Capítulo 12
ALIX
—¿Una boda? —susurro en voz alta mientras camino rápido por un corredor largo junto a Odessa, que lleva a Sushi en su canasta—. ¿Una maldita boda? No, no, de ninguna maldita manera.
—¿Podrías callarte? —me sisea—. No podemos hablar de esto aquí.
La miro furiosa. Estoy confundida, frustrada y, peor aún —y lo más vergonzoso—, siento una extraña sensación de traición. Como si Daemon tuviera la obligación de decírmelo.
—¡Solo quiero saber qué demonios está pasando!
—Shhh —dice Odessa, casi con desesperación—. Belle no dice groserías.
Alzo una ceja, distraída un instante de mi enojo.
—Eh, sí dice. ¿De quién crees que aprendí cuando llamé a mi maestra de kínder una pu…?
—¡Shh! —me interrumpe otra vez, mirando por encima del hombro—. Ya casi llegamos, solo espera un minuto.
No me desmayé en la sala del trono, pero estuve cerca. Me sacaron rápido al vestíbulo, donde por fin pude respirar de nuevo. Daemon no me dijo ni una palabra ni me dirigió una sola mirada cuando salimos. Solo exigió que Odessa me llevara a mi habitación.
No señalé que el rey le había dicho que él mismo me escoltara, pero ahora desearía haberlo hecho. Necesito respuestas ya , y Odessa no me las da lo bastante rápido para que mi cerebro en pánico pueda procesarlas.
Finalmente se detiene frente a una puerta sin rasgos distintivos y la abre de golpe, prácticamente empujándome dentro de un dormitorio.
Se parece al del Palacio de Verano, excepto que en vez de blanco y dorado, aquí predominan tonos intensos de rojo y morado. Hay vitrales arqueados en todas las paredes; imagino que serían hermosos con la luz del sol, pero ahora están oscuros y son difíciles de distinguir.
Odessa cierra la puerta y se apresura por la habitación, revisando el armario, el baño y debajo de la cama, como si esperara encontrar a alguien escondido. Cuando se asegura de que estamos solas, suelta un largo suspiro.
—Muy bien. Di lo que se te dé la maldita gana.
Casi sonrío, pero entonces recuerdo que, sin duda ella es parte de todo esto, y el humor se me va de golpe.
—¿Sabías que se espera que me case?
—Sí.
—¿Por qué nadie me lo dijo?
—Pensé que lo sabías.
—¡No! Jamás habría aceptado venir si lo hubiera sabido.
Ella hace una mueca.
—Muchas mujeres estarían encantadas de tener la oportunidad de casarse con un rey.
—Sí, y muchas mujeres no se han casado antes —exclamo—. No quiero volver a pasar por eso tan pronto. ¡Quizá nunca! Además, si mi abuela no quiso a tu rey, supongo que tuvo una buena razón. No es como si mi abuelo hubiera sido un gran premio.
—Cálm…
—¡Ni se te ocurra decirme que me calme!
Me sonrojo, sintiéndome un poco mal por haberle contestado así apenas salió la frase de su boca.
Para cubrir mi incomodidad, tomo la canasta de Sushi junto a la puerta y camino hacia la cama cubierta de terciopelo rojo.
Lo dejo salir. El gato me mira con reproche y le doy una caricia en la cabeza, disculpándome en silencio.
Luego me siento al borde de la cama y miro a Odessa, respirando hondo para serenarme.
—Explícame todo.
Ella retuerce las manos en su falda.
—Simplemente no entiendo cómo se dio el malentendido. ¿Cómo pensabas que se rompía la maldición? El rey debe encontrar el amor verdadero.
—Sí… pero no entendí que eso significaba casarme con él.
Odessa hace otra mueca, con expresión entre apenada y nerviosa.
—Lo siento. De verdad pensé que lo sabías.
—No puedo hacer esto, yo… —estoy a punto de decir que ya estoy casada, pero ni siquiera parece relevante. No creo que los fae tomen en serio un acta de matrimonio humana de otro mundo—. Ni siquiera lo conozco.
—Las otras tampoco.
Abro los ojos, incrédula.
—¿Perdón? ¿Qué otras?
Odessa aprieta los labios, cruza la habitación y se sienta a mi lado en la cama.
—Sabes… Bueno, ¿pensaste que el rey dejaría que la maldición continuara durante cien años sin intentar hacer nada al respecto?
—No lo había pensado mucho.
—Ha intentado otras seis veces encontrar a la mujer adecuada para romper la maldición. Belle fue la única que se marchó antes de que pudieran casarse. Supuse que por eso quería que regresara… quizá ella era la que habría roto la maldición, después de todo.
—¿Y qué pasó con las otras esposas?
—Las dejó volver a sus hogares cuando quedó claro que la maldición no se rompería.
Parpadeo, mirándola.
—Si estaba perfectamente bien dejándolas ir, ¿no significa eso que no amaba a ninguna de ellas en primer lugar?
Odessa pone cara de confusión.
—Eso pensé siempre. Por eso parecía lógico que Belle fuera la indicada, ¿sabes? Ella fue la que se escapó y era evidente que el rey quería que regresara. Le dio el collar para mantenerse joven y todo.
Saco el collar de debajo de mi blusa y lo observo. Aunque escuché y acepté lo que Daemon dijo sobre él el otro día, todavía no termino de asimilar que Nana pudo haberse mantenido completamente inmortal si hubiera querido.
—Ay, Dios —exclamo, con los ojos muy abiertos—. Si uso esto, ¿voy a dejar de envejecer? Espera, no respondas… ya lo sé. Solo no lo había pensado.
Guardamos silencio. Odessa me observa mientras pienso.
En el libro, Thorne y Rose se casan, pero no había entendido que fuera un requisito para romper la maldición.
De una manera rara, me siento mal por el rey.
Fue difícil juzgarlo con solo unos minutos frente a una gran audiencia, pero no parecía un tipo tan terrible.
¿Un poco frío, quizá? Pero por la manera en que Daemon y Odessa hablaban de él, yo esperaba a una bestia rabiosa, y el rey Thorne no parecía diferente del personaje del que yo estaba enamorada cuando era niña.
—Bueno, no me voy a casar —insisto—. Le prometí a Daemon que me quedaría un mes y que al final me pagaría y me llevaría a casa. En ningún momento se mencionó el matrimonio.
Odessa se muerde el labio.
—¿Quizá Daemon tiene un plan?
—Ah, claro —suelto—. Esa es otra cosa. ¿Qué demonios hacía Daemon en la sala del trono? Literalmente atacó al otro soldado.
—Sí… lo pudimos escuchar desde fuera. No sé en qué estaba pensando, pero siempre ha odiado a Foulo. Tal vez fue solo eso.
—¿Por qué querría el rey Thorne que Daemon fuera quien mantuviera a Isabelle a salvo? Él acaba de salir de la maldita prisión .
—Quizá porque le debe a Thorne el haberlo sacado de Dyaspora, y si la maldición no se rompe nunca podrá disfrutar su libertad. Y yo no lo juzgaría por haber sido enviado a Dyaspora. Tú no lo entiendes.
—Sí, porque nadie me ha contado qué pasó. ¿Por qué lo exiliaron?
—Deberías preguntarle a él. No es mi historia.
Suelto un suspiro, pensando en mi conversación con Daemon cuando acepté fingir que era Nana, y una sensación de inquietud se apodera de mí. Nunca dijo nada sobre salvar el reino, solo habló de sus amigos…
—Aunque estuviera dispuesta a casarme, ¿de verdad serviría de algo? Sé que ustedes creen que existe la posibilidad de que yo rompa la maldición aunque en realidad no sea mi abuela, pero no estoy segura de que funcione.
—Nosotros tampoco, pero no quedan muchas buenas opciones. Solo queda un mes antes de que Vernallis se pierda para siempre. A mí no me afectará, pero toda la gente que conozco desaparecerá.
Su voz se vuelve triste y su expresión se contrae mientras habla.
—Explícame otra vez por qué a ti no te afecta —pregunto, mordiéndome el labio.
—Porque nací en Hydratta —responde rápido—. Es el reino al sur de Vernallis. Aunque pasé casi toda mi vida aquí, técnicamente no soy ciudadana vernallense.
—¿Y es lo mismo para Jett, Fox y Kastian?
Asiente.
—Creo que sí. No los conozco mejor que tú, pero Kastian definitivamente es de Hydratta.
—¿Lo conoces o algo así?
Niega con la cabeza y su expresión se ensombrece.
—No realmente. Nos hemos visto antes, pero claramente no fue memorable porque ni siquiera se acordó de mí. Solo conozco a su familia. Él es…
Se interrumpe, cuando de forma repentina, se escucha un golpe fuerte en la puerta.
La puerta se abre y entra otra doncella, vestida con el mismo uniforme rojo y negro que Odessa, cargando una enorme caja morada. Hace una reverencia rígida.
—Buenas tardes, mi señora. Me pidieron entregarle esto.
Levanta la caja como si presentara un premio en un programa de concursos y luego la deja sobre la cajonera junto a la puerta.
—¿Qué es? —pregunto.
La doncella solo niega con la cabeza.
—No pregunté, señora.
La doncella se retira sin decir nada más, y Odessa salta de la cama, cruza la habitación y abre la caja. Da un grito ahogado.
—¿Qué es? —repito, con mayor urgencia.
Mi mente imagina las peores opciones posibles: «Gusanos… pastel de frutas… la cabeza de alguien».
—Es precioso —exclama Odessa, sacando un vestido plateado y brillante, alzándolo frente a ella—. Y hay una nota. Dice: «La cena es a las tres».
Alzo una ceja.
—¿A las tres? ¿No es un poco temprano?
—A las tres de la madrugada —aclara Odessa—. Te acostumbrarás a vivir durante la noche. No es tan malo después de un tiempo…
Hago una mueca y entierro la cara entre las manos. «Lo dudo muchísimo».
En cuestión de horas, Odessa me convence de darme un baño y ponerme el vestido plateado. Me arregla el cabello y el maquillaje, y cuando termina, apenas me reconozco.
—Razón número mil setenta y cinco por la cual jamás aceptaría esta boda —comento, mirándome en el espejo de cuerpo entero en la esquina—. De vez en cuando está bien, pero nunca podría vestirme así diario.
—Pero te ves increíble —protesta Odessa.
El vestido es sin tirantes, con un corpiño estilo corsé y una falda larga hasta el suelo en forma de A. La tela es ligeramente metálica y brilla cuando me muevo. El conjunto se siente más como de baile de graduación que de Met Gala, pero debo admitirlo: me veo bien.
¿Cómoda, por otra parte? Para nada.
—¿Vas a encaminarme a la cena? —pregunto—. No sé a dónde voy, y supongo que «Belle» sí sabría.
Mi percepción de Belle y Nana se amplía a cada minuto. Ya no siento que finja ser mi abuela; más bien parece que estoy haciendo cosplay de Rose, de Un reino de espinas . Quizá no es tan malo. Si Nana basó a Rose en sí misma, espero que mi interpretación resulte convincente.