Una espina en cada corazón (Encanto 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

ALIX

En cuanto Daemon y yo cerramos nuestro trato, me siento más tranquila. Siempre he agradecido tener un plan, y saber que al menos existe la posibilidad de que, en treinta días, pueda dejar todo esto atrás, le da permiso a mi adrenalina de calmarse un poco.

Me pongo la ropa tipo pijama que Odessa me dejó y salgo del baño, solo para descubrir que estoy sola. Todos los fae desaparecieron y, de no ser por el castillo y Sushi dormido en la cama, quizá habría pensado que los imaginé.

«Dios, cómo quisiera haberlos imaginado».

Estoy casi segura de que conocer a Daemon es lo peor que me ha pasado en la vida, lo cual ya es bastante decir. Al parecer, caer en una trampa literal de hadas y otros fae fue solo la cereza del pastel en la semana más jodida de mi existencia.

Supongo que es cierto lo que dicen: las cosas siempre pueden empeorar. Por ejemplo, sí, claro que es una desgracia que tu esposo sea un imbécil, pero podría ser peor. Podrías ser secuestrada por el tipo con quien tuviste una aventura de una noche.

Estoy a nada de convertirme en el remate de un monólogo triste de comedia.

Suspirando, me acomodo en la enorme cama con dosel, junto al gato de Nana. Alguien dejó una bandeja con comida en la mesita de noche y me inclino para revisarla. Para mi alivio, casi todo se ve normal. Hay pavo asado, pan crujiente, ensalada y una especie de verdura morada y fibrosa.

Tengo tanta hambre que no me importan los cuentos que advierten que no hay que comer comida de las hadas. Le doy un poco de pavo a Sushi y luego me lo como todo, excepto la verdura morada.

Cuando termino, me recuesto y miro el dosel dorado sobre mí.

Jamás habría pensado que podría dormir en una situación como esta, pero, al parecer, la falta de sueño puede derrotar incluso las circunstancias más absurdas, porque lo siguiente que sé es que alguien me sacude para despertarme.

—Alix —dice en mi oído una voz femenina, melodiosa—. Necesitas levantarte.

Abro los ojos y de inmediato enfoco a Odessa inclinada sobre mí. Lleva el mismo vestido rojo granate de ayer, pero su largo cabello rubio fresa está recogido en una trenza apretada. En los brazos sostiene otra bandeja enorme de comida, muy parecida a la de anoche.

Me incorporo y me froto los ojos con los puños. Me sorprende un poco que no se vea tan intimidante esta mañana. Sigue siendo demasiado hermosa para resultar del todo normal, pero parte de ese efecto inquietante parece haberse desvanecido. No sé si eso sea bueno.

—¿Qué pasa? —pregunto, atontada.

—Necesitas levantarte —repite.

—¿Por qué?

—Te dejamos dormir todo lo posible, pero eso significa que ya no tienes mucho tiempo para vestirte y comer antes de que tengamos que irnos. —Deja la bandeja frente a mí y retrocede—. No sabía qué te gustaría, así que traje un poco de todo.

No exagera. Hay un plato lleno de huevos, pan tostado y algo que creo que deben ser camotes fritos. Otro tiene fruta rebanada, varias piezas que ni siquiera reconozco. Mi estómago ruge con fuerza. Al menos es obvio que no planean matarme de hambre.

—Gracias al cielo, hay café —exclamo, tomando una taza llena hasta el borde con un líquido demasiado oscuro para ser té.

Odessa sonríe, satisfecha, y se acerca al armario en la esquina.

—Por lo general, Shar te traería el desayuno, pero pensé que sería demasiado para tu primer día aquí.

—¿Quién es Shar? —pregunto con la boca llena de pan tostado.

—La conociste ayer.

«Ah, claro, la mujer duende».

—Ya veo. ¿A dónde vamos?

—Vamos a escoltarte al Palacio de Invierno. Si fuera decisión mía, te daría un día para aclimatarte, pero Daemon quiere asegurarse de que el rey sepa que estás aquí lo antes posible. O bueno, que Isabelle está aquí.

Asiento, con la mirada perdida. Tiene sentido, dadas las explicaciones de anoche.

Mordiéndome el labio, permanezco en silencio mientras Odessa abre el armario de par en par. Está repleto de vestidos coloridos. Estoy segura de que anoche estaba vacío.

¿Cuándo tuvo tiempo de llenarlo?

—Perdón, no tengo nada demasiado cómodo según tus estándares —dice con tono apenado—. A veces vienen humanos y modifican un poco la moda, pero no ha habido muchos cambios desde que se lanzó la maldición.

Me río.

—O sea que no hay poliéster y tengo que ponerme un vestido precioso hecho a la medida. Qué tragedia.

Ella me devuelve la sonrisa.

—En mi opinión, sí es una tragedia. A mí me encantaría mostrar más las piernas, pero cada quien. —Saca un vestido azul de mangas cortas tipo capa, y lo sostiene, cerrando un ojo como si me imaginara con él—. ¿Qué te parece este? Parece algo que usaría Belle.

—Claro —digo, distraída—. Escoge lo que quieras. Nada puede ser peor que la camiseta con la que llegué.

Los ojos color violeta de Odessa brillan con humor, como si intentara no reír.

—En realidad, qué bueno que mencionas eso...

Se inclina y saca unas medias blancas y un par de zapatos de cuero café del fondo del armario.

—¿Por qué?

—Porque debí decírtelo anoche. No puedes contarle a nadie lo que pasó antes de que llegaras. Nada de anunciarle a desconocidos que quizá te acostaste con su esposo.

—Oye, no fue mi intención...

—Lo sé —dice en tono conciliador—, pero de verdad, es mejor que actúes como si Daemon fuera tan desconocido para ti como todos los demás.

—Es un desconocido —murmuro—. Y no pensaba decir nada.

—Bien. Porque los varones fae son más posesivos que los humanos. No quiero ni imaginar lo que haría el rey Thorne si se enterara de que te acostaste con su her… digo, con su capitán… —Se ruboriza, avergonzada por haber tropezado con sus propias palabras.

—Sabe que han pasado sesenta años desde la última vez que vio a Nana, ¿verdad? ¿Qué esperaba que hiciera todo este tiempo?

—Ya sé que suena raro, pero créeme: los varones pueden ser muy celosos e irracionales cuando se trata de sus parejas —dice Odessa, haciendo una mueca—. Solo ten cuidado: es lo único que intento decir.

Muy bien. Supongo que tendré que cuidar lo que digo. No debería ser difícil. No era precisamente una persona sociable en Chicago y no veo que eso vaya a mejorar aquí, donde tengo aún menos en común con todos los demás.

Termino el desayuno y luego me visto con el vestido azul de mangas cortas, un cinturón café y los zapatos a juego. Odessa me ayuda a domar mis rizos en una coleta baja y luego mira, pensativa, las ventanas oscuras.

—Necesitarás llevar una capa porque sigue lloviendo. Toma. —Saca una capa larga y roja del fondo del armario—. Con esto bastará.

Tomo la capa y sigo su mirada hacia la ventana. Parece medianoche.

—¿Qué hora es?

—Ya es media mañana —suspira—. Yo sé que la lluvia parece deprimente, pero en realidad tenemos suerte. Si hubiera sol, tendríamos que esperar a que anocheciera para salir.

—¿Por la maldición?

—Exacto.

En Un reino de espinas , todas las hadas se convierten en animales durante el día y vuelven a su forma original en la noche.

En la historia se presenta más como un inconveniente que como algo peligroso, pero la forma en que Daemon habló de la maldición, me hace pensar que aquí es un problema mucho mayor que en el libro.

Quiero hacer más preguntas sobre la maldición, aunque sea para asegurarme de que Nana no dejó fuera ningún detalle importante, pero Odessa está claramente estresada por el tiempo.

No para de golpear el piso con el pie y de mirar hacia la puerta, como si esperara que alguien irrumpiera en cualquier momento.

—¿Estás lista? —pregunta con brusquedad.

—Claro —me pongo la capa sobre los hombros, sintiéndome un poco como si estuviera jugando a disfrazarme—. Lista en la medida de lo posible.

Odessa me sonríe con nostalgia.

—En realidad es increíble. Si no supiera la verdad, juraría que eres Belle.

Suelto una risita nerviosa.

—Espero que no seas la única.

No me devuelve la sonrisa; su expresión se ensombrece un poco por la preocupación. Eso no mejora en lo absoluto mi confianza. Me siento más optimista sobre este plan que anoche, pero eso no es mucho decir.

Dejando de lado la posibilidad muy real de que esto sea un desastre tipo la sexta temporada de Buffy y que en realidad esté en un hospital, hay demasiadas formas en que todo podría salir mal.

Presté muchísima atención cuando Daemon dijo que el rey Thorne me matará si descubre quién soy. «Sin presión ni nada».

Por mucho que necesite el dinero, probablemente estoy loca por aceptar este plan.

Odessa y yo salimos del dormitorio y avanzamos por el largo pasillo de mármol blanco por el que corrí anoche. Pasamos junto a varias de esas criaturas tipo duende, ocupadas en sus asuntos, y logro no quedarme mirando ni reaccionar.

—Este lugar es enorme —murmuro al llegar a lo alto de la gran escalinata de piedra.

—Lo sé. ¿Puedes creer que el Palacio de Invierno es todavía más grande?

Abro la boca para contestar, pero no alcanzo. En ese momento, el sonido de voces elevadas resuena por el pasillo. Reconozco una de inmediato: la de Daemon.

Miro a Odessa.

—¿Qué pasa?

—Probablemente nada. —Odessa exhala un jadeo con molestia—. Solo Daemon siendo Daemon. No puede evitar querer tomar el control de todo y de todos.

—¿Así que es controlador?

No tuve esa impresión ayer, pero considerando que también pasé por alto que era un ser mágico de otro mundo, mi opinión debería tomarse con una tonelada de reservas.

—No, no es controlador… —Odessa parece buscar las palabras adecuadas—. Es carismático. No puede evitar atraer seguidores. Y puedo decir que esos hombres que trajo consigo de Dyaspora lo veneran y harán lo que él pida.

—¿Eso es malo?

—No exactamente. —Su tono preocupado no coincide nada con lo que dice—. Es solo complicado. Al rey no le gusta que nadie en la corte se vuelva demasiado popular y siempre ha desconfiado de Daemon.

Vaya. Supongo que tiene sentido si esto es una monarquía absoluta, pero entre más escucho sobre el verdadero rey Thorne, menos ganas tengo de conocerlo.