Capítulo 8 #3
Un chispazo de irritación me recorre el pecho y entierro las uñas en las palmas bajo la capa.
Doy un paso adelante, la tomo bruscamente del codo y la alejo de Jett y de los troles, guiándola hacia la puerta abierta de la enorme locomotora roja.
No quiero que él ni nadie más la toque. «Se ve mal; se supone que está aquí para Thorne».
—Mira —murmuro al oído de Alix—, sé que es la primera vez que ves todo esto, pero Isabelle ya había estado en Ellender antes. Tienes que dejar de ser tan obvia o esto jamás va a funcionar.
Alix intenta zafarse de mi agarre y fracasa; luego alza la barbilla para mirarme con enojo.
—Nunca te prometí que fuera una buena actriz.
—Podrías al menos intentarlo.
—Lo haré cuando lleguemos al otro palacio, o adonde sea que vayamos, pero vas a tener que ayudarme.
—¿A qué?
—Prometiste que me explicarías todo lo que no sé, que básicamente es todo, así que será mejor que empieces.
Suelto su brazo y paso una mano frustrada por mi cabello empapado por la lluvia.
Tiene razón, claro, pero convertirme en su enciclopedia personal no era exactamente lo que tenía en mente.
Esperaba poder evitarla lo más posible una vez que llegáramos al palacio.
Me imaginaba dejándosela a Odessa para que la vigilara y, quizá, retirarme a la Finca Ashwater tan pronto como Thorne me la devolviera.
—Vamos, entremos —dice Odessa, apartando a Fox para colocarse detrás de Alix—. Podemos hablar de esto cuando estemos solos en un compartimento.
Complaciente como siempre, Kastian sube los escalones del vagón y le ofrece una mano a Odessa para ayudarla. Ella desvía la mirada como si no lo viera, se aferra al barandal de metal, pasa a su lado y desaparece dentro.
Kastian me mira, desconcertado.
—¿Hice algo?
Niego con la cabeza, maldiciendo entre dientes. No puedo creer que no me diera cuenta de que esto sería un problema. Subo los escalones del tren y le doy una palmada en el hombro, a modo de consuelo.
—Perdón, amigo. Olvidé mencionar que Dessa es de Hydratta y no es tan despistada como Thorne.
Se pone pálido y se ve un poco verde.
—Maldición —murmura, antes de desaparecer en el vagón tras mi prima.
—¿Por qué importa de qué reino es ella? —pregunta Alix.
Le ofrezco la mano para ayudarla a subir.
—No te preocupes por eso, Duraznito.
Alix mira mi mano, evaluando opciones, y finalmente coloca sus dedos sobre los míos. La ayudo a subir al tren y tropieza, quedando pecho con pecho conmigo. Durante un largo segundo, no me muevo.
—Perdón —dice ella, casi sin aliento.
Suelto su mano y doy un paso atrás, limpiándome los dedos en el saco, como si quisiera borrar cualquier rastro suyo.
—Bien, sigue.
Al ver nuestros uniformes militares, el revisor ni siquiera se molesta en pedirnos los boletos. Nos indica el compartimento vacío más cercano, cerca del frente del tren.
Alix se sienta junto a la ventana y, de inmediato, limpia un fragmento empañado de la ventana con el dorso de la mano para pegar la nariz al vidrio.
Odessa y el gato se sientan a su lado y yo tomo el asiento frente a Alix, dejando que Kastian quede a mi derecha, frente a Odessa.
Ella le lanza una mirada furiosa y él aparta la vista, fingiendo no notarlo.
—Vamos a buscar otro compartimento, Ashwater —me dice Jett, señalando a Fox a su lado—. El grandulón no cabe aquí.
Asiento.
—No se alejen. Si pasa algo, no quiero tener que ir a buscarlos.
—¿Qué podría pasar? —responde Jett, despreocupado—. Ya no estamos en Dyaspora, puedes relajarte.
Hago una mueca. Nunca voy a relajarme de verdad hasta que mi hermano esté muerto y pueda mear sobre su maldita tumba, pero sé que no es a eso a lo que se refiere Jett.
Ha notado que estoy más tenso de lo normal, pero hasta que veamos a Thorne y sepamos si cree que Alix es Isabelle, no puedo calmarme. Hay demasiado en juego.
Jett cierra la puerta del compartimento de un golpe, dejándonos a los cuatro dentro. Un silencio incómodo llena el espacio y me siento aliviado cuando suena el silbato y el tren arranca.
—¿Dónde queda ese palacio? —pregunta Alix.
—Al norte —rezongo.
Odessa me dirige una mirada de fastidio, regañándome en silencio por ser grosero.
—Está en la esquina noroeste de Vernallis —explica—. Hace mucho más frío por allá, por eso se llama el Palacio de Invierno. Antes de la maldición casi nadie iba porque era demasiado frío, pero ahora… —Guarda silencio, incómoda.
—Espera un momento —dice Alix, con cara de confusión—. ¿Dónde está Vernallis?
Odessa parpadea, sorprendida.
—¿Eh? Aquí. Estamos en Vernallis.
—Pensé que esto era Ellender.
—En el libro de Isabelle, algunos nombres de ciudades están mal —digo de golpe, sabiendo perfectamente por qué Alix está tan perdida.
Alix arquea las cejas.
—Espera, ¿leíste el libro?
Desvío la mirada.
—Sí. Anoche.
No pude dormir nada anoche. Mis pensamientos acelerados me acompañaron hasta bien entrada la mañana. Tuve horas para tratar de entender cómo debe ver Alix nuestra tierra. Resulta que el libro que escribió la verdadera Isabelle es extrañamente absorbente.
Por desgracia, casi todo es un disparate.
La magia parece correcta, igual que las descripciones del Palacio de Verano y los sirvientes, pero ahí termina la fidelidad.
Más allá de las apariencias, los personajes no se parecen en nada a las personas reales que claramente los inspiraron, y lo peor: los detalles de la maldición sobre Vernallis están tan suavizados que no es raro que Alix haya estado dispuesta a arriesgar la vida para romperla.
Cree que vivimos en una maldita tierra de ensueño.