Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Busco a Daemon detrás de mí, queriendo encontrar su mirada, pero no logro atraparla. Tiene la mandíbula apretada y las manos hechas puños a sus costados.

¿Y ahora por qué demonios está molesto? Su plan funcionó; debería estar contento.

—Su Majestad, si me permite hacer una pregunta… —la voz engreída de Foulo resuena por encima del murmullo de la corte.

El rey Thorne lo mira con aire altivo y asiente para que continúe.

Foulo se aclara la garganta.

—No solo el, eh… exbarón Ashwater, sino varios otros soldados desconocidos llegaron con la señorita Isabelle. Como comandante de su ejército, yo creo que…

Thorne alza una ceja.

—Gracias por traer esto a la atención de todos, Foulo.

El pecho ancho de Foulo se infla de orgullo.

—Por supuesto, Su Majestad, yo…

El rey Thorne lo interrumpe y continúa como si no hubiera habido interrupción.

—Este es el momento ideal para informar a toda la corte que, en reconocimiento por haber encontrado a la señorita Isabelle y haberla traído de vuelta conmigo, he prometido devolver todas sus tierras y títulos al comandante Ashwater.

—¿Q-qué? —balbucea Foulo—. Pero… Su Majestad…

El rey Thorne solo espera mientras Foulo lanza una sarta de quejas.

Dirijo una mirada hacia Daemon, preguntándome cómo ve todo esto.

¿Está disfrutando que el rey ponga a Foulo en su lugar?

Cualquier persona normal lo haría, supongo.

Le están dando reconocimiento público, además de devolverle todas sus cosas después de años en prisión.

Sin embargo, su expresión no refleja nada de eso. Está molesto. No, furioso .

—¿Qué pasa? —susurro, al amparo de las quejas escandalosas de Foulo.

Daemon no parece oírme.

—Foulo, basta —dice el rey Thorne en voz alta—. ¿Por qué no te vuelves útil y acompañas a la señorita Isabelle a sus aposentos antes de la cena?

Foulo pone cara molesta. Por un instante no se mueve. Luego, al darse cuenta, con toda claridad, que no le queda más remedio que obedecer, avanza hacia mí.

«Dios mío. Aquí vamos otra vez».

No sé si está demasiado ansioso por obedecer órdenes o si simplemente es controlador, pero esta vez anticipo esos dedos enormes que se estiran hacia mi brazo y me aparto. En vez de eso, los dedos de Foulo se cierran en las puntas de mi cabello largo y rizado.

—¡Ay! —exclamo.

En una fracción de segundo, varias cosas ocurren a la vez.

A mi lado, el rey se pone rígido. Su mano se alza, pero no como si fuera a agarrarme. La mano en mi cabello desaparece y, antes de que pueda procesar lo que está pasando, Foulo sale volando a través de la sala y cae con las extremidades extendidas en medio del pasillo alfombrado.

Me quedo boquiabierta mirando al rey. ¿Él hizo eso? ¿Fue magia o…?

Mis pensamientos se interrumpen en seco al darme cuenta de que esto dista de haber terminado. Daemon se lanza sobre Foulo, sus dedos se cierran alrededor de su garganta.

—Mantén tus malditas manos sucias lejos de ella —exclama Daemon. Su voz resuena por toda la sala, ahora en silencio.

Foulo se pone rojo como betabel, aunque no queda claro si es por vergüenza o porque Daemon le está cerrando la tráquea. Da un tirón hacia atrás para zafarse del agarre de Daemon y hace una mueca desdeñosa.

—¿O qué, Ashwater?

—O me aseguraré de que no vuelvas a tocar nada jamás. Disfruta masturbando tu miembro diminuto mientras puedas, porque la próxima vez que la toques será la última vez que tengas dedos.

«Santo cielo».

Suena desquiciado y… ¿atractivo? No me gustan los tipos con demasiada energía de macho alfa, y mucho menos los que parecen psicópatas con los músculos inflados. Entonces, ¿por qué de repente siento calor por todo el cuerpo?

—¡Alto! —la voz de Thorne retumba en un mandato ensordecedor.

De inmediato, la sala queda en silencio. Daemon se inmoviliza y hasta Foulo deja de forcejear, quedándose quieto. Yo misma siento que me clavo en el piso y no estoy segura de poder abrir la boca, aunque quisiera.

Después de un largo segundo, Daemon es el primero en moverse.

Se gira despacio, mirando por encima del hombro hacia Thorne.

Por un instante brevísimo, creo verlo palidecer.

Sus ojos se mueven de un lado a otro, como si apenas ahora cayera en cuenta de dónde está y de las palabras que acaban de salir de su boca.

—Thorne…

El rey avanza. Su cara está torcida por la ira, pero al acercarse a Daemon y Foulo, tendido en el suelo, la ira se desvanece y se transforma en… ¿diversión? Se detiene y le indica a Daemon que se ponga de pie.

—No sabía que te importaba tanto proteger lo que es mío. ¿Debo tomarlo como señal de que, contra todo pronóstico, Dyaspora te rehabilitó?

Daemon se yergue y esboza una sonrisa con suficiencia. Su expresión irradia una satisfacción arrogante, aunque la sonrisa llega a cada parte de su cara excepto a sus ojos.

—Como decía antes, cuando liberas a un hombre de Dyaspora, te ganas su lealtad eterna.

Thorne le devuelve la sonrisa, luciendo satisfecho.

—Entonces queda resuelto.

—¿Qué queda resuelto? —pregunta Daemon con brusquedad.

—Vas a custodiar a Isabelle por mí hasta la luna rosa. —Lanza una mirada de disgusto hacia Foulo, en el piso—. No puedo arriesgarme a que algo le ocurra antes de eso.

—¿Qué pasa en la luna rosa? —pregunto, pero nadie parece oírme.

—Pero… —Daemon se atraganta, horrorizado—. No puedo custodiarla.

—¿Por qué no? —la comisura de la boca del rey se alza—. Pensé que querías volver a la corte.

—¿Y durante el día? —reclama Daemon, con un tono más rudo del que esperaría de alguien que le habla a un rey.

Thorne parece tomárselo con calma.

—Al cabo de un tiempo deberá adoptar nuestras costumbres. Dormir cuando el sol está en lo alto no es ningún problema si uno permanece en la oscuridad.

—Pero acabas de decir que me devolverías todos mis cargos —dice, con un tono de desesperación—. El comandante no puede pasar todo el tiempo vigilando a una sola mujer. ¿Quién dirigirá el ejército?

—No puedo imaginar un papel más importante para el comandante de mi ejército que asegurarse de que mi rosa permanezca a salvo hasta la luna.

Daemon parece dividido entre la rabia y el horror.

—Pero…

—¡Silencio! —retumba Thorne con el mismo tono de mando que silenció la sala minutos antes—. No me desafíes, Ashwater. Ya obtuviste todo lo que siempre quisiste, como prometí. Deberías besar el maldito suelo en agradecimiento. No me des razones para cambiar de opinión.

Daemon aprieta la mandíbula, pero al final se hace a un lado. Asiente una sola vez.

—Está bien.

—Es «sí, Su Majestad» —corrige el rey Thorne con un tono burlón.

Los músculos del cuello de Daemon se tensan. Sus manos se cierran en puños y parece estar conteniendo, a pura fuerza, las ganas de lanzarse contra el rey igual que contra Foulo. Aspiro una bocanada de aire.

Como si oyera mi jadeo, Daemon vuelve la mirada hacia mí. Nuestros ojos se encuentran y veo un torbellino de pensamientos cruzarle la mirada. Luego, de golpe, se relaja. Su cara se vuelve inexpresiva e inclina la cabeza hacia Thorne en algo que se parece a una reverencia.

—Sí, Su Majestad.

Thorne aplaude y sonríe.

—Bien.

El movimiento y el sonido regresan a la sala, y la ira del rey desaparece tan rápido como surgió. Aun así, mis oídos zumban. Me siento conmocionada, incluso exhausta. No sé qué acabo de presenciar, pero la tensión entre Daemon y el rey es tan densa que cuesta respirar.

—Lleva a Isabelle a su habitación para que se prepare para la cena. Quiero verla todas las noches hasta la luna rosa —le dice Thorne a Daemon, hablando de mí como si no estuviera presente.

—¿Qué pasa en la luna rosa? —pregunto otra vez, más fuerte.

Ambos se voltean a mirarme. Los ojos de Thorne se entornan, entre desconcierto e ira.

—Nuestra boda, por supuesto.

«Santo cielo».

Siento que una piedra se hunde en mi estómago y por un momento creo que voy a vomitar. O quizá me desmaye otra vez. Nunca me había desmayado en mi vida antes de esta semana, pero juro que no me entra suficiente aire en los pulmones. Me llevo una mano a la frente.

En ese mismo instante, tanto Daemon como el rey dan un paso hacia adelante, con las manos extendidas, como para atraparme si me caigo.

Mi corazón retumba en el pecho y miro a uno y otro. Los ojos de Daemon están desorbitados por el pánico, mientras que los del rey se estrechan con algo parecido al fastidio.

Por un instante brevísimo, me siento atrapada. Atrapada en el centro de dos fuerzas que no estoy segura de comprender del todo.

Luego tomo aire y me estabilizo.

Nadie tiene que sostenerme. Puedo hacerlo sola… pero hay una vocecita, en el fondo de mi mente, que me dice que esta no será la última vez que me sienta atrapada entre los dos.