Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Daemon lo mira, tomando nota de sus enormes músculos, y asiente. Ambos salen a las barras metálicas que conectan el vagón de equipaje con la locomotora que lo arrastra y empiezan a intentar romperlas.

—¿No pueden romperlo con magia? —pregunto.

—Está hecho de hierro —explica Odessa—. El hierro es resistente a la magia, por eso ese tipo de herrajes se forjan así. Deben ser resistentes a la manipulación.

—Qué conveniente, carajo.

—¡Consíganos algo pesado para romper el enganche! —grita Daemon.

Adentro, Kastian, Jett, Odessa y yo abrimos maletas de inmediato.

El contenido de todas las que no se habían reventado por su cuenta se esparce por el vagón, como si hubiera pasado un tornado.

Busco entre bolsa tras bolsa de ropa y luego abro un baúl grande de madera. Enseguida, el corazón me da un brinco.

El baúl está lleno hasta el tope con lo que parecen ser los utensilios de cocina de alguien. Me siento mal por la persona que iba a dejar su hogar para empezar de nuevo en otro sitio; tendrá que hacerlo sin sus cosas, aunque al menos si el tren no se estrella, seguramente estará bien.

Lanzo unos platos, un plumero y un reloj de escritorio antiguo fuera del baúl, hasta que por fin encuentro lo que busco.

—¡Aquí! —grito, blandiendo un sartén de hierro, pesado como si fuera una espada—. Usen esto.

Corro hacia la puerta y se lo paso a Fox. Él lo levanta como un mazo y empieza a golpear las barras metálicas. Contenemos el aliento, esperando, hasta que, con un golpe profundo, el enganche que nos une a la locomotora desbocada por fin se rompe.

Odessa vitorea, pero yo solo suelto un suspiro de alivio y me hago a un lado para que Fox pueda saltar dentro. Por un largo segundo espero que Daemon lo siga, pero no lo hace.

Estiro el cuello para ver mejor y el corazón se me sube a la garganta cuando al fin lo distingo. Está apoyado de manera precaria en una barra de metal resbaladiza por la lluvia, sobre las vías del tren, con un pie deslizándose peligrosamente cerca del borde.

Actúo por instinto, agarro su mano y lo jalo hacia adentro. Caemos ambos al suelo, enredados. Suelto un «uy» cuando cae encima de mí, y me saca el aire de los pulmones.

Daemon se impulsa con las manos hasta quedar suspendido sobre mí, como en posición de lagartija.

—¿Y eso a qué vino?

Su cabello le cae sobre los ojos y las gotas de agua caen sobre mi cara. Tomo un profundo respiro, involuntariamente, inhalando su aroma intenso.

—Estabas a punto de caer —jadeo—. De nada.

Él resopla, con la arrogancia marcada en cada línea de su cara.

—Estaba bien. Y aunque no lo estuviera, no voy a darte las gracias, Duraznito. Sin ti, yo no estaría en este tren.

—Y sin ti, yo no estaría en este mundo, así que ¿de quién es la culpa, en realidad?

Él sonríe, como si casi lo estuviera disfrutando, a pesar de que acabamos de rozar la muerte.

—Te diré algo: si salimos vivos de esta, puedes llevarte todo el crédito que quieras.

Pongo cara de fastidio y lo empujo con ambas manos para apartarlo de mí.

—Recuérdame no volver a salvarte la vida. La próxima vez, simplemente dejaré que te arrollen.

—Lamento interrumpir, ¡pero no creo que estemos en la parte de la conversación con tensión sexual! —grita Jett.

Daemon y yo volteamos a mirarlo al mismo tiempo.

—¿De qué hablas? —pregunta Daemon.

Los ojos de Jett se abren de par en par y señala por encima de nuestras cabezas.

—¡Miren!

Entrecierro los ojos para ver a través de la lluvia, hacia adelante.

Parece que mi plan funcionó, porque la locomotora ya casi desaparece frente a nosotros y, sin duda, estamos disminuyendo la velocidad.

A lo lejos, el tren avanza directo hacia un puente que se ve demasiado frágil para soportar un tren a esa velocidad.

Y, en efecto, observamos cómo las vigas de madera crujen y se quiebran.

El puente se desmorona bajo el peso de la locomotora desbocada.

Tan rápido que casi no parece real. El tren cae, precipitándose contra el suelo con un estruendo escalofriante.

Cualquier alivio que sentí segundos antes se desvanece y el terror me invade.

—¡Carajo! —maldice Daemon, poniéndose de pie de un salto.

En el tiempo que me toma parpadear, despliega sus enormes alas emplumadas.

Me quedo boquiabierta, aturdida. Son tan grandes que chocan contra las paredes del vagón, incapaces de extenderse por completo. ¿Cómo demonios las mantiene ocultas? ¿Son mágicas? Deben serlo, pero…

Mis preguntas, presas del pánico, se interrumpen cuando Daemon me agarra y me pone de pie. Me gira y me empuja hacia la puerta trasera del tren… o lo que antes era una puerta, porque fue arrancada de sus bisagras.

Parpadeo, sorprendida de nuevo, al ver que todos los demás también tienen alas.

Las de Kastian son negras como las de Daemon, pero las suyas tienen plumas verdes, como una mancha de aceite.

Las de Fox son completamente blancas, como las de un ángel de verdad, mientras que las de Jett son de un azul púrpura oscuro.

—Guau —digo—. Si pueden hacer eso, ¿por qué no volaron para salir de aquí desde el principio?

No me sorprende que Daemon ignore mi pregunta, ni que los demás parezcan perfectamente tranquilos con esta situación. Bueno, todos menos Odessa, que también se ve alarmada al quedar de repente en un vagón atestado de plumas.

—¡Kas, lleva a Odessa! —ladra Daemon.

Odessa grita e intenta hacerse a un lado del brazo extendido de Kastian.

—¡No me toques!

Kastian la agarra y le arranca la transportadora con un Sushi que sigue aullando. Le lanza el gato a Jett, luego se echa al hombro a Odessa, quien forcejea, y salta fuera del tren.

—¡Santo cielo! —exclamo cuando Jett salta tras ellos, seguido por Fox.

—Vámonos, Duraznito —dice Daemon, extendiendo la mano hacia mí.

—¿Estás loco? —grito por encima del viento—. Prefiero quedarme aquí.

—Tendrás que hacerlo si no te mueves, maldita sea —refunfuña, estirando la mano otra vez.

—¡Jamás he querido probar el paracaidismo! —chillo—. ¡Ni siquiera me gusta aventarme del trampolín alto en la alberca pública!

La cara de Daemon se tuerce de frustración mientras me agarra por la cintura y se lanza conmigo al vacío.

Grito durante un segundo eterno mientras caemos en el aire abier to. El estómago se me revuelve, como si estuviera en una montaña rusa infinita, y el viento me azota la cara, enredándome el cabello y haciéndome lagrimear.

De pronto, es como si abriéramos un paracaídas. Las alas de Daemon se extienden y dejamos de caer.

Mi corazón me retumba en el pecho y lucho por recuperar el aliento mientras damos una vuelta amplia sobre las vías del tren. Miro hacia abajo justo a tiempo para ver nuestro vagón caer desde el puente roto y hacerse añicos en mil astillas de madera.

—De nada —dice Daemon en mi oído, con un tono de humor—. Parece que el crédito es mío, después de todo.

—¡Te… te odio, maldito! —jadeo—. No se te ocurra soltarme.

Él sonríe junto a mi oído.

—Recuérdame no volver a salvarte la vida.