Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

ALIX

Daemon por fin aterriza en una colina cubierta de hierba, donde los demás nos esperan, pero no permanecemos ahí mucho tiempo.

La lluvia sigue cayendo a cántaros y empieza a convertirse en aguanieve.

Por fortuna, no estamos lejos de un pueblo y solo nos toma quince minutos llegar a las luces a lo lejos.

—¿No podíamos volar hasta allá? —digo, castañeando los dientes mientras me envuelvo más en mi capa.

—Pensé que odiabas volar —refunfuña Daemon.

—Sí, pero también odio caminar, así que lo que sea más rápido…

—No se puede —dice Kastian, cuando Daemon me ignora—. Las alas fae solo salen en circunstancias particulares. Las situaciones de peligro mortal son las más comunes.

—Como los peces que cambian de color cuando se sienten amenazados —comento de golpe.

Odessa se ríe a carcajadas y lanza una mirada burlona a Daemon.

—¿Qué se siente que te comparen con un pez?

—Dímelo tú. Yo no soy quien tiene cola —replica él.

La cara de Odessa se ensombrece y desvía la mirada. Claramente, hirió sus sentimientos.

—¿Saben en qué he pensado mucho últimamente? —digo, intentando distraer a Odessa.

—¿En qué? —pregunta.

—Cuando la gente dice: «Podría ser peor». Pues sí, es cierto. Siempre podría ser peor. Digo, ¿qué importa que tu esposo te engañe cuando podrías ser secuestrada? ¿Y qué importa un secuestro cuando casi te devoran los lobos o mueres en un accidente de tren?

—Creo que estás malinterpretando ese dicho —refunfuña Daemon—. No se trata de esperar que las cosas empeoren. Se supone que debes ver el lado bueno, o lo positivo.

—¿Ah, sí? Entonces dime cuál es el lado bueno de hoy porque, hasta donde alcanzo a ver, todo está bastante terrible ahí fuera.

Daemon me lanza una mirada asesina, pero Odessa interviene antes de que pueda replicar.

—Espera, ¿dijiste «esposo»? —pregunta, lanzándome una mirada sorprendida—. ¿Estás casada?

—Eh… —titubeo, sin haber planeado tener que explicar esto—. Más o menos. No realmente. Es complicado.

—Todas las mejores relaciones son complicadas —dice Jett con alegría, balanceando la transportadora del pobre Sushi mientras camina.

Extiendo las manos haciendo señas hasta que me entrega la canasta de picnic. Echo un vistazo para asegurarme de que el gato no esté demasiado traumatizado; luego la sostengo con cuidado antes de responder al fin:

—No estoy de acuerdo. A mí me gusta que las cosas sean realmente simples. Enamorarse, felices para siempre, fin. Sin epílogos traumáticos.

Jett arruga la frente, confundido.

—Entonces, ¿por qué aceptarías…?

—Hay una posada más adelante —interrumpe Daemon—. Deberíamos detenernos ahí, al menos para secarnos.

Kastian asiente de inmediato y ambos aceleran el paso, obligándonos al resto a trotar detrás de ellos.

Al poco tiempo llegamos al pueblo. Solo hay una calle larga, empedrada y quizá treinta edificios, todos construidos demasiado juntos. En otro momento estaría fascinada de estar aquí, incluso emocionada. Pero ahora casi no noto nada a nuestro alrededor mientras avanzamos directo hacia la posada.

La posada no se distingue de las demás casas antiguas, excepto porque tiene las luces encendidas y voces fuertes que resuenan hacia la calle.

—¿Qué hora es? —pregunto, mirando al cielo.

—Como mediodía —responde Odessa.

—¿Y todo el pueblo está sentado en la taberna de la posada bebiendo? ¿No tienen otras cosas que hacer?

Daemon hace una mueca mientras abre la puerta y me hace pasar.

—Como nadie puede salir cuando el sol está arriba, se acostumbraron a dormir durante el día. Piensa en esto como si fuera medianoche.

Pongo cara de confusión, pero guardo mis preguntas mientras entramos.

La taberna es un salón amplio con una barra a un lado y una escalera tambaleante al otro.

Está iluminado con luz cálida y huele a humo de pipa; decenas de fae conversan en voz alta.

En la esquina hay una diminuta plataforma elevada donde están sentados un par de músicos, aparentemente tomando un descanso de tocar.

El corazón me da un vuelco de envidia al ver a un hombre sostener un violín.

—Quiero beberme mi propio peso en cerveza —dice Jett.

Por una vez, Fox da señales de prestar atención y asiente con entusiasmo.

—No —ladra Daemon—. No podemos quedarnos. Solo tomaremos habitaciones por un par de horas, para secarnos y reagruparnos.

—¿Hablas en serio, Ashwater? —pregunta Jett, visiblemente consternado—. ¿La primera taberna en la que pones un pie en noventa años y ni siquiera quieres un trago?

—No es mi primera taberna —murmura Daemon, mirándome de reojo.

Siento que mis mejillas se sonrojan ligeramente.

Así que, cuando nos conocimos en Ted’s, ¿era la primera vez que salía de prisión en noventa años?

Santo cielo. Con razón parecía tan interesado en mí.

Detesto que mi ego esté tan herido por esta revelación, pero, al mismo tiempo, todo encaja.

Daemon es un Adonis mágico con alas y yo solo soy… yo.

—¿No se les está olvidando algo? —pregunta Odessa, interrumpiendo mis pensamientos—. No tenemos dinero. Todo lo que traíamos con nosotros está en el fondo del lago, en el tren.

—Estamos de uniforme —refunfuña Daemon—. ¿Quién no atendería a los soldados del rey?

Resulta que a este lugar le importan un bledo los soldados del rey.

El tabernero le lanza a Daemon una mirada desdeñosa y le dice que regrese con monedas. Por un momento, creo que habrá una pelea, pero, para mi alivio, él vuelve con calma hacia nosotros.

Supongo que no es un imbécil con todo el mundo, solo conmigo.

—¿Y ahora qué? —suspira Jett con dramatismo—. No me digas que tenemos que volver afuera.

Como si alguien hubiera dado una señal, empiezo a tiritar de forma violenta; el frío que se me ha incrustado en los huesos no cede. No soy una persona acostumbrada al aire libre o de espíritu aventurero, y caminar por el bosque bajo la lluvia es, para mí, una especie de infierno personal.

—Estoy con Jett esta vez. Si tenemos que caminar el resto del camino bajo la lluvia, mejor mátame de una vez.

Daemon se pasa una mano por el cabello, frustrado.

—No puedo conjurar monedas de la nada.

Arrugo la frente y miro hacia la banda del rincón. Una idea cruza por mi mente.

—Tú no puedes conjurar monedas, pero quizá yo sí. Ya vuelvo.

Daemon extiende el brazo para detenerme.

—¡No! Necesitas permanecer cerca.

Pongo cara de fastidio.

—¿A dónde crees que voy a ir? Solo dame un segundo; creo que sé cómo podemos quedarnos.

De mala gana, me deja pasar y camino hacia los músicos. Mientras avanzo, me quito la capa, pensando que quizá me vaya mejor si no parezco recién salida de un lago.

—Hola —digo con torpeza.

La banda me mira sin mucho interés. No sé si es por ser humana o porque estoy empapada, pero decido fingir que no noto sus miradas de desaprobación.

—Escuchen. Veo que están haciendo una pausa. ¿Me dejarían tocar un par de piezas?

El fae más cercano me recorre con la mirada.

—¿Con qué instrumento, muchachita?

Me muerdo el labio y suelto una risita nerviosa.

—En realidad, esperaba que me prestaras el tuyo.

Él suelta una carcajada.

—Antes te prestaría mi pene para que orinaras con él.

Más o menos esperaba esa respuesta —aunque no con esas palabras—, pero esta es la única idea que tengo para conseguir dinero rápido y no pienso rendirme tan pronto.

—¿Qué tal si te dejo algo mío para asegurarme de devolverte el violín? —Meto la mano en el escote del vestido y saco el relicario de Nana—. Ten, puedes guardar esto. Creo que vale bastante.

Los músicos se inclinan para inspeccionar el relicario en mi mano. Uno a uno, sus ojos se agrandan y sus bocas se abren de asombro. Luego, sin decir una palabra, el músico me entrega su instrumento y el arco.

—¡Gracias! —exclamo al tomar el violín—. Pero ¿no quieren quedarse con el collar?

Niega con la cabeza.

—Mantén esa cosa oculta, muchachita.

—Está bien… bueno, gracias —respondo.

Pulso un par de cuerdas y ajusto las clavijas antes de colocar el instrumento bajo el mentón y deslizar el arco en un par de golpes de práctica. El violín es un poco grande para mí y parece que en Ellender no usan mentoneras, pero cualquier instrumento es mejor que nada.

De pronto, me siento más confiada y en casa que en días.

Subo de un salto al pequeño escenario y me giro hacia la taberna.

Me sorprende descubrir que ya tengo un público cautivo.

Al parecer, mientras estaba de espaldas, casi todos aquí se detuvieron a mirar a la humana empapada que intentaba negociar con la banda.

Sonrío al público. Siento que debería presentarme, pero no sé qué decir, así que decido tratar esto como si tocara en la esquina de una calle y simplemente comienzo. Llevo el arco a las cuerdas y lo deslizo, dejando que las primeras notas del tema de Un reino de espinas estallen en el aire.

La taberna escucha, moviéndose apenas, pero la reacción no es ni remotamente tan entusiasta como habría sido en casa. Lástima. Tal vez soy la única persona en este mundo que entiende lo gracioso que es tocar esta canción justo aquí, en esta taberna. «Qué más da».

Me salto el último verso y enlazo con otra melodía familiar, esta con un ritmo mucho más alegre y animado. La gente empieza a aplau dir al compás y, cuando llevo unos diez minutos tocando, ya se ha formado una pequeña pila de monedas a mis pies.

Eufórica, cierro los ojos y dejo que la música se apodere de mí. Cada nota es como una ola que se lleva mis preocupaciones y pensamientos negativos, y los reemplaza con una alegría pura. El salón parece cobrar vida, las paredes vibran con la energía de la música.

Puede que yo no tenga magia, pero la música es mi magia y está hechizando a cada fae aquí presente.

Al final, cuando siento que ya toqué lo suficiente, inicio mi última canción: la canción de cuna que Nana me cantaba cuando era bebé.

Cuando deslizo el arco para tocar las notas iniciales, una oleada de reconocimiento recorre al público. Varias personas vitorean; algunas incluso se levantan de sus asientos con emoción. ¿Conocen esta canción? ¿Por qué?