espacio personal.
—Mira —dice en voz baja mientras su lengua humedece, nerviosa, su labio inferior—. Yo también estoy inventando esta mierda sobre la marcha, igual que tú. Nada ha cambiado.
—¿Qué pasa exactamente al final del mes si no me caso con el rey o la maldición no se rompe? —pregunto, muy consciente de que, aunque estamos solos en este pasillo, alguien podría encontrarnos en cualquier momento—. Ustedes se convierten en animales, ¿no?
Él se pasa la mano por el cabello, con gesto conflictuado.
—No, no exactamente. Tu libro cambió algunas cosas, y esa fue una de ellas.
—Dime la verdad, entonces.
—Pongámoslo así: la maldición nos hace actuar como animales, incluso si conservamos nuestras caras.
«¿Actuar como animales?».
—¿Eso es lo que se supone que es tan peligroso, que necesito un guardia de tiempo completo?
Como si apenas recordara que me estaba tocando, suelta mi brazo y retrocede. Se aclara la garganta.
—Sí. Y antes de que pidas detalles, solo debes saber que espero que nunca tengas que ver lo que la maldición nos hace en realidad.
—¿Porque crees que realmente puedo romper la maldición?
—No, Duraznito. Porque no estarás cerca cuando se apodere de nosotros. Aunque sea lo último que haga, y probablemente lo será, me aseguraré de que nadie te haga daño.
Mi corazón vuelve a latir con fuerza.
—¿Por qué sigues diciendo cosas así?
Él parpadea, visiblemente confundido.
—¿Asegurarte que estarás a salvo?
—No…
No sé cómo explicarle que la forma en que hace estas promesas no suena precisamente platónica.
Si un humano normal me dijera algo así, asumiría que está a punto de proponerme matrimonio o que es un acosador lunático, pero ese es un asunto aparte.
Su tono no es de niñera ni de guardaespaldas reacio. Suena a que le importo.
Trago saliva con dificultad, ya avergonzada antes incluso de hablar.
—Sigues diciendo cosas que suenan como si… no sé… ¿como si yo te importara?
—Me importas —dice sin rodeos, y mi corazón se acelera aún más, golpeándome el pecho—. Sin ti, no hay forma de salvar a mis amigos de Dyaspora. Ni siquiera existe una posibilidad mínima de romper la maldición. Por supuesto que me importa lo que te pase, maldita sea.
Él traga saliva y retrocede otro paso largo.
—Vas a llegar tarde a la cena.
Mi corazón parece detenerse y, cuando vuelve a latir, ya no vibra de tensión.
Otra vez, soy una idiota. Ha dejado claro cuál es su agenda y yo sigo sin entender que el tipo del bar y el soldado fae que está frente a mí son dos personas muy distintas.
Todo cambió cuando descubrió quién era yo, y esto no está evolucionando hacia un romance de cuento de hadas.
Estoy aquí para fingir ser la prometida del rey, y necesito mantenerme enfocada en eso o las consecuencias podrían ser mortales.
—Acabo de recibir noticias del desafortunado accidente en el tren —dice el rey Thorne—. Lamento que tu regreso a Ellender haya sido tan difícil.
—Oh… está bien —digo, aunque no tiene nada de «bien».
El rey y yo estamos sentados en extremos opuestos de una mesa larguísima en el centro de un comedor profusamente decorado.
Parece que la mesa suele usarse para doce personas o más, pero hoy solo hay dos sillas: una en cada punta.
La única otra persona en la habitación es Daemon, recargado contra la pared con una expresión que mezcla aburrimiento y fastidio por estar aquí, vigilándonos comer.
Es la disposición de asientos más absurda que he visto, pero no comento nada para no arruinar las apariencias.
—¿Cómo sobreviviste al choque? —pregunta el rey.
—Oh… bueno…
—Nuestro vagón redujo la velocidad lo suficiente para saltar —interrumpe Daemon.
El rey lo mira, claramente molesto.
—No te pregunté a ti. Cállate.
Daemon solo se encoge de hombros, nada arrepentido.
—Entonces dime —Thorne se gira hacia mí—. ¿Qué estuviste haciendo todo este tiempo que estuvimos separados?
Ya tenía preparada mi respuesta.
Hay una parte, hacia el final de Un reino de espinas , donde Rose abandona Ellender porque su padre está muriendo. Claro que, en el libro, ella regresa y se casa con el rey Thorne. Espero que esa parte sea, al menos, parcialmente cierta.
Quizá Nana se fue, pero quería volver, igual que Rose.
Quizá el incendio en la mina fue la razón por la que nunca pudo regresar, así que escribió el libro sobre lo que pudo haber pasado.