Capítulo 9
ALIX
—¡Uf!
Dejo escapar un grito involuntario cuando Daemon me estrella contra la pared metálica del vagón.
Apenas me había puesto de pie unos segundos antes y ahora me duele la espalda por el golpe, mientras él me mantiene contra la ventana, con su cuerpo presionado firmemente contra el mío.
¿Me está protegiendo o tratando de sofocarme?
Abro la boca para exigir que me suelte, pero las palabras mueren en mi garganta. Sin querer, respiro su aroma marcadamente masculino y mi cuerpo traicionero reacciona. Un cosquilleo tibio me recorre entera y el latido de mi corazón retumba en mis oídos.
El tren da un nuevo sacudón, arrancándome de mi ensimismamiento.
Esta vez el temblor va acompañado del chirrido ensordecedor de las ruedas de metal contra las vías y del sonido ominoso de madera que se quiebra. Pierdo el equilibrio y tropiezo, aferrándome al hombro musculoso de Daemon para no caer.
—¿Qué demonios está pasando? —refunfuña.
—¡Yo esperaba que tú supieras!
Ahora que estoy poniendo atención, no puedo creer lo mucho que tardé en darme cuenta: vamos rápido. Ridículamente rápido . Se siente como el metro, no como un tren antiguo de paseo, y parece que aceleramos más a cada segundo.
¿Y si chocamos? Los fae probablemente estarán bien y Odessa puede cuidarse sola. Pero yo estoy jodida. Olvídate de criaturas mágicas y reyes de las hadas: bastaría con golpearme la cabeza contra la ventana para que se me apagaran las luces como si me arrollara el mismo tren.
—¿Qué pasa si descarrilamos?
Daemon hace una mueca, su cara todavía a pocos centímetros de la mía.
—¿A esta altura? Yo no pensaría en eso si fuera tú.
«¿Altura?».
Me doy vuelta y limpio un pedazo de cristal empañado para mirar afuera. El paisaje es borroso bajo el cielo oscuro y lluvioso, pero se nota que vamos por vías elevadas, sostenidas por pilares altos, muy por encima de las colinas onduladas y de los matorrales espinosos de rosas.
—¿Qué tan alto estamos? —pregunto.
Daemon me ignora, pero su boca se tensa aún más, como una línea cada vez más delgada.
«Entendido. Eso significa que estamos realmente muy alto».
Daemon se separa un poco y me toma de la mano, envolviendo mis dedos con los suyos, mucho más grandes.
—Tenemos que ver qué está pasando.
No me molesto en protestar cuando me arrastra fuera del vagón hacia el pasillo estrecho y tenuemente iluminado.
Kastian y Odessa ya están fuera, y me tranquiliza ver que Odessa sostiene a Sushi con fuerza entre sus brazos mientras el gato aúlla desesperado por salir de su transportadora.
Miro a la derecha y veo a Jett y Fox acercándose por el corredor.
Sobre nosotros, los faroles oscilan violentamente de un lado a otro como luces estroboscópicas.
Otros pasajeros se asoman desde sus compartimentos para gritar su confusión unos a otros.
Claramente, esto no es normal, ni siquiera para los fae.
—¿Quién demonios está manejando esta cosa? —grita Jett.
—No creo que alguien la esté manejando —murmura Kastian—. ¿Dónde estamos con respecto a la locomotora?
—Estamos a solo unos vagones de la parte delantera —responde Daemon, con expresión sombría—. Vamos. Si el conductor no está muerto ya, yo mismo voy a matarlo.
Daemon toma la delantera y me arrastra con él mientras avanza hacia la pequeña puerta que conecta con el siguiente vagón. Agarra la manija e intenta abrirla, pero está cerrada. Mi estómago se hunde, aunque un segundo después la cerradura hace clic y él empuja la puerta para abrirla.
—¿Cómo hiciste eso?
—Adivina, Duraznito.
Santo cielo. Acaba de usar magia. Me refiero a magia real. Es una locura y, al mismo tiempo, tantas cosas empiezan a encajar. Yo sabía que había cerrado con llave la casa de Nana. ¡Este imbécil usó sus poderes fae extraños para meterse!
Supongo que ahora mismo no es mi mayor problema, pero igual. «La audacia de este hombre».
Daemon prácticamente corre por el pasillo del siguiente vagón, jalándome sin remedio.
Se ve casi igual que el nuestro: una alfombra angosta en medio y compartimentos con paredes de vidrio a ambos lados.
El piso tiembla bajo nuestros pies, el vagón entero se balancea de un lado a otro, como si fuera a volcarse en cualquier momento.
Al final del pasillo, llegamos a otra puerta que conecta con el siguiente vagón.
Espero ver otro pasillo largo, pero Daemon me jala a través de la puerta y hacia lo que debe ser el vagón de equipaje.
Está oscuro, excepto por la luz que entra desde la puerta abierta, y tengo que entrecerrar los ojos para distinguir las pilas de baúles y maletas que se alzan del piso al techo.
El tren se sacude de nuevo y grito mientras me agacho cuando algo sale volando directo hacia mí. Después de un segundo, no siento el impacto y abro los ojos para darme cuenta que Daemon sostiene una maleta con una sola mano, a pocos centímetros de mi cara.
—De nada —dice, con esa sonrisa arrogante.
«Qué tipo más insufrible».
Detrás de mí, Kastian, Jett y Fox se abren paso y empiezan a quitar equipaje de inmediato, arrojándolo al pasillo detrás de nosotros para despejar un área donde podamos estar de pie los seis.
Daemon suelta mi mano.
—La locomotora está en el siguiente vagón. Esperen aquí.
Me froto los dedos donde él me sujetaba, más nerviosa de lo que estaba hace un momento.
Daemon sigue apartando equipaje mientras avanza hacia la siguiente puerta, en el lado opuesto del vagón.
Los baúles revientan al caer y toda clase de ropa, papeles y baratijas se desparraman por el suelo.
Un jarrón de vidrio, envuelto apretadamente en papel de seda, cae de una bolsa y se hace añicos.
Siento un pinchazo de dolor en el pecho.
Parece que la gente empacó aquí sus vidas enteras en baúles y ahora, aunque el tren no llegue a estrellarse, sus pertenencias ya estarán perdidas para siempre.
Daemon llega hasta la puerta del fondo y pega la cara al ventanal redondo del centro. Suelta una maldición entre dientes y mira hacia atrás.
—Prepárense.
—¿Qué…?
Antes de que siquiera pueda preguntar a qué se refiere, Daemon abre la puerta de un tirón. El tren se estremece con violencia cuando una ráfaga poderosa de viento y lluvia irrumpe en el interior, empapándonos con gotas heladas. Detrás de mí, Odessa suelta un pequeño grito y Sushi sisea con furia.
Por lo visto, la locomotora no está conectada al resto del tren. No hacía frío cuando salimos, pero con la velocidad a la que vamos y la lluvia que no cesa, me envuelvo los brazos alrededor del cuerpo para no tiritar.
Mi corazón da un brinco cuando Daemon asoma la cabeza al exterior del tren en marcha, con el cabello echado hacia atrás por el viento.
—Voy a ver qué le pasa al motor.
Daemon desaparece en la oscuridad. Quiero protestar, pero recuerdo que puede volar. Miro alrededor, preguntándome si todos los demás ocultan alas también. Espero que sí, porque me empieza a preocupar que tengamos que saltar.
Siento una mano en el hombro y me hago a un lado cuando Kastian pasa junto a mí para ocupar el lugar que Daemon dejó vacío en la puerta. No parece afectarle el frío. De hecho, a ninguno de los hombres les molesta.
Contengo la respiración y espero, nerviosa, el grito de Daemon o, mejor aún, el sonido de los frenos. Después de un segundo, Odessa se acerca a mi lado, en medio del vagón. Sonríe.
—Todo estará bien.
Hago una mueca.
—Para ustedes, quizá. Yo no puedo volar.
—No te preocupes, Daemon no va…
Sus palabras se cortan de golpe con otro chirrido de metal.
Por un instante creo que son los frenos, que Daemon logró detener el tren, pero el vagón se sacude otra vez.
Odessa grita y busca sostenerse de la pared.
El estruendo metálico es ensordecedor. Giro la cabeza de inmediato, y caigo en cuenta de que el sonido no viene de la locomotora, sino de los vagones de pasajeros.
Fox está de pie justo dentro del compartimento de equipaje, mientras Jett sigue en el pasillo del vagón de pasajeros. Han estado pasándose maletas sin parar, para abrir más espacio.
De pronto, la madera cruje y veo la puerta de nuestro compartimento ceder en sus bisagras. Los pernos que conectan los vagones claramente están sometidos a demasiada tensión y, en cualquier momento, el vagón de pasajeros se va a desprender.
—¡Métete aquí! —grita Fox a Jett.
Jett corre hacia la entrada, saltando sobre las maletas que él mismo dejó en el camino. Fox se inclina entre los vagones, con la mano extendida hacia su amigo.
Se oye otro quejido, la madera cruje y el tren se sacude como una montaña rusa. Los vagones se desconectan justo cuando Fox alcanza a sujetar la mano de Jett y lo jala hacia adentro.
Jett cae como un bulto en el suelo, jadeando.
—Demonios —exhala, aún sonriendo de algún modo después de eso—. Eso estuvo cerca.
Antes de que nadie pueda reaccionar o decir algo, Daemon vuelve a entrar al vagón por el lado opuesto.
—No hay conductor.
—¿Cómo es posible? —pregunta Odessa.
—No tengo ni maldita idea, pero no voy a perder el tiempo tratando de averiguarlo.
—¿No podías detener el tren tú mismo? ¿O usar magia? —pregunto, un poco desesperada.
Daemon suelta un suspiro irritado.
—No tengo ni la más remota idea de cómo funciona un tren. No puedo ordenarle que se detenga. Lo mejor que podría hacer es volar el motor. Así que, a menos que alguien aquí pueda explicarme cómo demonios funciona esta mierda…
Nos miramos, como esperando que alguno haya olvidado mencionar que es experto en motores de tren.
Vuelvo la vista al hueco donde antes estaba la puerta del vagón de pasajeros. A lo lejos, el resto del tren se pierde en la distancia, cada vez más rápido. Entonces se me ocurre una idea.
—Tenemos que desconectarnos de la parte delantera —digo—. Sin la locomotora jalando nuestro vagón, avanzaremos por inercia hasta que desacelere o hasta encontrar un punto seguro para saltar.
Daemon se anima al instante.
—Buena idea, Duraznito. —Se gira hacia Kastian—. ¿Quieres ayudarme?
—Yo lo haré —ruge Fox, abriéndose paso hacia el otro extremo del vagón.