Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Llegamos al final de la escalinata y miramos hacia el amplio vestíbulo de entrada. Mi mirada se desvía de inmediato al grupo de hombres con casacas rojas junto a la puerta y capto enseguida la idea general de lo que dicen.

—¿Cuánto demonios tarda en vestirse? —se queja Daemon.

Está de espaldas a la escalinata, hablando con Kastian, que se recarga en la pared con expresión seria.

En realidad, no está gritando como pensé; los ecos simplemente amplifican todo diez veces.

A su lado, Fox mira al vacío sin mostrar el menor interés por lo que ocurre a su alrededor.

En el piso, Jett está sentado con la espalda contra la pared.

Los cuatro llevan uniforme, con espadas pesadas colgando del cinturón.

—Cálmate, ya estamos aquí —dice Odessa desde la escalera.

La espalda de Daemon se tensa y se gira hacia mí. Cuando nuestras miradas se encuentran, se me afloja la mandíbula.

Soy una completa idiota.

No tengo idea de cómo no noté desde el principio que había algo raro en Daemon.

Es inhumanamente atractivo, incluso mientras me fulmina como si yo fuera la causa de todos sus males.

Parece irreal. Y peor aún, hoy luce mejor que anoche.

Tal vez mi cerebro le puso una cara más fea para que pudiera procesar que me había secuestrado, presionado y metido en un trato potencialmente mortal con un personaje que se suponía ficticio.

Lástima que mi cerebro no haya podido sostener esa ilusión.

Por un largo segundo, no aparta los ojos de mí. Se inclina un poco hacia adelante, como si fuera a avanzar. Luego niega con la cabeza y su expresión se vuelve agria.

—Por fin —refunfuña.

—Ay, cállate —rezonga Odessa, dedicándole una mirada de fastidio muy propia de una hermana.

Como respuesta, él arruga la frente todavía más.

—Si la lluvia se detiene antes de que subamos al tren, será tu culpa.

—¿Tren? —digo de golpe, antes de que Odessa pueda responder—. ¿Tienen trenes aquí?

Los dos voltean a verme y Daemon arquea una ceja.

—Por supuesto.

—Oye, no me veas así —refunfuño—. ¿Cómo se supone que voy a saber qué tecnología tienen? La verdad, solo agradezco que tengan plomería moderna.

Sus cejas se juntan.

—¿Por qué no la tendríamos?

Hago un gesto vago con la mano.

—Porque esto es un castillo. Y están vestidos como si fuera 1750… ¿ves a lo que me refiero?

Me mira con furia.

—Sé que los humanos ya no creen en la magia, pero pensé que eso significaba que habían mejorado su educación.

Me echo hacia atrás, indignada.

—Oye, tengo más de doscientos mil dólares de deuda estudiantil que dicen lo contrario, amigo. Estoy casi demasiado educada.

—¿En historia? —pregunta, con una leve muestra de burla en la cara.

—Bueno, no… en música, pero…

—Eso lo explica. Incluso en tu mundo, esas cosas se inventaron mucho antes de lo que crees, y muchos de los mayores avances de la humanidad vinieron de la intervención fae.

Pongo cara de confusión. Seguro tiene razón, pero no tenía que decirlo con ese tono.

—Me caías mejor cuando eras solo un tipo en un bar.

Lo digo como comentario al aire, esperando alguna réplica rápida, pero su expresión se ensombrece ligeramente. Entrecierra los ojos y da un paso atrás.

—A mí también, Duraznito.

Se hace un silencio larguísimo e incómodo, y entonces recuerdo que tenemos público alrededor. Se me calientan las mejillas.

Odessa carraspea.

—Bueno, para responder tu pregunta, Alix: sí, tenemos trenes. Es la forma más rápida de llegar al Palacio de Invierno, así que, a menos que quieras pasar una semana o más en el camino, es la única opción.

—Y yo que pensé que íbamos a volar.

—¿Volar? —repite Kastian, mirando a Daemon con curiosidad—. ¿Quién dijo algo de volar?

Alzo una ceja hacia Daemon.

—Ayer tú…

—Pongámonos en marcha —me interrumpe con brusquedad, se aclara la garganta de manera significativa y se dirige a la puerta.

—Bien, entonces —murmuro—. Supongo que ya nos vamos.

Odessa me mira con disculpa.

—Creo que solo tiene muchas ganas de llegar al otro palacio para ver al rey Thorne.

Suelto un suspiro. Puede ser… pero estoy bastante segura de que el tipo amable del bar sí era parte de una actuación. Estoy tratando con un cretino de primera clase y voy a tener que aguantarlo un mes entero.

«Siempre podría ser peor».

DAEMON

Alix prácticamente daba brincos por el andén lluvioso de la estación de tren, con la capa ondeando detrás de ella y la cabeza girando de un lado a otro cada pocos segundos.

Tiene la boca abierta y parece incapaz de decidir qué mirar primero.

Podría ser adorable, si no fuera porque está llamando demasiado la maldita atención.

—No sé qué le parece tan interesante —murmuro.

Kas se encoge de hombros, como diciendo que no lo sabe, pero tampoco le importa.

—¿Hay algo que me esté perdiendo?

Lo miro de reojo desde debajo de la capucha de mi capa empapada por la lluvia.

—¿Como qué?

—Como por qué estás siendo un completo imbécil con la única mujer en Ellender que se interpone entre nosotros y Dyaspora.

Aprieto los labios, frustrado, y mis ojos buscan de manera automática la figura de capucha roja que camina varios pasos adelante. Observo a Alix un momento, solo para asegurarme de que no esté escuchando, por supuesto.

—No estaba intentando ser un imbécil con ella.

Kas suelta una carcajada.

—Entonces no quiero imaginar cuando sí lo intentes.

Pongo mala cara, porque tiene razón.

En algún momento, entre darme cuenta de que Alix no es Isabelle y verla bajar las escaleras, mi humor se ensombreció. No puedo sacudirme la amargura que me hierve en el fondo de la cabeza.

Además de los últimos noventa años en prisión y la situación absurda en la que Thorne me ha puesto, estar de vuelta en Vernallis después de tanto tiempo se siente inquietante.

Durante muchos años esta ciudad fue mi hogar.

Incluso después de heredar las tierras y el título de barón de Ashwater del hombre que fingió ser mi padre, pasé la mayor parte de mis días aquí, dirigiendo los ejércitos de Thorne en tiempos de paz. Ahora siento que casi no pertenezco.

Pero nada de eso explica por qué no puedo dejar de descargar mi mal humor en Alix. Simplemente me… irrita.

Siento la mirada de Kastian sobre mí y lo encuentro analizándome como si pudiera leerme la mente.

—¿Qué? —murmuro.

Él suspira, negando apenas con la cabeza.

—Nada. Solo espero que sepas lo que estás haciendo.

—Estoy haciendo exactamente lo que todos querían que hiciera —digo, molesto—. Estoy haciendo lo que Thorne ordenó. ¿Qué más esperas?

En ese momento, la voz de Alix resuena por encima del ruido del andén y del golpeteo de la lluvia.

—¡Esto es increíble! No puedo creer que todo haya sido real todo este tiempo.

Inhalo hondo, aspirando el olor a lluvia y rosas que siempre flota en el aire.

—Es una estación de tren —rezongo—. Tómatelo con calma.

—Es una estación de tren mágica —me corrige con cierto énfasis.

—No, es una estación normal. No tiene más magia que nuestros castillos. La única diferencia con tu mundo son los pasajeros.

Alix se detiene y se baja la capucha roja empapada. Las gotas le salpican las mejillas y quedan atrapadas en sus pestañas cuando alza una ceja hacia mí.

—¿Puedes dejarme disfrutar esto tantito? ¿Qué parte no entiendes ? Es un tren fae. Todo esto tiene vibra del Expreso de Hogwarts.

No tengo ni idea de qué significa eso. Niego apenas, obligándome a tener paciencia.

Para ser justo con Alix, sí llama atención, pero no es la única.

Solo por tamaño e imponencia, nuestro grupo ya atrae demasiadas miradas.

Ella camina al frente, aunque claramente no tiene idea de a dónde va.

Kastian y yo la seguimos, turnándonos para apartarla de desconocidos sospechosos, rejillas abiertas y, una vez, las vías mismas.

Jett y Fox cubren la retaguardia, con Odessa entre ellos, con la cara completamente oculta bajo la capucha verde y cargando al enorme gato gris de Alix en una canasta de picnic.

A nuestra derecha, una enorme locomotora de vapor escarlata y negra espera a que los pasajeros suban a bordo. Miro el reloj de la taquilla cercana. Aún es temprano, pero la lluvia nos está salvando de tener que viajar solo de noche. Aun así, si las nubes se despejan…

Trago saliva, molesto, y alzo la voz para que se me escuche por encima del ruido del tren.

—Vamos a abordar ya. No hay ni una maldita posibilidad de que nos lo vayamos a perder.

Mis amigos se dan vuelta y avanzan hacia las puertas abiertas del vagón más cercano, pero, por supuesto, Alix no parece oírme. Sigo la dirección de su mirada y me doy cuenta de que está observando a un grupo de troles, claramente maravillada.

Los troles están reunidos alrededor de un puesto de mercado desvencijado, usando el toldo raído para resguardarse de la lluvia intensa. Su piel es moteada y escamosa; sus caras se retuercen en expresiones burlonas mientras conversan en su lengua gutural.

—Supongo que nunca habías visto un trol —le dice Jett, quedándose atrás para hablar con Alix.

Ella niega con la cabeza.

—Claro que no. Aunque salen en el libro de Nana.

—¿Y qué dice sobre ellos?

Traga saliva.

—Que atacan a los humanos y se los comen.

—Eso es una tontería —exclamo, antes de poder detenerme—. Hay muchas especies fae y la mayoría no se parece a nosotros. Yo no me quedaría ahí mirándolos fijo.

Alix da media vuelta y me mira con cara de pocos amigos.

—¿Por qué?

—Porque es de pésima educación, por eso.

Un leve rubor rosado le sube a las mejillas, pero no aparta la mirada de la mía.

—Supongo que tú sabrías mucho de mala educación.

Abro la boca para replicar, pero Jett se me adelanta. Pasa un brazo por encima de los hombros de Alix.

—Ignora a Ashwater, Princesa —dice, dedicándome una sonrisa por encima de su cabeza—. No voy a dejar que nada te coma.